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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© flantains - La llave, capítulo III
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Publicado el 06-04-2012 23:43
LA LLAVE

...


Seguramente arrastraba el malhumor desde que se había levantado por la mañana, lo habría cebado bien en casa de su madre, una mujer anciana que se había encomendado a dios para que le inspirase al educar a su único hijo. Viuda, decía ella, por el desamparo conyugal y la soledad y un velado deseo profético, más que por cuestiones mortuorias. A las doce de la mañana en punto, dejaba la puerta del piso entre-abierta para oír a Martín abrir el portón del portal, arrastrar los pies por los escalones viejos de madera, agitar la llave antes de metérselas otra vez en el bolsillo, respirar ruidosa y entrecortadamente por la fatiga que le causaba subir los doce escalones. Le percibía en el movimiento del aire, en el efluvio aromático, en la sombra que se proyectaba sobre su ánimo con solo vislumbrar su presencia, alargada y aguda, metálica de principio a fin, curvada como el pico de un ave rapaz, como las aguja para coser cuero que utilizan los zapateros remendones. Mientras llegaba y no, se entretenía oyendo subir y bajar a los del segundo piso, ahora sube él con el pan, ahora suena el timbre del fono y baja la mayor dejando por la escalera un fuerte olor a colonia que casi llega hasta su cocina, luego oye el beso que le da su novio nada más abrirle la puerta, ahora los dos gemelos patean la escalera y esperaran en la acera, jugando, a que su madre acabe de arreglarse, ahora.

- Buenos días señora Sole, qué, esperando a Martín.

El vecino sube con una barra de pan debajo del brazo y en las manos sujeta una bandeja de pasteles. La expresión es amable y el aire cansino, no se detiene ni un momento.
- Si hijo sí, a ver si llega pronto y conseguimos comer la paella sin que se nos pase el arroz. Dónde están tus chicos.

Se lo dice mientras ve como caen las migas de la barra de pan, que sujeta desgarbadamente, en su descansillo, con la cabeza de pelo blanco asomando por el hueco de su puerta, como lo haría la cabeza de una tortuga que sale del cascarón, y mientras oye corretear, como un batallón de caballería a los dos hijos por el techo del pasillo de su casa, pregunta por ellos. Dónde están tus chicos. Se lo pregunta retorciéndose las manos en el mandil, como si se tratase de hansel y gretel, como si se las estuviese secando, con un hilillo de voz agotado pero increpante, con los ojos blanquecinos y moribundos fijos en las migas del suelo. Dónde están tus chicos, lo dice ya oyendo como se cierra la puerta del segundo piso. Y vuelve a su cocina, mientras el batallón se precipita al galope por la escalera, y de un portazo deja el edificio suspendido en un breve silencio. Martín llega, come, bebe y se va.
A pesar de que había dado un paseo de veinte minutos antes de llegar a "El camarote" no había conseguido despejarse, demasiado vino en la comida y la pesada conversación de la anciana con su voz cansada y frágil, que exigía respuestas inmediatas. Se propuso dar un rodeo, el aire invernal, las calles desiertas y las suelas de sus zapatos arrancando los ecos del empedrado. El silencio monótono de esa hora y de ese día le acompañó de esquina en esquina, respiraba profundamente, intentando recobrar el pulso a la desidia de aquel domingo como de cualquier otro, mimetizarse en gris con el gris asfalto, reflejarse en gris en los charcos grises, esquivando con teatral agilidad, como un púgil, el mal humor que se le había amarrado a la boca del estómago, indagando en las ventanas de cortinas con rendijas, como una avispa en pendulante e hipnótico vuelo, dando rienda suelta a su curiosidad malsana, brumosos y opacos interiores que detrás de los cristales albergaban seres humanos, vida que, a renlití, se veía incansable y, le hacían sentir como una mota gris en un universo gris donde todo sucede y a la vez. ¿Cuántos estarían durmiendo la siesta? ¿cuántos haciendo sobre mesa familiar? fregando los cacharros, bebiendo, matando, muriendo, follando. con las manos en los bolsillos caminaba con paso firme, seguro en su color urbanita. Con las ganas prendidas siempre debajo del ombligo y la desidia como única estrategia. Había llegado a El camarote, seguro de que a nadie le había importado que pasara por allí y eso le insatisfacía terriblemente. Eran las seis de la tarde, la concurrencia a esa hora, no era muy abundante y se entretuvo conversando con el camarero mientras llegaba Daniel
- Ya lleva mucho con esa chica ¿no? Secaba los vasos con profesional maestría.
- Mas de la cuenta, con la de mujeres que hay por el mundo y este solo tiene que mirar pa una.
- Tú tambien andabas a vueltas con otra ¿eh? Qué es de esa.
- Pst, y yo que sé, no la volví a ver, ya sabes que yo no aguanto mucho esos rollos.

Sin embargo, aquella misma mañana la había llamado nada más levantarse, con los pies desnudos apoyados en el suelo, en calzoncillos y camiseta. Mientras oía el teléfono sonar, le dio tiempo a mirarse las uñas de los pies y decidir que estaban demasiado largas. Pero nadie descolgó el auricular, en el otro extremo del cable, ni luego se volvió a acordar de cortarse las uñas.

- Pues tenía buena pinta, era médica ¿no?
- Y qué más da que sean medicas que contorsionistas.

Sorbo tras sorbo
- Bueno, hombre. Aunque si te digo la verdad, mientras más listas peor es manejarlas, que se te revuelven muchas veces.
- Ya te digo.
- Esta de Daniel, a simple vista, parece maja.
- Nos ha jodido, a simple vista son todas muy majas. Pero luego vete pa ´lla.

Risas tras risas
- Pues se les ve tan a gusto, oye. Hace quince días que anduvieron por aquí, y bueno, la chica parece que vale.
- Como todas.

Miró a la puerta con impaciencia sin dejar la risa burlona, de buena gana hubiese desatado su lengua, pero no se fiaba de Paco. Se abrió la puerta, Daniel entro frotándose las manos y con cara de frío, con su abrigo azul marino impecable y una bufanda alrededor del cuello, de dos zancadas estuvo al lado de Martín y le golpeo la espalda amistosamente
- ¿Qué va a ser?
- Lo de siempre don Paco ¿cómo va esa vida?
- Pues no me quejo. Pero no tambien como a este, que vive como un general. Martín rió satisfecho, mientras Paco se alejaba en la barra para atender a otros clientes.
- Bueno, qué tal tío cuéntame, ¿quedaste por fin con María? ¿conseguiste arreglarte con ella?

No contestó, paladeaba un sorbito y perdido en el dulzor del licor negó con la cabeza
- Paso de tías. Van a lo que van.

Daniel rió, metiendo la mano en el bolsillo sacó el paquete de tabaco, luego buscó el mechero y con él encontró la llave
- Anda mira- dijo agitándola en el aire- pues a mi me han ascendido.
- Qué dices hombre ¿ahora eres cerrajero?
- Anoche me dio las llaves de su casa.
- Ya estas jodido, macho- se rió escandalosamente- estas atrapado chaval, fatal, no sé si podrás salir ya de este lío. Pero tranquilo que para eso estamos los amigos, yo te echo una mano, o a ella, como prefiráis Mientras se reía le agitaba por el brazo y le golpeaba en el hombro como quien da un consejo a vida o muerte. Daniel le escuchaba dando profundas caladas al pitillo, a ratos sonreía, aprovechando que miraba a la brasa, y sacudía la ceniza intentando seguirle la broma. Se quitó el abrigo y se alejó unos metros para colocarlo en una silla, Martín se calló falto de interlocutor durante unos instantes, cuando retomó su posición estaba callado y serio. Tomó la copa y dio el último sorbo, haciendo una señal a Paco para que rellenase.
- O sea que te han ascendido.
- Eso parece.
- Bueno tío no te mosquees, te lo digo porque somos amigos, tómatelo como un buen consejo.
- Lo intento, lo intento.
- ¿A ver? ¿y no te regaló un llavero? Mira que es cutre la Pilar.

Daniel extendió la palma de la mano con la llave, Martín la tomó y la miró atentamente, como si no hubiese visto una llave en su vida
- Pues parece normal y corriente- y volvió a romper en risa
- Qué gilipollas eres, anda, dámela.
- Bueno, vamos a hacer una cosa, como tú y yo somos buenos amigos, voy a ayudarte a llevar esta terrible carga: los lunes, los miércoles, y los sábados la llevo yo, los martes, los jueves, y los viernes tú, y el domingo se la damos a Paco, como hoy es domingo y mañana me toca, ya me la quedo yo Se volvió a reír sin importarle que Daniel no le hiciera ninguna gracia. Lanzó la llave al aire y Daniel en un intento fallido hizo ademán para cogerla.
- Dame la llave, venga, no seas tan cabrón.
- Bueno, hombre, déjamela un ratito, mira que eres egoísta.
- Joder, en mala hora te he dicho nada.
- Si de verdad fueras un amigo aprovecharías el rato para hacer unas risas conmigo, pero no, tienes que estar ahí: la llave, la llave, mi novia, mi novia.. Menuda pelandrusca, como todas.
- Pero córtate un pelo Martín.
- Córtate tú- casi gritó.

Y agitó la copa en el aire como si brindara con algún fantasma, dando después un largísimo trago. Se conocían de toda una vida, Daniel le miró reconociendo el brillo ebrio de sus ojos, imposible, ya, quitarle hoy la llave obcecado como estaba
- ¿Tu crees que Pilar se querría acostar conmigo? Te recuerdo que cuando la conocimos, me empezó tirando los tejos a mi.
- Vete a tomar por el culo.
- Y acabó contigo porque yo no la hice ni puto caso.
- Me piro tío, que te aguante tu madre. Paco me marcho, las copas que las pague este cabrón.

CONTINUARÁ

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