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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Gsmiga - SARA
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Localización: Hispalis, España
Registro: 21.07.08
Publicado el 10-05-2010 16:16
SARA





No me lo explicaste aquel día. Simplemente dijiste que tu vida no era la mía. Y yo no lo comprendí. Todo el verano fuimos amigos. ¿Hasta qué punto lo fuimos, Sara? Bueno, yo aspiraba a algo más. No ocurrió súbitamente, pero ver tu cuerpo moreno, y tu sonrisa delicada y blanquísima, me hizo acercarme a ti.
Nuestros paseos en barca aumentaron nuestra intimidad —perdóname, pero a mí me gustaba creer que así era—, y el roce ocasional de nuestros cuerpos acrecentaba mi inclinación amorosa. Nuestras charlas ganaban en hondura y hasta nos atrevimos a discutir sobre la "verdadera" amistad.
Temo que no fui buen amigo tuyo, porque no supe mantener la barrera que habías establecido. ¿Hasta dónde llega la amistad entre una mujer y un hombre? Tú me explicaste que el verdadero amigo disculpa y perdona siempre, incluso la traición, porque si no fuese así-razonabas-¿qué sentido tendría una amistad que no fuera el puro interés?
A mí no se me había ocurrido razonar nunca así. Había leído a Platón sin entenderlo durante el Bachillerato, y pensé que la amistad de la que hablabas era solamente el primer paso hacia algo más profundo entre nosotros. Hoy sé que estaba errado, porque la amistad es el sentimiento amoroso más puro y desinteresado que pueda existir. Pero cuando te tomé entre mis brazos, allá lejos de la playa, en nuestra barca, cubiertos del esplendoroso toldo azulado del cielo resplandeciente aquella mañana de julio, creí que estaba dando a la mujer que amaba el más profundo testimonio de amistad, que para mí equivalía al amor.
Y tú, muy suavemente, me hiciste entender que mi propósito se alejaba de lo que tú estabas presta a ofrecerme. No estabas dispuesta a compartir tu vida, "distinta" con la mía. ¿Por qué, Sara? Entonces me lo dijiste. Tú tenías una vida anterior, algo que yo no había experimentado aún y, por tanto, ignoraba. De alguna forma no estabas dispuesta a cargar el peso de tu experiencia pasada en mis hombros de muchacho. Y me dijiste que, puesto que todo llega en su momento, un día sabría certeramente a lo que te referías en aquella mañana soleada y... triste.
No supe entenderte, Sara. Y todavía hoy, en mi vejez, no estoy tan seguro de que estuvieses acertada. Seguí recordando tu expresión durante el resto de mi vida. Creo que seguí amándote y esperando tu vuelta, que sabía imposible. Tenías razón en parte al aludir a mi juventud e inexperiencia. Pero... ¿acaso el amor se mide por la edad? A pesar de las décadas pasadas he seguido guardando tu imagen en mi interior; y tu secreto sigue dominando mis noches hasta que cierro mis cansados ojos. ¿Acaso no es amor eso? ¡Cuánto daría por volver a discutir contigo sobre el amor y la amistad! Estoy seguro que hoy mis razones serían más poderosas que las tuyas.
A lo largo de mi existencia, he escuchado multitud de comentarios más o menos cínicos sobre el amor y la amistad. Un día le oí decir a alguien importante que el hombre que es abandonado por la mujer amada recibe el más grande beneficio que pueda imaginar. Me pareció una estupidez... ¿qué sería del mundo sin amor entre hombres y mujeres? ¿Cómo se puede recibir un beneficio cuando alguien te dice que no te ama? No es solamente cuestión de amor propio, ni de orgullo herido; se trata de la comprobación de la propia incapacidad de despertar sentimientos profundos en la otra persona. Y eso duele y conduce al escepticismo. Por eso se hacen tales afirmaciones despechadas.
Es cierto que el amor puede terminar. Lo hace a menudo sin previo aviso. Pero no es una regla matemática infalible. Y por encima de todo está el deseo de mantener viva la llama que un día se encendió y que hay que alimentar continuamente. Y creo honestamente, Sara, que a pesar de mi juventud ésa era la clase de amor que yo te ofrecía.
Lo demuestra que a diario he pensado en ti, en tu sonrisa, en tus palabras, a lo largo de estos cuarenta años. Siempre aguardando la oportunidad de volver a explicarte mis sentimientos. Aquello que no supe hacer cuando me dijiste que nuestros destinos divergían. Puede que tuvieses razón, pero sigo creyendo que no tuve las ocasiones necesarias para demostrar que, incluso los destinos más alejados, pueden encontrarse al final. Porque aunque no me quisieras entonces, no tuve más oportunidades para hacer que te acostumbrases a mí.
No fuiste muy explícita, pero temo que te conocí en mal momento. Hoy creo que seguramente acababas de pasar por un mal trago sentimental, y estabas herida. Siempre ocurre en estos casos que se observa a los que se acercan a nosotros con una mezcla de escepticismo y desconfianza.
No es que apreciase en ti ninguna muestra de impaciencia. Estaba allí, a tu lado y me tratabas con amabilidad, incluso con cariño... pero como a un muchacho necesitado de estímulo para adquirir autoconfianza. Y seguramente no esperabas provocar los sentimientos que afloraron en mi interior. Todo eso es comprensible, pero ¿quién es dueño de controlar los sentimientos que despierta en los demás? Nadie, Sara. Tú tampoco.
Ahora estoy tan solo más solo que cuando te conocí. Entonces tenía mi familia; luego conocí a más mujeres, pero no me decidí a unirme a ninguna. Y el paso del tiempo hizo su obra, envejecí, y me encontré ante un futuro incógnito, sin tareas inmediatas que concluir, porque todas fueron realizadas en su momento, y con el único pasatiempo de recordar las edades pasadas. Y tú, Sara, seguías dentro de mí.
Muchas veces he pensado que mi actitud hacia "nuestro" pasado, no era más que una chaladura, quizá incrementada con la edad. Otras veces he creído que tu recuerdo era una obsesión maligna que denotaba una perturbación mental propia de maníaco. Pero ahora creo que mi único propósito era volver a discutir contigo sobre la amistad y el amor. Me faltó decir la última palabra que debiste oír. La mejor palabra.
Porque he descubierto algo muy importante. La amistad y el amor son sentimientos "graciables". Se ofrecen a "alguien" sin estipendio ni condición retributiva alguna. Son "naturales" y asaltan a las personas que no saben explicar porqué sienten lo que sienten, pero "saben" certeramente hacia quien lo sienten. Se puede discutir sobre eso. Tratar de razonar lo irrazonable. Se puede divagar, soñar... pero no se puede dejar de "sentir" lo que está grabado en nuestro interior.
Por eso, creo que hoy sabría explicarte lo que antaño ignoraba, Sara, amor mío.



© Gsmiga.
es.humanidades.literatura
08/05/2010
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