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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Azucena Paradox - LA QUIJADA
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Localización: Hispalis, España
Registro: 21.07.08
Publicado el 17-09-2008 01:45
LA QUIJADA


No sabía cómo hacerlo. Intentaba convencerse de que no le importaba lo más mínimo, pero su aprensión negaba sus deseos. Otra vez llevaría a casa el boletín de notas lleno de observaciones humillantes y con la mayoría de los números inferiores al cinco. Y otra vez se le venía encima la bronca paterna, la espantosa desaprobación materna, que dolía tanto o más que el bofetón del padre, y la conmiseración fraternal. Ese odioso "no te preocupes, si quieres puedo ayudarte con las mates o el latín, pero es que nunca me lo pides". Y sus tíos, y las vecinas, y todo el mundo: "Qué raro ¿verdad? Que salga uno tan estudioso y otro tan así."

Él tenía sus valores, estaba convencido de ello, pero nadie parecía apreciarlos. Era muy bueno en deportes: el que mejor corría, el mejor delantero; un experto programando juegos para el Spectrum; un verdadero genio atrapando nidos de pájaro y rompiendo los huevos, inventando enfermedades para no ir al colegio cuando había exámenes, hurtando pequeñas cantidades de dinero a su madre sin que se coscara de nada, y entendiendo las noticias: él entendía lo que decían los locutores acerca de lo que pasaba en el mundo, y le constaba que ningún otro amiguete entendía nada. Le gustaban los programas de crímenes sin resolver, de sucesos truculentos: La huella del crimen, Investigación en marcha, esas cosas.

Por sus otros valores, o por lo que fuera, él era el puto amo en el patio. Quien él decidiera proteger, se convertía automáticamente en intocable, y aquel a quien él echara el ojo encima, o quien se atreviera a cuestionar alguna de sus órdenes, ya se podía despedir de la paz interior. Así que le resultaba esencialmente humillante que el imbécil de su hermano, un año más pequeño aunque en el mismo curso, se ofreciera a ayudarlo a él ¡a él! Métete en el culo tus ayudas, gilipollas, no soy como tú ni falta que me hace. Además, haciendo la pelota a papá y mamá no conseguirás más que limosnillas que luego -hay que ser ya rematadamente imbécil- encima les devuelves en forma de regalos en sus cumpleaños o su aniversario de bodas. Mírame a mí, subnormal: el mínimo común múltiplo y el rosa-rosae no sirven para nada en absoluto, pero mangar sí sirve, porque después de mangar tengo más que antes de hacerlo; porque si no hay billetes o monedas y mango relojes, pendientes o tabaco, los vendo, y tengo billetes y monedas. ¿Y tú qué tienes, dime? Las babas de tía Luisa colgadas de tu carrillo imberbe. ¿A que a mí no tiene cojones tía Luisa de babearme?

-Larumbe ¿Qué estoy diciendo? Ya está usted otra vez pensando en las musarañas y sin atender a la lección.
-Sé perfectamente lo que estaba diciendo.
-A ver, pues ¿qué es?
-No me da la gana de decirlo, pero lo sé.
-Salga de clase ahora mismo y vaya al despacho del director, por maleducado. Dígale que lo envío yo. Ya podría usted ser tan aplicado como su hermano: a él no tengo necesidad de preguntarle qué estaba diciendo.

Aquella mañana de abril hacía demasiado buen tiempo como para meterse en la mierda de colegio a escuchar a la mierda de maestros, todos unos inútiles acomplejados que se creen imprescindibles y no valen para otra cosa. Mira el hijolagranputa de don Anselmo, el profe de francés, que se metió en juicios con los padres de Zarco Mateos y perdió: había que verle el careto que llevaba a clase los días siguientes. A ese me hubiera gustado preguntarle que qué estaba diciendo él mismo en ese momento, jajaja. Fijo que no sabe contestar. Son la bomba, estos tíos.

Aquella mañana de abril, Larumbe dijo a su hermano que ya iba, que se fuera adelantando a la escuela, y que ya llegaría él, que le dolía un poco la rodilla y no quería que su hermano fuera a llegar tarde por su culpa. Pero cuando el hermano dio la vuelta a las últimas casas, camino de la escuela, él decidió perderse y oler el delicioso aire de primavera, que hacía daño de puro que era. Salió del casco urbano y se fue pegando patadas a las piedras hasta el cruce de la carretera de los Molinos con la del Puerto de Navacerrada; la cruzó por el paso a nivel; siguió adelante, siempre siguiendo la vía del tren, respirando hondo, disfrutando de la vida mientras los demás se quemaban los sesos con los polinomios y con el verbo avoir, que quiere decir adiós.

A lo lejos divisó un hombre, y no le hizo gracia, porque el mayor placer de ese paseo clandestino consistía en estar solo con sus pensamientos, completamente solo, sin testigos, sin nadie que le anduviera recordando a cada paso los sobresalientes de su hermano. Contuvo el paso y se dedicó a espiar a aquel tipo, cuyo contorno le sonaba de algo. "Tócame los cojones", le diría al maestro la próxima vez que le preguntara qué estaba diciendo él en aquel momento. "Yo no estaba diciendo eso: vaya al despacho del director", contestaría el muy gilipollas, dándole pie a decirle: "No, pero lo estaba pensando muy alto, y como tengo poderes, lo pillé, pfffff". Y otros tres días expulsado; de puta madre: a vivir la vida y la naturaleza. "¿Quién es? Me suena ese cabrón, pero no quiero adelantarlo por si se chiva a mis viejos, y el hijoputa cada vez anda más despacio.".

A lo lejos se oyó, entre el rumor de los sauces y los fresnos sacudidos por el viento, un ligero pitido que se fue agudizando y haciendo más nítido poco a poco. "Viene un tren, ahueca", se dijo Larumbe, echándose a un lado. Todo fue muy rápido: sin saber ni entender cómo, el hombrecillo que iba unos metros delante de él, en lugar de apartarse se introdujo en la vía y se tumbó encima de las traviesas, con su chaqueta doblada a modo de almohada. El pitido se hizo horrísono, el hierro empezó a crujir, saltaban chispas de las ruedas de la locomotora y el chico se asustó de verdad al ver lo que estaba a punto de suceder. "Hostia", musitó.

Cuando todo hubo pasado, la máquina siguió su camino. El silencio aterrador que se hizo después de la orgía de decibelios hacía daño en los oídos. A lo lejos se oían voces; sin duda venía andando gente del tren, que por fin se había detenido casi ochocientos metros más allá. Larumbe se acercó para contemplar con una mezcla de horror y risa que el finado difunto era don Anselmo, el profesor de francés. Estaba hecho pedazos, literalmente triturado, pero lo conoció por su gorra parisina de cuadros, que había salido disparada y por los zapatos gastados y tristes, que buscaban la lógica de unos pies contiguos.

Las voces se iban acercando, pronto llegarían y lo pillarían allí. Larumbe vio, poco más allá, la quijada del maestro, descarnada casi en su totalidad, pero aún con un colgajo de lengua, otro de paladar y media oreja adherida. Instintivamente, la cogió y la guardó en su bolsa del bocadillo, que donó a los animalitos del campo. Instintivamente también salió huyendo con su mochila del lugar de los hechos, sin esperar a que nadie pudiera verlo. Casi no tenía resuello cuando llegó a casa. "Es que no me encuentro bien", mintió a su madre, "me voy a la cama"; "espera, que te hago un zumo y te lo llevo", le pareció oír mientras se metía en cama totalmente vestido.

-Pero hijo, ponte el pijama al menos. Ten, tómate este zumo a sorbitos, que yo tengo que salir a la compra. ¿Te traigo algo?
-No, no quiero nada, gracias mamá -musitó, transido de dolor de tripita, deseando quedarse a solas cuanto antes.

No bien hubo su madre cerrado la puerta tras de sí, cuando dio un respingo, salió de la cama y se dirigió a su mochila. Extrajo la bolsa del bocadillo con aquello dentro y se quedó mirando con asco al pingajo ensangrentado: Ye suis an garsón e vusét in fill, dijo a la oreja, antes de advertir que tenía gran cantidad de pelos, como la de don Anselmo.

Metió aquello en el cajón de su ropa interior y salió de cacería por la casa, para ver si encontraba un recipiente más sólido donde meter su suvenir. Sus ojos y manos dieron por fin con lo que buscaba: una cajita de madera de taracea, barnizada, donde su madre guardaba algunas joyitas de poca monta y un fino cascabullo de oro que había forrado un premolar de su abuela fallecida. Se quedó con las joyas y la caja ("si robas todo junto se nota mucho menos y más tarde que si robas cada cosa por separado", se aleccionó a sí mismo), y depositó dentro de ésta la bolsa del bocadillo. Volvió a la cama. Queleretíl?, se preguntó cuando su madre volvió de la compra, absolutamente conmocionada con la noticia que había escuchado en la frutería.

-Cariño, verás, no sé cómo empezar, pero hay algo que quiero que sepas. A veces la gente ve cómo se le cierran todas las puertas, o cree que todo el mundo lo ha abandonado, que no le importa nada a nadie. En fin, que se siente muy solo, acorralado y muy desgraciado. Y en ocasiones así, algunas personas deciden que no merece la pena vivir y buscan una salida a la angustia. Eso no está bien ¿sabes?, pero merece todo nuestro respeto, porque no sabemos qué haríamos nosotros en su lugar. Supongo que sabes quién es don Anselmo, tu profesor de francés.

-Oui, musitó el niño muy interesado.

-Verás, cariño, es que don Anselmo se ha quitado la vida hoy de la forma más salvaje que a uno pueda ocurrírsele: se ha arrojado a la vía cuando pasaba un tren. Ya no lo veremos más. Se han suspendido las clases en el colegio y tu hermano viene hacia acá. No digas nada, no hace falta que digas nada, hijo; si tienes preguntas, intentaré contestarlas lo mejor que sepa.

Olalá, pensó Larumbe mirando de reojo el cajón con las cintas del Spectrum, que su madre tenía prohibido abrir siquiera, y pensando en la bella quijada gala que guardaba su cajita de fina marquetería sorrentina.

Yo nunca he sabido la totalidad de la historia, pero he creído poder reconstruirla a retazos, oyendo a unos y otros e imaginando el resto. Parece ser que, cuando el menor de los Larumbe llegó a casa llorando del colegio, la madre le dijo que no molestase a su hermano, que se había vuelto de la escuela enfermo.

-Javier no ha estado en la escuela; no ha ido a clase hoy; pregunta a los maestros si no te lo crees.
-¿Cómo que no ha ido? Pero si. ¡Javier!

El castigo a la mentira del hermano mayor fue ejemplar: un mes sin salir y sin paga, y hacer las camas de todos durante una semana. "Pues para no salir nunca, no tener dinero y encima tener que hacer las camas, prefiero irme adonde me las hagan", parece que pensó aquella trágica noche en que, mientras el hermano dormía en la cama contigua, extrajo su cajita lacada, sacó la bolsa, musitó en la oreja de don Anselmo un tímido avoir, volvió a meter la bolsa en la cajita, la cerró con pestillo, y la descargó sobre la cabeza de su hermano con toda la fuerza de que fue capaz, una y otra vez; con una fuerza animal que nadie supo nunca de dónde le vino, pero que hubiera podido matar a su hermano setenta veces siete.

Luego salió al fresco de la noche y tiró el pingajo en un cubo de basura ajeno. Aquello empezaba a oler mal, y tampoco se lo iban a dejar llevar.


© Azucena Paradox
17/08/08
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