Portada · Noticias · Faq · Contacto · Colabora 28 Octubre 2021 14:39
Navegación
las Ediciones
VSnail beta 1.0
Iniciar Sesión
Nombre de Usuario

Contraseña



¿Aún no eres Miembro?
Pulsa aquí para registrarte.

¿Has Olvidado tu Contraseña?
Pulsa aquí para solicitar una nueva contraseña.
Pergaminos
Sindicación
Foros Noticias
Textos Enlaces

Comunidad
Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© azx - LA PESCA II (a)
fw
Super Administrador

Avatar Usuario

Mensajes: 675
Localización: Madrid, España
Registro: 25.06.08
Publicado el 13-03-2011 00:03
Nota - Sería conveniente que antes de leer este relato hicieras lo propio con la novela: La invención de Morel. Autor: Adolfo Bioy Casares. No estropearás la posterior lectura de la novela de Bioy y entenderás mejor este relato.



LA PESCA II



Afortunadamente en los archivos todo se encontraba en orden. Las carpetas ordenadas por años. Los archivadores en motores, hidráulicos, conversores, estabilizadores. No resultó difícil llegar hasta cada pieza. Una vez con los originales accedí a la planta superior y en una oficina obtuve una copia de cada una de las tres fichas. Acostumbrado a que hoy en día todo esté informatizado resultaba extraño buscar datos guardados en papeles que habían sido impresos con antiguas máquinas de escribir.

La primera impresión causada fue de recelo. Un español preguntando en la casa Schwachter por las características de unos equipos fabricados 16 años atrás. Pero al presentarles el contenido de cada una de las placas grabadas con relieve que había conseguido con la técnica de pasar un lápiz repetidas veces sobre una hoja de papel apoyada en la superficie a copiar, y explicarles que se había perdido toda documentación relativa al funcionamiento y mantenimiento de los componentes, creyeron que las máquinas estaban en mi poder.

Regresé al hotel y busqué la dirección en el mapa. Intenté memorizar lo máximo posible para facilitar la búsqueda al día siguiente.

Mientras ordenaba mis cosas y planificaba los siguientes pasos a dar en mi búsqueda caí en la cuenta de que en la fábrica seguían sin relacionar las muertes de sus trabajadores cuando se fabricaron, montaron y probaron los equipos, con su uso. Ni una pregunta, ninguna oposición a facilitarme datos. ¿Sabrían algún día la verdad?

La habitación del hotel se mantenía acorde a la construcción del edificio, ambas conservadas sin que importara el paso del tiempo. Estaba reservada por tres días. Luego la estación de Zúrich y el regreso.

Me encontraba inquieto, intranquilo, agitado, después de tantos kilómetros hasta llegar a un lugar como este, al lado del Lago Constanza, el valle del Rin, Liechtenstein, las fuentes termales de Bad Ragaz, lugares todos donde embriagarse de paisajes, cultura, historia. Y tendría que ser en otra ocasión si el destino así lo quería cuando volviera a recorrerlo y poder almacenarlo en los recuerdos que tenemos del pasado y que nos llenan de felicidad cuando en alguna conversación nos referimos a ellos.

Calle Madiss número 38. Señor Clance. Abrió la puerta una joven con gafas y aspecto de empollona despistada, le enseñé la dirección y el nombre que había escrito previamente en un papel. Los conocimientos básicos de inglés, francés y alemán que tenía debido a mis estudios me permitían un mínimo de comprensión aquí en el Cantón de Sankt Gallen de habla alemana, no así en Zúrich cuando hablaban en su dialecto propio.

-¿El señor Clance?
-No. Aquí vivo yo sola.
-Puede que hace años sí.
-Hace años tampoco. Esta casa era de mi abuela y cuando murió me trasladé aquí. O sea, que no.

Ni vivía allí, ni lo conocía. Y ya contaba con esa posibilidad. Por eso ayer llamé a la compañía telefónica para pedir su número y dirección, pero me dijeron que no aparecía en sus listas.

Sentado en un banco de las inmediaciones miraba al suelo, delante de mí. El ánimo bajo. Iba pasando la mirada por las hojas copiadas con la vista desenfocada, abstraído. Luego empecé a leer despacio, como para entretenerme. La primera ficha todo lo referente a la maquinaria; la segunda importe de la cuenta y abono; la tercera reparto, entrega y conformidad. Mi respiración se estaba intensificando. Lo comprobé de nuevo. Efectivamente, el nombre era el mismo en las tres, la dirección también, pero aludía en lo referido al cliente. La dirección de entrega era otra, en Zúrich.


0000



Mi tercer día en Suiza. Estaba a punto de volver. Era mi última oportunidad.

Paseaba esperando el medio día. Por estas calles en 1916 resonaban los pasos de Tristan Tzara, Arp, Marcel Janco, Huelsenbeck, Hugo Ball, fundadores del movimiento Dada. Hoy me miraban las entidades financieras ofreciéndome facilidades fiscales. Pero aun debe quedar poso de la ciudad culta del siglo XX; en los últimos treinta y cinco años, de esta ciudad han salido siete premios Nobel.

Eran las doce y cuarto. Esa mañana había recogido todos los panfletos y formularios que había a disposición del público por los lugares donde pasaba. Correspondía a la excusa que tenía para preguntar. Llamé al timbre.

-Buenos días. Necesitaba una habitación, y si pudiera ser un trabajo de ayuda para pagar menos; durante una semana.
-El señor Morel está fuera. ¿Puede usted volver esta tarde?

¡Marinero! ¡Marinero, suba la presión de los esfínteres al máximo! Era lo que gritaba mi jefe de máquinas al momento de escuchar el nombre: Morel

Me despedí cortésmente y sin dar opción a preguntar me alejé rápido del lugar. Recapacité y me dije si había empezado esto para dejarlo ahora. Debía comprobar si el habitante de esa casa era el mismo que vi por primera y última vez de pie delante de mí en las rocas. En la primera cafetería que encontré pude complacer todas mis necesidades para las próximas horas.

Al regresar, mi necesidad se vio recompensada por la suerte. En el jardín central que partía la calle en dos un grupo de jubilados se disponía a jugar a la petanca, aprovechando el cálido sol del medio día. En el punto donde lanzaban, una fuente rodeada de un muro de piedra bajo y circular me sirvió de lugar de espera. A la izquierda los jugadores y enfrente la casa.

Estuve tentado a preguntar si me aceptaban en el juego pero desistí. Eso daría pie a tener que dar explicaciones que ahora me ahorraba.

Pasaban pocos minutos de las cuatro de la tarde cuando un vehículo se detuvo delante de la casa. Al acercarme al final del césped, lugar del que pensaba volver para sentarme de nuevo aparentando estar estirando las piernas, lo vi. A tres metros, en la acera. Sus piernas largas. Las manos estrechas y también largas. El rostro bastante estropeado, más que por la edad, quizá por alguna enfermedad. Me encontraba con el entusiasmo que sentía al recibir algún regalo inesperado pero deseado. Permanecí unos segundos hasta que estuvo dentro de casa. Luego, la alegría contenida del éxito y de regreso al hotel.

En el tranvía quienes me miraran imaginarían a alguien acompañado por el éxito, satisfecho de sí mismo. Sin embargo una vida es algo más que un momento de felicidad. Ese descubrimiento, como otros muchos, acarrea nuevas dudas, más decisiones y problemas que intentar resolver de manera acertada.


0000



Una estación de tren es como un principio o un fin, depende del momento. Busqué el convoy, subí y me acomodé en mi departamento junto a la ventana, al lado del paisaje, compañero de los viajeros solitarios. Antes de emprender la marcha, quienes luego supe que eran madre e hijo, dejaron sus bolsos de mano en la repisa y se sentaron una enfrente del otro, pegados a la puerta.

Uno de mis vicios, la curiosidad. Me marchaba con la sensación de necesitar muchas semanas para atender a la necesidad de saber y de estar en lugares nuevos. Como ejemplo esta estación donde me encontraba, Zürich Hauptbahnhof. En la, posiblemente, ciudad con mejor servicio de transporte público del mundo. Era el final de la primera línea ferroviaria que hubo en Suiza. La Spanisch-Brötli-Bahn. El motivo de este nombre es porque cuando se inauguró el siete de agosto de mil ochocientos cuarenta y siete, la alta burguesía de Zúrich, para impresionar a sus clientes, tomó por costumbre ofrecer en el té de la mañana bollos traídos en este tren desde Baden. Estos bollos según las leyes del cantón solo podían hacerse en esa ciudad. Y el nombre de españoles se debe a que la forma de hacerlos la importaron de Milán donde se consumían en el periodo que estuvo bajo dominio español en el siglo diecisiete.

Por la megafonía anunciaron el inicio del viaje. Los dos familiares eran correctos, bastante educados, contrastando con la brusquedad de las montañas entre estrechos valles verdes de estas tierras.

Este viaje de regreso carecía del sugestivo aliciente de la duda. Había encontrado lo que buscaba. En cambio se veía compensado por una inaplazable toma de decisiones. En pocos días debía terminar todo o me convertiría en un valedor de semejante monstruo.

Cruzamos los pirineos, ya solo quedaban unas seis horas para llegar a Madrid. Por entonces iba solo en el compartimento. ¿Podría encontrar una explicación a que quien yo creía Faustine estuviera congelada y Morel vivo, después de haber sido filmados por sus máquinas?

Cerré los ojos. La tenue luz que entraba por la ventana y el monótono ruido del tren ya casi ignorado después de tantas horas de viaje así como el suave balanceo, me dejaban en una sensación de ingravidez, de ligereza, levedad. A la ausencia de luz se sumó la ausencia de ideas, pensamientos. Dirigí mis deseos hacia el científico diabólico y su vida. No había rechazos ni incitaciones. Empecé por sus ideas. Los planes. Las pruebas. Fue consciente de sus defectos. El perfeccionamiento. La constatación de que la inmortalidad acarreaba la muerte prematura. Recrear un lugar idílico en la isla. Instalar la maquinaria. Invitar a sus amigos y a su amada indecisa. Filmarlo todo, inmortalizarse. Pero también terminar, y sin alcanzar la meta: el amor.

Una ligera sonrisa cambió el aspecto de mi rostro. El vacio había despejado las barreras de la realidad sabida o imposible. Esa negación que muchas veces instalamos en nuestra mente dando por imposible algo que ni siquiera hemos intentado.


0000



-Hola Agustín (Dijo con sorna)
-Hola Lola
-No te había visto en toda la semana.
-Sí, he estado unos días fuera, de viaje.

Afortunadamente en ese momento se abrió la puerta del ascensor y pude escapar del seguro interrogatorio.

-¿Con quién hablabas? (Preguntó otra vecina que acababa de llegar)
-Con el capullo del 3ºB que subía para casa.

Ya en el rellano abro la puerta coincidiendo con mi vecino que salía del piso dispuesto a marcharse. Le saludo y al ir a cerrar escucho con desagradable sorpresa.

-¡Felices fiestas, no!

El tono fue un poco elevado y estaba delante del ascensor mirándome, molesto, contrariado, como sintiéndose despreciado. Eché mano a mi cartera, saqué un calendario y se lo di.

-Toma, aquí tienes las fechas en las que estoy yo y las tuyas.

https://sites.google.com/site/0123456789mitiempo

Entré en casa, dejé la maleta y la bolsa y recordé, mientras descansaba en el sofá, como había empezado todo dos años antes.

Pasé al lado de un conocido y le saludé.

-Buenas tardes.

No había animadversión alguna hacia él. El trato siempre había sido correcto. La respuesta fue la misma que la de mi vecino. Quizá con otras palabras.

-¡Felices navidades, no!

Pero en esta ocasión el tono de voz y la mirada fueron más inquisitoriales, más serios, así como debían hacerlo los amos en tiempos de la esclavitud. Con autoridad. Como queriendo decir: te conviene tenerme contento.

Ante tales formas de comportamiento social y falta de respeto a la libertad de creencias de cada uno, entran ganas de responder con un insulto, de discutir, y pasar en un visto y no visto de víctima a verdugo. Después de pensar sobre ello tomé la determinación de crear mi propio calendario y a la más mínima discrepancia o problema entrego uno de los que llevo en el bolsillo y dejo claro que mi vida trascurre por los días que yo he decidido vivir y no por los que otros han decidido por mí.

La primera pregunta que tuve que responderme fue cuándo empezaba mi era. Tardé unos meses y opté por el día diecisiete de septiembre de mil novecientos noventa y uno. Este día Linus Torvalds sube al servidor de FTP de su universidad la versión 0.01 de Linux. La anterior decisión sirvió también para resolver la siguiente cuestión, el nombre. El nombre sería: era abierta.

En mi calendario no hay fiestas. Es fiesta siempre que no se trabaja. Tampoco hay días señalados. Los motivos de celebración los incluye cada uno según sus preferencias. Los nombres de los días, semanas, meses, etc., los elije cada usuario, aunque recomiendo que el orden numérico o alfabético, sea el mismo para poder relacionarse todos los usuarios de forma más sencilla.

Lo que una persona cree, se puede poner en entredicho o no, pero parece ser que lo que creen millones es verdad irrefutable y no revisable, o por lo menos incómoda molestia para los ortodoxos su discusión.

El primero que llegó al norte de áfrica y preguntó cuál era el desierto ese tan inmenso que se extendía por tantos kilómetros a sus pies y le respondieron: tenere, o sea, desierto en su lengua bereber, los Tuareg; y cuando se preguntó a algún pueblo de habla árabe: sahra, o sea, desierto. Y ahí lo tenemos, el desierto: desierto (tenere) (sahara).

Otro caso fue el del explorador que recorriendo el oeste de México y al pasar por un sitio hermoso y peculiar, preguntó a unos lugareños por el nombre de ese sitio, obteniendo de respuesta: Ki u t'ann, o sea: no entiendo, y: uh yu ka t'ann, o sea: oye como hablan. Y ala, ahí lo tienes, península del: oyecomohablan (yukatán).

También, todo parece indicar que lo que durante miles de años fue inalterable, la lengua de los pobladores europeos del paleolítico, conservada hasta hoy en día por los vascos, por el escaso interés de las sucesivas culturas en colonizar sus tierras, hasta que después de su aislamiento, con la relación con las provincias limítrofes y con la emigración de miles de personas de habla castellana y sus profesiones en su idioma: panadero, carpintero, fontanero, peluquero, herrero, etc., conseguirán a fuerza de equivocarse unos; y los otros, se ve que por dar por imposible que los recién llegados aprendan el difícil idioma, y ceder a ello; que el original personaje, el carbonero que celebraba en el solsticio de invierno la llegada de la buena época: onentzaro ( en euskera antiguo), al final acabará siendo, sin remedio: el olentzero.

A esto ayuda los intereses personales. En el euskera unificado la segunda parte de la palabra mal escrita "ero" ha sido corregida por la correcta
"aro": época, tiempo adecuado para algo. Y de paso se elimina la influencia del castellano.

Sin embargo la primera parte "ol", sin significado, no se sustituye por "on": bueno. Con lo que daría significado a la palabra, relativo al origen de la fiesta, la celebración del solsticio de diciembre, momento a partir del que empezaban a alargar los días, regresaba el predominio del sol. Fiesta pagana de las culturas celta y romana (Sol Invictus) que la cultura y religión actual desean solapar a toda costa.

También antes el catalán pronunciaba sus cinco vocales de siete formas diferentes, con la doble pronunciación de la e y la o. Pero esta posibilidad solo estaba al alcance de los nativos y resultaba imposible para los inmigrantes. Al final, para solucionar este problema y aumentar la diferencia del castellano van a terminar por pronunciar las cinco vocales de tres formas diferentes, sustituyendo la e por la a y la o por la u. Para ser pueblo hay que ser diferentes.

Pero para eso está la libertad, para que cada uno haga lo que quiera. Siempre con las limitaciones razonables y con el también derecho a pasar de pensar y disfrutar viviendo la realidad de otros.


0000
Editado por fw el 13-03-2011 00:04
http://www.vecindiario.es
Saltar al Foro: