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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Blanca Barojiana - GÓMEZ
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Localización: Hispalis, España
Registro: 21.07.08
Publicado el 04-02-2010 08:53
GÓMEZ





Leyendo los recuerdos de mi amigo Lope de Sosa, en los que se refiere a la Escuela de Ingenieros del Madrid de los 50, vine a acordarme de Gómez, que fue conserje de universidad durante cerca de cincuenta años.

Me lo encontré hace un mes, quitando la nieve del coche, y me contó que ya se había jubilado.

Gómez es muy charlatán, cuenta mil anécdotas, y talmente parece un crío, hasta mantiene el tipo delgaducho y elástico. Esa jovialidad forzada del fascismo, ese infantilismo, ese demostrar que se está siempre a disposición y que no sabemos con quién estamos hablando, un amaneramiento que redunda en una pose infantil y exenta de la más mínima crítica o pensamiento propio.

Claro que yo a Gómez le he visto más de una vez por los pasillos de las facultades cabizbajo, absorto, oscuro, rumiando vaya usted a saber qué, hasta que de repente se cruzaba con un decano, con un cátedro, con un pope cualquiera, y entonces todo Gómez refulgía de amaneramiento, reverencias, sonrisas beatíficas, se apropiaba de carteras y abrigos, se apresuraba a abrir puertas de pasillos interminables, reverencia tras reverencia, en un prodigio de equilibrio, hasta que dejaba al pope, decano o cátedro instalado en su despacho, y entonces cogía aire Gómez y respiraba, y volvía de nuevo a sus paseos grises, a sus andares tristes, hasta que en lontananza se divisaba a un administrador, profesor emérito o jefe de departamento, y vuelta a empezar.

No digo yo que fuera un mal tipo, no es eso. Pero respiraba miedo.

Pues allí que estábamos Gómez y yo bajo la nieve, yo helada y él dale que te pego contando sus batallitas, porque hay que ver la de batallitas que puede tener un jubilado, hasta que llegó al inicio de su carrera, ni más ni menos que como mozo de una facultad recién inaugurada, creo recordar que una de Filosofía y Letras, porque yo solo pensaba en cómo librarme de él y llegar a casa a ponerme delante de la estufa.

Entonces apareció en el cuento la señorita Marisol, su verduga. Bueno, Gómez, con su visión deformada por el miedo, decía que era persona a la que debía mucho. Y es que el miedo todo lo mejora y adorna.

Por aquél entonces, mediados de los años sesenta, contaba veintiún años y se pasaba la mañana tonteando con las niñas bien que estudiaban en la planta alta. ¡Cómo le brillaban los ojos al contarlo, si parecía rejuvenecer bajo la nevada, blandiendo una escobilla quitanieves, en la calle solitaria! Hablaba de una en particular, que le gustaba tanto, que la describía tan poniendo el alma, que casi me parecía que ella iba a materializarse de un momento a otro como un hada de los cuentos o como un ovni clamando: ¡Gómez, amor mío, sí, sí, yo también te quería!...

Pero el destino quiso truncar aquél amor tan inapropiado socialmente.

La señorita Marisol, cuarentona y soltera, se reconcomía allá sola en la secretaría, yendo a buscarle cada poco para reconvenirle y recordarle sus obligaciones, con la tiesura de la función pública, como una madre de esas que mandan a trabajar a sus hijos al astillero con dieciséis años. Pero, ¡quiá!, él bien sabía zafarse e irse con las chicas, y se reía al contarlo…

Un día apareció un director y la señorita Marisol le dijo que se necesitaba un chico que estuviera permanentemente a su servicio y que llevara el correo en mano, para mayor seguridad, y que había uno idóneo para esa función: Gómez.

Entonces el bedel inició su carrera. Ya no pudo volver a las clases del piso de arriba. Y al contarlo dejaba caer, meditabundo, la escobilla quitanieves.

Gracias a la señorita Marisol aprendió los entresijos de la función pública universitaria, la sonrisa permanente, la disposición constante, la humillación, el frío, el dolor de pies, a caminar marcha atrás portando abrigos, carteras, a repetir de forma creíble sí señor, atemperando directores, popes, cátedros.

Hacía otras cosas, claro está, como espiar y delatar, pero de eso Gómez no hablaba nunca.

Y así pasaron cerca de cincuenta años.

Arreciaba el frío y Gómez apagó el brillo de su mirada, parecía que se iba a poner oscuro, pero en un reflejo íntimo se echó a reír y me dijo que me fuera a casa, que ya hacía mucho frío, que hasta otro día.

Yo lo agradecí mucho, me despedí y apreté el paso.

Esto me ha recordado el leer a mi amigo Lope de Sosa, claro que yo no lo cuento como él, con su gracia y su arte. Pero valga la intención.



© Blanca Barojiana.
es.humanidades.literatura
03/02/2010
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