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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Francisco M. Herranz - NO ES LO MISMO EL SUEÑO DEL MERO DORMIR QUE EL SUEÑO DE SOÑAR DURMIENDO
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Localización: Madrid, España
Registro: 25.06.08
Publicado el 25-04-2011 10:27
NO ES LO MISMO EL SUEÑO DEL MERO DORMIR QUE EL SUEÑO DE SOÑAR DURMIENDO

Nunca había soñado donde trabajara durante treinta y cinco años y si cito esa fecha es porque a la mañana siguiente amanecí con el cuerpo dolorido y con los dedos de la mano derecha pegados a la palma de la mano, los hombros contraídos, en fin, un desastre. Sin abrir los ojos, con la cabeza aún confusa entre el sueño y la vigilia me sorprendí recordando las escenas de un sueño, mi primer sueño, en el que yo caminaba a paso vivo por una calle ensombrecida cuyo empedrado brillaba bajo el rocío. Me veía encorvado, como tratando de protegerme del frío pero de pronto comencé a correr tras un tranvía amarillo que doblando en la esquina subsiguiente abordara la calle por la que yo caminaba, en el mismo sentido, es decir alejándose de mí. Mi carrera continuó un largo trecho hasta que, jadeando, sin poder acortar distancias, detuve mi marcha cuando el vehículo se hizo tan pequeño que ya no era posible divisarlo

Desperté sobresaltado.

Ese sueño se repitió durante los veinte días siguientes cuando, tras las cena, sentado frente al televisor terminaba dando, con el mentón incrustado contra el pecho, cabezadas no tan fugaces como las que yo suponía y luego, ya en la cama, con ligeras diferencias pero siempre con un tranvía amarillo. De alguna manera me había acostumbrado a ese sueño monotemático cuando una noche, por circunstancias que no puedo discernir, en vez de resignarme a perder al tranvía redoblé el esfuerzo hasta alcanzar el asidero posterior del vehículo estabilizándome sobre el escalón trasero y, desde allí, entré al coche donde me senté en el último asiento, quedando frente a un policía que dormía con la gorra torcida por tener la cabeza apoyada en el vidrio de la ventanilla. En ese momento me vino a la cabeza la loca idea de robarle la gorra, pero como el motorista en ese momento frenó con brusquedad terminé golpeando la cabeza en el respaldo del asiento delantero, despertándome.

El día siguiente estuve despierto más tiempo del habitual hasta que el sueño me doblegó. Cerca de la mañana, el otro sueño, no el sueño del mero dormir sino el sueño de las figuraciones insólitas, se hizo presente. El decorado había cambiado; yo era un funcionario importante y estaba en la calle, en actitud furtiva, cubierto por las sombras de un árbol añoso. El bulto oscuro que era yo se mantuvo quieto hasta que un automóvil se detuvo en la vereda de enfrente de aquella donde yo estaba, del que descendió una mujer joven que, de tres zancadas, como sustrayéndose a miradas curiosas, llegó a la puerta de la que resultó ser su casa y, sin necesidad de hacer girar la llave que tenía en la mano, ingresó en ella.

Tras un lapso no muy extenso mi sombra cruzó la calle, abrió la puerta e ingresó a la casa donde momentos antes ingresara la joven mujer. A tientas llegó al dormitorio donde ella ya dormía con profunda y rítmica respiración. La sombra del que era yo se quedó un rato admirando las largas piernas y la curvatura de la cola de la mujer, no disimulada por las sábanas que la cubrían parcialmente. Luego mi sombra abrió el cajón de la mesa de luz retirando unos papeles y cuando emprendía la retirada vaciló, dio un paso hacia atrás y tomó, para mí inútilmente, la cartera de la mujer, de la que sacó el dinero que contenía.

Después mi sombra, a la que yo veía desde mi otra sombra, la que permaneciera quieta en la vereda de enfrente, tuvo un nuevo sobresalto; al llegar a la vereda debió esconderse esperando que se alejara un patrullero que, sin hacer sonar la sirena, avanzaba por la acera lentamente. Desperté angustiado, con la absurda sensación de haber sido partícipe del delito soñado y a la vez indignado contra el que era yo en el sueño por el innecesario robo de la cartera de la mujer, pasando por alto el episodio de los papeles sustraídos de la mesa de luz que, sin ninguna lógica, atribuí a un recupero de documentos atinentes a mi propia vida laboral que hubieran sido sustraídos previamente por la mujer, como si la aventura soñada hubiera sido un episodio paralelo y secretamente asociado a mi propia vida.

Este sueño se repitió en las noches venideras con ligeras variantes; siempre tomaba los papeles de la mesa de luz pero a veces robaba pequeños objetos, teléfonos digitales, un llavero, en fin, lo que fuera. Una vez, lo recuerdo claramente, la que era mi sombra se sentó a la mesa de la mujer para devorar un dorado pollo que parecía estado esperándolo. Al salir, esta vez, el puntual patrullero que aparecía cada noche detuvo su marcha, descendió un policía, se acercó a mi sombra y, apuntándolo con su arma, guardó en su bolsillo el dinero que yo, o sea el que aparecía como yo, acababa de robar. Por la mañana desperté transpirado y con la boca reseca, nervioso, con una nerviosidad que me duró el resto del día. Temía que esa noche se iniciara un nuevo episodio en el que el policía apareciera nuevamente, acaso yendo más allá que la noche anterior.

En efecto, tras las reiteradas secuencias dentro de la casa de la mujer, del apropiamiento de sus papeles y del robo de su dinero, al salir mi sombra se encontró nuevamente con el patrullero, con el mismo policía de la noche anterior; tras tomar el dinero que mi sombra sustrajera me forzó a ingresar al patrullero. El que manejaba pronto desembocó en un paraje que yo conocía perfectamente; una calle empedrada con adoquines bruñidos por la humedad en la que, pronto, apareció el tranvía amarillo de mis anterior secuencia de sueños. El patrullero aceleró, dejó atrás al tranvía, en el que alcancé a divisar al policía dormido, se detuvo en la esquina siguiente, me hizo descender y cuando ya estaba en la vereda el policía que me detuviera me dijo:

- Andá, papanatas, subí que quiero ver cómo, aprovechando que estoy dormido, me robás la gorra.

Eso sucedió anoche. Hoy me pase horas deliberando si subo al tranvía, si lo hago, opto por hacerme el distraído y simulo echar un sueñito, o si me doy el gusto, le saco la gorra que llevará torcida sobre la cabeza, y si el policía de mi sueño amenaza sacar el arma para defender la gorra que lleva su propia sombra, me animo a defenderme, aunque sea un sueño, y en medio de la balacera lo reviento. Total, como es de noche, no habrá peligro de que lastimemos a algún transeúnte.

Esto lo cuento desde el hospital donde. La policía argentina siempre está ausente cuando se la necesita pero en los sueños no se priva de nada. Mi abogado dice que como yo no tengo antecedentes, tengo derecho a portar arma, el policía estaba fuera de servicios y hay testigos de que yo dormitaba cuando fui agredido saldré libre por legítima defensa. De todos modos yo tengo miedo, cómo voy a justificar que yo tuviera en mis manos la gorra del policía.

23 de Abril de 2011. 8: 3hs. 45’ pm.
Francisco M. Herranz
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