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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Gsmiga - AVARO
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Localización: Hispalis, España
Registro: 21.07.08
Publicado el 16-09-2008 23:51
AVARO


Joaquín López Villamil, era bajo, rechoncho y calvo. La edad le había dibujado en las comisuras de la boca un perpetuo rictus despectivo. La verdad es que no tenía buen concepto de sus congéneres. Porque Xocas-así le llamaban-se consideraba un hombre virtuoso en comparación con los demás.

Era viudo. Su difunta tuvo, un buen día, la sana ocurrencia de morirse, saciada de asco y tedio. Habían tenido una hija, Generosa, a la que su padre había tratado con la misma afección que al can de palleiro que alimentaba con las sobras de su escueta pitanza. La muchacha se había casado muy joven, para escapar de la siniestra tutela paterna. Desde entonces, Xocas, muy satisfecho, vivía solo.

Se alimentaba frugalmente, con las legumbres que él mismo cultivaba. A veces añadía algunos chinchos al magro condumio, y tan contento. No fumaba porque era un vicio infecto. Tampoco bebía porque era caro. Y no iba con mujeres porque su edad le alejaba de la concupiscencia. Su aseo corporal era por demás somero.

Una vez al trimestre se lavaba los pies. Una vez al mes, se refrescaba los sobacos. Y lo hacía con agua de la acequia, por ahorrar agua corriente, que a cobran coma se fose petróleo. Tampoco la calentaba, por aforrar butano. Y tan meritorio sacrificio, le ocasionaba, cada vez que se lavaba, tremendas bronquitis, que lo llevaban al médico en busca de remedio. Iba a gusto, porque la asistencia y las recetas nada costaban. Experimentaba un placer indescriptible cuando en la farmacia, a cambio de la receta le daban los medicamentos tan bien envasados, tan nuevecitos, completamente "jratis". Entonces se iba paseando lentamente hacia su casa, experimentando el increíble gozo de llevar en la mano algo suyo que le había caído del cielo.

En cierta ocasión atrapó a una comadreja. Iba a matarla, pero su mente calculadora le hizo pensar en sacarle rendimiento. La metió en una jaula que armó con unos alambres, la tapó con un pedazo de manta vieja, se fue a la feria de Listanco, y colocó un letrero para llamar la atención de papanatas y galopines: a cambio de una peseta, levantaba la manta y exhibía su presa unos minutos. Volvió a casa con cinco duros campaneando alegremente en su bolsillo. ¡Un nejosio!

Alimentó al bicho con un poco de maíz, y con algún ratón campesino despistado, y se dedicó a echar cuentas a la luz de una pupinela de aceite-había que aforrar lus eléutrica, que vai carísma-sobre los rendimientos que podría sacar a su industria recorriendo las ferias de la comarca.

Generosa iba a verlo una vez al mes, y aprovechaba para darle una vuelta a la casa. A Xocas no le gustaba aquella muestra de afección filial. Pensaba que a su hija podría ocurrírsele pedirle algo a cambio el día menos pensado. Non fai falla que te molestes, muller, eu enténdome soio. Boeno, papai, a casa hay que aireala de cando en ves. Él meneaba la cabeza mostrando su desagrado, y se iba a la cocina a ver se fervían os grelos.

Otra vez, Belarmino, el primo de su difunta, pasó con el ganado por la veiga de Xocas. Era una costumbre que había adquirido con el consentimiento del matrimonio. Pero aquello se acabó, porque ni corto ni perezoso, Xocas se fue a ver al juez de paz y denunció el caso. Hubo una avenencia amistosa, y Venancio aceptó "resarcir" a Xocas con una cantidad simbólica. Nuestro hombre salió del juzgado brincado de gozo. Se había embolsado coarenta pesos...sen avojado nin hostias...Y se había sacado de encima al Belarmino para siempre jamás. Era lo que siempre había pensado...a gusticia sempre lle da a rasón a quen a ten, madia leva.

Los últimos días del mes eran para Xocas la quintaesencia de la felicidad. Se iba a la caixa de aforros, a ver si le habían ingresado la pensión. Entregaba la cartilla al empleado para que se la pusiese al día, y luego se deleitaba contemplando el nuevo guarismo que acreditaba que era un poco más rico. Recreándose en el suerte, ordenaba al funcionario que le entregase una parte, poca cosa, lo necesario para hacer frente a los mínimos gastos que tenía. Se metía los cuartiños en el peto, y se iba acercando hasta su casa, gozando el inmenso alborozo de saber que tenía en su poder algo que le daban a cambio de nada. Para su mezquina alma, el dinero tenía todo el poder taumatúrgico que para otros representan acendradas creencias inmateriales. Vivía miserablemente...con la seguridad de que nada le faltaría.

Un día ocurrió lo que siempre había temido. Generosa fue a verlo, y le contó que su marido estaba en el paro, y que a ella se le había presentado la ocasión de coger el traspaso de un modesto quiosco de prensa. Poca cosa. Con un millón podría arreglarse. Le pedían un poco más, pero tenía unos ahorros que iba a emplear allí. En el plazo de dos años esperaba devolver el préstamo y los intereses que acordasen...Ti pensas que os cartos medran nas maceiras-respondió Xocas malhumorado-se tivera o millón que pides, eu era rico...Veña, papai, vostede ben sabe que llo hei devolvere; non diga que no ten ises cartos, porque ben sabe que minte... ¡Non teño tal! Vaite e non volvas.
Generosa se fue, y Xocas experimentó un sentimiento de alivio. La gente tenía que acostumbrarse a vivir con sus propios medios. Era una desconsideración que viniese a molestar a su anciano padre...¡por dinero! Aquello era el colmo. Si uno le fuese dando a la gente todo lo que pide, caería en la más negra miseria.

Cualquiera con dos dedos de frente se daría cuenta. Lo que pasa es que a nadie se le ocurre pensar en los demás, y todo es pedir, y venga a pedir. No se cansan nunca. Ya sabía él que aquellas visitas iban a terminar así.

Por si las moscas, Xocas se cerró en casa a cal y canto. Si alguien llamaba, no abría, no fuera a ser Generosa. Si tenía que salir, daba dos vueltas al cerrojo, y se aseguraba de que estaban todas las ventanas cerradas. Procuraba, especialmente, tener la casa cerrada aquellos días del mes en que solía venir su hija, para dar la impresión de que estaba fuera. Y se cercioró de que la caja metálica en que guardaba la cartilla, estaba bien oculta debajo de una tabla suelta del piso de su dormitorio, tapada con la alfombra. Todas las precauciones son pocas cuando la gente pide cuartos. En tales casos la conciencia se hace elástica como la goma...y uno tiene la obligación de mirar por sí mismo.

Una mañanita que estaba en el sobrado eligiendo unos ajos para hacerse una sopa, sintió una especie de soponcio. Bajó a la cocina con intención de hacerse una manzanilla, pero antes de prender lumbre se sintió mucho peor. Entonces, trastabillando se fue al dormitorio, y allí se le nubló la vista y cayó redondo encima de la alfombra que cobijaba su tesoro. Su cuerpo quedó frontero a la pared, justo debajo de una imagen de la Milagrosa, de la que siempre fue devota su difunta, aunque nunca se obró el milagro que esperó toda su vida.

-¡Probiño-exclamó una piadosa vecina cuando encontraron el cuerpo de Xocas-seica lle pregaba a Nosa Señora!

La pobre Generosa, que estaba presente, recordó aquella sentencia evangélica ..."donde el hombre guarda su tesoro, allí tiene su corazón". Ella, que ignorándolo su padre, conocía su secreto, sabía con certeza cual había sido su última oración.


© Gsmiga
16/07/08
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