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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Paco Z - EL OREJA
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Localización: Hispalis, España
Registro: 21.07.08
Publicado el 21-09-2010 13:42
EL OREJA




Estábamos en el bar Castelar con el vasco Mendizábal y con Marcos Amengual cuando éste, dando un respingo, exclamó:
—¡Mirá vasco, ahí va el Oreja Galíndez!
Mendizábal, siempre parco, sin dejar de dibujar, le dijo:
—El Oreja murió el mes pasado.
Amengual, sorprendido, le reprochó:
—¡Cómo no me avisaste!
Mendizábal le cruzó una mirada indescifrable por lo que, para evitar una discusión, porque esos dos pertenecían a hemisferios opuestos-, pregunté:
—¿Quién era el Oreja?— y Amengual, todavía consternado, señalando a Mendizábal con la mirada, me dijo:
—Preguntale a éste que era el amigo del alma.
Me picó la curiosidad pero preguntarle algo al vasco era una mortificación a la propia paciencia de modo que fui conociendo la historia conversando de bueyes perdidos con él, tomando café recalentado mientras él construía sus caricaturas, porque el vasco era un dibujante de lujo, tanto que fue caricaturista del mejor vespertino del país hasta que se jubiló.
El vasco dibujaba sin bajar el cigarrillo de los labios y sin alzar los ojos de la mesa, incurriendo en largos silencios que dejaban las frases suspendidas en el aire hasta que se decidía a retomarlas en el punto preciso de la interrupción.
—A Galíndez lo conocí en el bar "Félsina"— me dijo un día sin que mediara pregunta alguna, —era un atorrante con clase que no pasaba desapercibido en ningún lado, tal su prestancia. Cuando en el "Félsina" volaban las sillas, lo que sucedía a menudo, el Oreja se refugiaba en el costado más protegido y allí se quedaba, alentando imparcialmente a los rivales, acercándoles algún sifón para mantener vivo el combate.
Aprovechando la veta le pregunté por qué le decían el Oreja, pero el vasco se limitó a decir:
—¡Vaya uno a saber!
Entonces, para cubrir sus reticencias, empecé a abrevar en otras fuentes. Por lo que pude averiguar de boca de varios que lo conocieron, el Oreja no era ni alto ni bajo para una época en que sobraban los retacones* y debía tener unos cincuenta y cinco años para el final de esta historia. Era picado de viruela, flaco, caído de hombros y tenía la manía de andar con un algodón amarilleado en el oído derecho al que periódicamente renovaba guardando el reemplazado en el bolsillo del chaleco de lana, como si le costara desprenderse de él. Algún cretino tuvo el mal gusto de echar a rodar la especie de que el Oreja tenía agusanado el oído, lo que constituía una burda mentira; pero ya se sabe que la gente termina creyendo cualquier estupidez que le sea propuesta con insistencia. Una vez, don Nicanor Jaramillo, que era un verdadero personajón —entre otras cosas dueño del diario—, le preguntó si era cierto "lo de los gusanos". Se lo dijo serio, bien en serio. Pero el Oreja, mirándolo fijo, le contestó con compostura, aunque casi polémicamente:
—Sólo cuando escucho estupideces me salen los gusanos, pero los reviento enseguida—, y con las mismas se sacó el algodón de la oreja, hizo como que aplastaba algo dentro de él, guardó en el bolsillo del saco el tapón usado, con parsimonia sacó otro algodón limpio de una caja de fósforos "Ranchera" y lo colocó en el sitio del anterior.
Don Nicanor, que no era lerdo, comprendió y con toda humildad le dijo:
—Perdón, Oreja, fue una broma de mal gusto.

Y si nombro a don Nicanor no es por capricho; la pura verdad es que sin él esta historia sería insípida, porque la cuestión es que don Nicanor y el Oreja, contra toda lógica, se hicieron amigos, o algo parecido; ¡y vaya uno a saber de dónde salió una amistad tan despareja! Porque será cosa de todos los días que una mina bien surtida se levante a un bacán,* porque un capricho lo tiene cualquiera, pero que un bacán se amigue con un rata* no es nada común. Hubo múltiples teorías meramente conjeturales sobre el origen de esa amistad: que se conocieron en el Hipódromo; que el Oreja, con un cabeceo, le marcaba a don Nicanor los caballos ganadores; que en los remates de caballos le señalaba los potrillos que convenía comprar, yo qué sé... mil historias que podían ser o no ser ciertas. Sobre si la amistad se inició en el Hipódromo era un misterio porque don Nicanor paraba en el paddock y al Oreja no lo hubieran dejado entrar allí ni acompañado por el Presidente de la República pero también se decía, triunfalmente, que no era que el Oreja fuera al paddock sino que don Nicanor se corría a la popular para que su amigo le pasara los datos.
Fuera por uno u otro motivo la verdad era que don Nicanor cada dos por tres se hacía repelús del paddock diciendo que iba a visitar a los miembros de la "Comisión de Carreras" pero cuando volvía solía traer una fija ganadora que generosamente compartía con los redactores, dibujantes y colaboradores del diario. Si los chimentos venían de la Comisión o se los pasaba el Oreja es un tema que todavía se discute entre los burreros más veteranos.

El Oreja recorría las tribunas, los pasillos y las boleterías haciéndose el distraído, escuchando el runrún de los grupos con la misma cara de estúpido de uno de esos veraneantes que se atornillan a un caracol para escuchar el bramido del mar. Dicen, los que lo conocieron, que en su moroso deambular el Oreja solía ser saludado con un guiño, o con una seña casi imperceptible por uno u otro jockey, lo que daba pábulo a múltiples conjeturas sobre el origen de sus aciertos. El asunto es que en el Hipódromo el Oreja y don Nicanor, juntos, lo que se dice juntos, nunca fueron vistos pero había quien sostenía que don Nicanor se ponía a tiro de pedrada y entonces el Oreja alzaba una ceja, o movía una oreja, o se rascaba la mollera para que don Nicanor supiera a qué atenerse.
Lo que era seguro es que don Nicanor ganaba a menudo en tanto el Oreja jugaba centavos con suerte variada de acuerdo con su aparente condición. Los descreídos de siempre deslizaban que el Oreja Galíndez, de puro agarrado, no decía cuándo ni cuánto ganaba; mientras que los que lo querían bien aseguraban que don Nicanor le tenía prohibido apostar para que no se avivara el zonzaje y que, por interpósita persona, apostaba por el Oreja y luego repartían las ganancias. Pero lo que sí es indudable es que el Oreja, con sus pantalones negros bien planchaditos pero brillosos, con sus rodilleras mal disimuladas por la hacendosa plancha de la mujer, con su saquito de lustrina gris espejado con sus brillantes zapatos de hule cuarteado, salía del Hipódromo lo más campante, charlando con gente de prosapia, sin emitir ni una queja por las pérdidas que pudieran haber habido y sin aceptar que nadie lo llevara en coche o le pagara el pasaje de vuelta.

Pero hubo otro tipo de especulaciones sobre las causas de aquella amistad, versión que llegó a ser el comentario obligado en altos círculos sociales, hasta el punto que algunos, los más audaces, llegaron a preguntarle al mismísimo don Nicanor sobre cómo un señor de su alcurnia había condescendido a amigar con el Oreja; don Nicanor, molesto, sentenciaba que hay muchas maneras de tener clase, que la clase no se compra en los mostradores ni en los remates de hacienda. Y los preguntones se iban cabizbajos.
Al margen de las especulaciones propias de antros hípicos, en círculos áulicos se especulaba sobre el singular hecho de que el Oreja fuera visita consuetudinaria en el diario de don Nicanor; en efecto, las fuentes consultadas reconocen sin excepción que todos los días, al caer la tarde, a la hora en que se comenzaba a imprimir el vespertino, don Nicanor preguntaba si ya había llegado el Oreja, aunque en el fondo de su alma sabía que lloviera o tronara siempre, justo cuando iba a empezar la impresión de la Sexta Edición, el Oreja aparecía en la portería del diario y con todo recato le preguntaba al petizo Barquina si el Patrón estaba visible.
—¡Apúrese don Oreja que don Nicanor lo está esperando!—, le contestaba Barquina y con las mismas, porque para ser portero hay que conocer a la gente, lo tomaba deferentemente del brazo, lo acompañaba hasta el ascensor y perentoriamente le decía al ascensorista:
—¡Al señor «me» lo lleva hasta el despacho de don Nicanor, directo y sin escalas!
El valor del acusativo lo entendía cualquiera pero no a cualquiera le era discernido. Ese «me» implicaba conocer los códigos íntimos de la empresa, cuyo secreto compartían algunos elegidos, e implicaba que el destinatario, en función de esos códigos, merecía una consideración especial. Pero en cuanto el portero se alejaba, el Oreja, que en el fondo era tímido, le decía al ascensorista:
—Vos me parás en todas, como tren lechero, y no me dejás a nadie a pata; ¡no vaya a ser que se crean que me tragué el sable!
El Oreja entraba al despacho de don Nicanor inmediatamente pues había orden de no hacerlo esperar, estuviera con quién estuviese el patrón.
Hubo edecanes de la Presidencia, diputados, gobernadores y más de una damisela perfumada en francés que tuvieron que dar por terminada la conversación, o lo que fuera, porque había llegado el Oreja. Incluso ocurrió que, cuando cruzaba las antesalas primereando a personas bien empingorotadas, alguno se levantara a su paso para palmearle la espalda. Entonces don Nicanor lo hacía pasar a su escritorio y ordenaba que llevaran dos cortados dobles, sánguches de miga, quesos varios en cubitos, papas fritas, aceitunas y saladitos; después entraba el mozo con una botella de «Cinzano», hielo y soda. Siempre lo mismo y a la misma hora porque don Nicanor era tan supersticioso como apegado a los rituales. Entonces el Oreja decía, con su proverbial dignidad:
—Gracias don Nicanor; siempre viene bien un vermucito antes de la hora de la cena—, aunque muchos suponían que ese tentempié le tenía que durar hasta la mañana siguiente, cuando fuera a desayunar de arriba a "La Cosechera" gracias a que era amigo del adicionista.

El asunto es que el Oreja se quedaba con don Nicanor una hora justa, hablando en voz baja de quién sabe qué cosas, intercambiando opiniones que nadie pudo oír a lo largo de los años, hasta que don Nicanor se paraba y decía:
—Bueno, Oreja, me parece que ha llegado la hora del balcón.
Entones el reja se levantaba sin aspavientos y con morosa dignidad se asomaba a la saliente, apoyaba ambas manos sobre la balaustrada, respiraba profundamente como si el aire de la avenida viniera cargado de señales, giraba despaciosamente la cabeza hacia la izquierda, se inclinaba más, como si quisiera alcanzar a ver los confines, divisar a lejanos transeúntes, sondear las caras de quienes esperaban los tranvías, luego iba trayendo la mirada, se detenía unos instantes observando el tráfico, continuaba apreciando la avenida que quedaba a sus pies, recorría con la mirada las mesas de los cafés, demoraba su vista en los que espiaban las vidrieras de los quioscos de venta de billetes de lotería, como esperando que algún billete le hiciera un guiño cómplice. Después giraba la cabeza para el otro lado, miraba a la gente que descansaba en los bancos de la plaza, miraba en lontananza, como si el firmamento emitiera enigmáticos mensajes; por fin se volvía hacia don Nicanor y sentenciaba:
—Hoy se venderán trescientos mil ejemplares, don Nicanor —( o quinientos mil, o lo que fuera). Entonces don Nicanor llamaba al personal que acudía a oír el dictamen de ese augur que no era director, ni dueño, ni periodista, ni canillita siquiera. Y nadie se atrevía a contradecir su opinión porque el Oreja se había ganado el ala del patrón gracias a que si él decía "cien mil ejemplares" se vendían cien mil ejemplares y cuando decía "quinientos mil" se vendían quinientos mil, sí o sí. En fin, que en el diario todos creían que los aciertos del Oreja tenían que ver con dones proféticos.
A lo largo de los años se urdieron múltiples interpretaciones, según la idiosincrasia de los opinantes sobre el método de evaluación del Oreja: los más ignorantes —los vegetarianos, los esotéricos, los que creen en los Rosacruces, en la comida china, y en las dietas de los lamas— decían que el Oreja tenía "poderes". Otros, los escépticos, los que dudan si son hijos de su propia padre, los que se ríen de Dios, de los ángeles y de los arcángeles, teorizaban que como el Oreja era un atorrante que nunca había trabajado, conocía la ciudad palmo a palmo y que recorriendo los piringundines, tomando copas con los policías, con los proxenetas, con los punguistas, con las putas y con los quinieleros, deducía cuáles eran las noticias fuertes del día de modo de poder evaluar los ejemplares que se vendería por la noche. Los políticos rivales de don Nicanor, en cambio, sentenciaban que la relación entre éste y el Oreja no tenía nada de sentimental; que el Oreja, cuchillo en mano, recorría diariamente los quioscos y las paradas de diarios imponiendo, a punta del acero, la cantidad de diarios que debía vender cada uno. Lo cierto es que el Oreja siguió concurriendo a ver a don Nicanor y que don Nicanor siguió ufanándose de que su diario era el único que no tenía devoluciones, lo que era bien cierto, gracias a los oficios del Oreja Galíndez.

Cuando murió don Nicanor, al Oreja se le cerraron las puertas del diario. Hombre de principios y de orgullo el Oreja Galíndez desapareció. Algún mal intencionado dijo que había pasado a ser augur de otro diario pero todas las averiguaciones que hice demostraron el infundio. El Oreja no volvió a ser visto por el centro de la ciudad; me dijeron que cuando el diario empezó a venirse abajo entró en una depresión que lo llevó a la tumba. Me quedo con esta explicación y no con la de que terminó loco, con el hígado devorado por la cirrosis. La historia, al fin y al cabo, la hacen los intérpretes, no los hechos.

Unos días después, el vasco Mendizábal, que según dicen los que trabajaron en el diario es el único que conoce la verdad sobre los "poderes" del Oreja, me aconsejó que fuera a hacerme lustrar los zapatos por un ciego que hacía más de cincuenta años que tenía la parada en la esquina del diario. Allá fui. Como al pasar saqué el tema del Oreja para ver si había algún rebote. El lustrabotas dejó de pasar pomada y cepillo, alzó sus ojos vacíos como si pudiera ver y me preguntó:
—¿Usted conoció al Oreja?
Le mentí diciéndole que sí para ver hasta dónde llegaba. El hombre permaneció en silencio un largo rato, porque los ciegos son medio filósofos.
—Hombre extraño el Oreja"— dijo. Y prosiguió: —Generoso como pocos con la propina, pero extraño el hombre, bien extraño. Todas las santas tardes venía a hacerse lustrar unos zapatos de hule que daban lástima. Me pagaba el doble de la tarifa y antes de irse, invariablemente, me preguntaba: “Decime ‘lustra’, vos que tenés la parada al lado del diario, ¿cuántos ejemplares de la "Sexta" creés que se van a vender esta noche?" Y yo le decía lo que me parecía, a puro pálpito nomás, cien mil, doscientos mil, quinientos mil ejemplares, cualquier cosa, el asunto era dejarlo contento.
Le pagué la lustrada, le dejé una buena propina y me fui al "Español" a tomar unos vinos.
Me puse en pedo. ¡Es que hay cosas que lo superan a uno!


1- Retacón: Petizo, de baja estatura.
2- Bacán: Rico, de apariencia lujosa.
3- Rata: Persona pobrísima, pobretón.



© Paco Z
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21/09/2010
PublicaRE: © Paco Z - EL OREJA
Pacoz
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Mensajes: 9
Registro: 31.07.08
Publicado el 07-10-2010 15:36
Ya que nadie hace comentrios haré uno yo, como me hubiera gustado que alguien lo hiciera, porque este es un cuento pésimo. Podria ser aceptable si yo hubiera sido capaz se acortarlo. Pero como un novato me enamoré de mis descripciones (lo que no quiere decir que sean buenas) y ahora, al leerlo aquí, me di cuenta que al termnar estba agitado, como si hubiera leído un escrito sin untos ni comas.
Si le saco todo lo del hipodromo me salen dos cuentos mejores ambos que éste.
Además la istoria es verídica. Se trata de plagair cosas de la vida de Natalio Botana, el que fuera diario de "Criítica", acsso el mejro vespertino aqrgentino.
Ensuma; una porquería.

PacoZ.

¿Cómo mierda se hace para enviar una foto?. Acabo de enviar una a http://www.vecindiario.es/news.php pero me diecen que no es una dirección apta. Gracias.
PacoZ.
PublicaRE: © Paco Z - EL OREJA
fw
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Localización: Madrid, España
Registro: 25.06.08
Publicado el 08-10-2010 19:44
pero qué duro eres contigo mismo, pacoz! smiley la agitación siempre es buena y q la historia sea verídica no significa nada para quien nada sabe de aquella historia. por fin, las fotos no se envían, se adjuntan debajo del mensaje ( en el cuadro "archivo adjunto" ) y tienen que ser gif, jpg o png pequeñitos (de menos de 128Kb por imagen)

saludos,
- fw
Editado por fw el 08-10-2010 19:44
http://www.vecindiario.es
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Pacoz
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Mensajes: 9
Registro: 31.07.08
Publicado el 09-10-2010 04:16
Gracias por la información estimadísimo WR. Respecto del "Oreja" dejemos el tema pero que nopienso ser demasiado exigente. Es más, creo que dejar pasar a ese cuentuzsco sin contarle las costillas es injusto...o una muestra de indolencia. Encima ponerlo en Vecindiario, donde debe presumirse que cuelgan si no lo bueno, lo que más les gusta es un premio excesivo. Hay el "El Oreja" dos cuentos al menos es decir ya se peca de excesivo, de olvidar que un cuento debe ser ceñido, conciso, con economía de detalles. Me pasó que hice protagonista al dueño del diario siendo que el elegido para el rol era el otro. Es un error garrafal que no sólo vulnera las reglas del cuento, lo que nos sería tan grave salvo para un admirador de los géneros, sino que confunde al lector. Ya te dije; lo leí ahora y terminé ahogado. Falta puntuación, yo que sé...
Estas criticas "pesadas" debieran ser regla en un antro literario.
Es una opinión nada más. Un abraxo... o dos.
PacoZ.

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PacoZ.
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