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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© gsmiga - Carta a Mateo
fw
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Localización: Madrid, España
Registro: 25.06.08
Publicado el 22-05-2010 18:42
Mi querido amigo:

Puedes creer que desde el encabezamiento de esta carta me siento mal. Te doy el título de "amigo", y no sé si en la actualidad puedo considerarme como tal. Pero, como de alguna manera civilizada hay que comenzar, y como tú te atribuyes en la tuya dicha condición respecto a mí, me ha pa recido atender a una norma mínima de cortesía responder en igual forma. Me cuentas que te ves próximo a descorrer el velo del misterio definiti vo que a todos nos aguarda al fín. Y como no das más explicaciones, me figuro que lo atribuyes a tu edad, que es igual que la mía, estando así los dos aproximados a la misma circunstancia vital. A este respecto no debemos llamarnos a engaño, y ambos lo sabemos.

Confieso que tu carta me sorprendió, por más que en mi interior siempre aguardé una "explicación" que al fín ha llegado. Porque después de lo que pasó, entre dos amigos como lo fuimos desde nuestra infancia, lo ló gico era que alguna vez derribases el muro de tu mutismo, incrementado por la distancia que interpusiste entre nosotros.

De todo lo que me dices acerca de tu vida en el transcurso de tu aleja miento, nada me interesa, como no sea la confesión de tu actitud para con Norma y conmigo. Por cierto, debes saber que no he podido transmitir le tus saludos porque hace ya veinte años que murió. Pero de esto te ha blaré más tarde, cuando haya vaciado mi corazón en esta respuesta.

Mi recuerdo está fijo en el atardecer del 29 de octubre de 1954, cuando me dí cuenta de que todo lo que más había amado, mi tesoro más preciado, había sido destruido por el que consideraba mi "amigo", mi "hermano". Y toda la prueba de amor puro en una amistad silente, discreta y constan te entre nosotros, se vino abajo de una forma cataclísmica y dolorosa. Te habíamos aceptado, Mateo. Mi madre te recibió aquél verano en nuestra casa, te dio de merendar y te dijo que al ser amigo mío, lo serías de ella, de forma incondicional, total. Y así fue...hasta que pusiste fín a la seguridad que una confianza sin límites establece entre dos perso nas de distinta sangre, pero de comportamiento fraternal. Porque desde aquél mismo momento, tú fuiste el hermano que jamás tuve, y el hijo que mi madre hubiese deseado para sí, cuando se malogró el que esperaba y los médicos acabaron con sus esperanzas poniéndola ante la cruda reali dad: solamente yo sería su único descendiente.

Como sabes, poco tiempo después murió mi padre, y "nuestra" madre, pues tú carecías de ella, y así se comportó la mía contigo, nos arrulló en su corazón mientras vivió. Podrás recordar, si estás dipuesto a sopor tar el dolor de la memoria, la forma en que asidos ambos de sus manos, escuchamos de sus labios su útima súplica: "quereros siempre mucho, por que no hay nada más grande en el mundo".

En mi soledad, anterior a la muerte de Norma, he dado muchas vueltas a esta frase. Porque el último ruego de "nuestra" madre a "sus" dos hijos, no era otra cosa más que la sublimación final de su actitud existencial constante para con nosotros dos. No era una invocación hueca, de última hora, sino una súplica completamente evangélica, porque nos vino a decir que nos "amásemos como ella nos habia amado". Es decir, nos ponía delan te de los ojos la más pura muestra del amor que deberíamos tributarnos mutuamente, reflejo del que nos había profesado ella.

A mí me pareció natural su petición porque, igual que tú, había sido tes tigo de sus desvelos. No lo tomes como muestra de vana presunción, ni siquiera como alarde favorable a mi posición superior, sino como la cons tatación de un hecho probado. Mi familia tenía dinero y propiedades, y la tuya no. Érais muchos hermanos a vivir del magro estipendio de un Se cretario de Ayuntamiento, y yo en cambio vivía desahogadamente. No por mis méritos, desde luego, sino por mis condiciones familiares: hijo úni co de una viuda rica. Las cosas fueron así.

De modo que, en cierta forma, mi madre te adoptó. Y te convertiste en mi "hermano". Estudiamos juntos, pasamos la vida juntos, y unidos consegui mos una ocupación pareja en organismos del Estado. Lo que no quita a tu padre su esforzada actuación tratando de procurar lo mejor para todos vo sotros, sin abandonar jamás su digna actitud ante la existencia y su pro bada honestidad. Mérito indiscutible que jamás padrá ser olvidado en su ejecutoria.

Sabes que ambos nos propusimos seguir el consejo materno. Después de que ella nos abandonase para siempre, seguimos unidos en la misma frater na actitud observada siempre, y fuiste tú, Mateo, quien me presentó a Norma. Fuiste tú el testigo de mis confidencias. Tú me alentaste a que rerla como se merecía. Y fuiste tú su padrino de boda. De nuestra boda. A mí me parecía que había conseguido la mejor felicidad posible en este mundo. Tenía a la adorable Norma, y te tenía a tí. Érais los dos pilares de mi existencia, mis dos puntos de referencia inconmovíbles. Podía hun dirse el mundo, podía suceder la más terrible desgracia, el más brutal cataclismo imaginable, sin que vuestro apoyo, vuestra comnprensión y vuestro amor me faltase. ¿Qué más podía pedir?

A veces, dormitando ante la chimenea, viene a mi mente amodorrada la vi sión de nosotros tres, sentados en la mesa del comedor, la charla anima da y chispeante, las risas, los detalles humorísticos, los recuerdos agridulces, las satisfacciones y contrariedades propias de la vida. Y la veo a ella mojando sus labios delicadamente en la fina copa de cris tal, gustando con entendimiento y mesura el vino de nuestra tierra. Otras veces la miro recoger las rosas en nuestro jardín, eligiendo las mejores para que presidieran la mesa que pronto ocuparíamos. Sus hombros descubiertos y su cabellera de miel trigueña acariciando la piel de su espalda, cubierta su cabeza con la pamela de paja y su cinta azul, que usaba para cubrirse del sol veraniego.

Y te veo a tí, el hermano querido, digno de toda mi confianza, echado in dolentemente en la tumbona diciéndole ocurrencias que la hacían sonreir. Una escena deliciosa, de puro goce familiar, de amor evidente, de la más dulce comprensión y de la más inocente confianza. Así éramos los tres, Mateo, ¿recuerdas?

Y todo ese tesoro, toda esa reserva del más puro espíritu de fraterni dad, que aún estremece de gozo mis duermevelas de viejo reseco y hosco que soy ahora, quedó reventado, destrozado, pulverizado...en aciaga tarde de un otoño lejano que, a partir de tu intempestiva carta, ha vuelto a remover en mi apagado espíritu la más destructiva pasión experimentada en mi vida: el odio.

Al principio no supe descifrar aquel sentimiento desconocido para mí. Al ver vuestras muestras de tierno afecto, vuestros besos y caricias de bajo de los sauces que bordeaban el estanque de "nuestro" jardín, algo muy profundo se rompió en mi interior. Más tarde vendrían las sospechas de traición desde el mismo orígen. La desconfianza ocasionada por haber servido de "tapadera" incosnciente de vuestro amor. La víctima engañada de vuestra artera maquinación. El mundo se me vino abajo, Mateo.

Mi mundo, "nuestro" mundo. Las dos personas que más quería se desgaja ban de mi alma y de mi cuerpo, rompiendo las más puras esencias de mi espíritu y de mis más hondos sentimientos. La más cruel y dolorosa am putación que pudiera imaginar se verificó en mí aquel atardecer otoñal. Y desde entonces, soy un mutilado. Perdí para siempre la más preciada parte de mi constitución mental. Infinitamente más doloroso que la pér dida de una pierna, un brazo o un órgano físico.

Porque vuestras efusiones amorosas no respondían a la pasión ocasional e incontenible, fruto de un momento de tensión amorosa largo tiempo re primida, y por eso mismo incontrolable, que estalla como un huracán in contenible en el clímax del deseo satisfecho al fín. No, vuestra acti tud, vuestros arrullos eran los que se tributan los enamorados conscien tes, con larga práctica amorosa, con la confianza propia del conocimien to común y habitual. Vuestros deseos habían sido largamente satisfechos, y se producían en el mismo modo en que ocurrían entre Norma y yo mismo. ¡Y ella estaba embarazada! ¿De quien era el fruto de su vientre, Mateo? ¿Tuyo? ¿Mío? En cualquier caso era "nuestro" hijo. Sí. El de los tres. Porque en vuestra traición incalificable habíais traicionado al esposo y al "hermano", conscientemente, arteramente, vilmente...Hasta el pun to de arrebatarle la seguridad de su propia descendencia.

Huí de vuestra visión insoportable. Avergonzado. Humillado. Confundido. Cenamos los tres, como de costumbre. Mis miradas se cruzaron con las tuyas, y chocaron con el mismo brillo duro y centelleante que el de la cristalería que adornaba nuestra mesa. Sin una sola palabra, te hice sa ber que conocía vuestro oculto e incalificable contubernio. Sé que me entendiste, como lo demostró tu actitud posterior. Porque al día siguien te desapareciste de "nuestra" vida...para siempre...

Norma fue testigo de nuestra conversación visual. También ella se dio cuenta de que el engaño ya no podía sostenerse más. Y también calló, se llando con su silencio la seguridad de su traición. Lo demostró cuando después de tu huída, jamás se brindó a darme una explicación que, por otra parte, jamás le exigí. ¿Qué me iba a explicar? ¿Cómo podía justifi car su actuación? No era necesario justificar lo injustificable. Ni si quiera cuando "nuestro" hijo nació muerto tuvo un momento de debilidad o de compasión por nosotros dos-ella y yo, Mateo, porque tú te habías "escapado"-y ablandó su actitud, que mantuvo hasta su muerte.

A partir de aquel momento, la abandoné. Me trasladé a vivir al pazo de Sarria, y pedí la excedencia en el ministerio. No necesitaba trabajar para vivir. Ahora sabía que jamás tendría un hijo al que brindarle el ejemplo de un padre activo, trabajador, consecuente, honesto y previ sor. Estaba solo. Y Norma jamás me llamó. Asumí el destino y me dedi qué a sumar horas, días, meses y años. Siempre iguales, siempre constan tes, siempre silentes, siempre taciturnos.

Confieso que si ella me hubiese llamado, y pedido que te buscase y te trajese a su lado, habría removido cielos y mares en tu búsqueda y cumpliría sus deseos. Pero no lo hizo. Estuvo muda hasta que murió. An tes rogó a la sirvienta que la asistía, que cuando ya no estuviese en el mundo se encargase de entregarme un cuadernillo que yo debería leer. Y tú sabes, Mateo, que la muerte es la última palabra. La definitiva. ¿Qué más se le puede pedir al que muere? En realidad, creo que Norma de cidió morirse. Porque es bien cierto que igual que se decide vivir a to da costa, también se puede optar por el abandono definitivo. Y lo cier to es que ésa fué su elección. Y su final fue testimonio certero de la vida que hubo de soportar hasta que decidió marcharse para siempre. Lue go te hablaré de su cuaderno.

© gsmiga
Editado por fw el 22-05-2010 18:42
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PublicaRE: © gsmiga - Carta a Mateo II
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Publicado el 22-05-2010 18:44
Durante los años en que viví alejado de Norma, busqué por todos los medios posibles, mitigar mi dolor. No se me ofrecía a mano otra cosa que el olvido. La martilleante pregunta que me acompañaba constante mente...¿Por qué?, no habría nadie que la respondiese.

Tú habías puesto medio mundo por medio, y ella vivía en absoluto silen cio, sin dar la más ligera muestra de llegar a romperlo nunca. Acabó haciéndolo cuando ya no teníamos la oportunidad de oirnos. Fue su despedida cruel por demás. Y a mí me costó comprenderla...hasta mucho después.

Te bastará con saber que, dado mi aislamiento obsesionado en preguntas sin respuesta, me faltase poco para enloquecer. Me dediqué a cazar y pescar, utilizando la naturaleza como lenitivo ante mi pavorosa aridez interior. Levantarse al amanecer, pasar la jornada escuchando los rumo res de los campos y tratando de superar la natural astucia de las pie zas a batir, y luego el agotamiento consolador, el sopor mental que me hacía caer rendido en el lecho con un sueño sin pesadillas, y vuelta a empezar al día siguiente. Así sobreviví durante años.

Hasta que Norma decidió "morirse". Me hace pensarlo así, la repentina y progresiva decadencia experimentada en poco tiempo por una mujer sana, como ella, y de la que fuí puntualmente informado. El mismo diagnóstico médico ofrecía muchas conjeturas y poquísimas-por no decir ninguna-cer tezas. Y cuando se consumó su final, apareció Herminia y me entregó el cuadernillo, con el ruego de que lo leyese.

Admito mi cobardía, Mateo, porque tardé mucho tiempo en decidirme. No es peraba reproches, ni mucho menos invectívas, porque no estaba en el ca rácter de Norma, libre y ecuánime, caer en tan deleznables expresiones. No. Lo que me aterraba era la posibilidad de conocer la VERDAD. Más con cretamente "su" VERDAD. No estaba preparado para asumir la posibilidad de haberla defraudado. Porque visto su mutismo constante mientras vivió, ¿qué otra cosa podía leer en el cuaderno? También me horrorizaba ver con firmadas mis sospechas-fundamentadas, has de reconocerlo-acerca de vues tro amor anterior a nuestra boda. Mi amor propio se rebelaba ante tal coyuntura, más que probable, por otra parte.

Pasaron años antes de que mis sentimientos se fueran "secando", a seme janza de la hojarasca otoñal que cubre los bosques, y que nos asalta cuando entramos en edad y las pasiones se aquietan y se acepta lo irre mediable. Y junto a esto, alcanzada ya una visión semilejana de "nuestra" desgracia, dí en cavilar sobre el resto de la vída de Nor ma. Encontré dentro de mí, como un resto de compasión hacia ella, que también se vio privada de lo que un día le perteneció.

También ella estuvo sola hasta morir. El amante "fugado", y el marido ausente y sumergido en la ofensa y el dolor, la dejaron ante sí misma. Y a fe que tuvo tiempo para contemplar las consecuencias de sus actos y medir el caudal de desdicha que hubimos de padecer los tres. No tuvo ninguna clase de compasión. No la solicitó, cierto es; pero careció durante el resto de su existencia del mínimo consuelo y de la compren sión de aquellos a los que amó. Y eso, Mateo, fue muy duro. Debemos aceptarlo así. Es de justicia.

Entonces me dí cuenta de que yo no había sido capaz de asumir que mi amor por ella me imponía la obligación de hacerle saber que compren día y perdonaba. Porque continué queriéndola, pero no lo suficiente pa ra abandonar mi posición que me privó de conocer cuál había sido el mo tivo de su actitud. Pero, aunque no me hubiese explicado sus razones, tú y yo sabemos que el que ama comprende, disculpa y...sigue amando has ta el final. A tí te ha pasado algo parecido, ya que de lo contrario no hubieras escrito tu carta.

Admito que al encararme conmigo mismo y bucear en mi interior, todas las posibles razones que tuviera en contra de Norma, todo el despecho, el ho nor y la dignidad ofendida, e incluso las sospechas de traición anterio res a nuestra vida en común, dejaron paso a la certeza de que no había sabido ocupar la posición que me correspondía. Porque la cuestión era, en sí misma, sencilla: ¿amaba o no amaba a Norma? Concluí que jamás ha bía cesado de hacerlo, y por tanto todos los demás sentimientos eran muy secundarios, incluso desdeñables.

Y entonces, abrí su cuaderno y leí. Te ahorraré la descripción pormenori zada de sus sentimientos, porque no iban dedicados a tí, sino a mí. Sin embargo, tu carta inesperada y repentina, te concede el derecho a cono cer lo que Norma pensaba de "nuestra" relación. La de los tres. Es algo normal que sepas cuál fue el linaje de su afecto por nosotros dos. Nada hay en sus expresiones que pueda perturbar tu espíritu. En realidad son unas pocas líneas, concisas y expresivas que resumen lo que silenció mientras vivió. Transcribo.

"No puedo arrepentirme de lo que hice conscientemente. Amé a dos hombres que me dieron lo mejor de sus vidas. En mi marido encontré amor, segu ridad, confianza y honestidad. Mi vida a su lado fue dulce, basada en su demostrada comprensión y en la pasión que ambos sentíamos. También quise a Mateo, por su espíritu líbre, inquisitivo, altruista, con un punto de frivolidad y encanto que suavizan la vida y enaltecen los sentimientos. Siempre fue leal conmigo, y no veló su corazón en ningún momento. También él me dió lo mejor de sí. No pude renunciar a ninguno de los dos. Y si volviese a tenerlos a am bos junto a mí, volvería a quererlos como en el tiempo de nuestra feli cidad. A los dos les debo amor y agradecimiento".
No necesitas saber más. En estas pocas líneas envía su última declara ción de amor. "Nos" perdonó. Olvidó mi rencor y tu abandono. Canceló "nuestra" cobardía. Cobardía para persistir en nuestros sentimientos. Cobardía para abrirle nuestro corazón. Cobardía para presentarnos tal y como fuimos. Ya ves, Mateo, que ambos salimos "favorecidos" en su re trato. Su concepto sobre los dos era incomparablemente superior al que merecíamos.

Yo también he terminado por comprenderte a tí. Estabas en una situación insoportable. Amabas a Norma y me amabas a mí, tu amigo, tu "hermano". El peso de ambas querencias te abrumaba. En realidad deseabas huír mu cho antes de que mis ojos te indicasen que tu "secreto" ya no lo era pa ra mí. Tampoco fue escasa tu penitencia. Porque nos abandonaste, sí, pe ro seguimos acompañándote el resto de tu existencia, como acreditan las expresiones que viertes en tu inesperada misiva. El mismo impulso in contenible de escribirla señala que estábamos grabados a fuego en tu men te y tu corazón.

Por eso, aunque te despides afirmando que no esperas respuesta, y no te consideras merecedor de nuestra comprensión, ya ves que Norma te enten dió, lo mismo que yo te respondo en este momento. ¿Por qué habría de ha cerlo si aún te odiase? No tendría sentido. Y debo darte una terríble sorpresa, Mateo: continúo siendo tu "amigo". Por eso te envío el último recuerdo de Norma. Sé que te dolerá, porque sus sentimientos finales ha cia nosotros, te harán sentir mezquino, igual que me pasó a mí. Pero tú sabes que un amigo de verdad, nunca oculta la realidad por muy dura que pueda resultar. Porque la amistad se ofrece entera y sin condiciones; y por encima de todo, tributa culto a la sinceridad.
Ya no tengo más que decir, Mateo. Solamente deseo que alcances al fín la paz que yo te envio con estas líneas. GERMÁN.

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