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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Vichoff - El efebo del Ática
Sap
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Localización: Hispalis, España
Registro: 21.07.08
Publicado el 05-04-2010 19:22
EL EFEBO DEL ÁTICA





Lo conoció a los dieciséis años cuando su imagen, desnuda y clásica, apareció de repente en la página veinticuatro del libro de Historia del Arte. Era joven y turbadoramente hermoso. En su quietud petrificada, el peso del cuerpo descansaba sobre la pierna derecha mientras el brazo, ligeramente adelantado, parecía rodear una cintura invisible. Era imposible definir la mirada que, blanca y vacía, podía dirigirse por igual al infinito que a un rostro cercano pero el movimiento que, a pesar de la piedra, sugería el cuerpo, era el que precede a un abrazo.

No tenía nombre propio, solo el común: Efebo, y la indicación de su lugar de origen: el Ática. El pie de foto decía que su belleza estaba al alcance de todos en el Museo de la Acrópolis.

Le pidió a su padre la cámara de fotos y lo fotografió veinticuatro veces variando la abertura del diafragma, la velocidad, la luz... Seleccionó la mejor de las veinticuatro fotos, la amplió a 37 x 57 y la pegó en la pared que quedaba frente a la cabecera de su cama. Todas las noches, al acostarse, miraba largamente su cabeza de rizos blancos, sus brazos fuertes, sus piernas firmes, su torso de atleta y su vientre cuadriculado del que pendía discretamente un hermoso fruto. Adivinaba una espalda recta y unas nalgas tensas. Y antes de apagar la luz le decía: "Algún día iré a verte".

Atenas era blanca, húmeda, cálida y soleada como cualquier ciudad abierta al Mare Nostrum. Llegó a media tarde, cuando el sol se dejaba caer hacia El Pireo y bañaba de luz anaranjada las piedras de la Acrópolis, la cima del monte Likabytos, las fachadas de Plaka. Se bañó lentamente en el agua calda de la piscina de la terraza del hotel y luego se tumbó a la sombra, feliz y acalorada. Paladeó el zumo de naranja helado sin dejar de mirar las columnas de Partenón mientras fantaseaba que su Efebo se consumía de impaciencia en el interior de su disfraz de mármol. "Mañana iré a verte", pensaba.

Era aún más hermoso de lo que había imaginado. Sobre un pequeño pedestal, blanco como él, su figura desprendía una luz inexplicable y el aire que lo rodeaba parecía estar a punto de agitarse por un movimiento inesperado.

Recorrió todo el Museo y, cuando faltaba poco para la hora de cierre, se escondió en los baños y esperó casi dos horas, hasta que se apagaron las luces y los ruidos y supuso a los guardas entretenidos con la cena, después de la primera ronda.

Salió sigilosamente y se dirigió a la sala. El Efebo seguía allí, envuelto en la penumbra de las luces de emergencia, inmóvil y blanco, con el brazo ligeramente levantado y la mirada perdida. Se puso frente a él, buscó sus ojos y, sin dejar de mirarle, se desnudó con movimientos ligeros y pausados, como quien cumple devotamente un rito o celebra una ceremonia. Luego, con pasos silenciosos, llegó hasta el pedestal y se detuvo un instante antes de ascender el peldaño que la colocaba a su altura. Notó el frío del mármol en los pechos y en el vientre cuando se apretó contra él buscando acomodo en el hueco de su brazo y luego en las yemas de los dedos cuando empezó a acariciarle el torso y el cuello. Después, lentamente, se alzó sobre las puntas de los pies, le rodeó el cuello con los brazos y acercó los labios a los suyos. En aquel momento, un relámpago de calor le rodeó la cintura.

Cuando, en la ronda de las tres, los guardas llegaron a la sala del Efebo, vieron con horror que habían robado la estatua delante de sus narices. Para mayor desconcierto, en un rincón de la sala había un montón de ropa de mujer.

Los periódicos dieron a toda plana la noticia del inexplicable robo de la estatua del Efebo del Ática (atribuida a Praxíteles) en el Museo de la Acrópolis y, en páginas interiores, confirmaban la misteriosa desaparición de una joven turista.


© Vichoff
es.humanidades.literatura
05/04/2010
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