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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© gsmiga - La Biblia y la baraja.
fw
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Localización: Madrid, España
Registro: 25.06.08
Publicado el 29-05-2012 22:26
La Biblia y la baraja

La tarde se había puesto buena y decidía alargar mi paseo hasta Samil. Allí me entretuve observando el mar, rizado por una brisa que alejaba las nubes hacia el interior y tenía a las gaviotas alborotadas trazan do unos elegantes picados sobre el oleaje, elevándose y trenzando el regreso hacia el piñeiral que bordea la Playa de la Fuente. Respiré con ansia el benéfico y purificador aire de la ribera, y proseguí mi caminata hacia la siguiente Playa de la Barca, pero cuando llegué al final del paseo, llamó mi atención un vejete que, sentado en un banco ante la vastedad de la ría con el majestuoso fondo de las Cíes, bara jaba unos gastados naipes como si fuese a hacer un solitario. Lo que más me extrañó fue ver que, antes de empezar a tirar las cartas sobre la superficie del banco las besaba con unción. Todavía me intrigó más, si cabe, ver que cuando sacaba algunos naipes que no supe identi ficar a distancia, igualmente los besaba respetuosamente. Decidí lle garme a la vera del fulaniño a ver de qué iba la cosa.

Me vio llegar, y sin dar señala alguna de molestia por mi presencia, siguió a lo suyo. Creí que me aceptaba tácitamente y me dediqué a ob servar su quehacer. Por eso, al verlo besar a la reina, no pude con tenerme y lo interpelé:

-Disculpe, jefe, pero ese beso, ¿quizá es el recuerdo de algún triun fo que le reportó ése naipe?
-Nunca he jugado a las cartas, señor.
-Pues el naipe que usa está bien gastado, por cierto.
-Sí, porque lo utilizo todos los días para pensar, rezar y agradecer la vida que he tenido.
-¿Cómo es eso? Disculpe mi impertinencia, pero desearía conocer la re lación entre su vida y los naipes que nunca usó para jugar.
-Vengo de una familia muy humilde, señor. Mi madre quedó sola al morir mi padre en un naufragio, allá en el Atlántico norte, a la pesca del bacalao, hace ya muchos años. En casa quedamos sin nada. Tuve que de jar la escuela porque al ser el mayor de mis seis hermanos tenía que contribuir a sostener las necesidades familiares, así que solamente pude aprender a leer y hacer cuentas elementales; el resto de los po cos conocimientos que tengo los adquirí navegando en la Marina mer- cante desde los 18 años, hasta el año pasado que me jubilé. Pero mi madre me enseñó que la baraja puede servir para respetar las santas enseñanzas de Nuestro Señor, y a recordar hechos y datos que a la mayoría le pasan desapercibidos. Por eso mi baraja me sirve como Bi blia, libro de oraciones y almanaque.
-¿Me podría explicar esa historia maravillosa?
-Sí señor, con gusto: El AS equivale al DIOS Único y Todopoderoso. El 2 significa los DOS TESTAMENTOS: el Antiguo y el Nuevo. El 3 son las TRES PERSONAS DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD. El 4 se refiere a los EVANGELISTAS: Mateo, Lucas, Marcos y Juan. El 5 refiere a las 5 vír genes prudentes y a las cinco necias; las primeras se salvaron y las otras no. El 6 representa los seis días de la CREACIÓN. El 7 es del día en que DIOS descansó. El 8 recuerda a las personas que DIOS salvó del DILUVIO: NOÉ, su esposa, sus tres hijos y sus espo sas. El 9 representa a los leprosos DESAGRADECIDOS, curó a 10 y sólo uno se acordó de dar las gracias. El 10 equivale a los MANDA MIENTOS de la Ley. La Sota es SATÁN, padre de la MENTIRA. La rei na es la VÍRGEN MARÍA, Reina de los Cielos. El rey es DIOS, que gobierna sobre el SUPREMO BIEN. Hay en la baraja 365 puntos, lo mismo que días tiene el año. Tiene 52 cartas, igual que las semanas del año. Está formada por cuatro palos, lo mismo que las semanas del mes. Posee doce figuras que son los mismos meses del año. A esto añadiré que cada vez que me entre tengo barajándolas siento la fugacidad de las cosas que nos ocu- rren a todos, y me doy cuenta de que lo realmente importante nos pa sa desapercibido, igual que la vida que atravesamos sin darnos cuen ta de su transcurso hasta que ya es irremediable.
-¿A qué se refiere?
-Mire, hace más de 20 años murió un compañero mío mientras hacíamos faneas de estiba en nuestro barco, que zarparía próximamente para Nueva York. La verdad es que no tenía mucho trato con el difunto, que era un hombre muy serio, taciturno, de esos que no hacen migas con nadie y acaban las travesías tan solitarios como las empezaron. No es que todos seamos billetes de veinte euros, que siempre caen bien, pero... hay personas muy especiales y se nota que lo mejor es dejarlos a su aire...
-Comprendo lo que dice.
-El caso es que el capitán tras revisar sus papeles se enteró de que tenía familia en Newark, y aprovechando que íbamos hacia allá, tele grafió a su dirección dando cuenta del óbito y pidiendo instruccio nes sobre el papeleo correspondiente, el pago de los salarios y la la indemnización pertinente que habría que tramitar con la asegura dora del consignatario. No obtuvo ninguna respuesta.
-Bueno, ¿y qué ocurrió?
-Pues que el capitán no se conformó, y tras dar cuenta a la compañía, decidió que al llegar al puerto de destino iría a la dirección que había encontrado en la escasa documentación del difunto, aunque no fuese más que para entregarle a su familia los pocos efectos persona les que había dejado. Y me pidió que le acompañase. Así que llegamos a la ciudad que le dije, y en uno de esos barrios con edificios api ñados con muchas escaleras de incendios en las fachadas, las aceras llenas de cubos de basura y de golfantes que están al acecho del de- sapercibido viandante para apropiarse de sus pertenencias, subimos a un cuarto piso de una de aquellas conejeras, por una escalera cubier ta de linóleo barato y con el rancio olor a fritangas llenando el am biente sórdido y depresivo. Me dí cuenta de la previsión del capitán al decidir que lo acompañase, porque aquello causaba aprensión. Llamamos a la puerta del apartamento 15, al final de un interminable corredor, y nos abrió una mujer madura, de gesto agrio y expedito: Bueno, ¿qué quieren?-dijo-¿Es la esposa de Manuel Trigo?-¿Y qué puede importarle a nadie?-Hemos avisado de su muerte en accidente, y debemos entregar sus efectos personales a quien corresponda-¡Ay Dios, reventó el maldito chancho! ¡Llévense hasta su recuerdo de esta vecin dad!-berreó aquella arpía con su arrastrado acento mexicano-¡Maldita la hora en que lo conocí!-cerró en nuestras mismas narices con un bru tal portazo, que hizo retemblar la pared del estrecho pasillo. De vuelta a la escalera, se abrió sigilosamente una de las puertas de aquél siniestro pasadizo. Una mujer de aspecto humilde, madura y pre sentable nos preguntó en voz baja:-¿Conocían a Manuel?-Somos compañe ros suyos. Venimos a decir a su mujer que ha muerto-¡Pobre Manuel, no mereció la vida que tuvo!-. La mujer se echó a llorar y comenzó a ce- rrar la puerta. Un momento-dijo el capitán-¿lo trató usted?. Ella siguió llorando, y acertó a responder- No todo lo que deseé-, y desa pareció en silencio. Nos encontramos ante una puerta cerrada y toma mos el partido de alejarnos de allí. En la entrada el capitán se pa ró ante el buzón de la mujer deprimida por la desaparición de Manuel, y allí depositó el sobre marrón con su billetera y su reloj. -¿Qué hace, capitán?; el buzón es el del apartamento 15-dije sin reprimir mi sorpresa-No, allí lo odian, y en este lo aman; tal vez lo qui sieron siempre y jamás se enteró. Merece tener su recuerdo, por es cueto que sea-respondió.
-Extraordinaria decisión de su capitán...
-A mí me extrañó, y recuerdo que le pregunté si acaso la primera mu jer no tendría sus motivos para actuar como lo hizo, y a lo peor la segunda no conocía a nuestro finado compañero tan bien como la otra.
-¿Y que le contestó su oficial?
-Bueno, algo muy discutible, en mi opinión, pero me impresionó la ma nera de expresarlo. Dijo: La mujer que llora así por un hombre, es que lo "siente como suyo". Y no añadió más. Pero yo he tenido tiempo para meditar en estas cosas, y a lo largo de estos años, he llegado a la conclusión de que una persona puede ser querida por sus propios méritos o bien por las virtudes de quienes la aman aún sin merecerlo. En cualquiera de ambas situaciones, creo que esa persona no ha pasa do en vano por la vida. Y Manuel, al cabo, quizá sin enterarse, tuvo a quien se interesó por él hasta el final. Suele ocurrir alguna que otra vez.
-Es usted un filósofo, no cabe duda...
-Lo que soy es hombre al agua si no me voy ahora mismo a recoger a mi señora que me aguarda al final del paseo marítimo. Le agradezco su interés. Y si nos vemos alguna vez y no le recuerdo, dígamelo, que soy muy mal fisonomista y, de propina, olvidadizo...
-Y yo que habia pensado en tomar unos cafeciños... No insisto porque tiene a su esposa esperando, pero quedan pendientes para mejor oca- sión...

Lo vi perderse en la ocre atardecida, y ya me iba a marchar cuando advertí que encima del banco estaba el resobado naipe que había ori ginado nuestra charla. Levanté la vista para llamar al viejo marine ro, pero ya no pude divisarlo. Tras dudar, decidí echármelos al bol sillo, en espera de otro encuentro casual. Claro que algo dentro de mí me decía que jamás volveríamos a encontrarnos. Son esas cosas que se notan muy dentro de uno y se cumplen la mayoría de las veces. Ni siquiera nos habíamos presentado, embebidos en nuestra charla... Y, además, tuve la impresión de que había dejado la baraja intencio nadamente. ¿Con qué propósito? Lo ignoro, porque nunca volví a verlo desde aquel lejano atardecer de hace más de tres décadas.

© gsmiga
Editado por fw el 13-09-2012 23:22
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