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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Francisco M. Herranz - EN ESTE RINCÓN
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Localización: Madrid, España
Registro: 25.06.08
Publicado el 20-03-2011 11:24
EN ESTE RINCÓN

Se llamaba Ignacio Aira, decía que era entrerriano para darse corte pero había nacido en Santa Cruz y no se le conocía trabajo ni mujer estable. Una vez, cuando hacía años que se había retirado de los rings, alguien, para fastidiarlo, le dijo que el boxeo no era una profesión digna y, él, sin encono, respondió que era un trabajo como cualquier otro y hasta más exigente ya que exigía valor, agilidad, resistencia física y desprecio por el dolor. Luego, bajando la voz, agregó que siendo el boxeo un trabajo de mala paga sin embargo suele permitir obtener beneficios “extras” con lo que, con picardía trató de guiñar un ojo, pero cerró los dos porque sus reflejos ya no eran lo que habían sido.

Para ordenar la narración aclararé que a Ignacio lo traté muchos años después de haberlo visto pelear, en una fría noche de invierno del año 1940 estando yo sentado en el ring-side del estadio “Luna Park” junto a mi padre que lo admiraba por sus altas dotes de boxeador. En aquella oportunidad, que mantengo fresca en mi memoria, cuando Aira subió al ring hubo más abucheos que aplausos no porque el público lo malquisiera, todo lo contrario, sino porque como dijera el presentador oficial de la pelea, “en la ultima pelea de la noche y en este rincón, Ignacio Aira quien se enfrentará a Armando Azara, campeón argentino de los livianos”, lo que bastó para concitar el delirio de la gente, especialmente a los de la “popular” siempre propensos al patrioterismo fácil.

Ignacio subió al ring lentamente, sonriendo, como si los abucheos formaran parte de un rito aprendido hacía años. Con la mano derecha sin enguantar forzó una cuerda hacia abajo y con la otra mano, la otra cuerda hacia arriba, creando un espacio por el que pasó el cuerpo. Lucía flaco, desgastado con la cabellera cavada, los arcos superciliares en relieve y la aplastada nariz que parecía un amasijo en el medio de la cara.

De Azara, el campeón argentino, solo recuerdo que decían que compensaba sus limitadas dotes con arrojo y aguante. Lo vi ascender con un salto felino mientras Ignacio Aira abstraído, con una toalla desflecada bajo el brazo, esperaba a sus ayudantes que, por alguna razón, llegaron cuando era inminente el inicio de la pelea. Entonces alguien le acercó los guantes y él, sin abandonar esa patética sonrisa, se los puso con maña, ajustando las cuerdas con los dientes.

Seré breve porque no es tanto lo que queda por decir, me recuerdo alentando a los gritos al español Aira, a dos hombres con pantalones brillantes, a dos torsos desnudos, a seis piernas bailoteando torpemente, recuerdo ruidos de golpes, jadeos, órdenes de "brek", prevenciones sobre el uso de la cabeza, forcejeos y a un hombre gordo, con un frac negro tan brilloso como arratonado, separando a los contrincantes, a la multitud alentando al campeón, festejando tanto sus certeros golpes cuanto la elegancia con que giraba el torso poniendo a salvo su cabeza de los golpes del rival, forzando la columna vertebral hacia uno u otro lado.

Y, por fin, recuerdo un golpe sobre la cara de Aira, a Aira caído frente a mí, al campeón bailoteando en el rincón opuesto, al árbitro declarando el “knoock out”, y a la voz del español diciendo; “disculpame pibe, hoy me tocaba perder”.

© Francisco M. Herranz
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