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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© DAEDALUS - "La Playa"
Mar
Administrador

Mensajes: 169
Localización: Madrid
Registro: 02.07.08
Publicado el 04-09-2008 10:39
Ya no recordaba quién había pintado el cuadro. ¿Sería tal vez obra de aquel
joven belga, que veraneaba con ellos en la playa? Pudiera ser... Pero la
verdad es que eso era lo de menos. Aquel lienzo había estado en la casa
desde hacía muchos años y la fascinación que por él sentía no se podía
explicar.
La imagen representada era como un boceto sin rematar. Sólo
ocupaba un lateral y en ella se representaba una simple escena: una
calavera con un casco perforado por un disparo. Pero algunos detalles del
mismo insinuaban más sobre el lienzo. Sin duda alguna el casco era de los
usados por el ejercito alemán en la Segunda Guerra Mundial. ¿Sería todo
obra del azar, o habría algún tipo de intencionalidad por parte del autor al
transmitir la imagen?
En aquella época Juan era un crío, de apenas diez u once años. No tenía
más preocupación – y lo recordaba agradablemente – que pasar las tardes
de verano al lado del mar. La playa era hermosa, como sólo las playas que
el Atlántico bate con furia pueden serlo. Para llegar al mar había que
recorrer unos doscientos metros de dunas, algo que hacía que la
imaginación del niño se despertara, haciéndole creer que era un explorador
que recorría el desierto en busca de un oasis perdido, como la única
esperanza posible de continuar con vida. Al final, tras la última duna, el
muchacho descubría el inmenso océano, que con su color azul contrastaba
enormemente con el paisaje dunar, árido y monótono.
Llegaba tambaleándose, imitando a aquellos sedientos exploradores que
había visto en las películas y cuando se encontraba en la orilla se dejaba
caer, de bruces, en la frescura de aquel mar, cuyas violentas olas lo
rebozaban con gruesas arenas. Así, de aquella manera dejaba transcurrir
unos minutos, mientras la resaca de la orilla lo iba acariciando, hasta que su
cuerpo comenzaba a sentir el frío de las aguas atlánticas. Luego se
levantaba, se acercaba a donde había dejado las cosas y se envolvía
tiritando en la toalla.

Quizá sólo fuera eso, que aquel cuadro le recordase
la infancia, a aquella solitaria playa, donde tantas veces soñó ser el más
osado de los aventureros. Y lo recordaba con cariño, aunque ya entonces la
soledad era su mayor compañía.
En aquel lugar, una mancha de pinos al lado del río y
el mar, acampaban varias familias de diversas nacionalidades. Había
holandeses – recordaba las pecas de Helga con cariño, como se recuerda al
primer amor- belgas – como Frank, el autor del cuadro- alemanes,
franceses y otra familia española , que por el acento debían ser asturianos.
Aquella Babel minimalista y campestre, llenó la mente de Juan con sus más
agradables recuerdos de la infancia.
Recordaba las noches, cuando se juntaban todas
aquellas nacionalidades alrededor de una fogata, parloteando una mezcla de
idiomas, donde el inglés sobresalía entre todas, como lengua de encuentro.
Los chistes y las puyas que se lanzaban en especial los holandeses a los
belgas y viceversa, llenando sus pechos con una vanidad nacionalista que
se esfumaba al siguiente brindis.
Juan podía permanecer con ellos sólo hasta las doce,
luego su madre lo enviaba a dormir a la tienda, ya que era el más joven del
grupo. Allí se pasaba horas escuchando las conversaciones que se filtraban
a través de la tela y que en muchas ocasiones duraban hasta el amanecer.
Él era el primero en levantarse y corría al encuentro del río donde se daba
el primer chapuzón. Siempre iba a aquella curva, la de la cascada, donde
bajo el chorro de agua se formaba un profundo pozo. Allí buceaba, en busca
del tesoro que alguien le había dicho que habían echado a las aguas los
piratas. Nunca lo encontraba, pero no perdía la esperanza, cada mañana
acudía allí y lo buscaba, hasta que hambriento por el baño subía a
desayunar a la tienda, donde sabía que ya todo el mundo estaría despierto
y ya su madre lo esperaba para comenzar a comer.

Ahora observaba el cuadro con atención. El casco se
encontraba ladeado sobre la calavera desnuda, como un guiño coqueto del
soldado muerto. La sombra proyectada sobre la arena, la blanca hilera de
una dentadura perfecta, las concavidades de lo que debió ser la nariz.
A las tres, luego de una rápida comida a la inglesa –
en aquel lugar todos desayunaban y cenaban temprano, copiosamente,
mientras que la comida consistía en unos sandwiches o algo ligero- los
chicos y chicas se dirigían a la playa cercana, donde exhibían la desnudez
natural que una solitaria playa como aquella podía permitir. Juan
permanecía rezagado en la tienda durante un rato, los otros jóvenes eran
algo mayores que él, lo que hacía que no cuajase en el grupo. Pocas veces
los acompañaba, se sentía un estorbo ya que ninguno de ellos le prestaba
atención. Sólo Helga, en alguna ocasión se quedaba para hacerle compañía,
brindándole con su cara pecosa y su sonrisa de quince años, momentos
eternos e inolvidables.
Su otra compañía eran las historias de los libros que
en aquella época leía: recordaba al Corsario Negro, a sus hermanos de
diversos colores; al capitán Acab y al salvaje Queequeg; La isla del tesoro;
Gulliver...
Así se pasaba los días, tumbado al sol, leyendo
alguna historia, o explorando los montes cercanos. Su madre ya le llamaba
el negrito, de tantas horas que pasaba en la playa, su piel había adquirido
una tonalidad caoba y paseaba su negritud veraniega por la solitaria playa,
buscando el lugar más apartado donde dar rienda suelta a sus sueños
aventureros. Algunas veces era el solitario Viernes, antes de la llegada de
Robinson y recorría la desierta playa buscando la huella de un pie humano,
pero sólo las gaviotas dejaban su marca en la blanca arena. Otras veces, se
unía al grupo de los mayores y los observaba en sus primerizas escenas de
amor adolescente, pero a él sólo le gustaba ver el cuerpo desnudo de
Helga, que cada día, como un milagro, se le presentaba diferente y sobre
todo amaba la franca sonrisa que ella le brindaba cuando lo descubría
mirándola.

Pero el cuadro le recordaba también el día en que encontró la
calavera. Fue quizá el último día del verano, de todos los veranos.
Aquella tarde, paseaba su soledad por la playa contemplando la
puesta de sol. Cuando algo que había depositado la marea le llamó la
atención. Vio aquel bulto blanco en la orilla, arrastrado a cada golpe de cada
ola y corrió hacia él pensando que podría tratarse de una pelota. La
sorpresa fue al ver que no era tal, sino una calavera humana, de cuyos ojos
salían unos percebes que allí habían hallado soporte. Juan la cogió y se la
llevó tras una duna, los chicos estaban al fondo y no quería que
descubriesen aquel tesoro. La estuvo mirando durante un rato, intentando
pensar quién sería el propietario, la persona a quién había pertenecido la
cabeza. Hasta que desde el lugar donde se encontraban los otros jóvenes,
llegaron unos gritos angustiosos. Juan dejó la calavera en la duna y fue
corriendo a donde estaban los chicos.
Frank, el pintor belga, estaba agotado y cubierto de
arena, llorando tendido en la orilla, todos gritaban y Juan sólo oía un
nombre “Helga” decían y señalaban el mar, “Helga” decían y algo sobre la
corriente, “Helga” decían y que se había ahogado.
Nunca volvió Juan a ver la sonrisa de Helga, a la que
se tragó aquel océano de su infancia. Pero al día siguiente de su muerte,
recogió la calavera y la llevó al pozo que había bajo la cascada del río.

Daedalus

29/05/2001 - es.humnidades.literatura

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