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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Lope de Sosa - MÁS DE MEDIO SIGLO
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Localización: Hispalis, España
Registro: 21.07.08
Publicado el 04-02-2010 08:46
MÁS DE MEDIO SIGLO




Conocí a Juan en un tumulto de pequeña monta formado ante la puerta del Teatro Español para arrollar al portero de anfiteatro y así escuchar un recital de Elisabeth Schwarzkopf o como se escriba el dichoso apellido que seguro no es así. No había entradas en taquilla, la “claque” no funcionaba o Gironés, quien la mandaba, estaba perdido. La ocasión era única en aquel Madrid de primeros años de la segunda mitad del pasado siglo. Así, que ¡hale! al empujón y a ver quien cruzaba el dintel. Ni Juan ni yo pudimos pasar la angosta puertecilla, aquella que a la derecha de la fachada daba paso a la escalera . Y nos fuimos a “los alemanes” a tomarnos unas cañas, y de paso a ver si estaba por allí alguno de la familia Dominguín, discutir de toros mentarle al “ronquillo” que era la bestia negra de la casa desde la alternativa de Pepe en las Ventas. Tampoco hubo suerte y la solución fue caer hacia el Ateneo, sentarnos en la cacharrería y hablar. Que eso hicimos. Hablar. Ambos coincidimos en nuestra afición a la música y Juan que era buen fisonomista, me reconoció por ser uno de los asiduos a los conciertos de la Nacional en el palacio de la Música y como practicante de “una duro al portero, una peseta al acomodador” para así tener asiento libre en las escalerillas del ultimo anfiteatro del cine. Porque los abonos, las entradas normales estaban cogidas, repartidas/regaladas a/o por funcionarios del Ministerio y sus amigos.

Aquellos años donde Argenta como director titular y la Orquesta Nacional eran base del núcleo musical madrileño. Luego estaban la Filarmónica, la del marqués de Bolarque y los recitales de Alicia de Larrocha comentados por Antonio Fernández Cid, crítico musical primero de “Arriba” entonces y luego de ABC. De eso hablamos Juan y yo, y de su vida en Madrid. Trabajaba en una oficina de estadística y se preparaba para el ingreso en una Escuela Superior de Ingenieros. Ya sabéis, aquellas del numerus clausus que limitaba el acceso según la ley, decían, de la oferta y la demanda. Juan estaba tremendamente enamorado, me confesó, de la hija de su jefe que tenía novio formal para casarse, pero que aceptaba las miradas lánguidas de Juan, sabiendo de su adoración. Pero entonces nada más. En mis conclusiones, que la moza estaba preparando un recambio para su futuro si Juan ingresaba en la Escuela y terminaba la carrera. ¡menudo chollo!. Que era pasar de la mediocridad de un futuro incierto a la realidad de ser esposa de un ingeniero. Con lo que entonces vestía cazar a un privilegiado, sobre todo los domingos por la mañana en los bares de la acera derecha de Serrano, entre Goya y Lista.

La amistad con Juan se consolidó aquel invierno, pasamos muchas horas juntos coincidiendo en conciertos y recitales y conocí el devenir de sus secretos amores con aquella moza, sus iniciales encuentros clandestinos y la parada y fonda que supuso su ingreso en la Escuela Superior finalizando Mayo. Porque aquella muchacha, recatada, sumisa al deseo de sus padres, abrió la botella de las verdades y cantó que estaba enamorada de Juan y con él se casaría nada más terminase la carrera de Ingeniero. Total cinco años de nada. Ante el futuro de la niña, el padre bajó de su pedestal de jefe superior en la oficina y de segundón, tras su mujer, en el hogar y dijo amén. Era predecible. Juan se distanció de nuestras aficiones comunes, Yo seguí la misma marcha de pícaro de mísera monta, rascando conciertos y dejándome invitar a café en la Granja del Henar o en la cafetería Infantas a ver si se me pegaba algo de Jardiel y llegaron otras Navidades madrileñas que pasaron dejando la nostalgia de los villancicos y del “nacimiento” andaluz, del mar de olivos lejano y de aquel amor irrealizable que se me colgó del alma que aún está, y aparecieron y desaparecieron hojas en los árboles de las calles y ante los ojos del alma, la angustia del poeta:

“Padre, desde los cielos bájate, he olvidado
las oraciones que me enseñó la abuela,
pobrecita, ella reposa ahora,
no tiene que lavar, limpiar, no tiene
que preocuparse andando el día por la ropa,
no tiene que velar la noche, pena y pena,
rezar, pedirte cosas, rezongarte dulcemente.”


Porque yo no tuve más que desesperanza y ni siquiera el futuro abierto a una vida de logros.




© Lope de Sosa
es.humanidades.literatura
01/02/2010
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