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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Jorfasan - YA SÉ LEER (Navytale 2009)
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Localización: Hispalis, España
Registro: 21.07.08
Publicado el 08-01-2010 10:41
YA SÉ LEER

Dedicado a María




No lo sabía entonces pero al final, ahora que ya hay final y mi padre ha desaparecido, el único recuerdo bueno que guardo de mi padre aconteció durante las navidades previas a mi sexto cumpleaños. Tampoco lo sabía entonces pero ese suceso que ahora relataré estuvo siempre presente cuando pensaba en mi padre. Al comienzo como un suelo fijo y sólido desde donde, como todos los niños, levanté el ninot de el padre. Hasta el verano de los diez años. Y luego se quedó enterrado en la memoria, no muy profundamente, ya que accedía a él cuando trataba de entender el comportamiento de mi padre con ojos de niña grande, cuando me procuraba relatar a otros, a pocos, lo que era tener un padre alcohólico, un padre débil y un padre con cáncer incurable en su autoestima. Ni siquiera perdió fuerza como tal. Dejó un día de ser el contrapeso de su carácter y se quedó fosilizado como el único buen recuerdo. Sellado en una pelota de resina mate cada vez menos pegajosa, en medio de un millar de recuerdos amargos.

Estaba yo, en aquellas navidades de los cinco años largos, con un libro de mi hermano mayor titulado "ya sé leer". Un libro que estaba deshecho por el abuso como objeto arrojadizo al que había sido sometido. Su encuadernación de hilo apenas mantenía algunos de sus cuadernillos unidos. Lo abría con cuidado porque sus hojas hacían rápido uso de los vectores de fuerza centrífuga y se deslizaban hacia afuera, lejos del libro. Pero era mi libro. No sabía leer. Reconocía alguna letra pero tenía memorizadas varias páginas que impresionaban a las visitas navideñas. Llevaba el libro a todas partes bajo el brazo. Yo no tocaba el piano como mi madre hacía de niña, ni hacía las monerías simiescas de mi hermano. Así mi madre y yo teníamos ensayado el conocido número de "María, laztana, demuestra estos amigos qué bien sabes leer, fijaos, con sólo cinco añitos". Y yo, ufana, abría por mis páginas y leía pasando el dedo por las líneas como mi madre me había enseñado. Las caras de admiración de los invitados eran atenuadas por la sonrisa de mi madre, que derivaba en una carcajada muda y rotunda. Indicaba por gestos a sus invitados que no sabía leer y que no era una demostración de precocidad lectora sino de mi buena, mi excelente memoria. Los aplausos y vivas cerraban mi pasapáginas que me llenaban mi siempre pequeña tacita de orgullo.

El día de Reyes mientras yo me paseaba por entre los juguetes que habían llegado a casa desde Oriente, una muñeca Cleo captó mi atención. Esbelta, sonriente, con pecas, morena. Con mucho cuidado dejé el libro al borde de la mesa de café y me acerqué a Cleo. No sé el tiempo que pasé sentada, mirando, escrutando, inquiriendo en silencio, escaneando como si de una larga digestión se tratara, hasta que levanté la muñeca en el aire y vi que sólo mi padre me estaba mirando. Mi hermano y mi madre se habían ido a la cocina. Pensé en ir hacia allá ya que mi padre no mostraba nunca interés por mis cosas. Al girar para incorporarme rocé con mi hombro y tiré al suelo el libro "ya sé leer". Cayó de canto, rebotó, se retorció un poco y se desparramó, escupiendo páginas en dos golpes a cierta distancia, uno en el canto y otro al rebote. Dejé a Cleo en la mesa y acudí al auxilio del libro. Recogí las páginas del libro, todas dispersas, y las agrupé todas seguidas. Algunas se me cayeron en la maniobra y volví a incorporarlas, giradas, boca abajo, como podía. Al abrirlo para comprobar su estado, su funcionamiento, el libro era otro y no podía reconocerlo, nada estaba en su lugar. Mis amadas tres primeras lecciones no estaban. Miré el suelo y verifiqué que no faltaba ninguna díscola hoja. El grosor era el de siempre y supuse que estaba todo. Estupor. Era un libro extraño. Un libro imposible de leer. Mi padre había visto todo el incidente, se me acercó y viéndome al borde de las lágrimas me quitó ese libro raro y remoto, me consoló con un "no te preocupes, vamos a ponerlo bien". Le miré pero no le veía, hundida como estaba en el disgusto. Abrió el libro y con un gesto lo deshizo casi todo, contempló con interés ese desconocido volumen, colocó los cuadernillos en el sentido correcto. Y ante mis ojos inició la restauración mágicamente. Aparecían de entre el bosque perdido de hojas, justo las que seguían a lo que tuviera en la mano. Musitaba "y ahora van éstas" y lo repetía con naturalidad. Dulzura. Yo conocía bien todo el contenido en su orden original y resultaba asombroso como lo recomponía. El cuadernillo de la tercera lección lo restauró lentamente ya que se habían dispersado todas sus páginas, ya sin hilo alguno. La precisión me pasmó al instante. A cada acierto sentía un alivio que me calmó primero y —sin pasar por el regocijo— me dejó en las nubes de la admiración total. Las lágrimas cayeron ociosas cuando mis ojos se abrían más y más al ver cómo mi padre, que nunca había abierto mi libro, recomponía su contenido. "Mira ahora van éstas" me decía. En menos de dos minutos todo el desastre había desaparecido. Mi padre me entregó el volumen y también la muñeca Cleo. Contemplé a mi padre con un pasmo nuevo, verdadero. Con los años se engrandeció más porque él no pareció darle importancia alguna. Mi agradecimiento duró años. Precisos conocimientos numerológicos y la revelación de las penas familiares vaciaron, nunca completamente, de admiración aquel recuerdo. Una anécdota que por ser única resultaba, cada vez, más dura de contar cuando intentaba explicar a otros cómo era y cómo había sido mi familia. De cuando mi padre, una sola vez, fue como un rey mago.



© Jorfasan
es.humanidades.literatura
07/01/2010
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