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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© azx - LA PESCA II (b)
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Publicado el 13-03-2011 00:06
LA PESCA II (b)



Todo empezó en un foro de literatura de usenet que pasaba por una temporada mustia cuando, para llenar un poco el vacío se me ocurrió enviar un post con el texto en el que narraba lo que me había pasado un día de pesca en el primer verano que estuve en Canarias trabajando de acompañante de turistas con posibles pero necesitadas de cariño. Pasaba por un mal momento, con poco dinero, sin trabajo y en octubre empezaba en la universidad, por lo que un poco de dinero me vendría bien. Fue provechoso ese verano así que los seis siguientes repetí destino. Seis años estudiando; sí, la carrera eran cinco pero el último se me atragantó y tuve que dedicar un año más para las tres asignaturas pendientes. Filólogo y traductor simultáneo de esperanto. La sociedad quería seguir dividida y no le hacían mucho caso a esta lengua universal pero yo iba a romper los moldes, difundirla, implantarla allá donde pudiera, fuera barreras. Etapas de la vida. Ahora tocaba idealismo utópico.

Al día siguiente me respondió Francis, y decía en su mensaje que leyera una historia dada a conocer por un pescador que había encontrado una libreta envuelta en plástico y dentro de una caja de galletas. Descubrió en un bote roto, varado cerca de unas rocas en una isla del pacífico, entre Papúa-Nueva Guinea, Australia y Nueva Zelanda, esta libreta que en sus hojas narraba a modo de diario las peripecias de un fugitivo en una isla fantasmal.

Unos días después me puse a buscar en los estantes de la librería y ya no me acordaba bien del título. No podía acordarme aunque hacía esfuerzos, así es que me puse a leer todos los títulos porque mi memoria al revés funciona, hasta que al final lo encontré con la ayuda de una amable dependienta: La isla del Dr. Moreau.

Terminé de leer esta historia y me surgió la duda. No le acababa de ver la similitud con mi relato publicado en las news. La mujer que yo vi era bella, no era un monstruo. El pelo negro. Unos ojos enormes. Las piernas esbeltas e interminables. Como esa mezcla de gitana y andaluza. Este libro, estaría bien que me lo hubiera recomendado de haber colgado el relato de mis experimentos cuando me independicé y estuve viviendo solo, tres años antes de conocer a Lara. Pero me dio vergüenza y opté por el de la pesca. El otro contaba mi experiencia de jardinero de enanos que resumiendo venía a decir esto.

Tenía tiempo y decidí aprender a cultivar árboles miniatura: bonsáis. No quise empezar por el roble o la encina, de crecimiento lento y difícil cultivo. Para aprender era mejor el naranjo y el limonero, de más rápido crecimiento. Ya disponía de todo el material, incluidos dos manuales. Puse unas semillas en el fondo de las macetas. Iba regando. Salieron las diminutas ramitas y hojas. Meses después eran auténticos naranjos y limoneros pero su altura no pasaba de los treinta centímetros. Era una afición delicada con poco margen de error por exceso o defecto. El agua justa, el abono justo. O muerte por putrefacción o muerte por sequedad. Un día, con mis depósitos seminales a punto de estallar pensaba en el desperdicio de todo ese material genético condenado a no cumplir con la misión para la que era creado. Pero conservarlo era imposible, o lo extraía yo o una noche se escaparía él solo. Si era invierno, a lavar y si verano, a limpiar, como me pasó un año antes.

El verano anterior en una de esas agobiantes noches de agosto de intermitente descanso y desnudez completa, me desperté sobresaltado, llovía en mi cara, creí que podría ahogarme, abrí los ojos y me incorporé un poco. Volví a caer de espaldas y acabé de despertar y tomar conciencia de donde estaba. Me había puesto perdido. Yo, la cama, el cabezal, la pared. Dentro de poco me tenía que levantar para ir a trabajar y no tuve más remedio que levantarme, limpiarme, limpiar, cambiar sábanas. En ese instante ocurrió lo que nos ocurre a los curiosos cuando la curiosidad descubre la forma de saber más.

Me afanaba por acabar pronto y volver a dormir y me preguntaba: ¿A qué distancia llegará? ¿Y los demás también, o más, o menos? ¿Influirá la longitud de la cola?

En los siguientes días, bien con la guía telefónica o llamando a información, conseguí las direcciones y teléfonos de todas las cadenas de televisión. Unas veces hablando por teléfono y otras mediante fax fui exponiendo mi idea. Un concurso televisivo en el que los concursantes compitieran por ver quién conseguía que su semen llegara más lejos al eyacular. La línea de cámaras, enfrente el plató. A la derecha el público. Cinco sillas para los concursantes. Una mampara de metacrilato transparente, con cinco agujeros en cinco láminas desplazables en altura. Cinco calles cartografiadas de material sensible, como las pantallas táctiles usadas en informática para mover el cursor o para sustituir el ratón. Los concursantes con un albornoz esperando sentados. El presentador entrevistando a cada uno. Luego el inicio de la prueba. Retirada de artilugios e ingenios de toda índole, (como por ejemplo la clásica placa metálica que ya en tiempos de la antigua Grecia se colocaban en el abdomen los atletas, para dormir, unos días antes de la prueba. De esta forma disipaba el calor en esa zona que alberga la próstata y las glándulas seminales, depositarias del líquido viscoso y lubricante y de los espermatozoides creados en los testículos y ahora a la espera de alcanzar su objetivo, introducirse en el óvulo y aportando la mitad de las instrucciones necesarias, la construcción de una nueva persona. Disminuido el calor, también disminuían las posibilidades de polución nocturna y con ello pérdida de una energía vital, quizá la energía que significaría la diferencia entre el triunfo o la derrota). Desnudez total. Aviso y empieza la prueba. Comprobación de los resultados, limpieza durante la publicidad y la siguiente tanda de cinco concursantes.

Estaría permitido optar por dos posibilidades, que serían: a, conseguir la excitación uno mismo. Y b, tener un acompañante, hombre o mujer, dependiendo de las preferencias de cada uno, que también desnudo y desde el otro lado de la mampara tendría libertad total de manipulación hasta conseguir el estallido final.

Se darían premios a los tres mejores de cada día. A los tres mejores de la temporada. Y luego estaría el campeón absoluto que ostentaría el record mundial.

Todas lo rechazaron. Las excusas fueron de todo tipo:

-Esto sería un escándalo.
-Ese programa sería muy minoritario y no rentable.
-No encontraríamos concursantes. Todos los que tengan pareja quedarían descartados. Sus parejas dirían: o yo o el concurso.

Yo creo que sí hubiera sido rentable. Pero tengo que dirigirme a cadenas de países más abiertos, más liberales. Porque todas esas parejas de acentuado fervor religioso tienen a gala alardear de llegar vírgenes al matrimonio. Y qué mejor forma de eludir la tentación que resguardarse tras la necesidad de alcanzar la plenitud para llevarse el premio.

Pensé en la posibilidad de que me llamaran machista por dejar a la mujer en un plano secundario, así es que les propuse la versión femenina que tampoco aceptaron, por supuesto. Con lo contentos que se ponen todos con el boxeo o los toros, etc.

La versión femenina consistía, a falta de elementos de posible medición espacial, en el contraste de aparición de síntomas tangibles, determinando el triunfo mediante el tiempo.

Así sería la prueba. Presentación de las concursantes ataviadas con un albornoz. Las concursantes se desprenden del albornoz y se acuestan sobre una camilla de masaje. A elección de cada una de ellas, por sí mismas o con ayuda de otra persona intentarían excitarse de forma que la ganadora sería aquella que más pronto consiguiera un orgasmo. Puede parecer que el concurso sería demasiado breve para llenar un programa de televisión, pero no. Eso solamente ocurriría el primer día. A partir del segundo día, las mejores clasificadas volverían a concursar. Pero esta vez serían excitadas por dos personas elegidas por otra concursante y la ganadora sería aquella que tardara más en tener un orgasmo. De forma que ya tenemos las dos partes. Primera rapidez y segunda lentitud.

Está prueba estuve a punto de desecharla por no encontrar la forma de comprobar el momento en el que se alcanza el orgasmo. Hasta que un día andando por los pasillos del súper, al llegar a la zona de domótica, vi unos aparatos que medían la temperatura, presión atmosférica y humedad relativa. Unos se comunicaban con el sensor mediante un cable y otros eran inalámbricos. Ya estaba resuelto el problema. A cada concursante se le colocaría un Diu o un Diafragma que llevaría incorporado el sensor inalámbrico. De esta forma se irían registrando los datos en todo momento desde que apareciera en el plató hasta el final de la prueba, y se podría determinar el momento exacto del orgasmo sin lugar a dudas ni interpretaciones subjetivas.

Puede que los otros programas que tenía diseñados pendientes de exponer, más normales, por no eróticos, sí los hubieran aceptado, pero pensé que no se lo merecían. Cuando encontrara una cadena que aceptara mis concursos le ofrecería los otros programas.

El más interesante era uno en el que cualquier persona se convertía en potencial concursante. En el plató se realizaba un sorteo con la elección de sobres. Sobres conteniendo el nombre de una ciudad, otros una calle, otros un número, o un edificio, o un comercio de determinada actividad. Otros una letra por la que empezaría el nombre de una persona. Un sobre con cinco preguntas de distinto nivel para cada concursante. Los sobres no se abrirían, quedando custodiados por un notario.

Durante la semana siguiente y acompañados por el notario se van abriendo sobres hasta llegar a la persona buscada. En caso de falta de coincidencia o duplicidad de posibilidades se seguiría el orden ascendente numérico o alfabético. En ese momento se le hacen cinco preguntas con cinco niveles de dificultad y cinco premios acordes a la dificultad. El concursante se lleva el premio de cada pregunta que acierte. Si falla alguna no importa, se le sigue preguntando hasta la última.

Se filma todo y se emite en el siguiente día de concurso. Luego se sortean las opciones de los concursantes de la semana siguiente. Y así sucesivamente.

Cualquier persona de cualquier rincón se puede encontrar un día con la alcachofa y las cinco preguntas. Un concurso con el éxito garantizado.

Pero volvamos a la jardinería que era de lo que estaba hablando.

Desde el sofá miraba la mesa auxiliar delante de la ventana en la que estaban las diminutas macetas. El cortocircuito neuronal fue instantáneo. Desde ese día mi licor de vida sería absorbido por la raíces de esos árboles al mismo tiempo que los regaba. En la primavera del año siguiente por primera vez florecían y llenaban la estancia con el característico olor a azahar. Fue en junio cuando empecé a fijarme en los frutos. Debían ser naranjas y limones, pero el tamaño era desproporcionado para ser bonsáis y su superficie no era esférica, ni cónica, ni cilíndrica. A finales de agosto me acerqué al primer naranjo que ya empezaba a colorear de rojo sus naranjas y con la lupa que examinaba el contorno de los sellos de mi colección escruté detenidamente esas raras naranjas. Esa noche, las macetas, los libros, las herramientas, el abono, todo acabó en tres bolsas de basura en el contenedor. Días después regalé la mesa auxiliar. No quería nada en casa que me recordara lo que vi que estaba surgiendo de la piel de esos frutos que debían ser de adorno y ahora eran causa de mis pesadillas. Quizá en otra ocasión publique este relato, pero eso será una vez haya vuelto a reproducir los cultivos de bosáis transgénicos y estén mis "frutos" colgando de las ramas. Cuando la sociedad deje de ser tan interesada, dándole importancia a lo que no la tiene, o a lo de uno, y quitándosela a lo de los demás.

Es curioso, pero no necesito imaginar. Solo con narrar mi vida surgen historias que de ser leídas cautivarían a los amantes de la novela. Creo que ya lo dijo alguien: la realidad supera a la ficción.

Ya no quedaba más que aclararlo todo viendo de nuevo el mensaje de Francis. Y, menuda memoria la mía. Me llevé La isla del Dr. Moreau, cuando, en realidad, la novela recomendada era La invención de Morel. Nunca lo supo. Cuando acabé de leer la novela correcta le di las gracias por la recomendación y nada más. Otra vez a la librería. Fui a otra, por si la dependienta que me había ayudado a buscarlo se ofrecía a buscar también este y se daba cuenta de mi torpeza. No quería hacer el ridículo. Pero sin que ello signifique que me importe reconocer que soy imperfecto, ya que yo mismo me califico de bicho, es por la coña marinera que a veces tengo que soportar por parte de los perfectos.

La lectura de este libro me dejó perplejo, confuso. Un científico que lleva a cabo unos experimentos y realiza unas anotaciones. Un fugitivo de la justicia que llega al lugar, encuentra las notas, comprueba personalmente los resultados de los experimentos y escribe un diario de todo ello. Un pescador encuentra los restos del bote del náufrago y en ellos el diario. Un golpe de mar en una fuerte tormenta hunde el pesquero y la familia del pescador hace público el relato encontrado en casa en un cajón. Todo ello podía estar relacionado con mi descubrimiento inexplicable. En el libro no había referencia alguna a que se hicieran comprobaciones. Tres particularidades más pueden haber ayudado a que este asunto no haya trascendido: una estar escrito en castellano, otra el que haya tenido poco éxito, y la tercera que a nadie le gusta que le tomen por loco cuando apunta ideas alejadas de la normal y sencilla existencia. ¿Tendría que ser yo el que fuera a recorrer esa isla?

Nunca había hablado de ello. Escribí el relato pensando que nadie lo creería. Y así fue, nadie se interesó por el lugar donde pescaba ese verano para ir a visitar la gruta. Todos creyeron que era ficción.

-Menuda historia. Cuanta imaginación. (Dirían)

Ese día al llegar Lara le contaría todo. A ella le podía confiar hasta mi vida. Entendió mis seis años dependiendo de la prostitución. Aceptó vivir en nuestra propia era asumiendo el precio que había que pagar por ello en miradas, comentarios. El no hablar de estas cosas con ella no era por desconfianza, ni por miedo, simplemente por no preocuparla.


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