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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Blanca Barojiana - La trastienda de la calle Fuencarral, Capítulo I
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Localización: Madrid, España
Registro: 25.06.08
Publicado el 06-04-2010 22:29
La calle Fuencarral pertenece a las del centro histórico de Madrid, escenario de andanzas de muchos personajes tanto reales como literarios; y en la actualidad de turistas e inmigrantes mezclados con una población netamente madrileña, aunque no pudieramos calificarla de castiza, dada su diversidad de orígenes y costumbres que convierten a esta calle en una amalgama de caracteres populares de muy distintas regiones.

Este es el escenario de don Gadiel Constante, anciano de setenta y dos años, cuatro meses y tres días, como gustaría precisar con singular tino el insigne cronista de esta villa y corte, don Sap de las Leandras.

El Gadiel era herencia de su tía materna, doña Gadiela, que gustaba entrometerse en todos los asuntos familiares y a quien no podía por menos que homenajearse con el nacimiento de su primer sobrino.

El Constante le venía por parte de padre, y podemos decir que con acertado significado, dado que el buen papá precisó rondar a la mamá derca de diez años antes de conseguir su mano blanquísima y, de donde procedía la dificultad de la unión, bastante enjoyada. La tía Gadiela se opuso ferozmente a matrimonio tan desigual, y el buen Constante, erre que erre, al final venció al raptar a su amada y llevársela a El Escorial a una procesión de Semana Santa, lo que en aquellos años constituyó un pequeño escándalo entre las amistades. Por este episodio familiar estuvo a punto de haberse llamado nuestro personaje don Gadiel Constante de los Peligros, pero el cura de la parroquia supo imponer su buen criterio.

Aquella mañana de abril, lunes, nuestro amigo ya estaba a hora temprana en su tiendecita de antiguedades de la calle de Fuencarral, tras haber sorteado bastantes inmunidicas con las que el botellón y los locales de mala vida de la zona ornaban las calles cada fin de semana.

Era un hombre madrugador, metódico, trabajador y las únicas pasiones que se había permitido en su vida eran dos: los viajes y las antiguedades.

Gustaba de catalogar las piezas él mismo, con auténtica veneración. Era animista, y a cada objeto trataba con mayor respeto y veneración que a las personas, porque se le figuraba que éstas tenían pies, manos y boca para defenderse y andar allá adelante por el mundo, mientras que las pequeñas criaturas que reposaban en sus estanterías eran tan débiles y estaban tan desamparadas que precisaban de un buen padre que de forma Constante velara por ellas.

Estaba en la trastienda deleitado en sus placeres, a las ocho de la mañana, diecisiete minutos y treinta y dos segundos, cuando oyó que llamaban a la puerta con los nudillos. ¿quién podría querer entrar en su tiendecilla a aquellas horas tan tempranas?

© Blanca Barojiana
Editado por fw el 07-04-2010 11:17
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