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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Gsmiga - UNA EJECUCION MISTERIOSA
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Publicado el 05-05-2010 11:55
UNA EJECUCION MISTERIOSA





I.

Soy Claudio Sempronio, y me encuentro muy enfermo. Mi vida ha sido larga y pródiga en acontecimientos raros y trascendentales que la han colmado de toda clase de experiencias. Pero de todos ellos, el que aun atormenta mis noches insomnes, es el que voy a relatar más tarde.
Nací en el campamento de la Legión Décima Gémina, en Lucus, en el interior de la Gallaecia. Mi progenitor era centurión del quinto manípulo, y estaba a cargo de la tropa que vigilaba la muralla de la ciudad. Había conseguido la ciudadanía romana por sus eminentes servicios al Estado republicano; de forma que fui romano desde mi concepción en el vientre de mi madre.
A semejanza de la trayectoria paterna, mi vida fue el Ejército. Serví con Sila, y después bajo las órdenes de Pompeyo Magno. Por desgracia hube de optar entre aquel gran jefe y el divino César, al que acompañé en sus campañas victoriosas de las Galias. Mi carrera militar finalizó como centurión primípilo en Farsalia. ¡Que espantosa mortandad de buenos romanos! Allí fui herido por una lanza que me golpeó en la sien. El brutal golpe fue parado en parte por la carrillera del yelmo, pero aún así se infectó, y a los pocos días hubieron de vaciarme el ojo izquierdo.
Desde entonces uso un parche para hacer menos repulsiva mi carencia ocular.
Como ya no podía combatir fui destinado a intendencia, bajo las órdenes de Paulo Líber, jefe de suministros del Ejército de Egipto, dirigido por el gran César, que estableció el protectorado romano en aquel país. Más tarde regresé con él a Roma, y hube de asistir, dolorido, a su ruin asesinato a manos de su propio hijo Bruto y sus conjurados. Todos los que asistimos a aquel acontecimiento tuvimos la impresión de que la historia de nuestra Patria romana daría un vuelco rotundo, aunque ignorábamos su trayectoria futura.
Nuevamente hube de optar por un señor a quien servir. Porque las tiranteces entre Octavio y Antonio pronto se hicieron insalvables. Las divergencias políticas, que no consistían en otra cosa que el reparto de la influencia de cada uno en el Imperio, acabaron en lucha civil. Y nuevamente me vi camino de Egipto, tras Octavio, que trataba de exterminar a Antonio y su ramera egipcia, a la que culpaba, entre otros cargos de mayor enjundia, del abandono de su hermana que había matrimoniado con Antonio como símbolo de paz perpetua entre ambos.
Para entonces ya había ascendido en mi profesión y era "exactor", cargo que tenía atribuida la misión de certificar todos aquellos actos de gobierno, así como la ejecución de actos civiles y militares, desde la realización de contratos civiles, a la ejecución de las sentencias dictadas por los Tribunales y las Autoridades del Imperio.
Fui yo, en cumplimiento de mis obligaciones, quien levantó el acta secreta del fallecimiento de Antonio y su concubina, la reina egipcia. Y también me cupo "certificar", en secreto, la ejecución de Cesarión, el hijo de Cleopatra, pues su muerte era necesaria para despejar el camino de Octavio como Princeps sin discusión ante el Senado romano.
Mi carrera se dilató durante todo el Gobierno del divino sucesor de César. Y ya bajo Tiberio, fui enviado a Celesiria, cuyo Gobernador me puso bajo las órdenes del Procurador de Judea, Poncio Pilatos. Y fue allí dónde mi carrera experimentó el más extraño episodio que imaginarse pueda. Un suceso que no ha dejado de triturar mi mente, noche y día, por las extrañísimas circunstancias en que se produjo, así como las consecuencias que arrastró.
Fue allí cuando, cierto día, se me llamó a las estancias privadas del Procurador, el cual me dio la impresión de la más viva agitación. Declaró hallarse en el más indeseable compromiso que pudiera soportar. Me extrañó su actitud porque Pilatos era hombre expeditivo, de reacciones imperativas y raudas. No dudaba en utilizar los más expeditivos recursos cuando la ocasión lo requería, y puedo decir con verdad, que nunca lo había visto en el estado en que lo encontré aquella aciaga jornada.
En mi presencia maldijo al pueblo judío, a sus autoridades y sus festividades, culpables, según su opinión, de la drástica decisión que se veía obligado a tomar. Mi sorpresa se acrecentó cuando lo escuché referirse así a la máxima fiesta judía, la Pascua, que era fuente de abundantes ingresos para el comercio de Jerusalén, y por tanto buena ocasión de recaudación de impuestos para los agentes fiscales del Imperio.
—Dentro de poco —me dijo —he de condenar a muerte a un pobre diablo, a uno de esos predicadores judíos que amenazan al pueblo con todas las plagas del mundo si no siguen sus enseñanzas. Y por causa de la Pascua, con la ciudad llena de peregrinos he debido parlamentar con las autoridades del Templo que fingen escándalo, los muy hipócritas, y sugieren la posibilidad de un motín de las masas que invaden nuestra ciudad.
—No te comprendo, Procurador. ¿Qué tiene ése azotacalles judío que no tengan otros tantos como él? ¿Acaso vas a condenar a muerte a todos los trastornados que pululan por el país?
—No sé. Aquí hay algo muy especial que las autoridades del Templo se niegan a aclarar. He rogado al Sumo Sacerdote que viniese a explicarme qué hay detrás de este asunto, pero se ha excusado alegando que no puede "contaminarse" visitando, en plena víspera de la Pascua, el domicilio de un gentil. ¡Malditos sean todos ellos y sus supercherías!
Me ha enviado a un funcionario del Sanedrín diciéndome que el acusado ha incitado al pueblo a la rebelión y se ha proclamado rey. Y lo peor de todo es que mi esposa, que lleva un tiempo algo delicada de ánimo, me dice que me guarde de cometer la injusticia de condenar a un "justo inocente". Ha tenido sueños terribles y no cesa de gemir.
—Dime, Procurador, ¿existe algún testigo fiable que escuchase al judío proclamarse rey?
—Los del Sanedrín afirman que lo ha hecho ante ellos, en el mismo acto del juicio.
—Pues ya tienes la excusa para anular la detención del trastornado. Sabes que según nuestras leyes, únicamente pueden impartir justicia los tribunales romanos o los delegados del César. Y tú lo eres; y por tanto puedes anular todo lo actuado hasta ahora. Alégrate, envíale al Sumo Sacerdote copia de nuestro Códex, y ordena la libertad del reo injustamente detenido. Y tu esposa descansará al fin.
—No conoces a esa horda de fanáticos —sacudió la cabeza desalentado al tiempo que encogía los poderosos hombros—. Escribirán al César y se las arreglarán para que mis enemigos me desacrediten aún más si cabe. Y todo por la idea de ése maniático en proclamarse rey. ¿De qué? ¿Dónde está ese reino incógnito?
—Dime, Procurador, ¿es cierto que el rey Herodes está en la ciudad para la celebración de la festividad?
—Sí, al llegar me envió una de esas felicitaciones floridas a que son tan aficionados toda esta tralla de vividores. Ha venido con un séquito más numeroso que el que auxilia al César en las festividades del Sol Invictus.
—Bien, envíale al preso y dile que le interrogue a ver si es capaz de proclamarse rey en su presencia.
—¡Extraordinaria idea, "exactor"! Habilísima, porque si sucede lo que ambos pensamos tendré la excusa perfecta para decirle a esa caterva de clérigos oledores de incienso olíbano, que no existen cargos contra el loco, pues el mismísimo rey será mi testigo.
—Cierto, Procurador, y desmontarás por anticipado la maniobra de descrédito que preparan contra ti ante Roma.
—Voy a disponerlo todo, y... ¡ojalá los dioses sean propicios!
—Quedo a tu disposición, Procurador.
Al salir a la calle, tuve la seguridad de que Pilatos sabría, una vez más, desenredarse de la sutil malla de hechos consumados en que intentaba envolverlo la oligarquía sacerdotal que parasitaba sobre el pueblo, insaciable en su ansia de disfrute de un poder religioso basado en la más absurda superstición. ¡Un dios único! ¿Y los otros dioses acaso no contaban nada? ¿Acaso no eran tan respetables como los mismos pueblos que los adoraban? ¿De dónde sacaba aquél pueblo estrafalario semejante obsesión excluyente? ¿Acaso les había protegido "su" dios de las distintas dominaciones a que habían estado sometidos? ¿Tal vez podría librar los del dominio romano? ¡Extraño dios que toleraba impasible la sujeción que su pueblo experimentaba a manos extranjeras, desde su más remota historia!
Absorto en este discurso, me encontré en el mercado, abarrotado de una abigarrada multitud de peregrinos que buscaban saciar sus necesidades más básicas. La Pascua imponía la observancia religiosa más estricta, pero había que alimentarse convenientemente, y adquirir los productos necesarios para celebrar la Parasceve adecuadamente. El cordero, las hierbas amargas, el vino ritual que debía beberse en la noche de Seder...
La animación era extraordinaria, y aquella pacífica y activa muchedumbre bienhumorada, que se besaba y abrazaba-¡Shalom!-según la costumbre ancestral de padres a hijos, generación tras generación, en nada presagiaba la posibilidad de cercanos disturbios que agoraban los oscuros arrendajos del Templo.
Seguí mi recorrido observando atentamente a la multitud que llenaba las calles y plazas que atravesaba, y hube de convencerme de la inexistencia de ningún riesgo inminente... como no fuese, quizá, el meticulosamente preparado para provocar trágicos sucesos que forzasen a la Autoridad romana a tomar medidas drásticas. Pero, si tal cosa llegase a ocurrir, estaba bien seguro de que no se debería a la actitud intransigente del agobiado Procurador que acaba de visitar, ni a un "supuesto" afán justiciero del pueblo que se presentaba, por parte de los que afirmaban representarlo, como propicio a una revuelta a causa de un oscuro "rabí" de ignorada trayectoria hasta aquél momento, y cuya supuesta "doctrina" no difería del tono apocalíptico que sus otros "colegas" difundían con similar ardor entre un pueblo propenso al más exagerado fanatismo, alentado por los mismos que procuraban mantenerlo en tan indeseable estado.



II.

Acababa de dar cuenta de mi refacción matutina y me había retirado a mi cubículo cuando mi fiel Lisia me comunicó que el secretario del Procurador deseaba hablar conmigo urgentemente. Tan pronto estuvo ante mí, dio suelta a su ansiedad.
—El Procurador te reclama. Te ruego que me acompañes.
—¿Se trata del predicador arrestado? —indagué.
—Sí —cabeceó afirmativamente Silio Plaucio—. Debes levantar acta del interrogatorio.
—¿Interrogatorio? ¿Acaso va a haber encuesta judicial?
—El Sanedrín insiste en que el reo sea sentenciado conforme a la ley romana.
Al escuchar la palabra "reo", pronunciada con fría determinación por mi interlocutor, me dí cuenta de que las cosas habían tomado un camino complicado. Mientras caminábamos, me pregunté cual sería la extraña causa que hacía que el Senado judío se tomase tanto interés en ajusticiar a un taumaturgo itinerante que, al menos en apariencia, no representaba peligro alguno para el Imperio ni para la nación judía. Era algo completamente inusual para mí. En mis correrías por el ancho mundo había escuchado toda clase de abrumadoras profecías de inminentes desastres, proferidas por individuos desarrapados que se expresaban con total libertad, sin que nadie sensato se tomase la molestia de escucharlos en serio.
Recordé a un tarado egipcio que se hacía pasar por la reencarnación del Faraón Inmotep, y afirmar que tenía poder para rescatar a los muertos del inframundo, y al mismo tiempo proclamarse como el esposo de Isis. Tenía una legión de fanáticos que le servían y adoraban, siguiéndolo allá donde iba. Por eso, cuando llegué a Judea y oí hablar de la abultada nómina de "profetas" que habían pronosticado toda clase de calamidades a sus compatriotas, no me sorprendió encontrar en el pueblo la misma ceguera apreciada en otros países lejanos. Porque la naturaleza humana ama el prodigio, quizá para consolarse de la miseria y el padecimiento que la existencia representa para la mayoría. Y a fuerza de soñar con liberaciones imposibles, siempre aparece algún "redentor" dispuesto a conducirlos...al fracaso más estrepitoso. Es fruta del tiempo.
Pero, por más que examinaba el asunto que amargaba las noches de Pilatos y hacía gemir de angustia a su esposa, menos justificación encontraba para semejante sufrimiento.
—Exactor, te requiero para que presencies el interrogatorio que voy a efectuar, y des fe de su desarrollo y conclusión.
El Procurador me miraba muy serio, con la vista acuosa, opaca y distante, dando muestras de un estado de ánimo deplorable. Ni siquiera el frío y cortante formalismo legal con que me ordenaba cumplir mi función, podía disimular la confusión que se dejaba traslucir en su actitud.
—A tu disposición, Procurador. Espero que me disculpes si te pregunto cómo se ha desarrollado la gestión que acordaste cerca del rey... y...
—Un absoluto fracaso —no me dejó concluir—, me ha devuelto al acusado dejando constancia con su actitud de que "mi" problema no es el suyo.
—Pero... ¿acaso se le preguntó al preso si era rey?
—No respondió nada... ¿No te contó Silio Plaucio como se desarrolló el interrogatorio?
—Únicamente me transmitió tu aviso...
—Pues mantuvo un mutismo absoluto ante el rey y la pandilla de haraganes que le baila el agua. Se divirtieron unos momentos mofándose de él, y cuando se hastiaron de la fiesta... me lo reenviaron. ¡Pandilla de ratas judías!—, masculló con rabia.
—Bien, Procurador, no está nada perdido. No se proclamó rey ante quien podría ser testigo en contra suya. Por tanto, si no puede testificar contra él, sí podrá afirmar que si lo liberas no actúas contra las leyes...
—¡Ese holgazán no declarará nada!—, la cólera de Pilatos hizo que su rostro adquiriese una tonalidad purpúrea—. Y lo peor de todo es que al momento de llegar el preso de nuevo a mi jurisdicción, un tal Leví bar Efraím, delegado del Sumo Sacerdote, se presentó ante mí y me hizo saber que esperaba que ejecutase la decisión del Sanedrín.
—Pero... ¿a qué decisión se refieren?
—Ellos tienen la teoría de que según sus leyes el preso es reo de muerte por sus blasfemias. Se quejan de que al no ser un pueblo soberano, están obligados a someter sus decisiones a la autoridad romana para que las ejecute, porque no tienen poder para hacer morir a los que son condenados a la pena capital.
—Pero ese razonamiento es una arbitrariedad, porque ninguna decisión del... Sanedrín puede obligar a un funcionario superior del Imperio. Y mucho menos a causa de un supuesto delito que no reconocen nuestras leyes.
—Aducen que a la blasfemia se unen los delitos de sedición y traición al César. Afirman que con su actitud el preso induce a la rebelión del pueblo contra las autoridades legítimas. Y que al proclamarse rey de los judíos ignora la potestad de gobierno del Emperador, lo que según "nuestra" legislación es delito capital. Además, lo acusan de recibir entre sus seguidores a esos rebeldes "zelotas", que rechazan nuestra dominación y propugnan la rebelión armada.
—¿Y no será que los oligarcas del Templo tratan de deshacerse del preso porque los incomoda con su actitud y temen que el pueblo adquiera una visión, digamos, distinta sobre el sacerdocio que los dirige?
—¿Por qué habríamos de suponer eso?
—¿No te parece extraño, Procurador? Un comediante itinerante, de los que se ganan unos leptones en las ferias haciendo que curan a los paralíticos, ¿no es alguien en realidad inofensivo que se dedica a explotar la ignorancia popular? ¿No es lo mismo que hace el alto clero rodeado de pompa y boato en su Templo? ¿Por qué les inquieta tanto?
—¡¡Por Júpiter, no lo sé!!— aulló Pilatos—. Me estalla la cabeza con toda esta conjuración. ¿Acaso crees que no me agradaría hacer con el Sumo Sacerdote y su traílla de lebreles, lo que me veo obligado a realizar con ése robaperas? Tengo las manos atadas-concluyó.
Ensayé otra vía.
—¿Sabes a qué obedeció su detención? ¿Se pudo indagar si sus partidarios tramaban algún tipo de motín? ¿De cuantos "zelotas" dispone en la caterva que le sigue?
—Todo es muy extraño —Pilato hablaba ahora más calmado, como indagando en su interior las posibles ramificaciones de la "conjuración" a que se había referido—, porque el Jefe de la Policía del Templo, parece que informó a sus superiores de que el individuo armó una tremolina en el atrio de los cambistas, a los que llamó ladrones, usureros, les tiró los telonios de cambios y la emprendió a patadas y zurriagazos con todos los que se tropezó delante.
—¿Y que pasó? ¿Le detuvieron?
—Pues no...
—¿Se esfumó, acaso?
—Nadie me ha informado hasta ahora sobre ese asunto... no sé cómo salió del lance.
—Pero... ¿cuando ocurrió el alboroto? ¿Quizá llevaba una plaga de seguidores que armaron el suficiente jaleo para que pudiese huir?
—No... no. Parece que actuó él... solamente.
—¿Cuándo ocurrió ese ataque a los cambistas?
—¡Oh!, hará un par de semanas, o quizá tres...
—¡Qué extraño, Procurador! Un iluminado asalta el atrio del Templo y la Policía lo deja irse libre, cuando lo cierto es que pudo apresarlo pues sus seguidores no dieron muestras de violencia. Sin duda alguna hubo pasividad por parte de los agentes del orden. Lo que indica que el "accidente" no alcanzó, siquiera, la categoría de disturbio que pudiese inquietar seriamente a los sacerdotes. Y ahora, de repente, "desempolvan" una acción, reprensible ciertamente, pero de entidad tan baladí que parecía sepultada en el olvido... hasta el momento oportuno.
—No sé que pensar de todo esto. Desconozco la raíz de todo este incómodo asunto. Y sigo sin comprender como un sujeto tan anodino puede concitar tal animadversión por parte del alto clero. Pero de todas formas, he de interrogarlo. Así saldré de dudas. Sígueme.
La decisión estaba tomada. De modo que lo seguí hasta el salón de audiencias, donde se sentó es su silla, y ordenó que el preso compareciese a su presencia. Por mi parte, dispuse cálamo y tablillas para cumplir con mi oficio de fedatario público.
Mientras aguardábamos la comparecencia del detenido, tuve tiempo de advertir a Pilatos.
—Recuerda, Procurador, que por lo que me has contado, no existía orden de detención del preso por el "incidente" del templo. Sería bueno saber cómo se pudo producir su detención.
—¡Oh!, parece ser que uno de los de su cuerda lo "denunció" a las autoridades del Templo.
—¿Y no se podría interrogar al delator?
—Según me han informado, está muerto. Se ahorcó.
—¡Ah!, que deliciosa y oportuna salida. Se detiene a un hombre para el que se pide la pena capital, y "casualmente", desaparece el acusador principal. ¿Quien testifica ahora contra él?
—El Sumo Sacerdote certifica que blasfemó ante el pleno del Sanedrín. Y que se dice "rey de los judíos".
—Es decir, que antes de la comparecencia ante el Senado judío, no existía acusación formal contra él. Y tampoco existía orden de busca y captura por su actuación escandalosa en el Templo. ¿Por qué lo detuvieron entonces? ¿Qué pruebas de cargo pudo aducir su delator... el ahorcado?
—No lo sé. Y ni siquiera se me había ocurrido todo eso que dices ahora.
—Puedes interrogarlo al respecto.
—No; como delegado del Gobernador de Celesiria y del César, tengo que remitir mi interrogatorio a las acusaciones concretas de que es objeto el detenido. No puedo ir más allá.
—¿Ni siquiera para indagar si se produjo una acusación "dudosa"?
—¡No es ciudadano romano! ¿A dónde quieres llevarme, Exactor?.
No pude replicar porque el preso hizo su aparición escoltado por dos fornidos soldados. Si digo la verdad, antes de verlo a él, me dí cuenta de su presencia por el ademán de repulsa, contenido por respeto al Procurador, que hizo un sujeto situado en la pared frontera, vestido con un largo caftán pardusco, del que colgaban ostentosas filacterias, que los judíos usan para espantar a Satanás, su "daimón" nacional. El individuo miraba al reo con sus ojillos entrecerrados, que brillaban en su peludo rostro como carbones encendidos por el más absoluto odio. Luego pude enterarme que era el delegado del Sumo Sacerdote, que había sido convocado por el Procurador para que presenciase el interrogatorio. “Estamos en víspera de la Pascua—, me pregunté a mi mismo— ¿qué pasa con este individuo, acaso no teme contaminarse?” Tristemente concluí que el resentimiento echa a un lado las más añejas creencias.
Me fijé en el acusado. Era un hombre fornido, de pelo negro, como casi todos sus compatriotas, que usaba poblada barba y vestía con sencillez.
No llevaba ningún abalorio sobre sí, y su actitud denotaba confianza en sí mismo. No mostraba una actitud desafiante, sino serenidad, reflejada en su mirada, directa y franca. Tenía un moratón en el pómulo izquierdo, fruto sin duda de algún maltrato recibido de algún servicial esbirro de la autoridad que lo enviaba a presencia del poder Imperial.
Pilatos lo midió con la vista. Calladamente se tomó su tiempo en la observación directa del individuo. Luego, hizo un gesto a los soldados que lo custodiaban, que se retiraron unos pasos atrás. Comenzaba la acción judicial. Requerí tablilla y cálamo y anoté día, mes y año imperial del divino Tiberio. Y me dispuse a poner toda mi atención a cuanto oyese.



III.

El Procurador comenzó interrogando al preso sobre su conocimiento del acto que se iniciaba en aquel momento.
—Tus pontífices afirman que eres reo de delito capital. Te han entregado a mi potestad para que ejecute la sentencia que han dictado en tu contra. ¿Comprendes eso?
El preso guardó silencio.
—¿Eres galileo de origen, igual que tus seguidores?
Más silencio. Pilatos comenzó a impacientarse, porque cerró las mandíbulas apretándolas fuerte. Temí una explosión de ira, pero al momento me fijé en un nuevo personaje que hacía acto de presencia en aquel instante.
—Salve, Procurador, soy Neftalí bar Helí. Te presento mis respetos y te anuncio que deseo asistir a este acto como delegado personal del Pontífice Caifás, que tiene interés grave en ser informado directamente sobre su desarrollo.
—Eres bienvenido —Pilatos le hizo un gesto con la cabeza—, dígnate ocupar tu puesto junto al delegado del Sanedrín.
El recién llegado hizo una inclinación untuosa, y se reunió con su correligionario, comenzando en el acto a secretear con Leví bar Efraím. El personaje tenía un porte majestuoso, propio de alto dignatario religioso. Y su aspecto y constitución bien proporcionada, así como un rostro ovalado de mejillas angulosas y frente despejada, revelaban una inteligencia despierta y un carácter tenaz y persuasivo.
El Procurador reinició el interrogatorio inquiriendo más directamente al acusado.
—Te informo que los pontífices del templo te acusan de fomentar la revuelta popular. Lo que es delito capital. ¿Qué dices a esto?
El interrogado mantuvo su pertinaz mutismo.
—También te acusan de negar obediencia al César. Lo que se castiga en nuestras leyes con la muerte —Pilatos hablaba ahora con calma, dando la impresión de que estaba dispuesto a cumplir el trámite hasta el final aunque el preso mostrase una total indiferencia ante su destino.
—Además —prosiguió el Procurador—, afirman que te has proclamado rey, lo que de ser cierto, validaría la acusación de desobediencia a Roma. Dí, ¿es cierto que eres rey?—, la voz de Pilatos había adoptado el tono monocorde del funcionario que agota un trámite pesado y molesto.
—¿Dices eso por ti mismo, o te lo han contado otros?
La respuesta, inesperada, cayó en medio del salón de audiencias con la misma violencia que una tempestad de arena en el desierto. Los delegados judíos, cuchichearon entre ellos vivamente, denotando gran agitación en sus ademanes. Tras unos instantes de silencio, sonó colérica la voz del Procurador.
—¿Soy acaso judío? ¿Soy el que te ha traído aquí con tan fuertes acusaciones? ¿Te das cuenta de que trato de indagar la certeza de las afirmaciones de tus acusadores? ¡Son las autoridades de tu pueblo las que te mantienen en este lugar! ¿Eres rey en verdad? ¿Te percatas de que tengo poder de vida o muerte sobre ti?
—No lo tendrías si no te hubiera sido dado ese poder desde arriba —retrucó el acusado. Respuesta razonable que Pilatos tenía que admitir forzosamente, pues su magistratura dependía del César.
—Luego... ¿eres rey?—, forzó la presión sobre el preso.
—Tú lo dices. Soy rey.
—¿Dónde está tu reino?
—No es de este mundo. Si lo fuese, mis partidarios me rescatarían de tu poder. He venido a dar testimonio de la verdad. Todo el que me escucha oye a la verdad. Y para esto nací.
—¡Oh!... ¡La verdad!... Claro, todos los reyes dicen siempre la verdad—, Pilatos cabeceó escéptico —, jamás he oído de ningún monarca que admitiese hablar en nombre de la mentira. Pero, dime... ¿qué es la verdad que anuncias? ¿Dónde la has encontrado?
Silencio espeso, mientras aumentaban de volumen los graznidos de los delegados sacerdotales. En ese instante, se escuchó un rumor sordo procedente del exterior. Y uno de los representantes del Templo, se acercó solícito a Pilatos.
—Con tu venia, Procurador, la multitud ha venido a pedir la augusta justicia del César. Puedes comprobarlo si te asomas. Tememos disturbios si no es escuchada—, la vista del individuo no se alzaba del suelo, en gesto de aparente sometimiento, pero su voz, chillona y nasal, dejaba traslucir una actitud distinta.
Pilatos percibió la oculta presión a que el sujeto le sometía. Se alzó de su silla curul y se acercó al pórtico superior a echar un vistazo. No se entretuvo mucho. Regresó a su asiento, y volvió a inquirir al preso.
—Dime... ¿qué es la verdad que proclamas? ¿Existe alguna verdad absoluta?
Silencio sostenido. Tras unos segundos, el Procurador recitó sus conclusiones.
—No hay delito punible. El acusado habla de un reino incógnito que no puede, por su misma naturaleza, amenazar la autoridad de Roma. Es inocente. No hay culpa perseguible en él.
Los delegados sacerdotales acudieron en tromba ante Pilatos.
—¡Este hombre es culpable según nuestras leyes! ¡Se ha proclamado Hijo del Altísimo, bendito sea su santo nombre, y merece la muerte por blasfemia! ¡No puedes dejarlo libre, Procurador! ¡Será fuente de motines futuros contra la autoridad que representas al declararse rey, aunque sea a título figurado! ¡Israel no tiene otro rey que el Cesar!
—De los delitos que pueda cometer en el futuro no puede ser acusado y sentenciado ahora. Debo liberarlo.
—¡Tiene en su grupo seguidores "zelotas"! ¡Revolucionarios que conspiran contra Roma, como a ti te consta, Procurador! ¡Asumes una inmensa responsabilidad desoyendo los deseos del pueblo que pide que este hombre sea exterminado del haz de la tierra!
—No consta por ningún lado que sus seguidores tramen ninguna conspiración para liberarle. Por el contrario, los aullidos que escucho son del pueblo que habéis arrastrado hasta aquí. Pero habéis de saber que Roma no dicta justicia nunca por presiones populares, sino con arreglo a la Ley romana.
—¡Si lo liberas no eres amigo del César!—, el exabrupto partió de la boca del delegado del Sanedrín —¡Como representante de Roma estás obligado a escuchar al pueblo del Imperio! ¡Y nosotros formamos parte de ese pueblo, el mismo que te pide justicia ahí fuera!—. El siniestro sujeto hablaba tan excitado que escupía diminutas gotas de saliva, al tiempo que en la comisura de sus labios se formaba un blanco cerquillo de tal humor.
—¿Es realmente el pueblo de Jerusalén el que clama justicia? ¿Acaso son esos cientos de desarrapados que habéis traído con vosotros los que se indignan por la libertad de un inocente examinado de acuerdo con la ley del Imperio?
—Comprende, Procurador, que la entraña de un pueblo son sus creencias religiosas. Afectan al espíritu de nuestra raza—, hablaba ahora el más inteligente de los dos representantes hebreos, que acusaba el golpe dialéctico propinado por Pilatos.
—¿Ahora tienen espíritu las razas? ¿Acaso no somos todos hombres, con diferentes creencias, cierto, pero igual en todo lo demás? ¿Debo regir mi actuación de funcionario judicial por el "espíritu" de vuestro pueblo? ¿Tendrá Roma que legislar conforme al sentir particular de los pueblos que administra?
—Sin embargo, Roma ha admitido nuestras creencias como lo acredita su permiso para practicar nuestro culto en paz dentro de nuestro Templo. Y tú no puedes ignorar esta evidencia, Procurador.
—Si lo que deseas decir es que merece un correctivo por cierto escándalo que suscitó en vuestro Templo, estoy de acuerdo... hasta cierto punto. Porque la verdad es que no se presentó acusación formal contra él tras la comisión del acto. Solamente por eso, estoy dispuesto a complaceros. Tomadlo y flageladlo—, se dirigió al centurión de servicio presente en la sala.
Los delegados del Templo iban a protestar, pero el Procurador hizo un gesto con la mano, dando por concluida la encuesta judicial, y Silio Plaucio se apresuró a cortar la avalancha de protestas que se acumulaban en las bocas de los disconformes.
—Tened la bondad de seguirme, nobles señores. El Procurador ha hablado.



IV.

Pedí permiso a Pilatos para retirarme a oficializar las notas tomadas durante el proceso. Habría de realizar dos originales, para los archivos del Gobernador y del Procurador, ambos autorizados con mi sello, y una copia que se entregaría al reo-ahora ya se le podía dar tal calificativo por sufrir un castigo sujeto a la legalidad vigente-o, en su defecto, a aquellos familiares, deudos o afines que mostrasen interés en poseer testimonio de aquél acto judicial.
—Te ruego, Procurador, que me permitas ausentarme a redactar el acta oficial del proceso. Si no dispones otra cosa, me...
—No te vayas muy lejos, porque puedo necesitar de nuevo tus servicios. Dile a Silio Plaucio que te permita utilizar su "scriptorium". Allí estarás cómodo. Luego deberás certificar la ejecución del castigo dispuesto. Tendrás que examinar al reo.
—A tu servicio, Procurador.
Me retiré incómodo. Sabía el desagradable espectáculo que me aguardaba.
Tenía motivos para agradecer a Pilatos que no me "ordenase" presenciar la ejecución del castigo. Un espectáculo capaz de estropear el ánimo del más templado.
La ley romana establecía la pena de flagelación para todo habitante del Imperio que la mereciese por sus actos, y que careciese de la condición de "ciudadano romano". Había dos clases de pena: la correctiva y la capital. La primera se ejecutaba con un número de azotes de "cuarenta menos uno". Y se ejecutaba con un instrumento terrorífico. Tres nervios de buey sujetos a un ástil de madera forrada de cuero. Los nervios llevaban adheridas en sus extremos unas bolas de plomo, y a lo largo de la mitad de su longitud, unos huesecillos de animales inferiores, destinados a desgarrar las espaldas y pecho de los sentenciados, causando un destrozo considerable. La pena capital se ejecutaba sin límite de golpes, hasta que el reo expirase.
Me estremecí recordando la última vez que presencié la ejecución de la última pena por flagelación de un soldado romano. Sucedió en Germania, y hube de dar fe de ella, porque había sido ordenada por el tribuno Marco Lépido, contra un legionario sirio que había asesinado a un compañero que le disputaba a una esclava iliria que ejercía de "ramera de tropa".
El sentenciado a muerte fue puesto a mano del "optio" encargado de los castigos en nuestra cohorte. Se le amarró al poste de castigo y se le ofreció un pedazo de cuero para morder. Dos legionarios se encargaron de administrar la pena. El sirio era corpulento y fuerte, lo que le permitió resistir bravamente los primeros veinte latigazos; luego escupió el cuero y comenzó a aullar ante la brutalidad del suplicio. Unos rugidos bestiales que le salían de las entrañas y desgarraban su garganta.
A los cincuenta golpes, dobló las rodillas y se quedó colgando del poste, mientras dejaba escapar un mugido ronco, sincopado, agónico. A los sesenta y dos latigazos estaba derrumbado como una res en el matadero, muerto, al fin.
La redacción del acta progresaba mientras mi ánimo se estremecía pensando en el castigo que estaría sufriendo el sentenciado. Y mi repugnancia a contemplar su lamentable estado, luego de cumplir la pena ordenada, crecía al tiempo que redactaba fielmente el segundo original del documento.
El tiempo de mi existencia era ya dilatado, y mi antigua entereza se había debilitado con el paso de las décadas. Es una triste consecuencia de la edad que, de igual forma que flaquea el cuerpo, lo haga también el espíritu.
Me disponía a sellar el segundo original cuando Silio Plaucio hizo acto de presencia.
—El Procurador ordena que comparezcas a su presencia.
—¿Ha terminado ya?— inquirí sin poder reprimir un escalofrío.
Cabeceó silencioso. Y me acompañó de nuevo al salón de audiencias. Una vez allí, hube de enfrentarme al lamentable espectáculo que repudiaba.
—Adelante, "exactor"— me recibió Pilatos —examina al reo y da fe de que se ha cumplido la pena acordada.
Temblando en mi interior, me acerqué a la figura encorvada que me daba la espalda. Tenía la túnica de lino sucia, surcada por trazos sanguinolentos que la atravesaban horizontalmente. Al estar cerca, pude percibir el temblor del hombre; unos estremecimientos como los que producen las fiebres pestilentes. Lentamente dí la vuelta y observé aquél rostro sereno que había visto hacía poco, afilado y contraído por el sufrimiento padecido. Sus miembros se agitaban espasmódicamente, sin que su dueño pudiese ejercer ningún tipo de control sobre ellos. La cabeza abatida, con regueros de sudor y sangre labrando sus mejillas que mantenían contraídos los labios, dejando escapar un estertor continuado y premioso.
Horrorizado ante mi visión, mi espanto llegó al culmen cuando vi el capacete de espinos que hería cráneo y sienes de la víctima, y no pude reprimir mi protesta.
—Procurador, este hombre ha sido sentenciado a flagelación, y no al tormento y la humillación que sufre ahora. Te pido que le liberes de ese instrumento denigrante que lastima su cabeza...
—Conviene que así sea, "exactor". ¿Lo has examinado bien?
—He comprobado que se ha cumplido tu sentencia. Insisto en que debe ser inmediatamente exonerado de la arbitrariedad que padece. No tiene ninguna clase de justif...
—Acompáñame— me interrumpió Pilatos, al tiempo que me tomaba por un brazo y me conducía a un lugar apartado del amplio salón que ocupábamos. Cuando estuvo seguro de estar alejado de oídos indiscretos, habló en tono muy discreto—. Lo que estás presenciando es una actuación necesaria en "beneficio" del reo.
—¿Cómo es posible que...?
—Ssssh, baja la voz, que las paredes oyen. Hace poco estuvo a verme uno de esos cuervos del templo. Venía a insistir en que el hombre debía ser ejecutado. Le informé de mi decisión, y le insté a ver los resultados que te acaban de espantar, y la rata cobarde se disculpó con la manida "contaminación" y huyó antes de prestarse a contemplar el resultado de sus indignas y falsarias acusaciones. Sin duda, el muy canalla, amparado en su "dignidad", la usa para rehuir su responsabilidad. ¡Maldito sea él y su estirpe!
—Pero... tú ya has dictado sentencia, Procurador, nada debes ya a nadie; ni siquiera al alto clero... Y en cualquier caso... el reo no debe ser castigado más allá de lo establecido en la Ley romana.
—¡Desconoces a esa casta de sabandijas! ¡Ése Anás me ha exigido que le aplique la pena capital! De lo contrario, informará a Vitelio del supuesto incumplimiento de mi obligación.
—Pero... tú has cumplido tu función de magistrado romano... ¿Quién es ése Anás que te presiona?
—Es el suegro de Caifás, el Pontífice actual. También fue su antecesor en el cargo. Sé que tienen influencia cerca del Gobernador, que mantiene muy buena relación con el acaudalado Filón, un banquero hebreo que más de una vez lo ha sacado de algún apuro cuando hubo de rendir cuentas ante los agentes fiscales del César Tiberio.
—Desconozco las implicaciones que mencionas, pero yo acabo de atestiguar en mi acta que tu forma de proceder ha sido legítima. Has cumplido todas las formalidades procesales exigibles a un magistr...
—¡Por Belona!... ¿A quién le importan tus actas llenas de prosa jurídica? ¿No te das cuenta de las implicaciones "políticas" que trascienden de este desdichado asunto? ¡Vitelio me odia y puede tener a su alcance el motivo de mi destitución, si esas alimañas llegan hasta él con una acusación en mi contra! Lo que has escrito no tiene otro destino que cubrirse de polvo en los archivos hasta el fin de los tiempos...
—Pero... ¿a qué malévolo interés obedece el propósito de exterminar a ése desdichado? No se puede comprender que te presionen de forma tan inclemente sin darte razones de peso, Procurador. He observado todo el proceso. No han presentado ni una sóla prueba, ni un sólo testigo que ratificase las desmedidas acusaciones... Tú mismo, Procurador, lo has comprobado así... Legalmente no tienes otra opción que liberarlo...
—Eso trato de hacer... a mi manera. Desgraciadamente, aparte mi función judicial, desempeño una actividad política. ¿Y con qué me encuentro ahora? Con una amenaza de revuelta, o bien una denuncia ante mi superior directo, o ambas cosas a un tiempo. Las cosas no son tan lineales como tú crees, "exactor". Aquí no se trata de redactar una pulcra acta de un contrato civil con la escrupulosa observación de todas las disposiciones legales. Existen intereses que hacen que las alimañas del Templo deseen exterminar a ése orate. No desean explicar "por qué tienen fijado en su mente tal designio". Pero algo de suma gravedad ocultan. Lo deduzco de una frase de ése sapo Anás... "Es preferible que muera un hombre a que perezca todo el pueblo". Creo que jamás se podrá dilucidar la verdadera causa de sus designios. Y no habrá "acta oficial" que lo aclare.
—¿Y crees que la injustificable ofensa que corona la cabeza del reo servirá para algo positivo? No entiendo tu actitud, Procurador.
—Escucha, "exactor", ahí fuera hay unos centenares de bestias vociferantes jaleados por los dos canallas que trataron de intervenir en el proceso. Aquellos dos haraganes están soliviantando los ánimos y estimulando el rumor de mar embravecido que escuchas. ¡Estamos ante un serio peligro! Si hay un motín tendré que usar a las tropas de la Torre Antonia para cercenarlo. Y si después de la Pascua regreso a Cesarea dejando en libertad a ese loco, poco tardará en producirse un motín estimulado por esas ratas oledoras de incienso, que aprovecharán mi ausencia para lanzar a la multitud al despeñadero y luego me acusarán a mí de abandonar mis obligaciones por liberar a un culpable reo de pena capital, según sus extrañas leyes. Ya no se trata de mi porvenir personal, pero debo tener en cuenta que estoy aquí para mantener la paz romana. Por eso debo obrar con cautela y astucia. Y no reparar en medios para salir venturoso del trance. Si acierto salvaré muchas vidas y conservaré mi posición.
—Y... si las circunstancias se tuercen... ¿estás dispuesto a perpetrar un "asesinato judicial"?
—¡Por Jano! ¡Te acabo de explicar que este asunto tiene más de una sola cara! ¿Qué debo hacer para que lo comprendas?
—Debes disculparme, Procurador, pero no alcanzo a vislumbrar tus propósitos, ni veo que puedan tener que ver con el ultraje a que sometes a un reo que ha cumplido la pena legal que le ha sido impuesta.
—Atiende. El instrumento denigrante que lleva el reo tiene por objeto impresionar a la masa de haraganes que sigue consignas superiores en me dio de su fatal ignorancia. Estamos en la Pascua, y con ocasión de la festividad debo ejercitar mi prerrogativa de "gracia". Se trata de colocar a las sabandijas del Templo ante un hecho tan inesperado y apremiante que no podrán salir con bien de él. Colocaré ante esos bueyes mugidores a dos compatriotas suyos. El "zelota" Barrabás, y a este Jesús. Y les daré a elegir. El alto clero se verá en un aprieto, porque no podrá tomar una decisión ante la repentina e inesperada "oferta" que les pondré delante de sus atrofiadas narices de oledores de incienso. ¿A quién elegirán? Sea cual sea su decisión, estarán amarrados. ¡Ellos serán los responsables de su propia elección!
—Pero... ¡Barrabás es un convicto sentenciado a pena capital! ¡Sus delitos incluyen asesinato, robo, asalto a fuerza armada! Es un delincuente. Y el pobre diablo que se estremece ahí atrás... ¡es inocente! Tú mismo lo has declarado así, Procurador.
—Ignoras que los mismos cuervos del Templo me han sugerido que adelante todo lo que pueda la ejecución de ése Barrabás. Afirman que perturba a la ciudad, espanta a los mercaderes que acuden a sus ferias, y es un vivo ejemplo de iniquidad para el pueblo. ¡Están cogidos en su misma trampa! Es un trámite, simplemente. Porque tendrán que optar por la liberación de ése trotacalles iluminado.
—Pero no es legal. No puedes dar a elegir a la plebe entre un culpable y un inocente que tendría que estar libre ahora mismo.
—¡Ya sé que no es legal! Pero cuando lo vean coronado con espinos, humillado y rendido ante el poder de Roma, y observen al criminal que les ofrezco en alternativa, la elección no será dudosa.
—Te prevengo, Procurador, sea cual sea el resultado, no formalizaré con mi sello ninguna otra opción que el respeto más absoluto a la legalidad romana. Y te recuerdo que Barrabás debe morir, porque está sentenciado formalmente. Y el cumplimiento de la ley no es "negociable".
—Harás lo que se te ordene, "exactor"—, su voz era cortante y autoritaria—. Cumplirás las instrucciones de un magistrado superior romano. Y después, escribirás lo que bien te parezca. Pero no olvides que te encuentras bajo mi jurisdicción. Saldrás conmigo ante la plebe y darás fe del ofrecimiento que haré público. Eso no es ninguna ilegalidad, y estás obligado a ejecutar tu función.
—Obedeceré tus órdenes. Iré a donde me digas. Redactaré lo que vea. Pero no sancionaré nada que se aparte de la ley, y así lo haré constar.
Pilatos hizo un gesto con la mano, dando por finalizada la conversación. Dio media vuelta, y con otro ademán me indicó que lo siguiese al pórtico de entrada.
Conforme caminaba, hizo seña al centurión primípilo, Fabio Quintiliano, de que dispusiese la escolta al preso. Luego, en voz baja indicó a Silio Plaucio que ordenase la entrega del tal Barrabás con la custodia adecuada. Y abandonó el salón, afirmando que regresaría en breves momentos. No tuve otra opción que seguirlo a sus aposentos privados, como me había indicado.



V.

Seguí a Pilatos hasta su cámara. Allí un esclavo acudió presuroso con un aguamamil que depositó en la amplia mesa de la estancia. Al poco, una esclava trajo una jarra de vino de Marsala, un panal de miel para endulzarlo, y un cuenco de dátiles.
Pilatos escanció la bebida en dos copas y me ofreció compartir su refrigerio. Acepté de buena gana, porque desde primera hora estaba en ayunas, y la jornada había sido cargada. El Procurador se estaba despojando de su ropaje militar y preparándose para vestir la toga que la esclava le ayudaba a ceñirse.
Creí mi deber ser amable.
—¿Cómo se encuentra tu esposa, Procurador?
—Sigue muy agitada. Alguien le ha metido en la cabeza que el preso tiene alguna suerte de poder taumatúrgico, y cree que de su destino final de pende nuestra felicidad futura.
—Entonces, se inclina por creerlo inocente.
—Eso lo sabemos todos. Pero las mujeres, por su labilidad de carácter, son más impresionables y susceptibles de padecer pasiones de ánimo que complican su existencia y la de los que tienen a su alrededor. Tienes suerte, "exactor", de verte libre de una esposa, que en algunos momentos constituye una pesada carga.
—No puedo opinar al respecto. Tuve la desgracia de que mi esposa y mi pequeño hijo Salustio muriesen durante la epidemia de peste del año diecinueve, durante el principado del divino Augusto.
—Te has mantenido libre del yugo. Es lo que mejor conviene a los hábiles hombres de acción.
—Sin embargo, no quedará mi simiente sobre la tierra. Moriré solo, igual que he vivido.
—¿Te he dicho que nuestro reo predijo la destrucción del Templo judío?
—No.
—Fue en una de sus prédicas a la plebe. Prometió que sería capaz de reconstruir el Templo en tres días. Pero que cuando fuese destruido después de él, ya no volvería a existir jamás. Afirmó que a Jerusalén le aguarda la más completa destrucción.
—Bien, serán imaginaciones de iluminado. Pero no constituyen delito punible.
—Ya te comprendo, pero admitirás que un orate que enciende a la multitud con semejantes arengas concite sobre sí toda la ira del alto clero. Sígueme.
Pilatos se encaminaba ahora hacia el salón de audiencias. Al llegar hizo una seña a la escolta del preso para que lo acompañase. Salimos al atrio iluminado por la brillante luz solar, que hacía sentir su calor de forma agobiante sobre nuestras espaldas.
El rumor de la multitud cesó al apreciar la llegada de nuestra comitiva. El silencio era espeso. Me fijé que en primera fila de la plebe se encontraba el delegado del Sanedrín, con su rostro peludo, sus ojillos inquietos y brillantes, y su caftán apestoso. Pilatos alzó la voz.
—¡He aquí a vuestro rey!
Los soldados de la escolta hicieron avanzar al reo. Su figura encorvada y temblorosa quedó ante la vista de la masa. Por unos instantes, el silencio se mantuvo, como si la multitud dudase entre la lástima y la irrisión ante las palabras de presentación del Procurador.
—¡¡No tenemos otro rey que el César!!— el aullido había partido de la garganta del delegado del Sanedrín, que se volvió a los más próximos a él, que inmediatamente comenzaron a vocear la consigna.
—¡¡Israel no tiene rey, pertenece al César!!
Los mugidos de la multitud llenaban el espeso aire que nos circundaba.
—¡No hallo culpa en él! ¡Debo liberarlo!
—¡¡No. Crucifícalo!!
—¿He de ajusticiar a vuestro rey, siendo inocente?
—¡¡Si se proclama rey ataca la autoridad del César!!
—¡¡Crucifícalo, crucifícalo!!
La plebe no cesaba de vocear pidiendo el ajusticiamiento del reo. Me pregunté a dónde nos conduciría todo aquello. Pero tuve el presentimiento de que Pilatos se había equivocado de táctica. Aquellos cientos de voces rugían el deseo de que se acabase con el maltratado preso que tenían delante. No había piedad en ellos. Solamente odio irracional.
—¡Os ofrezco la posibilidad de elegir en vuestra fiesta de Pascua!— Pilatos hizo una seña y apareció en escena un individuo encadenado, y rodeado de cuatro soldados. Su vestimenta astrosa denotaba un prolongado en cierro. Corpulento, de mirada cruel y barba desaliñada, se mantenía en actitud desafiante, propinando codazos a los soldados que lo custodiaban, que le respondían hincándole las conteras de sus "pilum" en los costados para reducir su agresividad.
—¡He aquí a Barrabás! ¡Un bandido que os ha atemorizado frecuentemente! ¡Un asesino implacable destinado a la cruz! ¿A quien he de liberar de ambos?
—¡¡A Barrabás!!
—¿He de enviar a la cruz a vuestro rey?
—¡¡Crucifícalo, crucifícalo!! ¡¡No necesitamos otro rey que el César!!
La multitud se encrespaba, y su rumor embravecido incrementaba la profunda sensación de fracaso que me llenaba. Se iba a condenar a un inocente sin saber a ciencia cierta qué oscuro interés había detrás de tal propósito. Quise dirigirme a Pilatos, pero se me anticipó.
—¡Sea!— y mirando al reo, dijo: —Irás a la cruz.
Hizo una señal a la escolta para que se hiciesen cargo de la ejecución ordenada. Luego, dio media vuelta y regresó al interior de su residencia. Le seguí al tiempo que una espesa mezcla de desánimo y hastío invadía mi espíritu.
Ya en el salón de audiencias, Pilatos se dirigió formalmente a mí.
—"Exactor", te encargarás de presenciar la ejecución, levantarás acta, y me la entregarás personalmente.
—¿Puedo formular un ruego personal?
Me miró interrogante.
—Te pido que me liberes de tal obligación. No me encuentro en condiciones adecuadas para su cumplimiento.
—Eres funcionario de la administración romana. Cumplirás tu cometido.
—¿Puedo al menos rogarte que me releves de presenciar la ejecución? Me comprometo a dar fe de la muerte del reo.
Me miró dubitativo. Vaciló unos instantes. Al fin, dictó su decisión.
—Te concedo que des fe de la ejecución de la pena y su finalización. Y te autorizo a que te ausentes del lugar del suplicio, siempre que dejes dispuesto que se te avise cuando el reo expire.
Decidí que me adelantaría a la comitiva mortal. Esperaría en el lugar de ejecución, presenciaría su inicio, y me arreglaría para que alguien de la escolta me diese aviso cuando el reo echase el último aliento.
—A tu disposición, Procurador.
—Aguarda. No dispongas del cadáver hasta recibir mis instrucciones personales, que te transmitirá Silio Plaucio.
—Tu decisión será cumplida.
Ya en el exterior, alquilé un borrico para que me transportase al lugar del suplicio. Una vez allí, aguardé hasta que se presentó la comitiva, integrada por una escolta de seis soldados y su "optio". Me sorprendió que los destinados a la pena capital fuesen tres. Los reos fueron despojados de su vestimenta y un soldado les ofreció "posca", una mezcla de vino con mirra para aliviar su sufrimiento. Dos de los condenados bebieron abundantemente, pero el reo inocente se negó.
Los verdugos hicieron su trabajo ruda y expertamente. Todos los reos habían sido flagelados, lo que les restaba fuerzas para revolverse contra los ejecutores. Entre aullidos les atravesaron pies y manos, y los alzaron en el último vacío. Me sorprendió que en la cruz del inocente se colgase un rótulo: INRI. No fui el único, pues un hebreo se dirigió a mí protestando por la atribución de realeza al sentenciado. Hube de indicarle que sus reclamaciones deberían ir dirigidas al Procurador. Se marchó resuelto y mascullando improperios.
Me dirigí al suboficial de la escolta y le rogué que me llamase cuando el reo hubiese expirado. Me hallaría en una posada, que se divisaba a medio estadio, al comienzo del camino hacia Betania.
—A tus órdenes, "exactor". Se hará como dices.
—¿Cómo te llamas?
—Casio Longinos, "exactor", para servirte.
La puerta de la hostería estaba cerrada. Dí unos fuertes golpes, y al cabo de unos instantes, se entreabrió una de sus hojas, y el medroso rostro de una mujer apareció e inquirió mis deseos.
—¿Podría refrescarme, y tomar un refrigerio, mujer?
—Abrió la puerta y se inclinó franqueando el paso. Todo, sin levantar la vista del suelo.
—¿A qué se debe tan temprano cierre?— quise saber.
—Es la Preparación, mi señor...— su hilo de voz me recordó que era el momento de iniciar los preparativos de la cena pascual. Pensé en retirarme para no importunar a los moradores de la casa, pero estaba tan abatido y fatigado, que no pude resistirme a penetrar en el fresco y umbrío patio y sentarme a recobrar el aliento.
—¿Que desea mi señor? Puedo preparar...
—Solamente un poco de vino y queso.
—Sí, mi señor.
La mujer trajo el encargo, y un lebrillo con agua para mis doloridos pies. El frescor del silencioso patio, y la satisfacción de mi sed, me hicieron experimentar un placentero alivio. Me quedé dormido.
—¡Despierta, "exactor"!
Una mano me sacudía el hombro. Abrí los ojos y contemplé al rostro del soldado que me alertaba.
—¿Qué sucede? ¿Ha ocurrido ya?
—Longinos te llama, "exactor". Debes acudir rápidamente.
—Pero... ¿ha muerto el inocente?—, sacudí la cabeza para despejar el sueño que cargaba mis párpados.
—Cuando me encargó avisarte ninguno de los sentenciados había muerto, pero hay instrucciones para ti.
Le seguí hacia el lugar del suplicio. Cuando nos aproximamos lo suficiente pude distinguir la figura de Silio Plaucio, escoltada por Longinos. Miré hacia las cruces y no observé signos de movimiento en la del inocente.
—¿Ha expirado ya?— pregunté al suboficial.
—Tengo instrucciones para ti, "exactor"—, Silio Plaucio hablaba con lacónica precisión. —El procurador te informa que se presentarán dos personas a recoger el cadáver del "rey de los judíos". Debes cerciorarte de su muerte, y fijar tu sello en su mortaja. Luego acompañarás a la comitiva fúnebre al sepulcro que te indicarán, y pondrás tu sello en la piedra de cierre. Después, presentarás al Procurador el acta correspondiente a tu misión.
—¿Cómo sabré a quién entregar el cadáver?
—El encargado de recogerlo te entregará un permiso sellado por el Procurador.
—Pero... no sé cuanto se dilatará la agonía...
—Muy poco, "exactor" —Longinos fue conciso—, acabo de recibir la orden de quebrar las piernas de los sentenciados.
—El Procurador espera tu informe. Que los dioses te guarden — el secretario de Pilatos dio media vuelta y abandonó el lugar.
En unión del suboficial, caminé los cuarenta pasos que nos separaban del calvero en que estaban las cruces. Longinos llamó a un soldado y le ordenó quebrar las piernas de los condenados. Tenían mucha suerte, porque seguramente se ahorrarían horas de terribles padecimientos.
Cuando el legionario iba a cumplir la orden, una gran voz nos sobresaltó. Era la del "rey de los judíos", que clamaba algo en su idioma incomprensible. De pronto cesó su clamor, y su cuerpo se aflojó y pendió exánime de la cruz. Nos miramos un instante. Luego, ambos nos encaminamos al pie del madero, y observamos al hombre. No apreciamos ningún signo de vida aparente. Se presentó el soldado esgrimiendo la barra de hierro y Longinos asintió. Lo impedí. Una mezcla de horror y compasión se apoderó de mi conciencia.
—No le quiebres las piernas. Ya está muerto.
—Debemos asegurarnos, "exactor", sólo serán unos momentos.
—No —decidí que aquel desgraciado ya había tenido bastante, y además había un procedimiento más rápido—. Atraviésale el corazón.
Longinos me miró. Luego, se acercó al lugar en que los "pilum" se entrelazaban, tomó uno, se acercó y con movimiento experto del brazo, hincó el arma en el tercer espacio intercostal. Escuchamos un leve siseo de aire escapando del pecho del reo, al tiempo que una corriente de sangre ligeramente espumosa caía por su costado, semejante a un odre perforado.
Me confirmé en el acuerdo tomado al contemplar las angustiosas boqueadas con que los otros dos infelices trataban de introducir una brizna de aire en sus pechos exangües. No podían apoyarse en sus rotas extremidades y durante unos momentos semejaron peces fuera del agua. Al menos el inocente había eludido el último tormento.
Abrí mi bolsa y anoté en la tablilla la fecha, así como la hora de comienzo de la ejecución y la de su término. Interrogué al suboficial sobre alguna posible incidencia que pudiera haberse presentado. Negó. Todo se desarrolló conforme a lo establecido. Dí orden de bajar los cadáveres, comenzando por el del inocente "rey de los judíos". Y mientras, según la costumbre, los verdugos y soldados del piquete se repartían los vestidos de los ajusticiados, me dispuse a esperar al personaje que vendría a reclamar los restos de Jesús de Nazaret, provisto del permiso firmado por Pilatos.



VI.

La tarde comenzaba a declinar y el astro rey adquiría la tonalidad rojiza que presagia su descenso al averno, allá lejos, en el gran mar occidental. Amablemente Longinos me ofreció vino, pero aunque tenía la boca seca, no sentía sed. Me fijé que, a pesar de lo avanzado de la hora, un grupo de mujeres se habían situado a unos cincuenta pasos de los ejecutados. No parecían muy preocupadas por atender a sus deberes domésticos en los prolegómenos de la Preparación, sumidas en contenidas demostraciones de duelo.
—Deben ser familiares de esos infelices— musitó el suboficial —¿deseas que las aleje?
Negué con la cabeza. ¿Qué sentido tenía negarles el último consuelo? Si podían estrechar entre sus brazos a sus deudos extintos, ¿quién era yo para impedirlo?
Pronto distrajo mi atención una comitiva que se dirigía hacia nosotros.
Dos personajes cabalgaban sendos asnos, seguidos de una docena de servidores que portaban unas parihuelas. Sin duda-pensé-ahí vienen los enviados del Procurador.
Pronto comprobé mi acierto. A unos diez pasos los jinetes abandonaron los jumentos, y se dirigieron hacia nosotros. Longinos iba a retirarse, pero lo retuve junto a mí.
—Paz a ti, "exactor" —el que hablaba era un anciano espigado y alto, ataviado con un caftán de buena factura y tocado con el gorro de dignatario religioso—. Soy Nathan bar Eliezer, miembro del Sanedrín, y el que me acompaña es un hermano fiel, llamado José de Arimatea, que desea hacerse cargo de los restos de Jesús de Nazaret.
El aludido hizo una inclinación y soltó un formulario "shalom", entregándome acto seguido, un pliego lacrado con el sello del Procurador. Me fijé en su porte, y deduje que se trataba de un judío rico, bien tratado por la vida, que vestía buenos paños aunque sin ostentación. Su rostro era pálido y afilado como una cuchilla, y sus ojos perspicaces y observadores, si bien procuraba velar su actitud con la mesura que impone la buena crianza. Calibré la importancia del personaje al ver la deferencia con que lo trataba el sanedrita.
Me retiré unos pasos y abrí el pliego.
"A Claudio Sempronio, exactor del Imperio, salud. Entregarás el cadáver del rey de los judíos a José de Arimatea, portador del presente pliego. Cumplirás mis instrucciones verbales acerca del sellado de mortaja y tumba.
Ordenarás al pelotón de ejecución que te acompañe hasta el sepulcro y dispondrás que monten guardia allí hasta su relevo. Levantarás acta de lo actuado y la someterás a mi autoridad.
Poncio Pilatos, Procurador".
Hice un gesto a Casio Longinos, que se puso a mi disposición.
—Dispón a tus hombres en orden de escolta. Me acompañaréis a la tumba de Jesús de Nazaret, y montaréis guardia allí hasta que os releven.
—A tus órdenes, "exactor".
El suboficial dio media vuelta, pero dudó, y dando marcha atrás me interrogó de nuevo.
—¿Ordenas algo con respecto a los familiares del ejecutado?
Me admiré de la perspicacia del soldado. Advertí que a la llegada de los dos personajes hebreos, las mujeres se habían acercado a ellos, y gemían señalando al "rey de los judíos", mientras el sanedrita hacía suaves gestos para calmarlas.
—Mientras no interfieran en el desarrollo de la marcha, nada habrás de hacer. En cualquier caso yo te indicaré lo más oportuno en cada momento.
—Como dispongas, "exactor".
Avancé hacia los personajes y hablé concisamente.
—En este momento os hago entrega de los restos de Jesús de Nazaret, el llamado "rey de los judíos". Podréis darle sepultura y os acompañaré para conocer el lugar exacto y precintar la tumba. La escolta que nos acompañará montará guardia hasta que se disponga otra cosa. Adelante.
—No era "rey de los judíos"— rechinó el sanedrita, conteniendo a duras penas su enojo más que visible.
—Por ese cargo lo sentenciaron a muerte, y así figuraba en el rótulo expuesto en el "patibulum".
El dignatario palideció de cólera, pero José de Arimatea lo tomó del brazo y le secreteó al oído en su extraño idioma. Ambos, se retiraron hacia el lugar donde yacía el ejecutado, seguidos del plañidero coro de mujeres que proferían, ya abiertamente, los desgarradores gemidos de duelo acostumbrados.
Apareció un lienzo blanquísimo en que se envolvió el cadáver, que rápidamente se depositó en las parihuelas. La escolta se dispuso a ambos lados del túmulo transportado por los servidores que acompañaban a los dos personajes, que abrían la marcha cabalgando sus jumentos. Detrás aparecía la gimiente hermandad de mujeres que pregonaban las virtudes del extinto y lamentaban su triste destino, según costumbre funeraria judía.
Ya con el cielo purpúreo y las primeras sombras acechando nuestros pasos, nos encaminamos a Jerusalén, a la que bordeamos hasta divisar la Puerta de la Aguja, lugar en el que nos desviamos tomando el camino hacia Betfagé, cuando ya la luna llena era nuestra única luminaria. A un gesto de José de Arimatea, tres de los criados encendieron sendos hachones y se situaron a la cabeza de la comitiva para iluminar la senda.
Tras caminar aproximadamente un estadio, penetramos en un huerto de palmeras, en cuyo interior escuchamos el líquido murmullo de una corriente de agua. No alcanzamos a divisar el arroyo, pues nos detuvimos ante una oquedad perforada en una pared rocosa, sin duda destinada para el reposo del cadáver que transportábamos. En ése mismo momento, el sanedrita se despidió presuroso, y el de Arimatea ordenó a dos criados que iluminasen su camino de regreso con las correspondientes antorchas que encendieron allí mismo. Al verlo partir presuroso, no pude evitar dirigirme amargamente al solícito José.
—Sin duda, el prócer del Templo, teme "contaminarse" —no pude reprimir un sardónico gesto, señalando con la cabeza el cadáver.
—Aprendes rápido, romano —una sonrisa esquinada partió la boca del judío, al tiempo que cabeceaba comprensivo.
—Y tú —insistí— ¿no temes caer en abominación?
—Yo creo en la Vida Eterna —me miró muy seriamente, fijando con fuerza sus ojos en los míos, hasta que me vi obligado a desviar la vista.
—¿Qué vida es ésa que nombras? —inquirí mirando hacia el interior del sepulcro, en el que ya habían introducido al ejecutado—, ¿tal vez la que ya disfruta ése infeliz?
—No podrás saberlo jamás. Tendrías que volver al vientre de tu madre para comprenderlo.
Decidí cumplir mi misión y abandonar cualquier acertijo oriental. Me acerqué a la boca de la tumba y observé como ungían el cadáver con sustancias olorosas. Luego lo envolvieron en otro lienzo de igual factura que el primero, y tras colocar encima de los cerrados párpados dos leptones y cubrir el rostro con un paño blanco, procedieron a ejecutar las tres ataduras rituales, en garganta, abdomen y pies.
Terminado el trabajo, salieron las mujeres y sin dejar de gemir entonaron un canto comenzado por el piadoso José, mientras yo me ocupaba en poner mis sellos en la mortaja, a la altura de la cabeza, el tronco y las piernas.
Cuando salí al exterior, José me interrogó con la mirada. Asentí calladamente, y cuatro criados hicieron rodar una pesada roca circular que taponó la entrada al sepulcro, calzándola con pétreas lascas para impedir su desplazamiento. Procedí a extender una tira de cuero abarcando la pared y una pequeña parte superior de la losa, y la fijé con cera y lacre, sobre el que estampé mi sello.
Llamé a Longinos, y le expuse su misión.
—Aguardarás aquí hasta que llegue el relevo. Me ocuparé de informar al centurión de guardia para que envíe la tropa necesaria. Luego podrás retirarte y descansar. Has cumplido bien.
—Gracias, "exactor", a tus órdenes.
Me encaré con José de Arimatea, que estaba disponiendo el regreso del grupo.
—He terminado mi trabajo. Que tu dios te proteja.
—¿Deseas que un criado te acompañe hasta la ciudad? Iluminará tu camino.
—Más bien, si no te molesta, prefiero acompañarte a ti.
—Como desees, señor.
El trayecto fue rápido. Mientras caminábamos, hube de sonsacar a José sobre la personalidad del "rey de los judíos". Me enteré de que sus seguidores eran gente pacífica que creían firmemente en la llegada del Reino. Un nuevo lugar sobre la tierra en el que perdurarían la paz y la justicia eternas, y el dolor y la muerte serían olvidados. No supo decir en que lugar se establecería tal gobierno, ni cuando ocurriría, ni quienes lo implantarían. Solamente pudo informarme que la señal la daría el mismo que acabábamos de sepultar cuando regresase del inframundo en el que ahora se encontraba. Tampoco supo decirme cuando tendría lugar esa segunda venida o resurrección. Únicamente me aseguró que los que creyesen en el sentenciado jamás gustarían la muerte.
Cuando nos despedimos, ya dentro de la ciudad, me dirigí al Pretorio y dí aviso a Fabio Quintiliano del lugar en que velaban Longinos y su tropa. Luego, me dirigí a mi casa, y cuando me vi en ella, caí en el lecho exhausto. Y me sumergí de inmediato en el más profundo sueño.


... [sigue]
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VII.


—¡Despierta, señor, te reclaman con urgencia!
Escuché muy lejana la voz que me interpelaba. Era mi abnegada Lisia, que se esforzaba por despejar mi sopor.
—Has dormido dos días, sin pausa. Ahora Silio Plaucio desea verte.
Abrí los ojos, y el techo comenzó a girar velozmente, al tiempo que una sensación de mareo me invadía, obligándome a plegar de nuevo mis pesados párpados.
—Por favor, Lisia, ruega a Silio Plaucio que vuelva más tarde.
—No puedo hacerlo, Claudio Sempronio —siempre acudía a mi patronímico en las ocasiones que estimaba ineludibles—; desde hace dos días ha estado enviando avisos para que acudieses al Pretorio. Ahora está abajo, en persona, y no se marchará hasta hablar contigo.
—Está bien... ruégale que acuda hasta aquí— acepté, plegándome ante lo inevitable.
Transcurrieron unos instantes, hasta que sentí pasos en el interior de mi estancia...
—Salve, "exactor", el Procurador te envía sus saludos, y desea saber cómo sigue tu salud.
—Si digo la verdad, en estos momentos no puedo levantarme y hacerte el honor que te corresponde, pues me veo preso de un incómodo vértigo que me impide tenerme en pie.
—Daré cuenta de tu mal al Procurador. Sin duda aguardará a que te restablezcas para que le presentes las actas oficiales de la ejecución y sepultura del "rey de los judíos".
—Ves el triste estado a que estoy reducido, Silio Plaucio. Comunica al Procurador que tan pronto me restablezca cumpliré la tarea encomendada.
—Debes saber que el Procurador parte dentro de dos jornadas hacia Tiberíades, donde se entrevistará con el Gobernador. Si no te restableces antes, deberás presentarte allí ante el Procurador y responder de la comisión que te ha encargado.
—Si no me restablezco antes, así se hará. Transmite mis respetos al Procurador.
—Que los dioses te guarden, "exactor".
—Y que a ti te protejan.
Sus pasos se alejaron de mí, y de nuevo quedé en la penumbra de mi aposento, sin atreverme a abrir los ojos, para no padecer otro ataque de vértigo.
—¿Cómo te encuentras, mi señor?—, la mano de la bondadosa Lisia acarició la mía, al tiempo que se inclinó sobre mí y depositó un fresquísimo beso en mi frente—. Tienes calentura, mi señor, avisaré al arquiatra griego para que te examine.
No tuve fuerzas para responder. Recordé la fatiga que me abrumaba la noche en que caí rendido en mi lecho. Había estado durmiendo dos días completos, y ahora mi buena Lisia se preocupaba por mi estado.
Puedo decir que desde que enviudé de mi amada Antonia, jamás otra mujer se preocupó de mí como Lisia. La compré en el mercado de esclavos de Roma, para que se hiciese cargo de mi casa. Nunca pensé que se convertiría en mi más fiel acompañante durante las décadas que siguieron. Me mantuvo aseado y bien alimentado, y calentó mi lecho por las noches. Cuando nuestra carne se enfrió, fue mi más leal consejera. Y cuando en el año primero de Tiberio César la manumití, decidió seguir a mi lado como liberta, disipando mi soledad y endulzando mi senilidad con su atención constante y experta. Nunca me pregunté si había llegado a amarla, pero he de reconocer que mi vida sin ella no hubiese sido más que un prolongado aislamiento, pues mi carácter misántropo y tendente al escepticismo no me permitía estrechar vínculos de amistad con las gentes que trataba habitualmente.
—Tienes el pulso febril. ¿Has experimentado alguna contrariedad grave recientemente?— la voz del arquiatra sonó encima de mi rostro—. Ahora tendrás que soportar que mire tus ojos-añadió en tono perentorio.
Me presté resignadamente a su examen.
—No hallo mal físico en ti. Posiblemente has experimentado alguna pasión de ánimo en días recientes. Te aplicaré sanguijuelas y beberás la poción que prepararé para ti. Si reposas dos jornadas en tu cámara, te repondrás seguramente.
Soporté la cura y bebí la poción. Era muy amarga. Inmediatamente recaí en un sueño profundo, poblado de visiones estremecedoras. Tengo la sensación de haber sentido las frescas manos de Lisia acariciando me ardiente cabeza. Al fin, desperté de mi sopor y me encontré limpio de fiebre.
Lo primero que vi fue a Lisia, tumbada a mi lado y sumida en un profundo sueño. Sin duda me había velado durante mis agitadas pesadillas, y ahora rendía su fatigado tributo a Orfeo.
Me erguí silenciosamente, y tras superar un conato de mareo, me encaminé a mi scriptorium. Me dominaba un ansia insuperable de rematar la función que me había sido encomendada. Recogí mis tablillas y requerí pergamino para transcribir mis penosas observaciones sobre la ejecución y sepultura del "rey de los judíos".
Conscientemente tome la decisión de no "retocar" las actas del juicio.
Pilatos había declarado "inocente" al reo, y así debería constar. No me importaba que mis escritos se cubriesen con el polvo de los siglos en cualquier olvidado archivo. Dí fe de lo que había visto. Eso era todo. Cuando puse mis sellos en los documentos, decidí acudir al Pretorio para entregarlos al Procurador. De pronto recordé que seguramente iría camino de Tiberíades. Sin embargo, estimé oportuno acudir igualmente a entrevistarme con Silio Plaucio y rogarle que me facilitase medio de viaje y escolta para ir tras el Procurador, como se me había ordenado.
A pesar de mi debilidad no tenía hambre, aunque tenía la boca seca y con mal sabor. Bebí un poco de agua, y me dirigí a mi destino, con paso lento e inseguro. Mi estado hético me obligó a mesurar la marcha, y me demoré más de lo habitual en el trayecto.
Me recibió el centurión Fabio Quintiliano, que me saludó efusivamente.
—¡Por Belona, "exactor", has regresado del inframundo!
—Estoy más muerto que vivo, Fabio. Agradezco tu benevolencia. Supongo que el Procurador va camino de Tiberíades.
—No —el rostro del centurión se ensombreció—, han surgido dificultades.
—¿A qué te refieres?
—El cuerpo del... "rey de los judíos"... ha desaparecido de su tumba.
—Pero... ¡eso es imposible!
—Te conduciré ante Silio Plaucio, que te pondrá al corriente. Sígueme.
Completamente confundido seguí a Fabio Quintiliano, y en seguida me vi enfrente del secretario de Pilatos.
—¡Salve, "exactor", me conforta ver tu mejoría! Informaré al Procurador de tu presencia.
Mi estado de ánimo iba empeorando a medida que me percataba de las posibles complicaciones que se iban a presentar. La misma actitud de Silio Plaucio denotaba una gravedad inusitada, derivada, sin duda, del extraño acontecimiento que me había sido dado a conocer. El secretario estaba de nuevo ante mí.
—El Procurador te aguarda, "exactor".
Moví mis débiles pies, dispuesto a enfrentarme con mi destino.


VIII.


Cuando me encontré ante la presencia de Pilatos, le encontré, al menos en apariencia, menos agitado de lo que era de esperar.
—¡Salve, Procurador! Te pido disculpas por mi demora en presentarme ante ti, pero unas calenturas me han mantenido en el lecho hasta hoy.
—Te saludo, "exactor", y me congratulo de tu recuperación. Tenemos un feo asunto entre manos —comenzó a exponerme el caso sin pausa—. Sabrás que el cadáver del "rey de los judíos" ha sido robado de su tumba.
—Me parece imposible, dada la guardia que lo custodiaba, Procurador.
—Un asunto que ya he resuelto castigando al piquete que vigilaba el sepulcro.
—¿Cómo pudo realizarse la sustracción de los restos del sentenciado?
—Según el "optio" a cargo del pelotón de vigilancia, alguien echó un narcótico en su bebida, lo que les hizo caer en un profundo sopor. Pero eso es muy dudoso, ya que los alimentos y bebidas se les enviaban desde este Pretorio.
—¿Has interrogado a los que les llevaron los mantenimientos?
—Sí. Nadie ha observado nada anormal en las viandas suministradas al pelotón de vigilancia. Es seguro que se embriagaron y se entretuvieron con un grupo de mujerzuelas que se presentaron en las inmediaciones. Según afirmaban, iban a rendir culto el ejecutado. Pero, lo más grave de todo es que nadie parece haberse enterado de la sustracción. He sido yo quien ha tenido que avisar al sacerdocio del Templo.
—¿Y cual ha sido su reacción?
—Sospechan que el cadáver ha sido sustraído por sus seguidores, para hacer ver al vulgo que su "rey" ha resucitado de entre los muertos.
—Eso es ridículo. Nadie regresa del inframundo.
—Estas gentes tienen la teoría de que es posible sobrevivir a la Parca.
—Bien, —dí un giro a la conversación que se iba por derroteros filosóficos inútiles— sin duda habrás ordenado que se investigue entre los seguidores del crucificado... Seguro que tus espías los tendrán localizados.
—El alto clero me ha hecho saber que tal iniciativa sería contraproducente. Supondría dar pábulo a las leyendas que se están comenzado a esparcir entre el vulgo.
—Más se esparcirán si no se recupera el cadáver.
—Un enviado de Caifás me ha hecho saber que la persecución de los ladrones del cadáver influirá negativamente en el mismo Sanedrín.
—¿Cómo?
—Parece que el Senado judío estaba dividido sobre el destino del "rey de los judíos". Unos deseaban exterminarlo, y otros eran partidarios de liberarlo.
—Perdóname, Procurador, ¿tú sabías eso cuando lo entregaste a la muerte?
—No. Me he enterado por José de Arimatea, al que he llamado para que me aclarase la desaparición del cadáver de "su" sepulcro. Podrás imaginar que si llego a ser consciente de esa división "política" del Senado hebreo, hubiera intentado... explotarla a mi favor.
—¿Era tan influyente el ejecutado para dividir al Sandedrín?
—Según he podido enterarme, existe un conflicto en el alto órgano judío. El Pontífice Caifás desea "reservar" su alto cargo para su familia. Se trataba entonces de presentar al Pontífice como "salvador de la nación judía". Para eso era necesario presentar un peligro inminente que amenazase los privilegios de la casta sacerdotal. Era la única manera de que los disidentes votasen de nuevo a favor de Caifás o su elegido; y entonces, apareció el "rey de los judíos", que vino a cumplir el papel de atizador de un motín sangriento que nos obligaría a intervenir a nosotros. Caifás al evitar nuestra intervención se convertiría en el defensor de Israel y su reelección estaría asegurada.
—Pero todo eso se ha venido abajo con la desaparición del cadáver.
—No lo creas. Por más que alardeen de su "resurrección", nadie podrá volver a verlo. Tú sabes mejor que nadie que estaba muerto. ¿Por cierto, has redactado el acta de ejecución y sepultura?
—Sí, Procurador, aquí la tienes-le entregué las dos actas "oficiales" y la copia destinada a los deudos del ejecutado que deseasen reclamarla.
—Bien. Hay un asunto que debemos tratar. Debes "reformar" las actas del juicio. Dan la impresión de que el reo era "inocente".
—¡Era inocente! ¡Tú mismo lo dictaste así!
—Te hice saber las complicaciones "políticas" que me obligaban a tomar la decisión de ejecutarlo.
—Sí, ya veo que era todo cuestión de intereses "familiares" del Sumo Sacerdote.
—¡Y del mantenimiento de la paz en Judea! ¡Te consta que en mi ánimo deseaba salvar al reo! ¡Conoces que hice todo lo posible para lograrlo!
—Procurador, lo único que me consta son los "hechos". Yo no estoy capacitado para "conocer" tus intenciones, ni el estado de ánimo que atravesabas. Tampoco es mi obligación entrar en consideraciones de orden "político". Mi misión es dar fe. Y si me das tu permiso, añadiré algo más.
—Dí lo que piensas.
—Me avergüenza que un magistrado romano se preste a ser comparsa de oscuros intereses de la casta sacerdotal. No colaboraré con mi sello a enturbiar la verdad.
—¿Tú también te crees portador de la verdad?
—Sí. Pero no de una verdad imaginaria, sino de los hechos que he presenciado en persona, y que no puedo desmentir falseando un acta judicial. Ahora tienes la ocasión de esclarecer los hechos. Sabes que se cometió un "asesinato judicial", obedeciendo a intereses espúreos. Si te decides a recuperar el cuerpo del "rey de los judíos" tendrás la oportunidad de esclarecer una parte de la verdad.
—¿Imaginas las consecuencias políticas que se derivarían de conocerse la actuación del alto clero? ¿Crees que Vitelio desoirá los embustes que verterán en sus oídos mis enemigos?
—Al menos tendrías ocasión de justificarte.
—¿De que me he de justificar? ¿De que un azotacalles ha sido ejecutado por tramar un motín?
—¡Esa es la falsa versión del clero! ¡Acabas de reconocer que no obedece a otro interés que al de la familia del Pontífice en usufructuar el cargo!
—¡Por Júpiter! ¡Esa verdad no prosperaría ante el Gobernador ni ante Roma! ¡Ocasionaría, únicamente mi destitución y procesamiento! ¿Qué ganaría la nación judía con ello? ¡A ellos les da igual quien sea el Procurador, porque nos odian a todos! ¿Qué saldría ganando yo? ¿Acaso puedo devolver la vida al reo con mi sacrificio personal?
—¿Y la satisfacción debida a los deudos y seguidores de un ejecutado inocente? También tiene partidarios importantes.
—¿Te refieres a esa plaga de desarrapados que lo seguía? ¿Tal vez a su familia, que ni siquiera se ha presentado a recoger el acta del juicio que te has molestado en redactar?
—Me parece que olvidas que, según has dicho, tenía dividido al Sanedrín. ¿Hay muchos ejecutados a los que se entierra en un sepulcro de rico? ¿No se les echa a la mayoría a la gehenna, para que su carroña sirva de alimento a perros y ratas? Y en cuanto a su familia, si es que la tiene... ¿cuánto tardarían en ser apresados para que revelasen el escondite del cadáver?
—Creí haber expuesto que no existe interés en descubrir su paradero. El alto clero lo cree inconveniente... y yo también. ¿Modificarás el acta del juicio?
—No, procurador.
—Está bien, retírate a tu residencia. No te moverás de ella hasta que te requiera ante mi presencia.
—Serás obedecido, Procurador.
Llegué a mi casa sin ser consciente del camino seguido hasta ella. Mi debilitada mente no cesaba de inquirir una serie de cuestiones oscuras. No podía explicarme el temor de Pilatos a recuperar los restos del "rey de los judíos". Tampoco me explicaba la indiferencia de los holgazanes del Templo. Y todavía menos podía comprender cómo dejaban "desaparecer" el cadáver de alguien a quien se habían empeñado en ejecutar para "preservar" la paz del pueblo judío. Ellos tenían por fuerza que ser conscientes de que las leyendas sobre su supuesta resurrección se expandirían entre la plebe y todo lo que hubieran adelantado eliminando a su víctima, sería inútil. Incluso podría aparecer un supuesto sosias del ejecutado, o alguien afirmando seguir sus instrucciones y tramar un motín verdadero. Me extrañaba mucho que a Pilatos se le hubiese escapado semejante posibilidad. Recordé su seguridad al afirmar que nadie volvería a ver al "rey de los judíos" con vida. Eso era cierto, pero la imaginación popular no obedece a presupuestos lógicos, sino a nociones prodigiosas introducidas en sus mentes por hábiles trujimanes, expertos en fomentar revueltas contra el orden establecido.
—¿Qué te aflige, señor? —escuché muy lejos la dulce y serena voz de Lisia, que me miraba atentamente.
Otra vez volvía a sentirme agotado y sumamente débil. Hice un gesto con la cabeza, indicando que deseaba estar a solas.
—Algo te roe el ánimo, mi señor. Si no descargas tu espíritu puedes recaer en tu dolencia.
Transigí ante su insistencia. Ella era la única persona que se interesaba por mí. Me dí cuenta de que debía desvelar la pesadumbre que me afligía. Le relaté todo lo que acababa de atravesar, y añadí los antecedentes necesarios para que se hiciese cargo de la situación. Terminé lamentando hallarme atado de pies y manos para hacer averiguaciones por mi cuenta, dada la reclusión domiciliaria a que me había sometido Pilatos.
Me observó cariñosamente, y tomando mi diestra la palmeó suavemente.
—Descansa, señor, ahora debes reponerte. Quizá los próximos días traigan alivio a tus inquietudes.
La miré perplejo. Ella sonrió y volvió a acariciarme la mano. Luego, silenciosamente, se retiró. Sin saber muy bien por qué, agradecí al destino contar con Lisia. No había resuelto mi tribulación, pero ahora me sentía más sosegado. Un sentimiento de pacífica resignación ante lo imponderable me invadió cuando me eché otra vez en el lecho. Me dormí inmediatamente.


IX.


Hacía tres días que cumplía la reclusión domiciliaria que me había impuesto Pilatos, y me había sentado muy bien. Puede dormir sin pesadillas, reposar mis fatigas, y de nuevo comenzaba a sentir gusto por los manjares que Lisia me preparaba.
Me hallaba en el scriptorium, repasando documentos de mi vida pasada, rememorando viejos acontecimientos que habían señalado momentos sensibles de mi ya larga vida, cuando dí en pensar que me había llegado la hora de irme. Había servido al Imperio durante muchas décadas, y "me había ganado mi salario". Un ansia inusual por regresar a mi patria hispana me invadió. Sería buena cosa que mis huesos reposasen para siempre en el lugar en que vine al mundo. Nada puede aguardar el hombre al final de su jornada en el haz de la tierra. Solamente es dable esperar la misericordia del olvido definitivo. Bella manera de cerrar el círculo.
—Mi señor, he traído a alguien que desea hablar contigo —la voz de Lisia me arrancó de mis cogitaciones.
Me fijé que a su lado estaba una mujer madura, que me observaba con aprensión no exenta de curiosidad. Vestía modesta y pulcramente, y deduje por su apariencia que podría ser la servidora de alguna casa importante de la oligarquía de la ciudad.
—Adelante, Lisia, pídele a la mujer que te acompaña que entre sin temor.
Ambas se acercaron a mi mesa, y allí fui informado de las circunstancias personales de la visitante.
—Esta es Tamar, mi señor, ama de llaves de Juana, la esposa del administrador del rey Herodes. Puedes interrogarla con entera confianza.
Nunca cesaba de sorprenderme Lisia, ¿hasta dónde llegarían sus contactos para brindarme tal fuente de información? Ofrecí asiento a la mujer, al tiempo que pedí a Lisia que le ofreciese algún refrigerio. Rehusó.
—No, mi señor, solamente he acudido a la llamada de tu liberta que me ha expuesto tu deseo de indagar sobre la ejecución de Jesús de Nazaret.
—Te agradezco tu buena disposición. Puedes hablar con entera confianza; todo lo que digas permanecerá en secreto.
—Me retiro ya, señor, espero que sea útil lo que Tamar va a contarte —Lisia se retiraba discretamente, no sin antes recibir una mirada aprensiva de nuestra visitante.
—No, Lisia, deseo que te quedes... si esta amable mujer no tiene inconveniente —la mirada de alivio de la aludida me confirmó que no lo tenía—. Puedes hablar, si gustas —apremié a Tamar—, y agradecería que me dijeses qué tipo de relación tuviste con el "rey de los judíos".
—Mi relación con el Señor Jesús se estableció a través de mi ama. Ella "es" seguidora de su doctrina. Confía en la llegada del Reino.
—¿Qué "reino" es ése, y cuál la doctrina que lo sustenta?
—Es el Reino de la justicia, de la paz y del amor. El que tenga sed la aplacará, el que padezca hambre será saciado, el que sufra esclavitud será redimido...
—Mucho me parece para que se cumpla algún día. Pero dime... ¿tenía muchos seguidores ese tal... Jesús de Nazaret?
—Varios cientos. No todos eran habituales, pero seguían su doctrina y manifestaban su esperanza en la vida futura.
—¿Y cómo esperaban conseguir ése "reino" de paz que promocionaban?
—A través de la Justicia, que será sembrada en el corazón de todos los hombres, de forma que se comporten como hermanos. Debemos amar a los otros igual que nos amamos a nosotros.
—¿Sabes algo sobre el prendimiento de tu... "líder"? ¿Conoces la causa por la que era necesario que muriese?
—Era necesario que diese su vida por todos nosotros...
Así no llegaríamos a ninguna conclusión útil. Ensayé otro camino.
—Digo si conoces cómo se tomó la decisión de ejecutarlo y quien estaba interesado en su ejecución.
—Según mi ama, el Sumo Sacerdote necesitaba la eliminación de algún enemigo de Israel que al propio tiempo lo fuese de Roma. Así obligaría al Procurador romano a intervenir.
—¿Qué motivos podía tener el Pontífice para tal cosa?
—Oí a mi ama decir que el Sanedrín estaba dividido y necesitaba... algo... que hiciese cesar las rivalidades... Mi ama dijo que Caifás interrogó a Herodes sobre su parecer acerca de la ejecución de un judío que sirviese para unir al pueblo y al Sanedrín, y que no irritase a los romanos.
—Bien, si fue así... lo han conseguido...
—¡Oh no, mi señor! ¡Jesús ha regresado de la muerte!
—Querrás decir que han sustraído su cuerpo del sepulcro.
—¡Lo han visto Kefas, y el resto de los doce, y también María Salomé, y María la de Cleofás, y la de Magdala! ¡A otros se les ha revelado en los caminos!
—Desvarías, mujer. ¿Lo has visto tú?
—No, mi señor —un tono de pesadumbre tiñó su voz—, ¡pero espero que en su misericordia alcanzaré a estar en su presencia! —recuperó la animación que la invadía cuando hablaba de Jesús—. ¡Ha dicho que los que creyeron en él, no morirán sin verlo de nuevo!
—Me has sido muy útil —le dije al tiempo que le tendía un saquito de monedas—, te agradezco tu amabilidad.
—No, mi señor, no aceptaré dinero por testificar la verdad.
—Como desees. Puedes retirarte —hice una seña a Lisia que la condujo a la salida. Antes de irse me dirigió una mirada larga y penetrante.
—Sé que buscas la verdad, señor, y tú también la encontrarás si perseveras...
Cabeceé comprensivamente. Y no pude evitar estremecerme al recordar la seguridad que expresó al referirse a la "verdad". Todo el mundo parecía conocerla menos yo. Hasta el momento, lo único que sacaba en limpio, parecía ser el propósito de los seguidores del tal Jesús en recrear el mito de Osiris... al estilo hebreo. Bien, si no se trataba más que de eso, no parecía nada peligroso. Porque una vez que los mitos se asientan, y pasan a la imaginación popular, pierden toda relación con la vida real y, sobre todo, con las ambiciones políticas. Por lo que había oído hasta el momento, me certificaba en que los seguidores del "iluminado" no tramaban ninguna subversión del orden legal. Y también me llamó la atención el nivel de "relaciones sociales" que el sentenciado había desarrollado en vida. Se juntaba con gente que no pertenecía al gremio de los desposeídos que ansiaban un vuelco político que los sacase de su indeseable situación.
—Tienes otra visita, mi señor —la dulce voz de Lisia me sacó de mi propio interior. A su lado estaba un hombre joven y bien proporcionado, con un rostro difuminado por una poblada barba negra que incrementaba el intenso brillo de azabache de sus ojos. Lisia, al revés que con la visita anterior, había desaparecido silenciosamente.
Hice ademán amistoso al hombre. Le indiqué que se acercase y tomase asiento ante mí. Escancié una copa de vino y se la entregué. La agradeció con una somera inclinación de cabeza.
—Dime, ¿que te trae aquí?
—Mi hermana es amiga de tu liberta. Se conocen desde hace tiempo, pues tiene una abacería en el mercado donde compra... —hizo un gesto con la cabeza hacia atrás, refiriéndose a Lisia.
—Bien, ¿cual es tu oficio?
—Soy subjefe de porteros del Templo.
Aquello era una novedad. No podría albergar muchas esperanzas sobre el nivel de conocimientos de "alta política" del individuo, pero quizá alguna información pronunciada al desgaire por labios "ilustres", en algún corredor o estancia del Templo, pudiera aportar algún dato desconocido para mí.
—¿Qué sabes del llamado "rey de los judíos"?
—Estaba guardando el orden en la sesión del Sanedrín en que fue sentenciado.
Aquello era importante. ¡Lo había escuchado todo! Me removí inquieto en el asiento.
—Cómo te llamas?
—Soy Zabulón bar Simón.
—Te agradeceré que me cuentes lo que sepas.
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Publicado el 06-05-2010 15:15
X.


Mi interlocutor bebió un sorbo de vino, e inquirió concisamente:
—¿Qué deseas saber?
—Todo lo que me puedas contar, de principio a fin.
—Acabada mi jornada de servicio, me encontraba en mi morada, en la noche víspera de la Preparación, cuando acudió un subalterno del Templo instando mi inmediata presencia en sus dependencias, por orden del jefe de los Porteros.
—Disculpa... ¿no sois policías?
—Lo somos, pero nuestra denominación oficial es la que te expuse. No tenemos competencia para actuar fuera de las dependencias sagradas. Por eso nos extrañó la orden recibida que nuestro superior nos transmitió cuando estuvimos en su presencia. Deberíamos "auxiliar" a la tropa romana que iba a "identificar" a unos sospechosos que parece que tramaban una revuelta. Jamás habíamos recibido un mandato igual.
—Disculpa, ¿cuánta tropa iba a realizar la "identificación"?
—Unos trescientos hombres, bajo el mando del centurión Fabio Quintiliano. Nos pusimos en camino hacia un huerto de las afueras, próximo al monte de los Olivos —prosiguió mi interlocutor su relato—, y me llamó la atención el despliegue realizado para una simple "identificación", por lo que dije a mis compañeros que estuviesen prevenidos por si hallábamos resistencia.
—Aparentemente, medio batallón de soldados romanos suele utilizarse para algo más que "identificar" a unos posibles revoltosos. ¿Cuántos policías os unisteis a la fuerza?
—Cuarenta —mi interlocutor bebió otro sorbo de vino, y me miró interrogativamente.
—Ten la amabilidad de proseguir.
—Llegamos al paraje llamado Getsemaní, que aparentemente estaba vacío en aquella hora de la noche. Nos internamos entre los olivos y a unos sesenta pasos, divisamos en un claro a un grupo de gentes aparentemente entregadas al reposo, aunque unos tres o cuatro conversaban entre ellos en tono pacífico. Fue entonces cuando el delator, portando una antorcha, se adelantó acompañado de un suboficial, y dirigiéndose a uno de los que hablaban lo saludó efusivamente. Inmediatamente el suboficial le conminó a que se diese preso, y lo siguiese al destino que luego se le indicaría. Entonces, uno de los que hablaban con el aludido comenzó a gritar, con lo que se despertaron los que reposaban a la sombra de los olivos, lo que a su vez provocó que nos acercásemos al que debía ser detenido para aislarlo de sus parciales, cortando de raíz cualquier conato de resistencia. Pero uno de los que estaban en el corro inicial, hablando con el identificado, sacó una "sicca", y agredió a un criado del Pontífice, dándole un tajo en la mejilla. Se produjo el consiguiente alboroto y forcejeo entre el agresor y mis compañeros, que cortó el "sospechoso", alegando que si venían a buscarlo a él, dejasen en paz a los demás. Al oír esto, su defensor se echó a correr, dejando el manto en manos de quien lo tenia asido por él. Los demás no hicieron movimiento de ataque o repulsa. Creo que aún estaban en medio de los efluvios del sueño, lo que les impidió reaccionar con presteza, porque tampoco emprendieron la huída.
—¿Eran muchos?
—No pasarían de doce o quince.
—Prosigue, por favor.
—Nos hicimos cargo del preso, y el suboficial, tras consultar con su superior, nos preguntó si necesitábamos la presencia de la tropa para conducirlo ante el Sanedrín. Les dijimos que nos bastábamos para tal cometido. Entonces, se retiraron porque, según dijeron, habían cumplido la misión que se les había encomendado. He de señalar que cuando condujimos al sospechoso a la salida del huerto, no había rastro de ninguno de sus seguidores. El traslado a las dependencias del Templo, se presentaba, pues, sin ningún riesgo.
—Hablaste de un delator... ¿qué más sabes sobre su actuación?
—También desapareció de nuestra vista. Volvimos a encontrarlo ya dentro de la ciudad. Nos transmitió el encargo de llevar al preso a casa del anterior Pontífice, Anás. Parecía estar al tanto de lo que se proyectaba sobre el "sospechoso", lo que no sería nada raro, por cierto.
—¿A qué te refieres?
—Pues a sus tratos con Leví bar Efraím, un alto dignatario del Templo.
—¿Conoces que tratos eran esos?
—No sé nada concreto, pero sí presencié la discusión entre Leví y el "sospechoso", así como la posterior intervención del delator. ¿Deseas conocer lo que pasó?
—Desde luego, si tienes la bondad. Pero antes dime... ¿tiene nombre ése delator?
—Sí. Era uno de los seguidores del preso. Lo vi varias veces junto a él en el Templo. Acudían a menudo a entablar discusiones... de ésas que arrebatan los espíritus de los sabios legistas. Precisamente a causa de una de esas disputas, cierto día atacó a los cambistas.
—¿Por qué no lo detuvisteis?
—¡Oh, fue un desahogo momentáneo de cólera! No causó graves daños. Mi superior consultó con el Pontífice y recibió la orden de no intervenir.
—Por favor, cuéntame la discusión que el... delator y el "sospechoso" sostuvieron con Leví bar Efraím.
—El delator se llamaba Judas Iscariote. Y la discusión versaba sobre el mismo Templo. El "rabí" —así le llamaban sus seguidores como muestra de respeto—, alardeó de ser capaz de destruir y reconstruir el Templo en tres días, lo que encolerizó sumamente a su interlocutor. Entonces, Judas trató de poner paz entre ambos. Después de esa ocasión lo vi conversar a menudo con Leví Bar Efraím.
—¿Sabes como murió Judas?
—Corre el rumor de que lo asesinaron.
—Yo he oído decir que se ahorcó.
—Mi versión, que también he oído, es que su cuerpo apareció colgado... pero con la cabeza reventada, lo que induce a creer que sus asesinos pensaron hacer ver que se había dado muerte a sí mismo.
—¿Sabes algún motivo que pudiese tener ése... Iscariote para delatar a su "rabí"?
—He oído explicar que no hubo intención de "acusar" al rabí, sino de propiciar un entendimiento entre éste y las autoridades del Templo, que se quejaban de que sus interpretaciones legales rozaban la herejía y conducían al extravío a la conciencia popular. Pero hasta aquella noche, jamás oí a nadie promover su detención. Y por la relación que mantenían Judas y Leví, creo muy posible que fuese tal su intención. No creo que el seguidor del rabí tuviese propósito de traicionarlo.
—Bien, ¿qué ocurrió en casa del antiguo Pontifice?
—Sobre eso nada sé, porque el rabí fue introducido a su presencia acompañado de Nefatlí bar Helí, y el secretario del Sanedrín. Pero duró pocos momentos. Nos lo devolvieron y decidieron que lo condujésemos a la Asamblea del Sanedrín. Por cierto, una parte de mis hombres hubo de dispersarse por la ciudad para despertar a los sanedritas y requerir su inmediata presencia a la Asamblea.
—¿Cuántos son sus miembros?
—Setenta y dos, más el Sumo Pontífice.
—¿Qué pasó allí?
—Bien, la concurrencia estaba malhumorada por verse obligada a interrumpir su reposo nocturno. Se comenzó a interrogar al rabí, y comparecieron testigos en su contra. Nadie se había pronunciado respecto a celebrar un juicio, y propiamente no lo fue, pero sus resultados fueron... de sentencia capital. A mi juicio, el preso colaboró lo suyo para que ocurriese lo que ocurrió. Respondió a las preguntas que se le hicieron del modo más inconveniente para sus intereses. A la pregunta del Pontífice sobre su doctrina le repuso desabridamente que preguntase a los que la habían oído en el Templo, lo que ocasionó que un secretario le diese un bofetón. A partir de ahí, ofendido por el maltrato, cerró la boca, y todas las acusaciones de los testigos en su contra no convencían a la Asamblea, por su falta de coherencia y credibilidad. Varios miembros relevantes se levantaron para urgir su liberación, aduciendo la falta de pruebas de cargo irrefutables. Fue entonces cuando el Pontífice le preguntó si se consideraba Hijo del Altísimo, bendito sea su santo nombre, y el rabí respondió que sí, y que cuando llegase su hora vendría en gloria a juzgar a todas las generaciones. En tal momento se le acusó de blasfemia, delito capital en nuestras leyes. Se promovió un vivo debate en la Asamblea sobre conceptos abstrusos para mí. Entonces se nos ordenó que llevásemos al preso a otra dependencia a esperar el resultado de las deliberaciones. Poco después se nos advirtió que deberíamos entregarlo a los romanos para que su Procurador confirmase la sentencia capital.
—Pero... ¿no se pronunció delante del reo? ¿No se le dio oportunidad de hablar en su descargo?
—No es nuestra costumbre. Las sentencias se comunican al reo después de que el Sanedrín haya deliberado.
—De modo que se lo entregasteis a los romanos...
—Sí, me encargué de bajar al atrio para aguardar a la tropa que vendría a recogerlo. Allí presencié una escena terrible.
—¿Qué fue lo que viste?
—Una vivísima discusión entre Leví bar Efraím y Nefatlí bar Helí de una parte y el Iscariote de otra. Le entregaron una bolsa de monedas como parte del precio acordado en el "trato", y el otro se encolerizó y les llamó sabandijas, se manifestó culpable de la desgracia de su rabí, y les tiró el dinero a los pies. Luego se marchó enfurecido, profiriendo toda clase de denuestos. Por eso creo que Iscariote no tenía intención de traicionar a su rabí. Más bien creo que fue sorprendido por un engaño bien urdido con anterioridad por sus interlocutores. O quizá padeció un error de interpretación, aunque a juzgar por su reacción, esto es dudoso.
—¿Eres conocedor de la, según se dice, sustracción del cadáver del ejecutado de su tumba?
-He oído decir que han sido los sicarios de Herodes quienes lo levantaron del seol; a estas horas sus restos estarán en algún muladar de Perea, o sepultados en un pedregal de Traconítide. Casualmente, faltó del sepulcro al amanecer del mismo día en que Herodes abandonaba Jerusalén, tras la festividad de la Pascua. También se dice que los romanos han co laborado en semejante impío acto contra la Torá.
—¿De qué manera?
—Simulando una borrachera de los encargados de vigilar el sepulcro.
—No sabes lo que dices. Los que tal hicieran serían reos de muerte.
—No si "desaparecían" después de la comisión del acto.
—¿Qué quieres decir?
—Según se dice, el piquete de vigilancia ha sido "trasladado" a la cohorte que custodia la residencia del Gobernador en Cesarea.
—Pero... se rumorea que ha "resucitado", y que se ha mostrado a algunos de sus seguidores.
—Sabemos dónde se ocultan. Y lo saben los espías de Roma. Están en una casa perteneciente a un rico mercader. No hemos observado ningún tipo de movimiento extraordinario entre esa gente. Hemos oído el rumor sobre uno de sus seguidores, posiblemente un pariente cercano, al que llaman Dídimo, que pudo haberse hecho pasar por él ante gentes no lo conocían muy de cerca. Su parecido físico le habrá ayudado, sin duda, a presentarse como el crucificado. Pero de todos los rumores que se están difundiendo, no consta ni un sólo testimonio serio de que se haya presentado ante alguien, fuera de sus parciales, que pueda atestiguar su "regreso a la vida". Te puedo certificar que ni una de tales supuestas "visiones" se ha producido en la ciudad, sino en las afueras. Lo que acredita la superchería.
—Sin embargo, la extensión del bulo, debería inquietar al sacerdocio del Templo. Pudiera darse el caso de que se aprovechase su supuesto regreso a la vida para urdir una trama subversiva.
—No lo creas. Sus partidarios están controlados. El pueblo disfruta de la vuelta a su rutina habitual que la Pascua interrumpió. Y los sacerdotes y Roma saben que nada perturbará su tranquilidad. Todos los rumores acabarán desapareciendo sin causar ningún trastorno digno de mención.
—Bien, ¿cómo puedo agradecer tu atención? Has sido muy amable al facilitarme tu caudal de información.
—Nada me debes, señor —sonrió pícaramente—. He venido porque me lo pidió mi hermana, de la que tu... liberta es buena clienta. Permíteme que te diga que tienes un vino excelente.
—Daré orden para que te suministren una jarra.
—Gracias, "exactor", que la paz sea contigo.
—Y que a ti te acompañe.


XI.


Medité largamente sobre la información que me habían suministrado Tamar y Zabulón. Era claramente contradictoria, teñida por las influencias que ambos habían recibido de las gentes a quienes servían. El policía no ocultaba que los altos dignatarios religiosos habían decidido echar tierra sobre un asunto que ya no les interesaba, toda vez que habían cumplido los objetivos marcados. Y había añadido una información que, de ser cierta, tenía una importancia capital: la intervención de Pilatos en la trama de la sustracción del cadáver. Por otro lado, y contra lo que cabía esperar, no había descalificado al "rabí", y hasta se había permitido de fender al "traidor". No menos sorprendente fue la intervención de Herodes en el asalto al sepulcro. De ser correcta la información escuchada al policía, existía una vasta conspiración para deshacerse del "rey de los judíos".
Por su parte, Tamar, en medio de su ingenuidad teñida por una mente afín a la imaginación de prodigios, había suministrado un dato que venía a confirmar el interés de una parte del clero en deshacerse del sentenciado. Algo muy importante que había oído de labios de su ama, esposa de un alto funcionario de Herodes, seguidora del "rey de los judíos". Y esto coincidía con lo expresado por Zabulón, acerca de la convocatoria a toda prisa del Sanedrín con objeto de condenar a alguien contra quien no existían cargos, pero que repentinamente, a juzgar por las expresiones del portero, se había convertido en pieza a cobrar para un sector del clero. Las dos preguntas pertinentes eran: por qué y cuando. ¿Por qué se tomó la decisión de sacrificar a un predicador itinerante, que a prima facie no se distinguía de la legión de embaucadores que recorrían caminos y pueblos de Judea, y por tanto no parecía digno de suscitar la atención de los oligarcas religiosos? ¿Cuándo se decidió que era un "peligro para la nación judía y para Roma?
La segunda pregunta llevaba, al menos, una suposición verosímil: la transformación del "rey de los judíos" en objetivo a batir debió producirse en un corto espacio de tiempo; tal vez en días, o acaso en horas. Y no podía dejarse a un lado la sospecha de que los contactos de Leví bar Efraím con Judas Iscariote, no tuviesen el designio oculto por parte del primero de "amarrar la pieza" por medio del señuelo de "explicación" entre el "rabí" y los dignatarios del templo, hasta que fuese oportuno apresarlo y ejecutarlo con objeto de cumplir oscuros designios. Ahora bien...¿qué tenía que debatir el taumaturgo itinerante con los doctores de la ley mosaica, amos del templo y del "glacis" religioso judío?
Había llegado la tarde, y me encontraba en la soledad de mi scriptorium meditando sobre estos interrogantes, cuando la voz de Lisia sonó frente a mí con un timbre tenso, preocupado, urgente.
—Señor, alguien importante ruega que lo recibas.
—¿Alguien del Pretorio?
—No, mi señor —negó con la cabeza y me miró alarmada—, no lo he visto jamás. Pero su presencia impone... respeto... y temor.
—Hazlo pasar, pues.
Intrigado la vi desaparecer silenciosa y fugaz. No imaginaba quien podía ser el personaje que tan fuertemente la había impresionado.
—Que la paz sea contigo, Claudio Sempronio. Permite que me interese por tu salud —José de Arimatea, me miraba desde su considerable altura, con su afilado y pálido rostro partido por su sonrisa esquinada.
—Que tu paz te acompañe siempre. Agradezco tu interés por mi bienestar físico. Te ruego que tomes asiento. Llamaré para que te ofrezcan un refrigerio.
—¡Oh, eres muy amable! Pero, desgraciadamente mis órganos no admiten más que la ingesta de parcos alimentos, y aún con esfuerzo la mayoría de las ocasiones. Se puede decir que sobrevivo con lo mínimo.
—Lo siento. Bien, ¿en qué puedo servirte?
—En realidad, vengo a prevenirte sobre tus "contactos" con seguidores de Jesús de Nazaret. Has de saber que en el Pretorio y en el Templo se observan con atención tus... "indagaciones".
—¿Cómo puede ser eso? Como sin duda sabes, estoy recluido en mi morada por orden directa del Procurador. Desde hace cinco días no me he movido de mis aposentos. ¿De dónde te ha llegado la información que expones?
—Jerusalén es una ciudad grande, la más importante en el haz de la tierra, pero se conoce todo aquello que se desea saber. Y sin duda, el Procurador, que se encuentra ausente en Tiberíades, estará informado con todo detalle de las "visitas" que recibes... "sin abandonar tus aposentos".
—Entonces, el Procurador y tú, sabéis lo que me preocupa-decidí dejar a un lado los rodeos, y hablar directamente.
—El Procurador está rindiendo cuentas ante Vitelio —prosiguió como si no hubiese escuchado mi desafío—, del resultado de su entrevista dependerá su futuro. Por eso, existen sectores interesados en que salga con bien ante el Gobernador, y pueda seguir al frente de los asuntos de Judea. No por mucho tiempo, claro está, pero el suficiente para permitir la consolidación de la familia de Caifás en el Pontificado.
—¿Y qué tiene que ver el futuro del Procurador con la sustracción de un cadáver de su sepulcro? —le había lanzado el golpe directo hacia donde pudiera hacerle más daño. Me causaba repugnancia aquel hebreo sibilino y retorcido, untuoso e hipócrita.
—¿Qué sabes sobre eso?
—¿Qué sabes tú, que eres el dueño del sepulcro?
—Sé que el Señor ha resucitado de entre los muertos al tercer día, como había profetizado. Existen múltiples testimonios que acreditan la apertura de la tumba, así como el "desvanecimiento" de la guardia. También hay constancia de que se ha reunido con sus más directos discípulos.
—¿Lo has visto tú?
—No he tenido ese privilegio. Era discípulo suyo, "en secreto", pero no pertenecía a su círculo íntimo.
—Entonces... ¿cómo puedes acreditar su regreso del inframundo? ¿Quién te ha suministrado la información que expones?
—Escucha, su tumba fue hallada abierta, vacía, y las primeras en verlo fueron mujeres de su séquito. Ellas advirtieron a sus discípulos, que se apresuraron a comprobar sus afirmaciones. Luego, el Señor se apareció ante ellos.
—¿Quién movió la piedra que cerraba el sepulcro? ¿Acaso lo hizo el resucitado? Un hombre sólo no es capaz de semejante proeza.
—Para el Altísimo nada hay imposible.
—Bien, entonces... ¿por qué no atravesó la piedra, simplemente? He oído historias de espectros capaces de atravesar las paredes.
—El Señor no es un espectro! ¡En verdad ha resucitado!
—¿Y por qué no da público testimonio de su vuelta a la vida? Sería la mejor manera de desacreditar a sus asesinos.
—Volverá... en la culminación de los tiempos...
—¿No podrías ser algo más concreto?
—Tienes ojos para ver y no ves; tienes oídos para escuchar y no oyes...
—Lo que veo y oigo es una sarta de insensateces que no tienen una explicación coherente para mis interrogantes. ¿Por qué se asesinó judicialmente a un inocente? ¿Por qué se monta ahora todo este teatro, cuando el crimen cometido... ya no tiene remedio? Dime... ¿a qué has venido en realidad? Te diré algo: aunque solamente tengo un ojo, me basta para ver que tu actitud no está clara. Me extraña que siendo propietario de la tumba de la que se ha sustraído un cadáver, los agentes del Procurador no te hayan interrogado al respecto.
—No comprendo tu ira con mi humilde persona. Si tienes a bien explicar a tu siervo...
—¡Oh, déjate de fingimientos! ¿Quién puede dudar que al ofrecer tu sepulcro al "rey de los judíos", no estabas en realidad facilitando la trama urdida para el secuestro de sus restos? ¿Quién no sospechará que la idea de difundir su supuesta "resurrección" no estaba tomada desde el mismo momento en que se decidió su ejecución?
—He venido a "prevenirte", porque sé que eres hombre íntegro. Se conocen tus averiguaciones, y se contempla tu actitud con aprensión. Ahora debes permitir que me retire —se levantó y me saludó sumariamente, dando por terminada la entrevista.
—Sea como dices. Que los dioses te acompañen.
Aquella "visita" me puso mal de cuerpo y ánimo. Con gran preocupación de la abnegada Lisia, no fui capaz de pasar bocado en la última refacción del día. Solamente bebí un poco de vino para "asentar" mis órganos digestivos.
Iba ya a retirarme a mi cámara, cuando unos golpes perentorios sonaron en la puerta. Sobresaltada acudió a abrir Lisia, que inmediatamente se hizo a un lado, dejando paso a Fabio Quintiliano, que se dirigió a mí con su habitual laconismo.
—Salud, "exactor". Se ha recibido correo del Procurador en el que ordena tu comparecencia ante su Autoridad en el plazo de tres días.
—Así se cumplirá, centurión. ¿Tienes algo más que comunicarme?
—Nada más. Que Orfeo vele tus sueños.
A solas con Lisia, la miré con agradecimiento.
—Dime... ¿me seguirás a Hispania?
—¿A qué vas a ir a tan lejano lugar, señor?
—A morir. Si decides ejercitar tu libertad y seguir otro camino, lo comprenderé y me alegraré por ti.
—Te seguiré a donde vayas, mi señor.
—Y yo reposaré en la tierna confianza que me brinda tu compañía, Lisia.
Estaba todo dicho. Dormí plácida y largamente. Cuando desperté, me había liberado de todas mis preocupaciones. Mi destino estaba claro.


XII.


—¡Salve, Procurador, acudo a tu presencia conforme lo ordenado!
Me encontraba ante Pilatos, una vez transcurrido el plazo estipulado. Lo acompañaba Silio Plaucio, que contra lo acostumbrado, no abandonó la estancia.
—Bienvenido seas, "exactor". Espero que estés restablecido de tu dolencia.
—Ahora ya solamente me duelen los huesos, y eso no tiene remedio porque son achaques inevitables de mi edad.
—El Gobernador me encarga que te transmita saludos y sus mejores votos para tu bienestar —Pilatos me observó complacido—. He sido informado sobre tu interés en "aclarar" ciertos extremos sobre la desaparición del cadáver del "rey de los judíos". No has desaprovechado la reclusión domiciliaria que dispuse para ti.
—No busqué personalmente ninguna información. Todo lo que sé, que es nada, lo obtuve de informaciones espontáneas recibidas en la paz de mi hogar. No vulneré tus disposiciones, Procurador.
—En apariencia no —me examinó críticamente—, pero te has dado trazas para "indagar" todo lo que has podido sobre la "desaparición" de los restos del sentenciado.
—Según mi criterio, no hay tal "desaparición", Procurador. Simplemente se produjo una sustracción; o si lo prefieres, un robo. Delito punible según nuestra ley.
—Aparentas ser muy estricto con las leyes, Claudio Sempronio. Dime, ¿no fuiste tú el mismo que certificó en acta secreta el "asesinato" del hijo del divino Julio César?
—Así fue, Procurador.
—¿Acaso no fue aquel un "asesinato legal"?
—Lo fue, sin duda.
—¿Y cómo justificas tu actuación?
—Aquello era una guerra civil. Roma necesitaba finalizar un conflicto que la desangraba. Era precisa una dirección que beneficiase la paz, la prosperidad y la expansión de nuestro Imperio. Acaté las órdenes recibidas de la Autoridad, igual que hice con las que recibí de tu persona, Procurador... Con una salvedad...
—¿Cuál es ésa salvedad?
—Que nadie me insinuó que "modificase" aquella acta secreta.
—¡Que fue conocida y aprobada por el Senado! ¿Dónde estaba el secreto?
—Eso no era de mi incumbencia. El Senado decidió despejar el camino del divino Augusto hacia el Principado. Creo que con acierto... Pero lo que escribí, no fue anulado ni rectificado. ¿Acaso no fuiste tú, Procurador el que afirmó hace escasa fechas... "lo escrito, escrito está"?
Pilatos me observó de forma sostenida. Resistí su mirada. Habló al fin.
—Vitelio ha tenido a bien concederte el retiro —señaló la mesa que tenía delante—, aquí están los testimonios de su agradecimiento a tus largos años de servicio. Roma te está reconocida, "exactor". Aquí tienes tu "gladius" de antiguo oficial romano —señaló una espada con la cabeza de Marte bellamente tallada en su empuñadura de hueso—. Esto es una autorización para fijar tu residencia en el lugar del Imperio que desees —añadió tendiéndome un pergamino lacrado—, también te servirá de salvoconducto para el viaje hacia el destino que elijas. Aquí-continuó, entregándome un saquete de cuero-te entrego tu último salario "oficial" como notario del Imperio, junto con dos pagas anticipadas de tu "retiro", y un viático como ayuda a las costas del viaje. No necesito recordarte que allá donde te establezcas deberás contactar con la Autoridad correspondiente para que te sean abonados tus haberes. ¿Tienes algo que exponer?
—Mi agradecimiento al Gobernador. ¿Cuándo debo partir?
—No hay fecha fijada, pero se espera de ti la aconsejable brevedad.
—Me sobrará tiempo. ¿Dispones algo más, Procurador?
—Que la Fortuna te acompañe y Quirino proteja tus pasos, Claudio Sempronio.
—Que los dioses te guarden, Procurador.
Me fui directamente a casa de mi banquero, un libiofénice helenizado que respondía al nombre de Simónides. Me extendió una "carta de pago" a cuenta de los fondos que tenía depositados en sus arcas. Me aseguró que allá donde fuese, el documento mercantil me permitiría disponer a mi entero gusto de mi capital. Cuando mostré mi intención de dirigirme a Hispania, me informó que el plazo de siete días una nave mercante siria partiría de Joppe, con destino a Brundisium. Allí podría conseguir pasaje en una de las múltiples naves que partían con rumbo a mi destino.
A la madrugada siguiente, partía en unión de Lisia, en una caravana comercial, dispuestos a embarcarnos en la nave señalada por Simónides, el cual había tenido la amabilidad de facilitarme una nota de presentación para el capitán del barco, al que conocía por haber contratado a menudo el transporte de diversos géneros.
El viaje fue pésimo, en medio de un mar alborotado que nos revolvió las entrañas y nos hizo bendecir la aparición en lontananza, de nuestro puerto de arribada. Tras dos días utilizados en adquirir lo necesario para el nuevo viaje que nos aguardaba, tomamos pasaje en una pentecontera griega dedicada a transporte mixto, con la que atravesamos un pacífico y bonancible Mare Nostrum, y dimos vista, al fin, a la muralla de la antigua colonia Faventia Julia Augusta Pía, o Barcino, como se la llama abreviadamente. No pude evitar una intensa emoción al pisar la tierra patria, de la que me había ausentado siguiendo al divino Julio cuando retornó a la Urbe, tras su última y definitiva victoria sobre los partidarios de Pompeyo en Munda.
Nuestro propósito era iniciar el camino hacia Astúrica, para desde allí acercarnos en jornadas descansadas y sin apremio, hacia los altos pasos montañosos que aíslan la Gallaecia de las navas que se extienden sus límites orientales. Deseaba realizar el trayecto con el tiempo suficiente para llegar a nuestro destino antes de que el otoño, que se iniciaba, adquiriese todo su rigor y dificultase nuestra progresión hacia el interior de mi tierra natal. No me preocupaba por mí, pues conociendo la rigurosidad climática que encontraríamos, deseaba evitar incomodidades innecesarias a Lisia que se encontraba indispuesta desde los últimos días de nuestro periplo marítimo.
Desgraciadamente, a pesar de mis propósitos y su buena y valiente disposición, Lisia llegó muy dañada al final de nuestro recorrido hacia Astúrica. Debimos detenernos allí, pues la calentura y los estremecimientos que la acosaban, no encontraban alivio visible, sino que empeoraban día a día. Y como los remedios de nuestra posadera no servían para sacarla de su postración, recurrí al cirujano militar de la guarnición local, haciendo valer mi condición de oficial retirado.
Tras examinarla detenidamente, el cirujano me llamó aparte.
—Debes encomendar a tu mujer a la diosa Proserpina. Sin duda estará en su presencia en breve.
—No es mi mujer, sino mi liberta. ¿Tan mal la encuentras?
—Nada útil se puede hacer por ella. Ha llegado al final de su camino.
Velé a Lisia toda la noche. De madrugada, salió de su sopor febril, y al verme a su lado, me sonrió brevemente.
—Mi señor, me siento acabada. En poco tiempo me encontraré en el Hades. Te pido que entierres mis restos y no los des a las llamas. Mi pueblo cree que los que son devorados por el fuego no conocerán a los dioses.
—Ahora debes descansar, Lisia. No es momento de pensar en lo indescifrable.
—Mi destino esta sellado. Antes de abandonarte, debo hacerte una confesión para no presentarme ante Caronte con mi espíritu alterado por la mentira.
—¿Cuándo me has engañado, mi buena Lisia?
—He expulsado tu simiente de mi vientre... cuando advertí que germinaba.
—¿Me dices que... has abortado un hijo nuestro... mío?
—Fue en nuestro tiempo de ardor... Dudaba si aceptarías su paternidad... Tampoco deseaba traer al mundo un esclavo... Más tarde advertí mi yerro... Perdóname, mi señor. Aprendí a amarte tarde... muy tarde.
Sentí una opresión en el pecho que me cortaba el aliento. Aquella... moribunda me había arrebatado a mi hijo. ¡Me había privado de mi última esperanza! ¡Sin darme oportunidad de compartir una decisión de la que se había apropiado abusivamente! Miré fijamente su rostro consumido por el sufrimiento. Toda la compasión que había sentido se trocó en odio. Tanteé la daga que sujetaba mi ceñidor, pensando hincarla en su exhausto pecho. Me contuve pensando que matarla equivaldría a evitarle los últimos sufrimientos. La atmósfera de la estancia me pareció malsana. No podía estar en la misma cámara que aquella arpía. Salí fuera, luchando por reprimir las náuseas que me dominaban.
Me dirigí a la posadera para liquidar la cuenta. Quería partir inmediatamente.
—Mi señor, la enferma no está en condiciones de proseguir viaje —adujo la patrona—, está a punto de expirar.
—Aquí te dejo una cantidad extra para los gastos que pueda ocasionar hasta su final —tiré un saquito de monedas encima de la mesa de la cocina.
—Pero señor... es tu mujer... ¿la abandonarás de esta forma?
—No es mi mujer. Morirá igual sin mi presencia, que no es necesaria.
—Pero... señor, ¿qué haremos con sus restos? ¿Quién tributará sus honras fúnebres?
—No las necesita. Quemad sus restos.
Recogí mis pertenencias, adquirí provisiones para el camino, y comencé la última etapa de mi viaje, tan sólo como había vivido siempre. Sin duda, toda mi dilatada existencia no había sido más que un engaño.


XIII.


Hace cinco años que resido en el valetudinaria de la ciudad auriense. He de decir que cuando me presenté al Pretor Atilio Rufo, que la gobierna, y solicité mi ingreso en una institución de veteranos, me facilitó mi propósito inmediatamente. Todo fueron amabilidades y trato exquisito, que agradecí cumplidamente.
Únicamente somos siete los "inquilinos" que poblamos el caserón que nos alberga. Y estamos "protegidos" por una reducida guardia de soldados veteranos, tan fondones que no resistirían una marcha de tres estadios.
Los "pastorea" un suboficial curtido en las campañas de Germania, muy indulgente con su tropa. Como es habitual en los soldados antiguos, se ha casado con una lugareña que le ha regalado numerosa prole. Uno de sus hijos, el pequeño Edesio, de unos once o doce años, se muestra deseoso de ayudarnos, escucha admirado los relatos de antañonas hazañas, y nos presta pequeños servicios. Cuando escucha relatos de los antiguos episodios de nuestras agitadas vidas, una luz de interés y admiración ilumina sus grandes ojos castaños. Afirma que quiere ser soldado. Su horizonte, por tanto, es limitado, pero no puedo afirmar que sea la peor profesión que pueda escoger, dados sus humildes orígenes. Y como es despierto de intelecto, quizá pueda progresar sirviendo a Roma.
La nuestra es una comunidad de "supervivientes". Unos viejos que aguardan el final, unos soldados cansados que se pasan el tiempo libre de servicio en las cocinas, pellizcándole el trasero a las sirvientas y engullendo enormes cuencos de sémola y tocino, y el cirujano militar que nos ayuda a soportar nuestros achaques visitándonos una vez a la semana.
El año pasado han llegado noticias sobre el antiguo Procurador de Judea.
Digo "antiguo", porque ha sido desterrado luego del correspondiente proceso que fue instruido y que concluyó con sentencia desfavorable.
Sucedió que un "iluminado" comenzó a vocear que había encontrado el "testamento" de Moisés, junto con objetos de culto empleados por Aarón, los cuales habrían sido depositados en el monte Garizim por Josué. Una masa fanatizada se dirigió a recobrar los preciados objetos, y Pilatos temiendo los habituales disturbios, envió una cohorte a cortarles el paso. El tribuno que la dirigía no tuvo la habilidad suficiente para disuadir a los "peregrinos", y el choque se produjo causando una mortandad de cuatro mil hebreos masacrados por la tropa. Inmediatamente llegaron a Vitelio las airadas quejas de la oligarquía religiosa, lo que le indujo a destituir a Pilatos y enviarlo a Roma para ser sometido a proceso. Sentenciado al exilio, se dirigió a la Galia, lugar en que según unos puso fin a su vida echándose sobre su espada, y según otros tuvo la habilidad de ocultar su rastro... Sea como fuere, no cabe duda que el Procurador fue víctima de la obsesión religiosa de un pueblo fanatizado por sus dirigentes, que son los principales responsables de las desdichas que sufren sus súbditos.
El último invierno ha sido muy malo para mí. En sus comienzos sufrí una fluxión de pecho-maligna según el cirujano Sofronio-que sofoca mi aliento y me causa dolores cordiales, que trata de paliar con maniluvios y pediluvios alternantes calientes y fríos, y cuando la disnea se incrementa, me aplican en el pecho cataplasmas de aceite caliente. Sé bien que la dama pálida aguarda impaciente el momento, ya muy cercano, de aplicar su helada cuchilla a mi añosa garganta.
El pequeño Edesio se desvive por mí, y me produce consuelo cuando se esfuerza en ayudarme a expulsar algún gargajo rebelde que obtura las vías de mi aliento. A veces se queda a los pies de mi lecho mirándome en silencio, y yo agradezco esa compasión silente que el pequeño tiene la cortesía de dispensar a un anciano desvalido y caduco.
—Dime, Edesio... ¿servirás al César?
—¡Oh, sí, centurión, es mi mayor deseo!
—¿Serás igual de valeroso que tu padre?
—Sí, pero llegaré más alto que él —sana ambición de muchacho criado en hogar humilde.
—Entonces... necesitarás una espada. Por favor, abre mi arca. Allí encontrarás la que necesitas...
Se abalanzó a cumplir mi indicación, y ya con la espada en sus manos, no pudo reprimir su agradecida emoción. Creo que ver su cara animosa y radiante ha sido la mayor compensación de la última etapa de mi vida. Y estoy cierto que no podría tener mejor destino el obsequio de Vitelio.
—¡Es la espada del César! ¡Gracias, centurión! ¡Que los dioses te protejan y te den larga vida!
¿Más larga aún? Sin saberlo, Edesio me desea el peor tormento que podría sufrir. No necesito vivir más. He visto el mundo tal como es. La ambición, el odio y la corrupción invaden las vidas de todos los nacidos de mujer. Y la existencia no es más que el recorrido por tenebrosas estancias donde imperan el crimen, la mendacidad y la hipocresía.
He de terminar ya, de modo que mi vida se agote al tiempo que estas líneas. Nada necesito y nada temo. Yo, Claudio Sempronio, doy fe.



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es.humanidades.literatura
23/03/2010.
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