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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© lunamar - Ella
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Publicado el 20-03-2011 17:37
ELLA

1. La llamo y viene

Recuerdo que la conocí recién cumplidos mis siete años, aunque solo tiempo después supe su nombre y que vino para quedarse. Era la hora del recreo y esa mañana yo llevaba un gorro de lana calado hasta las orejas porque era invierno. En el patio un sol escuálido apenas levantaba la bruma que venía de la riera y mis dedos helados —los guantes olvidados en un bolsillo del abrigo— pasaban las últimas hojas de un libro que me habían regalado por Navidad. Aunque no puedo recordar el título y menos la historia que se contaba, sí recuerdo que el libro se estaba terminando y como la emoción del desenlace me sobrecogió. Levanté los ojos del punto y final buscando, ahora lo sé, compartir la emoción y el descubrimiento de un mundo entre las palabras impresas sobre el papel. Pero nadie respondió mi mirada expectante. Nadie, excepto ella.

Nunca la había visto antes. Estaba rígidamente sentada en un banco justo al otro extremo del patio. Y me miraba. En cuanto vio que la había visto se levantó y cruzó con lentitud la distancia que nos separaba, tomó mis mejillas entre sus manos heladas y me dio un solo beso en la frente. Luego se sentó en el banco junto a mí. No dijo ni una palabra y yo tampoco. Pasamos el resto del recreo allí sentadas, mientras yo releía algunos pasajes del libro y oía su respiración a mi lado con mucha más claridad que los gritos y las risas de mis compañeros. Sólo estuvo un rato esa mañana y se fue sin que me diera cuenta. Un amigo me llamó y cuando me giré ella ya no estaba.

Luego ha regresado innumerables veces y aunque tardé un tiempo en volverla a ver después de esa primera vez, ahora que ya parecía saberse el camino, la encontraba a menudo sentada junto a mí sin que yo la hubiera invitado. Con los años he ido conociendo sus cambios de humor —amable, árida, incluso ausente— y aunque nunca ha perdido su aire solemne, han sido demasiados los momentos compartidos y algo en ella, cuando soy yo quien la llama, se ha vuelto hogar. Quizá no suceda a menudo, pero algunas veces la echo de menos, entonces la llamo por su nombre y ella viene.


2. Acertijos en la arena

Yo nunca la veo ociosa. Si acaso alguna tarde de verano, cuando el calor arrecia incluso bajo la sombra, me propone acertijos. Tardé poco en darme cuenta que sus preferidos son los que tienen múltiples soluciones o no tienen solución alguna. Me dijo que tiene la fuerte sospecha —los nómadas del desierto y el curso de los ríos en el mar la comparten— que las respuestas únicas terminan olvidadas en algún museo. Los absolutos, afirmó, me repudian. Prefiere esas medias verdades miméticas de su época y flexibles como los juncos. Prefiere el misterio que no da respuestas sino más preguntas.


3. Cuando viaja

Siempre ha sido una extraña compañera de viaje. Carga su equipaje como si fueran recuerdos y acostumbra a sentarse taciturna y silenciosa junto a la ventana. A veces, yo le adivino una mirada embelesada en el paisaje que recorremos y entonces su compañía se torna amable, casi luminosa.

Nunca he sabido con exactitud qué despierta en ella esa sonrisa de complicidad repentina con algún transeúnte despistado; ellos se la devuelven —arrancada de sus labios por la perplejidad y el deleite— y siguen su camino sin saber muy bien qué ha pasado. Sospecho, sin embargo, que cada una de esas sonrisas es un intento de puente, un camino que trata de salvarla de la indiferencia. Un observador externo diría que suele permanecer un paso alejada de todo, como si un sudario de distancia y silencio la envolviera. Pero yo la he vivido de cerca y confieso reconocerle una perenne intención de acercamiento, un tenderse hacia fuera precisamente desde esa distancia y ese silencio.

Si alguna vez me preguntaran por qué he viajado en su compañía con tanta frecuencia, podría responder que casi siempre me ha sucedido sin haberla buscado. Y aunque eso sería media verdad, la otra media debería decir que una parte de mí, entrenada por los años y la costumbre, sabe en qué recodo espera para unirse al viaje. Entonces ¿por qué?, repetirán. Y yo me encogeré de hombros y les sonreiré.


4. Después de la tormenta

Sé que tiene una hermana mayor de la que me habla a menudo pero nunca me ha presentado. Más adelante dice, siempre hay tiempo. Y me cuenta que son muy parecidas: las dos practican el silencio y comparten esa mirada de azul casi negro que sólo tienen la noche y la mar. Los días que está más nostálgica insiste que de ella lo aprendió todo: a doblar el recodo del río con la barcaza y a tender la red y atender el timón; a destripar el pescado sin desgarrarlo para llenarlo de sal y el amor por las tormentas me explica, también lo aprendí de ella. Quizás por eso me desconcierta que quiera que la conozca cuando las aguas estén calmas. Y aunque no insisto, yo intuyo de la mayor, un talante diferente en el fondo, un aire más definitivo y rotundo. Algo que, seguro, confirmaré el día que me la presente.


5. Porque no duerme

Me desvelé una noche y descubrí que nunca duerme. Le gusta sentarse de madrugada junto a la ventana que da a esa plaza trasnochada, donde los últimos borrachos y prostitutas esperan rescatar de la noche lo que le quede de amor y dinero. También la he visto encaramarse descalza al tejado desde la escalera del altillo, y sentarse en el borde con las piernas balanceándose sobre el vacío: cierra los ojos, las palmas de las manos abiertas sobre las tejas y escucha: un bebé llora en una casa vecina, una lata vacía rueda por los adoquines y alguien desafina una melodía en el callejón. Sonríe y yo sonrió con ella sin saber por qué. Luego yo me vuelvo a la cama y duermo y a la mañana siguiente todo me parece un sueño. Pero si vuelvo a desvelarme alguna noche, la encuentro invariablemente rondando por la casa y entonces quizás compartimos un vaso de leche o nos leemos nuestros cuentos preferidos.

Algunas veces en las noches de invierno —aunque lo niegue sé que le gusta la niebla— salimos un rato a la calle. Cómo resuenan los pasos sobre el silencio del asfalto nocturno. Allí todo se torna anónimo y navegamos como barcos sobre un río de aceras. No sé que busca, si es que busca algo, pero la acompaño en silencio hasta que el camino nos devuelve a casa.

Algunos dirán que es un suplicio poblar de insomnio todas las noches y que es extraña la complacencia con que las visita, pero yo nunca he pensado que eso la haga más extraña. Porque aunque no duerme, yo sé que ella sueña.


6. Desde el otoño

Casi no conozco a nadie más ermitaño; raramente sale de casa, hasta que llegan los primeros vientos otoñales. Entonces, el viejo parque de robles y hayas se engalana y los paseos se convierten en una rutina diaria. El crujido de las hojas muertas bajo nuestros pies tiene su propio lenguaje; nos adentramos flanqueadas por los troncos desnudos, mientras las hayas tienden la llama de sus ramas y las hojas crepitan, paso tras paso, su antiguo mensaje tanático. Qué sinfonía para los sentidos, nunca la veo más enamorada: todo la vigoriza, incluso la humedad del aire y el sol mortecino que se adivina tras la bruma, sonrojan sus mejillas.

Pero cuando llega el invierno y el crudo frío la espanta, regresa a casa para instalarse en esa butaca, que hace suya toda la casa. Estos romances son de vuelo corto y lo sabe y aún así la veo mirar con nostalgia como se precipita pausadamente el agua hacia el olvido. No me importa que entonces se vuelva huraña: como todas, las hojas del calendario algún día también caerán.


7. Origen

No es ningún secreto que viene de una tierra pagana que fue conquistada en alguna lejana cruzada. Instruida y cristianizada, tiene ese aire antiguo y cultivado de quien ha sido civilizado a fuerza de insistencia y penurias. Cuando por fin conseguí saludarla de frente —su mirada rivaliza con la mirada de las esfinges— me demostró que el valor es la única moneda con la que puedes comprarla: un salto de fe al vacío de sus ojos tiene como recompensa encontrarse a uno mismo. Pero esta es una respuesta que sólo te ofrece después de haber saltado. Primero te exige un bautizo de congoja e incertidumbre, hasta que el hastío y la repetición te despojan de todo lo que no seas realmente tú. Sé que puede parecer cruel, pero la enseñaron así, allí de donde viene.

Me confesó, una noche junto al fuego, que su padre fue un pastor de las tierras altas y su madre una ninfa de agua salada. De ella heredó la profundidad y su propio canto de sirenas. Yo la he oído arrullar la noche a lo lejos y he tenido que cerrar la puerta con llave —y olvidar la llave en algún rincón de la casa— para evitar salir y perderme en sus caminos. De su padre se llevó, en cambio, el recorrido del tiempo y el amor por los espacios abiertos, donde ella se torna generosa y de alguna forma vuelve a ser niña. Me advirtió que nunca me encerrara con ella en los cuartos pequeños porque la sensación de ahogo la acelera y la vuelve violenta.

No es que dude de su palabra pero después de todo lo que me ha contado, yo no entiendo cómo puede venir de tan lejos sintiéndola yo tan cercana.


8. Hacia el mar

De todos los destinos que hemos alcanzado juntas, yo sé que por encima de todos los demás, prefiere el mar. Algo en la multiplicidad de las olas resuena en ella con ecos de cavernas que le recuerdan todos los refugios en los que ha hecho su hogar. Y es cierto, de pie en la arena mientras el horizonte marino y el cielo recortan su silueta, nunca me ha parecido más arraigada o pertenecida.

Un día, cuando ella estaba allí, con el agua enredada en los tobillos, me acerqué a mirarle los ojos y eran puro mar: líquidos y oscuros. Qué largo trecho viaja cuando está en la orilla, y me pregunté si buscaría algún puerto o se quedaría navegando el epicentro de la lejanía. La distancia no importa, supe de repente, porque una agua son todas las aguas y en el mar convergen el abismo y la costa.

De esos viajes estáticos junto a la orilla del mar, siempre vuelve muy despacio. Aprovechando la resaca que deja la pleamar, la veo remontar una ola y sobre su espuma deslizarse con lentitud hasta la playa. Durante días después de esos viajes, cuando la ves a contraluz, la sombra que emerge de sus pies siempre es más oscura y densa. A veces me pregunto si realmente vuelve nunca del todo. Y es que el mar la llama, yo lo sé, como llama a todas las aguas.


9. Cronología

Dicen que los principios son difíciles, sobre todo aquellos que valen exactamente el esfuerzo de sufrirlos y ciertamente el nuestro fue largo y doloroso. Pienso que para ser justa, quizás debería contar mi historia con ella al revés. Empezar por los últimos años, donde yo he andando a su paso, buscando su aliento y su compañía y relegar nuestro parto de rebeldías y negaciones a alguna contundente frase final.

Pero quién soy yo para creerme justa. Con mi miopía personal, al menos comparada con la longitud de su mirada, seguramente no acertaría jamás. Además la cronología que compartimos no ha seguido nunca un orden concreto que pueda narrarse. Medias visitas y anticipaciones nos pueblan mezcladas con la plena presencia de la una con la otra. Empezar por ella, empezar por mí. No sabría hacerlo, no quiero hacerlo y determinar fijamente en el tiempo donde empezó nuestra andadura.

lunamar
18mar2011
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Publicado el 23-03-2011 14:44
10. Venganza

A veces, sobre todo entre grandes multitudes, se vuelve insoportable. Dice que no lo hace nunca por venganza y yo la creo. Es una cierta combinación de elementos: el escaso aire, la presión de esa marea anónima, un recuerdo inoportuno y es un sálvese quién pueda, la fiera que hay en ella despierta y no deja títere con cabeza. Si no mirara con atención podría a llegar a pensar que las circunstancias que la desencadenan son sólo hijas del azar; es cierto que es como un perro que no ladra y ver los signos requiere poner en ello los cinco sentidos, pero yo no me pierdo detalle de todo cuanto hace y expresa: las pautas en el caos que invoca su ira están ahí para el que quiera verlas. Además nunca ha presumido de tener un rostro amable, eso es algo que deja para después, mucho después.

Por venganza, más bien, creo yo se hace la inoportuna. Su preferida es llegar sin avisar, en medio de una fiesta o un convite cuando no se la esperaba. Esa sonrisa de medio lado cuando se anuncia en la puerta no presagia nada bueno. Algunos tratan de ignorarla y algunos realmente lo consiguen pero ella tiene sus favoritos y esos no se salvan.

lunamar
20mar2011
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Publicado el 23-03-2011 14:48
11. Elegías

No suelen gustarle los niños, por eso cuando al atardecer de un agosto me contó meditativa que no había tenido hijos, no me sorprendí. No le pregunté por qué; sus únicos excesos son el silencio y una tendencia obsesiva al aislamiento: la algarabía y sobretodo la inconsciencia de la infancia la sobrecogen. Descubrí que los huérfanos y los niños supervivientes de las catástrofes son los únicos que invocan su ternura. Y sé que a los más desamparados "cuyos ojos no olvidan la profundidad de los pozos" los amadrina sin buscar ninguna publicidad; los hijos del desastre los llama, y recuerda todos y cada uno de sus nombres y la fecha de sus aniversarios.

lunamar
22mar2011
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Publicado el 23-03-2011 14:48
12. Multiplicidad estética

He preguntado por el barrio y a pocos les parece hermosa; unos comentan sobre sus ojos que, aunque son grandes, quizás están un poco demasiado juntos; otros me dicen que su boca, a ratos inexpresiva, les produce desconfianza; la melena demasiado oscura, algo de un depredador en reposo en la parquedad de sus sonrisas. Unos pocos cuentan que si la luz de un fuego o que si luz de la luna la transforman. Personalmente pienso que solo resulta atractiva cuando la has conocido mucho tiempo: su rostro requiere de esas miradas prolongadas que abarquen todas y cada una de sus facetas. En la mayoría de las respuestas sin embargo, he notado dos cosas: a nadie deja indiferente y que en todas ellas la ven distinta.

lunamar
23mar2011
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Publicado el 24-03-2011 15:00
13. Ausencia

Observándola, he llegado a confirmar que no cree en la amistad. Se considera una pasajera ajena, tan extraña como extranjera. Cree en las alianzas temporales, en esos lazos obligados por los detalles y las circunstancias que se nos imponen. En el amor, sin embargo sí cree, de forma incondicional. Pero no os equivoquéis: para ella, la fisicidad y la consumación del amor empañan necesariamente un anhelo perfecto. Y no habla de la ingenuidad platónica sino de la consciencia que deviene cuando el amado se halla ausente: ese parto luminoso y sangriento que se siente cuando el yo se escinde en un tú que ya no está. Ahí, ahí es donde se inicia el viaje: el agua en las pendientes llanas se estanca y se pudre.

Una mañana espléndida y sosegada, después de la furia de un temporal, nos acercamos a la playa por si las aguas habían dejado en la orilla alguna ofrenda. Cuando llegamos, la arena aún lucía cansada y revuelta por el embate de las olas que durante la noche no le habían dado tregua. Buscamos un rato entre las crestas levantadas de las dunas y hojas muertas de palmera. Más tarde le pregunté por el amor de su vida, y aunque no esperaba respuesta, no me extrañé cuando su mano se afiló en un dedo y sus ojos fueron los de Penélope y sin decir palabra, igual que un faro, se quedó señalando el mar.

lunamar
24mar2011
Editado por fw el 24-03-2011 15:00
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