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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© flantains - La llave, capítulo I
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Localización: Madrid, España
Registro: 25.06.08
Publicado el 23-01-2012 21:45
El caso es que, como ya he comentado, hace un tiempito que no escribo, sin embargo me gustaría segir participando en el grupo sin tener que devanarme mucho la sesera (precisamente eso que maese jorfa no da abasto en intentar corregirnos con tan escaso exito) así que he desempolvado una novelucha que hace tiempo deje a medias y eso me legitima (creo yo) para ya, de paso, intervenir aquí y allí sin tener complejo de piojo. Lo bueno es que podeis cebaros a placer sin cortaros un pelo y lo malo es que justo en el nudo se me terminaron las ganas y se quedó así: huerfana de desenlace. Que conste que no por falta de idea, la falta viene por otro lado. Son cincuenta paginillas del bellón, que a tres y a tres y atres me da para una temporadita. Voy a pasarosla en castellano porque, al no ser todos poliglotas, entiendo que alguno podría tener dificultades en la lectura tratandose de cualquier otro idioma de mundo. Y sin más prolegomenos:

LA LLAVE

Capítulo 1 - ( El paseante solitario )

Domingo, por la tarde, enero, el frío arreciaba detrás de los cristales de la ventana de la sala de estar; sobre el sofá una mujer envuelta en una bata de paño rosa dormitaba en total abandono; ni un reloj había en la habitación, solo el crepitar de la televisión, encendida sobre las paredes en penumbra, concedía a la estancia, el movimiento. A ratos abría los ojos y miraba a la pantalla, era domingo, era este como podía haber sido cualquier otro del mes de enero, febrero, marzo. era ese día remansado que antecede al lunes y precede al sábado; el lunes tenía horas en la mañana, en la tarde, alguna en la noche; el sábado tenía, sobre todo, noche, la noche anterior, el sábado noche. Era domingo, día cero, santa desidia, loado sea el arlequín que colgado de la pared, encima de la televisión, no sabe mirar a ninguna parte. La vida de Pilar resultaba ser, tumbada en el sofá de su salita, una doble rutina semanal, más bien triple, de lunes a viernes, el sábado y, por último el domingo, como la onda sinuosa que muestran los monitores cardiacos, un latido tenue, rítmico, casi inaudible y terriblemente delicado que tiene forma de gráfico y que se interpreta positivamente en la monotonía de esta curva sinuosa.

Era esta rutina dominical una manera, entre tantas, de romper con la rutina del resto e la semana, una rutina sobre otra, y otra, es como un trío de ases, en un solitario; como un pozo de agua seco, en el desierto; como perder el último tranvía en una estación de tercera, una madrugada lluviosa y fría . Con un movimiento torpe extendió la mano y encendió la luz de la lámpara, no eran ni las siete de la tarde pero la noche ya estaba cerrada. Se incorporó sentándose y se colocó la bata, retorcida alrededor de su cuerpo, bostezó largamente dejándose caer sobre el respaldo del sofá, tenía la mirada prendida de la pantalla del televisor, los ojos llenos de lágrimas a causa del bostezo, y se rascaba la cabeza.

Llamaron a la puerta inesperadamente, se levantó en un ademán rápido y durante unos instantes estuvo confundida e indecisa, sacó del bolso de la bata un espejito que tenía junto a unas pinzas de depilar y se miro en porciones, nerviosa; con la otra mano se arregló un poco el pelo y limpió las legañas negras de los ojos, se frotó la comisura de los labios. No abrirá. Enfundada en la bata rosa se vuelve a sentar en el sofá, taconeando de puntillas sobre el suelo con vertiginosa velocidad, ahora sin espejo se vuelve a tocar el pelo, los ojos, la comisura de los labios, en un gesto involuntario se huele las manos. "Está bien", lo ha pensado con determinación, y se va al cuarto de baño mientras el timbre insiste a intervalos calculados. Abre el grifo del agua caliente, porque por fin ha decidido lavarse la cara y las manos, cierra la puerta del baño con sigilo para no oír ni ser oída, esta sola en casa y a la puerta llama alguien con insistencia: no abrirá. Intenta distraerse del reclamo estudiando en este otro espejo su aspecto dominguero, más grande y mejor iluminado. Tiene ojeras, restos de maquillaje por toda la cara y un rictus en los labios decolorado y duro, ni siquiera intenta sonreír, eso solo lo hace, sonreír, cuando se prepara para salir el sábado por la noche, o cuando se prepara, en general, para salir: salir de donde había entrado anteriormente, salir para entrar, entrar para poder salir, para no estar eternamente parada. No solo se sonríe cuando ha llegado la hora de salir, hace más, experimenta muecas y mohines al dictado de la imaginación y en actitud altanera, bajo la sombra de una ensayada mirada, siempre la suya, siempre la misma, hasta que consigue seducirse a sí misma. Y es en ese preciso instante cuando cierra los botes de crema, tapa los lapiceros perfiladores y esconde las barras de colores, no hay nada que la proponga más que su propia imagen disfrazada de fastuosa autosuficiencia, está preparada para que comience el viaje. A pocos minutos de haber terminado, Daniel suele llamar a la puerta, desde el timbre de abajo. ¿Subo yo o bajas ya? Y ella baja dejando tras de si el aroma más caro que encontró en carrefourt. Se sabe mantener, con disciplina, en su papel a lo largo de toda la noche, viaja de la mano de Daniel apurando la acera, una tarde fría de invierno, hasta un restaurante que para ellos es " el restaurante", viaja de la mano de Daniel al Pub 6.000 o al Zonan Zero, donde se toman un café o una copa, viaja de la mano de Daniel a la pensión Roman y suben sus escaleras de madera vieja, y transitan por los pasillos silenciosos, penumbra comatosa, donde el ruido de un portazo es el titulo de una historia. Cuando Daniel cierra la puerta tras de si, en la habitación-cama de la pensión, Pilar ya ha tirado el bolso en un rincón y está colocando el abrigo sobre la silla. Sexo, entre sabanas de poliéster y tabiques de pladur, se quita ella misma las medias para evitar que, con las prisas, él le haga una carrera.

Ve el sábado noche recién caducado atravesar como una centella sus ojos, los restos de maquillage, las ojeras, mientras se mira en el espejo y el grifo del agua caliente expele agua sin pausa, sin síntomas de agotamiento. Inagotable, fuente inagotable.

El timbre volvió a sonar tras una pausa de varios minutos que le había hecho creer que el intruso había desistido, esta vez quien llama esta detrás de la puerta, ya no llaman desde abajo, por un momento piensa que podría ser él, Daniel, pero rápidamente aparta esta idea. Recuerda, repasando la noche anterior otra vez, que durante la cena le había dado la llave de su casa, en un momento romántico aunque no exento de premeditación. Después de un año y medio de relación, le parecía a Pilar que había llegado el momento de hacer ciertas concesiones y de ver como evolucionaban, lo había dado muchas vueltas durante la semana anterior, sopesando los pros y los contras, incluso valorando que él decidiera no asumir esa responsabilidad, que lo interpretara como un compromiso. Bien. Más o menos de eso se trataba, de matizar perfiles, de alimentar las sombras cotidianas, de hacer hincapié, de ser incisivo.

Esperó, sin moverse de donde estaba, a oír el ruido de la cerradura cediendo con docilidad ante la maniobra de la llave, pero no fue así, volvió a sonar el timbre, insistentemente. Resopló con impaciencia, ya con la cara lavada y el pelo cepillado. Definitivamente Daniel no podía ser, porque quizá hubiese llamado una vez, por cortesía, pero luego hubiese usado la llave, seguro. ¿Andres?, Andrés tampoco podía ser, el día anterior le había visto salir con las llaves en la mano, pensando en Andres, ¡ya tenía que estar en casa!, ¿y si las había perdido? Pues aporrearía la puerta, llamaría por teléfono. Nadie mejor que él para saber que Pilar, los domingos por la tarde no se movía de casa, tendría que decirle que había dado una llave a Daniel ¿cómo se lo tomaría? La verdad es que le daba lo mismo, el caso es que ya tenía que estar en casa preparando los libros y las clases del día siguiente. Suspiró profundamente pensando en su hijo. Yendo al grano: ya tenía que estar allí. Con movimientos lentos y silenciosos se acercó a la puerta, en la esperanza de que antes de llegar a ella, oiría los pasos que se alejaban desistiendo, pero no fue así, el timbre sonó otra vez en mitad del trayecto, no consigue no sobresaltarse cada vez que se produce el estruendo, y además esta vez, como la pilla en movimiento, apura el paso tropezando con un baldosín que está suelto en el suelo del pasillo, delatando su presencia torpemente, durante unos instantes cree que está todo perdido porque le parece imposible que no se haya oído, desde fuera, el golpe que se ha dado contra la pared. Pero no es así, oye unos pasos, como se abre la puerta del ascensor, y la calma vuelve.

(CONTINUARÁ)

© flantains
Editado por fw el 10-02-2012 15:03
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