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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© DAL - "Una foto antes de Eva"
Mar
Administrador

Mensajes: 169
Localización: Madrid
Registro: 02.07.08
Publicado el 04-09-2008 10:34
La encontré esa noche, cerca de un contenedor, mientras tiraba
la basura. Lo primero que pensé es que sería alguna fotografía de esas
que vienen siempre de relleno con los marcos: era un hombre joven,
atractivo, con la falsa sonrisa que tienen siempre los modelos en esas
imágenes. Pese a lo estándar de la escena, se notaba en él cierto
magnetismo, con esa melena larga, castaña, y los ojos tan oscuros. Me
la guardé en el bolsillo y paseé un rato por la calle.

No iba a ningún sitio en concreto, tan solo buscaba tranquilidad. Eva
llevaba ya unos meses más extraña que de costumbre, y estar en casa
era como una batalla encubierta. Le parecía estar siempre bajo su
punto de mira, como si ella fuese de repente un francotirador
pendiente de cada uno de sus gestos, esperando que diera un paso en
falso para disparar.

Sonrió. Ya desde pequeño le gustaba lo dramático. Tendía a visualizar
su entorno como el argumento de una de sus novelas. Hasta se
sorprendía a veces buscando el título apropiado para cada
circunstancia, cada experiencia. Según Alex, amigo y agente
literario, sus mejores personajes eran siempre una versión matizada de
él mismo y sus parejas. Otros nombres, decía, otras vidas, pero la
esencia es la misma.

Ella parece pensar lo mismo: hace mucho que no lee lo que escribo.
Aunque eso no me importa demasiado, más bien lo agradezco. La mayoría
de las personas no distinguen qué partes de ti mismo has puesto en un
personaje, y qué has inventado. Antes de Eva, María rompió con él
después de leer uno de sus relatos, dónde el protagonista vivía
aventuras con camareras, solo para atormentarse pensando mientras en
su compañera. Él nunca lo había dudado: ese personaje amaba a su
pareja hasta lo indecible. Sí, cada camarera era un paso más en ese
sentimiento, como un barco que necesitase siempre volver al mismo
puerto.

María. Encendió un cigarro y dejó que sus recuerdos flotaran como el
humo a su alrededor. Ya casi es un sueño, algo irreal. Podría ser todo
un cuento más: el pelo rizado y rojizo, esos increíbles ojos azules.
Los hoyuelos casi perpetuos, danzando en su rostro como alegres notas
musicales. Era bonita, pero lo que más le atrajo de ella fueron sus
manos. Largas, estilizadas, coronadas por uñas enormes, tan
llamativas, enfundadas siempre en esmalte luminoso.

Qué tiempos. Su nombre empezaba a ser frecuente en las librerías. El
dinero venía como por arte de magia y los dedos le dolían de tanto
teclear. Las historias aparecían sin respiro en su cabeza. Y María
adorándole, sacándole fotos mientras él escribía: "esta la llamaré el
hechizo de Manuel". El hechizo de Manuel. ¿La conservaría aún, la
miraría alguna vez, preguntándose qué ha sido de mí?

No, no es probable. La gente tiende a enterrar buena parte de sus
recuerdos, como si el tiempo o un final justificaran el olvido. Él
nunca había estado de acuerdo con eso: más aún, guardaba su pasado
como un perro de presa. No era solo que le sirviera después para
escribir, veía a las personas como la tierra y sus estratos. Las
experiencias van configurándonos línea a línea, pensó finalmente.

Una pareja de chicas jóvenes pasó alegremente a su lado. La más alta
le pidió fuego. "Gracias", susurró, mirándome fijamente. Su amiga le
dio un codazo y las dos se alejaron riendo:

- Oye tía, que está muy bien.
- Anda ya, si es un vejestorio Marta.
- Pues a mi me gusta.

Un vejestorio. Cuarenta tacos ya, Manuel, estás hecho un carcamal. Se
preguntó si las dos chicas serían vírgenes. Más o menos a esa edad, yo
perdí la mía. Aunque perder no es la palabra: la entregué, de corazón,
con la pasión que solo esa mezcla de ignorancia, miedo y ansia puede
desencadenar.

Fue en Madrid. Sí, preciosa ciudad, alborotada, risueña, rebosante
siempre de vida. Manuel tenía veinte años, ella cuarenta y tres. Se lo
confesó unos meses después: siempre le había dicho que tenía cuarenta,
como si esos tres años significaran algo para él. Tres años. Más de lo
que había durado su relación.

- Oye.

La voz de chica le sobresaltó, perdido aún en sus recuerdos. Era la
misma que antes le había pedido fuego. Su amiga aguardaba un poco más
allá, con gesto preocupado.

- Verás, vamos a un bar a ver el partido de esta noche. ¿Te gustaría
venir?

Manuel dudó. Le apetecía compañía, pero esa chica tenía un propósito
muy claro al invitarle.

- Aún no me he comido a nadie, ¿eh?

La chica sonrió y Manuel se decidió. Al fin y al cabo, yo soy el
vejestorio. Se supone que puedo manejar a los jóvenes a mi antojo.
Llevaré cuidado, se prometió.

- Claro, me gustaría mucho. Aunque creo que a tu amiga no le hace
mucha gracia la idea.
- Nada, no te preocupes, piensa que todos los adultos dan asco.
- ¿Y tú?
- Yo no creo que sea la edad, son las personas las que dan asco.
- Estoy de acuerdo.
- Genial. Vamos, no quiero perderme el principio. Yo soy Marta, la
arisca es Susana.
- Un placer, yo me llamo Manuel.
- Venga vamos.


Las dos estudiaban audiovisuales. Pronto, contagiados de la atmósfera
dicharachera del bar, comenzaron a berrear los tres a la vez: eh, eso
es falta. Puto árbitro de las narices.

Para cuando acabó el partido, parecía que nos conociéramos de toda la
vida. Decidieron pillar unas cervezas y acabar la conversación en el
parque. Susana, superada la desconfianza inicial, no tardó en meterse
de lleno en la conversación. Cuando supo que Manuel era escritor, su
mirada pasó a ser de adoración.

- ¿Y sobre qué escribes?
- Pues sobre cosas que me ocurren, o me invento, o sueño. No sabría
decirte, mezcla un poco todo eso y tal vez tengas la respuesta.
- Guau. A mi también me gusta escribir, ¿sabes?

Marta sonrió.

- Acabas de conquistar a santa Susana, señor escritor.


Unas horas después ya habíamos hablado de los problemas del mundo, las
posibles soluciones y de cómo unas cervezas lo camuflan todo de rosa.

Susana se despidió: que mañana tengo examen, anunció. Marta y yo
decidimos pasear juntos hasta la estación de buses del Norte.

- Sabes Manuel, me gustas mucho.
- A mí también me caes muy bien, pero...
- Shhhh. Ya lo sé.
- ¿Qué sabes?
- Que alguien te espera en casa, ¿verdad?
- Sí.
- Ya. ¿Cómo se llama?
- Eva.
- Eva. Bonito nombre. Suena a principio, a paraíso.

Pensé que pasaría si esta noche no volviera a casa. Si fuera a algún
sitio con Marta, la suave, la ardiente y joven Marta. Un hotel. Eso
también suena a principio, me dije. O no, a ilusión tal vez.
Antes de que pudiera decir nada Marta me besó y se fue corriendo.


Volví a casa. Las calles estaban desiertas, salvo alguien que paseaba
a su perro. Recordé la fotografía. La saqué del bolsillo. Al dorso
tenía una frase escrita a mano: "Antes era solo un extraño. Te
quiero, Jorge."

Un extraño. Sí, tal vez antes de esta noche lo fuese. Comenzó a llover
y, por primera vez, deseé estar acostado al lado de Eva, caliente,
adormecido en el vaivén acompasado de su respiración.

Volví al contenedor y dejé la foto donde estaba. Quién sabe Jorge, tal
vez alguien te eche de menos y vuelva a buscarla. Sí, ese sería el
final perfecto para un relato. Miré la ventana de nuestro dormitorio,
me peiné con las manos y subí corriendo las escaleras.

Eva, mi Eva, me esperaba con la luz encendida.


-
dal.

23/01/2002
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