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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© jorfasan - Despedidas
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Publicado el 31-07-2011 15:08
Despedidas

Le encantaba que le llamasen para despedirse. Le gustaba que alguien querido trazara, con la pintura blanca del adiós, el límite exacto que ha de dividir el estado de la cosas que se desplazan, entre el que se va y el que se queda. Siempre que viajaba su madre lo llevaba a despedirse de los abuelos que siempre celebraban los encuentros, todos los encuentros, con algarabía, besos, calor. No importa que hubieran estado juntos la víspera, los recibimientos eran como cuando se arranca el motor, una explosión de ruido, el temblor inquietante, la certeza de que algo ardía. Si partían hacia la otra punta de España, adonde el calor y el sol inmisericorde, todos sabían que esperaba no menos de dos jornadas de trayecto. Se especulaba con la lotería del estado de las carreteras, la azarosa frecuencia del transporte de mercancías que dificultaba tanto los trayectos. Y luego el atravesar ese casino circulatorio del corazón obligatorio y tarado que era Madrid, imposible casi para cualquiera no familiarizado con las obras de su precario sistema circulatorio. Incuso se consultaba a un familiar o familiar de un amigo que acababa de volver de Sevilla -justo la semana anterior- y conocía un atajo para sortear el laberinto madrileño, eso sí, con cien kilómetros más por los secarrales segovianos. Mapas, consejos, víveres, todo formaba parte del adiós. Las preguntas sobre el destino, las promesas de llamar para que supieran que estabas bien. Los abuelos hacían un trayecto virtual para comentar lo que ellos conocían y rememorar sus viajes. Y si no habían estado, el abuelo ya había comprado una guía, actualizada dos años antes, y había trazado rutas, excursiones e hitos imprescincibles. Reducir al azar hasta una dosis asimilable por cualquier organismo curioso, desmontar lo inesperado a las fronteras de la metereología, desactivar con anticipación la bomba de la tragedia si el destino hubiera decidido colocarla a nuestro paso.

Una vez, -tendría trece e iban a Mogón, a un pueblo tan perdido y secundario que resultaba asequible a la economía de su madre-, entró por sorpresa a la biblioteca. Entonces vió el gesto de apoyo de su abuelo que no sincronizaba con el sentido agradecimiento de la madre y, también, el verde dinero vibrando con suavidad entre las cuatro manos, que ella ocultó torpemente en su bolso. La abuela entró justo detrás del niño e hizo la pregunta para comprobar si tendría suficiente con la cantidad asignada para ese periplo. En ese momento el niño odió las despedidas, no porque tuvieran un precio sino porque empatizaba con el orgullo desabrido e incurable de la madre. El niño no lo sabía pero ese orgullo, haciéndose el herido, era quien había sacado el dinero de la cartera de los abuelos al mencionar la madre que ella no podía dar un veraneo a sus hijos, como otros padres. Había un rito equívoco de cariño y rabia que ese orgullo orquestaba con equívoca precisión y dejaba un aire excesivamente seco en las gargantas. La madre cultivaba un orgullo invicto que, con los años, haría odiar la ayuda de sus padres, sus tutelas y sus desvelos. Un orgullo ciego y sulfúrico que acabó con todos los cariños y le regaló una soledad de isla y tormentas.

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