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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Sebastián - UN GATO ENCERRADO
Sap
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Localización: Hispalis, España
Registro: 21.07.08
Publicado el 23-07-2010 09:22
UN GATO ENCERRADO




Una mañana llamaron a casa dos muchachas jóvenes. Al verlas, traté de acudir rápido a la frase amable que uno dedica a los testigos de Jehová. Pero no. Me hablaron de un gato que llevaba días encerrado en un corral que sólo les era accesible a través del de mi casa. Luego reconocí a una de las jóvenes: pocos días antes había llamado buscando una gallina que, desde su ático de la cuarta planta, había volado hasta mi casa (luego vi que era una gallinita blanca y como de lujo). Bien, pues las dos chicas me dijeron que deseaban mirar de rescatar aquel gato, y yo les di paso libre con la sonrisa propia de tal acontecimiento. Las conduje al corral, les saqué una escalera de mano para saltar unas tapias relativamente bajas y les dije que temía no poder ayudarlas.

—¿Son peritas, esto?
—Sí, sí...

Luego lamenté no haberles dicho que, si les apetecía, comieran (son unas peras pequeñas cuyo sabor es un apretado resumen). Pero una de ellas ya estaba subiendo la pared, mientras la otra —la de la gallinita, que hacía más bien de acompañante— le sostenía la escalera.

¿Qué les voy a contar? Resultó ser una operación ardua y de muy variadas complicaciones. Aquella chica para mí desconocida, que sin embargo vivía cerca y contemplaba a diario el gato de referencia, no sólo tenía que subirse a la pared con la escalera, sino, además, subirse luego ésta para colocarla al otro lado y bajar por ella. ¡Y quedaba luego otra tapia a superar! Yo había entrado en casa, pero oí que me llamaban y vi que precisamente era la chica desconocida. Me dijo que salía para ponerse ropa "deportiva". Yo se lo aplaudí, a ver (aunque por ella y por la otra deduje, además, que diversos vecinos observaban el acontecimiento desde sus ventanas traseras). Al ratito volvió para reiniciar la tarea (y noté que la escalera volvía a estar en el corral, a punto). Reinició la escalada y estuvo horas, mientras la compañera mantenía, a viva voz, un cierto contacto con ella.. Al final vinieron las dos y me informaron de que el gato no se había dejado coger, mira. Pero que volverían con algún recurso, si yo lo permitía, a la mañana siguiente. ¡Por favor!

A la mañana siguiente comparecía, sola, la chica que en realidad estaba trabajando el asunto. La otra, por lo visto, no se lo permitían sus horarios, etc. Me dijo que traía una comida con aditivos para adormecer al gato. Le dije yo que caminara hacia el corral mientras le traía la escalera. Se la di y ella puso manos al nuevo asalto con metódicos movimientos y afán indudable. Me metí en casa, preguntándome de vez en cuando qué tal le iría. Pero así pasaron horas. Al final fui al corral, me acerqué al lado que quedaba más próximo a ella y grité (recordando y pasando por alto la posible presencia de vecinos):

—¿Estás ahí...? ¿Estás bien?

Una voz distante me respondió que sí, y dijo algo más que no pude entender. Pero al cabo de poco regresaba, trayendo la escalera.

—Lo siento —me dijo—. El gato ha comido algo, pero se ha dado cuenta de que quería cogerlo, y me rehúye. He esperado inmóvil para ver si se adormecía, pero no.

Parecía una despedida. "Lo siento, lo siento...".

Me equivocaba. Volvió una semana después, sonriente y pidiendo disculpas. Se explicó:

—Traigo una jaula y una toalla para cogerlo. Y un sedante más fuerte...

Abreviemos. Le traje la escalera, claro, y ella emprendió su vuelo. Volvió pronto, llamó, y en seguida yo vi que la jaula resultaba pesada y que se movía algo. ¡Traía el gato!

—¡Bueno! ¿Y ahora?
—Se lo quedará una familia amiga. Va a estar muy bien, en una casa con jardín...

Se adivinaba que el animal, en la jaula y al margen de cosas más profundas, se preguntaba qué clase de historia se estaba iniciando en aquel momento.
Ah, los gatos...


© Sebastián.
es.humanidades.literatura
23/07/2010
PublicaRE: © Sap - Flap-flap-flap
fw
Super Administrador

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Mensajes: 675
Localización: Madrid, España
Registro: 25.06.08
Publicado el 27-07-2010 23:23
Pues fíjate Seb que leyendo tu deliciosa historia se me vino a la cabeza la Familia Ulises, aquella familia que dibujaba Benejam en el vetusto TBO, ya te acordarás. Y es que el ritmo y el amable tono, aún a falta de catarsis cómica final, se adecuan muy bien al recuerdo de aquellos miembros bienhechores, con don Ulises Higueruelo a la cabeza, que también 'salvaban' gatos díscolos y protagonizaban grandes culadas desde escaleras de mano... digo yo que alguna viñeta habrá quedado en el subconsciente.

El caso es que hace tanto tiempo que no recibimos textos que el tuyo se agradece doblemente.

Por supuesto también apoyo lo de "son unas peras pequeñas cuyo sabor es un apretado resumen" como highlight del mes. :-)

Pues de camino, y si quieres, intercambio otra historia, también real y con animalito, aunque en este caso con muy distinto final.

Verás... Puede hacer de esto casi veinte años. Era verano y me encontraba solo en casa; mi mujer había decidido escapar de la canícula alojándose en casa de su madre, en un paralelo geográfico más al norte. Llevaba yo un estricto régimen de ir al trabajo, quedarme por allí todo el día, volver del trabajo e intentar dormir. Quiero decir que sólo paraba en casa un rato, por la noche.

Vivía en una quinta planta, en un piso interior -el calor era feroz allí- donde era muy complicado conciliar el sueño. Una de aquellas solitarias noches escuché desde la cama un extraño ruido que venía del patio de luces. Desde la ventana pude divisar, allá al fondo, un vencejo que caído en el suelo y dada su propia limitación, era incapaz de levantar el vuelo. El aleteo de sus alas larguísimas lo hacía entrechocar con las paredes, con unos escombros acumulados en un rincón y con una especie de pileta (supongo que la poca agua que contenía fue el cebo que atrajo al ave). El flap-flap-flap continuo de sus alas impotentes llegaba desde abajo con nitidez. Aparte de ello, la soledad y el silencio eran completos. Tal vez fuera yo el único habitante de aquel edificio del que todo el mundo parecía haber huído en busca de territorios más frescos. Quiero decir, por tanto, que al no haber vecinos de los que vivían en la planta baja (había una familia y una oficina que comercializaba extraños artefactos industriales), me resultaba imposible acceder a ese pequeño patio donde había caído el pájaro... además... aunque hubiese podido llegar hasta él, ¿cómo tomarlo entre las manos, qué hacer para mitigar mi horror? Durante toda la noche no paró el enloquecido flap-flap-flap y no dejé de oírlo cuando desvelado por mi propio sudor, me despertaba. Ninguna de mis actividades nocturnas, como era el empapar de agua una toalla de baño, extenderla en el suelo y echarme sobre ella, dejó de tener como fondo aquella incesante banda sonora. Confié que tras el sueño inquieto el pájaro hubiera encontrado por sí solo el modo de escapar de su encierro; pero no. Cuando al día siguiente volví del trabajo aún seguía allí y seguía allí su continuo flap-flap-flap aunque ya más pausado. Retomé mi lucha contra el insomnio a la que, desde luego, no ayudaba nada la larga agonia del vencejo. Dormía y despertaba, dormía y despertaba sin poder deshacerme del angustioso ruido, sin poder tampoco cerrar la ventana y no aprovechar el mínimo soplo de brisa ardiente. El pájaro se convirtió en el dinosaurio aquél del microcuento de Monterroso; cada vez que despertaba, seguía allí. Como el calor invencible (en aquel piso llegué a llorar de calor en una ocasión).

El pobre animal tardó en morir de agotamiento cuatro o cinco días. Nunca sabría, claro, por su naturaleza de simple vencejo, que durante aquellas noches de fuego hubo un tipo que convirtió su agonía en pesadilla, y su propia cobardía de no haber echado una puerta abajo o intentar descerrajar la cerradura, en el recuerdo permanente de un flap-flap-flap y sábanas empapadas de sudor. A pesar de todo todavía me excuso, ¿qué podría haber hecho caso de haber accedido a él, cómo haber soportado el tacto de sus plumas o el movimiento entre las manos de sus pequeñas garras inquietas? No. No pudo caber otro final. Para no faltar a su carácter, la naturaleza fue, como siempre, despiadada. Con los dos.

:-/

© Sap
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