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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© gsmiga - Un amor "aséptico".
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Localización: Madrid, España
Registro: 25.06.08
Publicado el 03-08-2010 16:55
Ella era una belleza del sureña que trabajaba en el hospital de Baltimore. Eficiente, atenta, hermosa y muy bien "repartida", sin que le faltase nada en los sitios adecuados. Se llamaba Carolina Hampton.

Discurría el año de gracia de 1890 cuando la bella y discreta enfermera comienza a colaborar con el doctor William Halsted, afamado cirujano y tímido profesional.

Que pronto queda cautivado por la profesionalidad y el palmito de su ayudante. Puede decirse que la comenzó a amar cuando la vio, aunque nunca se atrevía a pedirle otra cosa más que el bisturí. Cierto es que, en ocasiones, observando su silenciosa y eficaz actividad, y contemplando aquel rostro que para él ya era amado, tenía la tentación de pedirle algo más; pero ni momento ni lugar le parecían los adecuados. Él era un cirujano consciente de su responsabilidad y...terminaba dirigiéndose a ella en el tono profesional acostumbrado:

-Señorita, pinzas, por favor...-Cuando hubiese desado decirle..."Vida mía estoy loco por tí, y si me permites pasar la vida a tu lado, me harás saborear la gloria". Pero aquello no procedía, claro. Y lo malo era que cuando salían del quirófano, dejaba de sentir aquella especie de superioridad científica que parecía proporcionarle un valor del que carecía cuando la tenía enfrente, en el trámite diario de consultas y visitas a los pacientes. No se decidía.

Sin embargo, un día reparó en las manos de su ayudante, completamente irritadas por la utilización del sublimado que era, en la fecha, el esterilizador universal y agente corrosivo para la piel de quien lo usaba a menudo. Pero era necesario utilizarlo ya que no había otro medio de prevenir la existencia de gérmenes que pudieran ser fatales para los pacientes.

Por eso, observando como los eczemas irritativos llegaban ya a los antebrazos de Carolina, William tomó una decisión destinada a evitar una disyuntiva indeseable: o resignarse a el estropicio perpetúo de la delicada piel de su amada, o bien que ella abandonase su actividad profesional a su lado, dejando el centro hospitaliario. Fue esta última perspectiva la que puso en marcha al intrépido cirujano. ¿Qué no podrá el amor? La espera duró unas semanas, pero al fín, William le entregó a Carolina unos guantes de caucho finísimo, desconocidos hasta entonces, que parecían adaptarse a sus finas manos como una segunda piel. Los guantes que se venían utilizando eran mucho más gruesos, dificultando el manejo de instrumental, lo que implicaba su rechazo por el personal de quirófano. Pero el doctor Halsted había encargado el nuevo modelo a una empresa especializada en este tipo de material, la Goodyear Rubber Co., que tuvo el acierto de servir exactamente lo que el médico le había encargado detalladamente.

Eran unos guantes ligerísimos, delicados, y se podían esterilizar al vapor, de modo que las manos de Carolina ya no volvieron a sufrir el mordisco del sublimado, y de paso se convirtieron en el modelo que se implantó a escala universal, convirtiéndose en un material quirúrgico imprescindible. La historia terminó muy requetebien. Carolina y William siguieron trabajando en el hospital, casados y en admirable armonía. Y además, se forraron, porque el triunfo de aquellos guantes fue tan arrollador, que traspasó las fronteras de la Medicina y llegaron a ser material predilecto de profesiones "delicadas", incluida la de los cacos de guante blanco. Lo que da idea del caudal de oro que atrajo hacia sí la feliz pareja compuesta por tímido doctor y enfermera de rechupete.

Y todo empezó por el espanto que causó en el apocado cirujano el deterioro de aquella graciosa mano que no se atrevía a pedir a su Carolina del alma.

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