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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Gsmiga - OSCURIDAD
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Localización: Hispalis, España
Registro: 21.07.08
Publicado el 17-09-2008 00:07
OSCURIDAD


Siempre fue miedoso. Desde la primera infancia, temía a todo, y, especialmente, a la oscuridad. Solo en su camita, sentía en su mejilla extraños roces, y su pelo se erizaba al sentir una especie de soplo sobre él. Entonces se preguntaba quién estaría en su oscuro cuarto, presto a lanzarse encima y arrebatarlo del calor familiar y llevarlo a cualquier oscura mazmorra en donde dejaría de ver la luz del sol para siempre jamás.

Gimoteaba, preso del terror y pedía compasión a quien fuese el que lo atormentaba tan silenciosa como sádicamente. No se atrevía a encender la luz, porque pensaba que lo vería allí, a los pies de la cama, presto a devorarlo, y tan horrible que su sola visión le haría morir de la impresión. Entonces, chillaba llamando a sus padres. No paraba hasta que su soñolienta madre venía y se acostaba con él. Sentirla a su lado, olerla, y notar sus manos encima de su cabecita, eran todas las emociones positivas que el niño necesitaba para quedarse inmediatamente dormido. Su última sensación era de una paz tan absoluta, de un bienestar tan profundo, que jamás los olvidó. Cuando se hizo mayor recordaba aquellos momentos de materna protección como los más felices de su vida.

Porque David se hizo hombre y, sin haber cometido nunca una acción reprobable contra su prójimo, estaba completamente atormentado. Ahora ya no le temía a la oscuridad, pero tenía otros temores. No le daban sosiego ni paz; y muchas noches, al apagar la luz, pensaba que lo mejor que podía ocurrirle sería no despertar jamás.

Sin tener noción exacta del fenómeno, vivía perpetuamente angustiado. Atemorizado. Y, paradójicamente, deseaba volver a la infancia y poder chillar a pulmón libre, para volver a encontrarse en los cálidos brazos maternos y conseguir una tregua, bien que pasajera, a su sufrimiento. No podía ser. Su madre estaba muerta, y David no iba al cementerio para no entristecerse más. La última vez que estuvo allí, delante de la losa con el nombre y la fecha de fallecimiento de su progenitora, experimentó una sensación de abandono y desconsuelo tan feroz, que se echó a llorar a moco tendido. Decidió no volver nunca más. Recordaría la cara de su madre igual que la había conocido, jovial, hermosa, agradable; y podría hacerse la ilusión de que cuando la necesitase acudiría a socorrerlo. En cualquier momento.

Nunca se había sentido tan libre de temor como en los brazos de ella, y se daba cuenta que la única forma de evocar aquél inmenso placer consistía en recordarla viva, y no debajo de una lápida. Sabía que sus deseos jamás se cumplirían, pero le quedaba el recuerdo, del que echaría mano como el canceroso utiliza la morfina, cuando ya no puede soportar el dolor. El dolor de vivir, sintiéndose culpable de algo que no había hecho nunca, y que de alguna forma lo tenía amedrentado.

Un día, luego de rebuscar con empeño de neurótico grave, cualquier falta que pudiese reprocharse, llegó a la conclusión de su inocencia absoluta. Entonces dio en cavilar que su temor era consecuencia de la existencia real de peligros de los que no era consciente en su niñez. Ahora ya no temía al hombre del saco, pero si temía a la enfermedad, al dolor y a la muerte. Y se preguntaba por qué había estado siempre solo. Ninguna mujer le había amado, aunque se sentía atraído por ellas. Tampoco tenía ningún amigo que se interesase sinceramente por él. Hubo de reconocer para su capote que se había convertido en un viejo misántropo.

Entonces, como todos los solitarios, cavó más hondo en el pozo de su desdicha. Tenía que justificar su estado, su vida y su porvenir. Primero pensó que el destino traza una línea desde el nacimiento de cada persona, que le conducirá, inevitablemente, a un determinado final, previo paso por las estaciones intermedias de esto que llamamos existencia. Sin embargo, la aleatoria disposición de las estrellas natales, conformando vida y destino de cada nacido, le pareció algo terrible, y, fundamentalmente injusto. Por eso decidió dar un giro a sus introspecciones, y tras mucho elucubrar, llegó a la conclusión de que la ignorancia del peligro da tranquilidad, que es la que realmente importa. Y que es la sabiduría-entendida como conocimiento de los males que a todos nos acechan, la que nos hace conscientes de la dureza y el peligro de la vida, y por tanto nos convierte en unos desgraciados atemorizados- así-caviló. -Aparecen los sucedáneos de las religiones, los partidos políticos, el trabajo, las aficiones culturales, los deportes, que en el fondo ayudan a sobrellevar o acallan, bien que momentáneamente, nuestros más íntimos terrores-.

David se convenció de que tenía razón, y llegó a la conclusión de que la tenía porque se había atrevido a desnudar su más íntimo pensamiento y a llamar a las cosas por su nombre.-Todos están tan aterrorizados como yo-se dijo-pero carecen de la sensibilidad para percatarse de ello, y del valor de afrontar su destino sin engañarse a sí mismos-.

Cuando ingresó en el pabellón de delirantes, tenía claro que el único realmente cuerdo del frenopático era él.-Pobres-decía entre sí-, no se dan cuenta de lo que les espera. Tienen suerte de tenerme a mí, porque utilizaré mi conocimiento para aliviar sus miserias. Yo seré su lenitivo, y aliviaré sus penas y temores. Y cuando lo juzgue oportuno, los recibiré en mi Paraíso, donde serán felices eternamente. Porque Dios lo puede todo-.


© Gsmiga
13/08/08
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