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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Blanca Barojiana - NAVYTALE 2012. ROSALÍA
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Localización: Madrid, España
Registro: 25.06.08
Publicado el 06-01-2012 15:02
ROSALÍA

Ramón bajó a la cuadra la mañana del día de Reyes, antes de iniciar la amanecida. Había nevado. A las vacas les gustaba que las ordeñaran tempano. Así se lo había dicho siempre Rosalía, su madre: Non te duermas, que a las pobrinas gústales que las atiendan pronto.

Su madre había muerto hacía algo más de cinco años. Era su única compañía desde que su mujer, y su propio hermano le habían traicionado y se habían fugado juntos, a saber dónde. Desde la muerte de su madre Ramón apenas bajaba al pueblo ni trataba con nadie más que de lo imprescindible de la herrería. Decían de él que era huraño y arisco, que se había vuelto asocial y acabaría loco. Pero no pasaba un día sin que ordeñara a las vacas temprano.

Levantó la tranca alta, que en las noches de nieve dejaba sin candado, como le enseño su madre: Non tranques la cuadra si hay nieve o tormenta, Ramón, que si vien un camiñante teña refugio, que es ley antigua.

La perra mastina, La Loba, gruñó, y él supo que había alguien dentro. Entró y encendió la luz. Los vio allí, contra el pajar, temblando.

- Ramón, hermano. y se le quebró la voz- Era un hombre destruido, pálido, consumido.

- Perdónanos - lloraba la mujer, muerta de miedo - no tenemos dónde ir, estamos enfermos.

Allí estaban ellos, sus verdugos: indefensos, ateridos. Los que tantas veces había jurado matar. A su mano, el hacha. Pero no sintió furor, solo un vacío, vértigo, resonaron en su mente las palabras de su madre: Si vien un camiñante teña refugio.

- ¿Cómo che chama? - de repente sonó una vocecilla. Ramón, que era de buena estatura, se quedó más estupefacto todavía al ver a una chiquilla tan diminuta dirigírsele, cogerle resueltamente de la manaza y llevarle hacia la vaca -¿Cómo che chama? - insistía la pequeña, palmoteando la pierna del animal.

- Roxa -acertó él a balbucear.

- ¿Y esta cómo?

- Braña.

- ¿Y ésta...?

Ramón miraba a la nena y veía en ella los ojos chiquitines y azules picarones de su propia madre. Y la piel blanca, finísima, y el pelo rubio y fino como el de ella. Eran igual las mejillas, la frente, la risa: era la abuela. Cogió el taburete y se puso a ordeñar, con la niña encima de sus rodillas: La pequeña lo miraba todo y quería ella ordeñar también con sus manitas.

- Asín no es, mira, es asín. ¿Y tú cómo te llamas?

- Ro-cha-lí-a.

Cuando terminó de ordeñar cogió la niña en brazos y le dijo a su hermano y a la que fuera su mujer.

- Esta era la casa de la madre. Y ahora es la casa de la hija. Vamos.

Entraron en la casa y Ramón le tendió el cántaro a la mujer - Hiérvela para la nena. En el arcón tienes mantas y ropas. Ella dormirá en la habitación de madre. Hermano -le dijo al hombre enfermo- aquí hay trabajo para los dos, yo solo no puedo con todo. Cuando sanes iremos a retejar la cuadra del Teixerín alto y a arreglar la canciella de las Biescas. Me ayudarás en la herrería.

Salió de la casa y por el camino nevado bajó hasta el cementerio. El sol nacía con un resplandor rojizo. El no sabía rezar. Hablaba con ella con palabras corrientes. Retiró la nieve de la tumba con las manos. Sonrió después de tantos años.

- Gracias, madre.

© Blanca Barojiana
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