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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Blanca Barojiana - EL APOLO (Navytale 2009)
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Localización: Hispalis, España
Registro: 21.07.08
Publicado el 11-01-2010 15:04
EL APOLO



Dedicado a MAR




El Apolo era toda una institución entre las chicas de alterne de la zona. Abría todos los días a las seis y media, y sus luces animaban la calle, anunciando la esperanza de un nuevo día. La Cloti llegaba antes de las siete y ya tenía su lugar reservado en la barra: su carajillo y su café antes de irse a dormir, que se lo había ganado.

No era joven pero tampoco vieja, ni guapa ni fea. Si se quitara el uniforme de puta y se pusiera otro de peluquera o de maestra, por poner un ejemplo, le sentaría igual de bien porque la Cloti no creía en nada hacía ya bastantes años, en nada que no fuese la adaptación feroz al medio. Vivía como sin implicarse en sí misma.

—¿Qué tal niña?
—Qué pasa, Rubio: ya ves, rota, hijo, cada día está peor esto. Ponme la leche caliente que estoy helaíta.
—Anda, anda, no te quejes, que ahora te vas a la piltra y mira a mí todo lo que me queda.

El señor Paco ya estaba en su mesita cercana al radiador. Era un viudo que había sido militar y contaba muchas historias interesantes de sus diversos destinos en España. Pero lo que más le gustaba era escribir historias de caballerías, y cada día leía un nuevo capítulo de su nueva novela a la Cloti, que se lo demandaba.

—A ver, señor Paco, ¿qué nos cuenta hoy, qué pasó en el lago?—. La Cloti se giraba sobre la banqueta, hacía oscilar un zapato, y sonreía dulcemente al viejo, como tomándose un respiro de su máscara lujuriosa. Quien la observara atentamente vería aparecer en sus ojos verdes un algo de la pureza de la niñez.
—Pues que se ahogaron todos, hija, qué va a pasar, ja, ja—, se burlaba el Rubio, trajinando con la bayeta para acá para allá.
—Cállate, coño, y tú a tu plancha. Y a ver si quitas los adornos de navidad que ya son horas. Venga, señor Paco, ¿qué pasó?

El señor Paco se ajustaba las gafas, abría el cuadernillo en el que la noche anterior había escrito su nuevo capítulo y con voz entrecortada porque ya no veía casi, pero firme como su apostura militar exigía, daba comienzo a la lectura de las nuevas andanzas del caballero Sin Nombre, en su viaje en busca de la luz del Universo que le diera un nombre y un destino. Había, como en todo libro de caballerías, aventuras, paisajes, magos, dragones, ventas, castillos, y actualmente un lago:

—“El caballero Sin Nombre, hastiado de tanto caminar inútilmente, echó pie a tierra de su fiel caballo Baltrúx, el más rápido caballo que jamás caballero alguno montara y, echando rodilla a tierra, imploró a la dama del lago que le guiara hacia la luz sagrada, porque aunque él ya tenía muy pocas fuerzas, su corazón seguía firme, y solo le apenaba morir sin haber logrado ser nombrado.”

De vez en cuando hacía don Paco una pausa y, alzando los ojos hacia la Cloti, inquiría:
—Qué, ¿cómo va?
—Ay, don Paco, qué bonito. Siga, siga—. El zapato ya pendía del pie sin oscilación alguna, toda la atención de su dueña puesta en el cuento
—Si es que podría usted salir por la radio, don Paco—, metía baza alguna otra a la que la Cloti fulminaba con la mirada, vuelta a su ferocidad por un momento.

Carraspeaba él de gozo. Y así había sido muchos días, durante muchos meses y durante varios años: don Paco leía su capítulo nocturno y la Cloti lo escuchaba en la madrugada, bajo las luces de neón del Apolo, en medio del sonido de la máquina de café, la de cigarrillos, el noticiero de la radio, y el trajín del Rubio de allá para acá.

A la madrugada del día siguiente, de un enero helador, don Paco no estaba en su mesa cuando Cloti llegó. Nadie sabía nada, se habría indispuesto. Cloti se alarmó y exigió al Rubio que la acompañara a casa del viejo, un par de calles más arriba, en la antigua colonia militar. Allá fueron el uno rezongando y la otra resbalando por el hielo hasta partirse los tacones. El Rubio no era partidario de montar escándalo a esas horas, pero ella llamó a todos los telefonillos hasta que la viuda del subteniente Sánchez abrió en bata y, con mal gesto y mirando a la furcia de hito en hito mientras escuchaba sus ruegos, se avino a abrir la casa de su vecino el brigada jubilado Francisco Padrón, cuya copia de llaves guardaba.

Encontraron a don Paco muerto en su cama, con gesto apacible, casi se diría que sonriente, vestido, la luz de la mesita encendida, como si la muerte le hubiera sobrevenido de un exceso de cansancio, sin alharacas ni estridencias. Cloti se le abrazó y se puso a llorar. La viuda del subteniente Sánchez se hizo de inmediato cargo de la situación y le ordenó que saliera de allí inmediatamente.

Sobre la mesita estaba el cuadernillo, Cloti lo cogió y resguardándolo junto al pecho salió de la casa.

De vuelta al Apolo, sentada en su banqueta frente a la barra, esta vez sin zapatos que pudiera hacer oscilar, rodeada de varias compañeras, leyó muy malamente, entre las lágrimas y lo mal que lo hacía, el último capítulo que don Paco dejó escrito:

—“Sentía el caballero su pena, tan honda que todo el vacío le cabía en el pecho, cuando surgió del lago una música bellísima. Alzó él la vista y encontró ante sí a la más hermosa y dulce de las damas, que de las aguas mismas había surgido, y llevaba todo el verdor de las mismas en sus ojos, y en sus manos alzaba la luz de madrugada. Ella le dijo: alzad, buen caballero, que vengo a daros un destino, que es el de que me améis para la eternidad.”

Aquí Cloti lloraba más, se le corrió el rimmel, las lágrimas caían sobre el cuadernillo, y alguna palabra no se podía leer bien, pese a que estuviera escrito con buena letra.

—“El caballero sintió la dicha plena de su corazón y colmadas las ansias de su vida y de su largo viaje, y preguntó cómo habría de llamarse, a lo que la dama le respondió:
—Vuestro nombre ha sido el mismo desde los inicios de los tiempos: Amor Mío.

Entonces, alzó el caballero la mirada hacia su amada, y vio como de los ojos de ella nacía la luz del Universo, y le envolvía, y adentrose en el lago y, tomando su mano, le dijo:

—Yo estaré con vos para la eternidad, luz de madrugada, flor de mi vida, porque mi destino ha sido y será amaros, y no os abandonaré jamás.”


Aquí se acababa lo escrito.

A todo esto ya habían pasado de las ocho de la mañana, y las señoritas de las oficinas y tiendas cercanas empezaron a entrar a desayunar, y algunas se sorprendieron de ver el grupito de la barra, tan a deshora para ellas.

El Rubio quería retirar la mesa de don Paco, para que nadie volviera a utilizarla, pero Cloti le pidió que la dejara, y desde ese día se sienta ella allí a tomar su carajillo y su café, cada madrugada, amparada por las luces de neón del viejo Apolo.



© Blanca Barojiana.
es.humanidades.literatura
11/01/2010
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