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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Diego García - EL REGALO (Navytale 2009)
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Localización: Hispalis, España
Registro: 21.07.08
Publicado el 09-01-2010 19:34
EL REGALO




—Mami... mami...
—El rapaz te llama, Teresa.
—Vigila el fuego, Pedro, avisa cuando hierva... ¡ya voy, mi niño! Mamá está aquí. El abuelo fue donde el pueblo a buscar un jarabe de la farmacia. Mientras vuelva vamos a tratarte la calentura con un remedio que me enseñó la abuela, que ella había aprendido de su abuela, y que su abuela escuchó decir, ¿sabes? que habían inventado hace muchos muchos años unas brujas buenas.

***

El hombre escrutaba en silencio al ser que se hallaba inclinado sobre su lecho, apoyando una mano en la frente del enfermo. Era una mujer enjuta de aspecto gastado, como su ropa, en caminos y en largas veladas de lucha al pie de innumerables lechos.
—Dicen que curas la peste que arrasa el pueblo. ¿Es cierto?
—Es cierto—, replicó Teresa—. Pero el remedio no es infalible. No extirpa el mal siempre, ni en todos los enfermos.
—He visto morir a los aldeanos, mujer. Cura mi cuerpo, aunque me pierdas el alma.
—Mi señor Don Pedro, vuestra alma solo podéis perderla vos. Ahora bien, la enfermedad os devora las fuerzas. Se os hace fuerte dentro. Tomad esta tisana ahora, aliviará la calentura. El resto... lo siento, mi señor...
—No tengo nada que perder, mujer... pero están también mi esposa y mi hijo...

Se abrió la puerta de la estancia y entraron dos hombres. Uno era el fiel criado de Don Pedro. El otro un soldado de una guarnición cercana.
—Disculpadme, señor -interrumpió el criado-, este soldado ha irrumpido en la casa y amenaza violencia si no accedemos...
—No he amenazado nada, mi señor. Dije que tenemos orden del Abad de arrestar y llevar de inmediato ante su presencia a la curandera que se hace llamar Teresa, y que se aloja, según hemos indagado, en estos momentos en vuestra casa... y que ha de ser, si mis ojos no me engañan...

Se incorporó Don Pedro con tremendo esfuerzo, congestionado el rostro por la ira.
—De inmediato... ante su presencia... ¡a quién pensáis que habláis, patán! ¡Soy el señor de estas tierras! ¡Aún conservo las fuerzas necesarias para arrastrar tus huesos de perro ante tu amo! ¡De inmediato!
—No... no... mi señor... no pretendía.
—Calmaos—, terció Teresa suavemente mientras invitaba a Don Pedro a reclinarse, de nuevo, sobre su lecho—.No debéis, en vuestro estado.
—Mientras la mujer sea huésped de esta casa respondes con tu vida de cualquier...
—Mi señor, por favor... Acompañaré gustosa a estos soldados cuando termine de aplicaros mis remedios y de tratar a vuestra esposa y a vuestro hijo, si así lo autorizáis. Es importante atacar el mal antes de que penetre en el organismo, pues en estos casos el propio paciente se mantiene a salvo de la enfermedad.
—Me retiro, mi señor, y no os importuno más si me dais vuestro permiso. Mis hombres y yo aguardaremos la salida pacífica de esta mujer de vuestra casa.

Marchó el soldado y, de nuevo, Teresa y su paciente quedaron a solas en la estancia. Mientras ella le aplicaba el tratamiento acorde a la gravedad de su caso, no podía dejar él de preguntarse quién era aquella mujer menuda de cabellos casi grises y aspecto fatigado. Aquella criatura triste.

—¿Dónde aprendiste, mujer, estos remedios? ¿Qué demonio te los ha enseñado? Puedes decírmelo sin miedo.
—Fue un Abad como el que hoy reclama mi presencia ese demonio. Él encendió en mí la llama del entendimiento, enseñándome a leer y a escribir y permitiéndome, disfrazada de hombre, acceder a la nutrida biblioteca de su Abadía. Allí aprendí el arte de la medicina, que practiqué ayudada por los propios monjes. He viajado por el ancho mundo. No pude visitar el remoto Oriente pero, cerca de Tierra Santa, aprendí con médicos infieles, lo confieso, artes que se ocultan neciamente a los sabios de nuestra tierra. Remedios como aplicar las costras debilitadas de este mal a personas sanas, lo que haré si me lo permitís con vuestros parientes, para evitar que la enfermedad les afecte.
—Yo... nunca conocí mujer que se exprese, se mueva y muestre el entendimiento que muestras tu, Teresa. Aplica tu saber a todas las gentes de mi casa, tienes mi permiso.

Una semana atendió Teresa al enfermo. Cuando aquél agotó sus fuerzas, y el alma le escapó del cuerpo como el último suspiro, la mujer no pudo reprimir el llanto, a pesar de que había visto morir a muchos, a demasiados ya. La consolaría después el pensar que Doña Inés, quien había mostrado en un principio trazas del mal, se hallaba saludable. Y que ni en Pablo, el hijo, ni en el resto de la casa observó durante su estancia allí ningún signo visible del mal. Pero nadie estaba a salvo, se torturaba pensando Teresa, de tanta desolación, de tanta muerte. ¿Qué podía hacer ella, una simple mujer, ante aquello? Los soldados aguardaban. Se entregó pacífica y ellos, pacíficos por temerosos, la escoltaron prestos.

Dos días después de la marcha de Teresa llegó el doctor Francesco, reputado médico de quien se decía que había servido en la corte. Su misión era frenar el desarrollo de la epidemia en aquellas tierras, retenerla allí, lejana, distante. A su llegada supo de la situación, de cómo los aldeanos, guiados por la misteriosa mano de una mujer que parecía tener conocimientos médicos, habían aplicado algunas medidas de sanidad pública útiles para cercar la plaga. Se interesó por los mecanismos que había prescrito aquella mujer. Y quiso, de inmediato, conocerla. Todas sus pesquisas lo llevaron a la casa del principal de aquellas tierras. Entraba en ella recién comenzado el luto por su extinto señor Don Pedro.

Durante el viaje del doctor Francesco, en la Abadía de S*** se desarrollaba el interrogatorio de Teresa. Lo dirigía el Abad en persona, pues la gravedad de los hechos imputados y el relieve de los acontecimientos así lo aconsejaban.

—Explícanos, mujer, de qué artes te sirves para sanar el mal.
—Tisanas, ungüentos, remedios que la práctica de mi arte...
—¿Qué arte?
—La medicina, señor. ¿Qué arte habría de ser?
—Explica los remedios. ¿Cómo los fabricas? ¿Quién te induce las fórmulas? ¿De qué se componen?
—Nadie me induce, mi señor Abad. Conózcalas por el estudio y la práctica exhaustiva de mi arte. Por formación, nada más. Fabrico estos remedios con yerbas, minerales...
—¡Cesa tus mentiras, ramera! ¡Se te ha visto en compañía de reos confesos!
—¿Qué reos, mi señor? ¿Confesos de qué? Si eran aldeanos, se me habrá visto con ellos, sin duda, porque he frecuentado el pueblo.
—¡Basta! ¡Bajadla a la celda, esbirros! Devolvédnosla cuando tenga la lengua más suelta.

Aquella noche se detuvo Francesco, fatigado del viaje, a pocas leguas de su destino. En las celdas de la Abadía de S*** se aplicaban los siguientes tormentos al maltrecho cuerpo de Teresa. Como formaban parte de un meticuloso, planificado sistema para extraer la verdad y obtener la salvación de aquella alma, no podían, en principio, aplicarse con excesiva dureza. Había tiempo.

—Así es que, como has confesado, inspirada por el Diablo mantuviste tratos carnales con el Abad de T***.
—¡Jamás he confesado tal cosa! Pero ahora que lo decís, los tratos carnales con Abades son plato corriente de nuestro tiempo. ¡Y sí, los mantuve con aquel cerdo que me compró a mis padres cuando solo era una niña! El Diablo nada tuvo que ver en aquel negocio.
—¡Ahora dices la verdad! Que sólo el tremendo poder del Anticristo puede inspirarte las pócimas que utilizas para, burlándote de nuestro Señor y del castigo con el que purga nuestros pecados, sanar los cuerpos de los ingenuos a quienes atiendes. Esta es la verdad, mujer. Que eres instrumento de las burlas de Satanás.

"La verdad,” dijo Francesco, “es que eres pasto de la hoguera. Nada puedo intentar por ti. El proceso sigue un curso inexorable. He hablado ante el tribunal de tus remedios; los he utilizado... utilizo algunos en secreto. Sé que no hay nada 'diabólico' en ellos. ¿Pero cómo exponer estos hechos de un modo convincente? Cuando intenté tu defensa se sugirió que podía hablar bajo el embrujo de alguno de tus hechizos. Lo que, en cierta retorcida forma, no deja de ser cierto... y entiendo que..."

—Dejadlo, señor. Os lo agradezco. Si acaso... si acaso concededme un último deseo.
—Pedid.
—Tengo escritos. Un puñado de legajos que hallaréis en esta dirección. Tomadlos y usadlos sabiamente. Consideradlos un regalo de despedida.
—Os juro, Teresa, que vuestra ciencia no se perderá.
—Gracias. Salid ahora. Es suficiente.

El doctor Francesco, célebre médico de la corte, puso fin a varias graves epidemias salvando así incontables vidas. En su vejez los estudiantes pugnaban por servirle para ser formados por él. Se dice que, secretamente, enseñó a mujeres el arte de la medicina. Sabemos que introdujo algunas tisanas originales junto a métodos y tratamientos que, siglos después, nadie sabe cómo llegaron también desde el Oriente. Todo recuerdo de Teresa se consumió en el fuego. Y el polvo fue polvo. Y las cenizas volvieron a las cenizas.

***

El agua hervía. Teresa finalizaba el cuento sobre las brujas buenas que había inventado tisanas que curaban las calenturas. Pronto el abuelo estaría de regreso, con el jarabe, y aquella gripe sólo sería, para Pedrito, un triste recuerdo.




© Diego García.
es.humanidades.literatura
08/01/2010
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