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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© flantains - La llave, capítulo II
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Localización: Madrid, España
Registro: 25.06.08
Publicado el 10-02-2012 14:59
Capitulo II - ( El enfermo de amor )

Hacía un rato que se había despertado, pero seguía en la cama, inmóvil, con los ojos cerrados, intentando ganarle unos minutos más a la serenidad de sus sueños. Ya era tarde y la luz del sol de mediodía se filtraba por la ranuras de la persiana; un haz, sobre su mano, definía con pereza el movimiento de algunas chispas de polvo suspendidas en el aire manso de la habitación. La respiración había dejado de ser pausada, y los párpados vibraban bajo la insistencia que Andrés ponía en mantenerlos cerrados, incapaces de ayudarle a rehilar ya ningún sueño. La vida (vigilia) ineludible. Miró el reloj, eran las doce, aún le quedaba tiempo antes de que Pilar volviese del trabajo. De una patada retiro la ropa de la cama, se incorporó lentamente y con desgana. Tenía la cabeza cargada y los oídos le pitaban entorpeciendo el caudal sinuoso del discurso de sus pensamientos. Así se calzó las zapatillas y se dirigió a la cocina a desayunar, deteniéndose, antes de llegar, en el baldosín flojo del pasillo. Primero lo esquivó para, luego, pisarlo varias veces antes de proseguir, ensimismado en sus pensamientos como estaba, rumbo a la cocina. No es que le gustara aquel ruido bronco, pero le divertía el don de la oportunidad que tendía aquel pedazo de piedra suelta, y su capacidad de sobrevivir atrincherado en el necio olvido de los usuarios de aquel pasillo, hasta que encontraba, siempre, la mejor oportunidad de crujir inoportunamente, era absurdo dotarle voluntad, y maligno pensar que la tenía, y aliados y enemigos y pasiones, amores, y por qué no ¡hasta desengaños!: a este, no merece la pena sobresaltarle nunca más. De nada servía abrir la puerta de la calle con sigilo, o salir de la habitación de puntillas, de nada, porque el baldosín siempre estaba allí, para tañer con contundencia en la caridad de un segundo de silencio profundo y arrobador, lo echaría de menos. Buscó una caja de aspirinas en los cajones de la cocina y se tomó un par de ellas, le dolía la cabeza y tenía la nuca rígida. Como gotas que se precipitan una a una en una inmensidad liquida, excelsa y en calma, bajo la luz tenue del crepúsculo, así comenzaron a aparecer sus recuerdos de la noche anterior, envueltos en alcohol, humo y música. Echo la mirada por la ventana intentando entretenerse mientras tomaba un vaso de leche, hacía un día luminoso, sobre las chimeneas humeantes de la ciudad, el cielo era azul.

Abrió el grifo de la ducha. Tras quitarse la camiseta se la acercó a la cara y aspiró profundamente, en algunos sitios encontró el aroma que buscaba regodeándose en él con detenimiento: Domi, siempre Domi; su omnipresencia le sometía con atisbos de afreta. La quería tanto, tanto. Entró en la ducha y dejó que la sensación de bienestar que le procuraba el agua calida sobre su cuerpo, le arrastrara; se vació de emociones recorriendo su propio cuerpo desde el pelo hasta la punta de los pies siguiendo la rápida estela de cada molécula de agua; los ojos cerrados, haciendo un hincapié casi patológico en la sensación de bien estar, acuñar en ese momento lo mejor del día, cuando no hay de donde sacar nada mejor, es un arte en el que le inició su padre desde bien jovencito.

Desenterró de su memoria aquellos momentos, parecía que habían ocurrido hacía mil años, y sin embargo casi había sido ayer. Su padre, enfrente de él, en camiseta, con los brazos mojados y las manos llenas de espuma, vigilando que no le quedara jabón en el pelo, recordándole que hiciera hincapié en las orejas, en el cuello, haciéndole torres de espuma en la cabeza, riéndose.

- Y ahora aclárate bien, cierra los ojos y deja que el agua te cubra todo el cuerpo desde la cabeza, que resbale por la piel ¿la sientes escurriendo por la espalda? ¿la sientes golpeándote en la nuca? Estate calladito un rato, quietecito, siéntela Andrés, siéntala. Se lo decía tan bajito, casi al oído, para que el estruendo que cada gota arrancaba de su piel, no arrastrase sus palabras al desagüe.

- Siéntelas hijo, y no pienses en nada más.

Y el se ponía seriecito y la sentía, claro que la sentía, porque sentir es lo que primaba, él sentía como el niño que era, ya hacía de eso, casi quince años, ¿Dónde se quedó la luz, el reflejo luminoso que cada gota depositó en su memoria? ¿Dónde se quedó aquel tiempo en el que el agua era un bajel de pioneros y su propio cuerpo la tierra prometida? Cerró los grifos. Reconoció, mientras se secaba enérgicamente con la toalla, que pocas cosas le había enseñado Javier con tanto acierto, ojalá le hubiese enseñado tambien a trasladar esa magia al resto de su vida. Ojalá la evocación de Javier no fuera hoy el resumen de su complicada realidad, complicada y retorcida hasta la desesperación.

Cuando, al fin, se había encontrado con Domi, aquella noche, ya eran las tres de la mañana. Él llevaba dos horas con el teléfono móvil en la mano porque tenía miedo a no oírlo cuando sonara. Y cuando sonó, corrió a la calle para poder oír con claridad, el taconeo apresurado y solitario por la acera, su voz jadeante, las palabras que le llegaban entrecortadas, cargadas de nocturnidad.

- ¿Dónde estas?
- En "el tranvía" al lado de la estación.
- En un segundo estoy allí.

Oyo como se cerraba la puerta del coche de un golpe seco, luego la comunicación interrumpida. No le dio tiempo a preguntarle dónde había dejado a Javier, por qué se había retrasado tanto. Siempre colgaba Domi primero. Volvió a entrar en el bar musical. El ruido de fondo era intenso, la luz tenue, el ambiente cargado, y los veinte minutos que tardó en verla entrar por la puerta se le hicieron largos, largos, como una condena. Y mientras la vio acercarse, decidió no decirle que mañana se iba, que tiraba la toalla, que no podía más, con la esperanza de no turbar el ímpetu del abrazo, del beso. de la última noche que iba a estar con ella.

Descalzo y desnudo volvió a su habitación. Eligió meticulosamente la camiseta y los vaqueros que se iba a poner, los colocó encima de la cama y mientras se ponía los calzoncillos buscó, con la mirada, la bolsa de deporte grande que estaba encima del armario. Se vistió sin prisa, hizo la cama y después el equipaje, lo metió todo, hasta la ropa sucia y volvió a buscar a Domi entre los pliegues de la camisa que se había puesto el día anterior. Y la volvió a encontrar, y la volvió a desear y se preguntó lleno de desesperación si Javier la desearía tanto como él y volvió otra vez a la noche recién amanecida, otra vez a su pelo, a su aroma, al sabor de su carmín, a su piel blanca y templada, volvió a verla llegar bebida, despechada y violenta, a quererla besar, a ver como se apartaba

- ¿No me quieres dar un beso?
- Dame una tregua corazón, que hoy ya he besado mucho.

Fue como un dardo envenenado

- ¿Te das cuenta de lo que me estas diciendo?

No hubo respuesta. Domi no era un buen sitio para buscar respuestas. Llamó al camarero y pidió una copa, luego le tomó de la mano y salieron a la pista a bailar. Y se dejó llevar por su juego, suplicante y dócil, con paciencia infinita esperando que le concediese desandar los caminos que Javier había dejado en el cuerpo de Domi hacía unos momentos. Era un juego macabro y doloroso.

- ¿Cuando le vas a dejar?
- Pronto, pronto, dame un poco más de tiempo.

Y se soltó de él abandonándose a una espiral de ruido y movimiento. La noche transcurrió, malditamente. Metió la camisa en la bolsa, no cogió objetos personales, solo ropa. Con ademanes decididos y los dientes apretados diferenció con meridiana claridad aquel instante, del resto de su vida. Colocó la bolsa ya cerrada detrás de la puerta y se sentó a la mesa para escribirle una nota. Nunca, en el tiempo que llevaban juntos, había sido capaz de imaginarse la despedida. Llevaban acostándose seis meses, buscándose por garitos de poca monta, abrazándose en tugurios bajo los contrastes luminosos de luces de neón.

CONTINUARÁ

© flantains
Editado por fw el 10-02-2012 15:03
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