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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Gsmiga - COMO TODOS
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Registro: 21.07.08
Publicado el 11-12-2009 10:54
COMO TODOS




Mientras me estaba dando a beber el té a sorbitos, me fijé en sus manos. Son pequeñas y bien formadas. Suaves igual que su apariencia. Me dio un poco de vergüenza cuando me limpió los labios babeantes. Soy consciente de mi condición, y no comprendo cómo no le doy asco. Claro que está cuidándome porque es su modo de vida. Pero me trata de una forma...; le estoy agradecido, pero además me atrae. Tarde, muy tarde ya para mí. Soy viudo hace ya 15 años. Nunca volví a tener una relación estable con otra mujer. Mis necesidades "fisiológicas" las aplacaba con profesionales. Buena gente también. Siempre encontré solaz y consuelo en brazos mercenarios...

Hace ya un año que me cuida. Desde que me quedé tullido del lado izquierdo. Solamente puedo usar mi brazo derecho, temblón igual que mi pierna. También tengo la boca torcida, y babeo cuando bebo porque carezco de control sobre los músculos faciales del lado izquierdo. Soy una ruina desde hace ya demasiado tiempo. Y quise morirme. Pero, a pesar mío reconozco que desde que Lara está a mi lado..., me siento mejor.

Por la noche, después que mi hija Leonor se va, ella se quita la bata y se sienta en un escabel a mis pies y me lee el periódico. Lo hace porque con torpes balbuceos le hice saber que la vorágine de la televisión me aturde. Agradezco más el silencio... y el sonido de su voz queda, suave y... agradable.

A las mañanitas, cuando acude a mi cuarto a levantarme, siento su olor a mujer joven y sana. Y aspiro con delectación el aroma de su cabello suelto, que roza mis mejillas. Cuando hay suerte lo siento sobre la parte sensible de mi rostro y noto una sensación turbadora...salvaje y lene al mismo tiempo. Y me agarro a su cintura, suave y firme y cálida con mi brazo bueno. Y noto sus hechuras de mujer en sazón y reclino mi cabeza sobre sus pechos firmes y olorosos... ¿Soy un sátiro inválido? Tal vez. Pero el contacto con su cuerpo me recuerda aquél que fui, y me demuestra que sigo vivo... porque tengo pasiones y sentimientos.

A mediodía viene Leonor y hace su acostumbrada visita de médico...

—¿Cómo pasó la noche?
—Muy bien, doña Leonor. Le hacen efecto las píldoras del doctor Borrajo.
—¿Y cómo lleva la recuperación?
—Bueno, después de venir de rehabilitación, procuro pasearlo por el pasillo... hasta que se fatiga...

Sí, paseo amarrado a ella, y me imagino que la llevo agarrada por la cintura en algún lugar hermoso. Un parque con castaños y robles, y eucaliptos al borde de un riachuelo murmurante... Locuras de viejo inválido... Ayer, cuando me limpió la boca, la miré fijamente, al fondo de sus ojos azabache. Y ella me miró también con simpatía. Sostuve el encuentro visual y ella se fijó en mi escrutinio y me sonrió con dulzura. Traté de agarrar su mano y apretársela... y ella me apretó la mía... Soy consciente que ningún sentimiento puedo despertar en ella. No tiene otra ocupación que cuidarme, cuando debería estar gozando de su vida. Pero tiene necesidad de ganar el estipendio que percibe por atenderme. Aún así, consciente de mi completa inanidad, trato de hacerle notar que...no me es indiferente.

Sé que no me voy a recuperar, y cuando no la tengo delante pienso que mi actitud está influida por mi soledad, y por mi único contacto con ella, que es la única persona que me hace recordar que fuera del estrecho ámbito a que estoy reducido, existe un mundo vibrante de vida, de gentes completamente sanas y felices... como fui yo hasta hace un poco más de un año. Por eso —cavilo— le estoy agradecido a Lara, y por eso trato de hacerle saber mi disposición hacia ella. Pero cuando me da de comer, y observo la perfección de sus muslos, que rozan mis rodillas, y noto la suave curva de su vientre cuando se inclina a meter la cucharilla en mi boca, todo mi especioso razonamiento se viene abajo y creo que siento por ella algo más que agradecimiento. Mucho más.

Me desespera que me asee y me limpie la boca... Siento la humillación que representa condenar a una mujer joven y bella y bondadosa a contemplar las miserias físicas de un viejo inútil y valetudinario. Pero... en medio de esa desesperación... no siento vergüenza de que descubra mi más recóndita intimidad. Me parece que existe entre ambos una especie de vínculo que hace natural que contemple la ruina en que me he convertido. Disparates. Ni mi propia hija, unida a mí por el más estrecho vínculo conocido, que es el de la sangre, puede evitar la repugnancia que le produce mi estado. Sí, tiene obligaciones que cumplir. Marido e hijos que ya no necesitan un cuidado constante. Por eso creo que... usa mi dinero para no someterse a la exigencia moral de cuidar a su padre inútil. Y es esa convicción la que me hace apreciar, doblemente, lo que hace Lara por mí.

Anoche, cuando acabó de leerme el diario y me tomó por la cintura, yo me agarré a la de ella como náufrago a tabla de salvación. Debí apretarla más de lo corriente porque me sonrió y me dijo-el señor va recuperando su fuerza, eso está muy bien-; y yo metí la cabeza en su cuello y aspiré el perfume de su pecho saciando mi ansia. Me acarició la cara y me acostó, luego de ponerme el pañal nocturno. Cuando lo hacía volvió a sonreír graciosamente y, muy suavemente me dijo moviendo su rostro hermoso

—¡Ah, los tiempos cambian! ¿verdad, señor? —, y yo hice una mueca de disgusto, pero no me molestaba tanto la exhibición de mi miseria, como la posibilidad de que notase mis sentimientos hacia ella.

Cuando me dejó aposentado en el lecho, me dí cuenta que lo que más he temido en mi vida ha sido el ridículo. Por eso, en medio de mis cogitaciones de viejo moribundo, temí que estuviese al tanto de la pasión que despierta en mí. Nada más patético que el viejo baboso "enamorado" de su cuidadora. Para morirse de vergüenza. Recordé su sonrisa cuando me dijo que los tiempos cambiaban. Tuve la completa seguridad de que había adivinado mi estado anímico. Las mujeres "saben" cuando son deseadas... Bien... ¿y qué?, me dije, ¿acaso no estoy vivo aún?; ¿puedo tener dominio sobre mis deseos? El que diga que controla sus pasiones... puede que piense que es cierto, pero apuesto doble contra sencillo que no es así. ¿A qué venían aquellas "disciplinas" que se aplicaban algunos santos para dominar su carne rebelde? Si se daban con la tralla es porque no tenían otro recurso mejor para doblegar sus ansias. Pero eso no es "dominar" nada, sino "someter" los anhelos pasionales al rigor de un castigo horrible. Somos como somos... porque nos "fabricaron" así...

Las malditas píldoras de Borrajo no impiden que pase la noche en un leve duermevela, que me hace desear la mañana, cuando comienzo a oírla como se mueve por la casa mientras a mí me consume el ansia de sentirla otra vez junto a mí. Es... el mejor momento de mis días. En realidad, nada mejor puedo esperar. Hoy, después de asearme y vestirme, fui agarrado a su cintura hasta la sala. Allí me sentó en el sillón y se dispuso a darme el desayuno. Estaba hermosa, con su rostro iluminado por la energía que a la gente sana le presta el comienzo de un nuevo día...

—Ess... ess... ta... ass —no pude seguir diciéndole que la encontraba hermosa como una mañana de mayo...
—No se esfuerce, señor, comprendo que me quiere decir algo bueno —me respondió con dulzura.

Le sonreí agradecido. Pero supe que jamás conseguiré susurrarle una palabra de amor. ¿Vergüenza? ¿De qué? El corazón no envejece. Sé que soy un trasto inútil, pero soy capaz de sentir por ella algo que había olvidado completamente. Cuando me limpió la boca, intenté besarle la mano, y ella me acarició la mejilla con ternura. Si ella se imaginase lo que pasa dentro de mí... ¿cómo reaccionaría? Estoy seguro de que si pudiese expresar lo que siento por ella no se ofendería. Creo que no me tomaría en serio, pero... no le desagradaría sentirse admirada por mí.

Ahora la veo sentada frente a mí en el escabel. Está leyendo el periódico con su voz cálida, y yo admiro la silueta perfecta de su cabeza inclinada sobre el papel, y las líneas puras de su rostro. No estoy escuchando lo que lee, sino deleitándome en su presencia cerca de mí. Por un momento imagino que nos levantaremos, y cogidos de la mano caminamos juntos hasta "nuestra" alcoba para reposar una noche más después de amarnos plenamente...

Empiezo a encontrarme raro, y la miro angustiado. Quiero mover el brazo sano y tomarle la muñeca, pero mi mano buena cae a lo largo del brazo del sillón sin fuerzas. Se da cuenta y me mira atentamente...

—¿Se encuentra bien, señor?

No puedo hacer otra cosa que mirarla, quiero llevarme el recuerdo de su rostro allá donde me vaya...

—Será mejor que lo acueste...¿quiere?

Muevo débilmente la cabeza. Lo que quiero es tomarla de la mano y sentir su suavidad en la mía...

—Vamos, señor... poquito a poco...

Estoy sentado en mi cama, mientras ella prepara el pijama y la ropa higiénica de la noche. Tengo necesidad de decirle algo antes de que me ocurra cualquier cosa... Se vuelve hacia mí y yo me reclino sobre mi inútil lado izquierdo. Aun tengo fuerzas para asirla por la mano...

—Aaa... quíii —balbuceo.

Me mira sin comprender, y hago un gesto con el dedo señalando el lecho.

—Mii... laddooo —parece comprender y se acuesta enfrente de mí.

Trato de mirarla convencido de que sabe lo que le digo con los ojos. Ella me observa interesada en mi estado, y yo le paso mi brazo por la cintura y hago un débil esfuerzo para atraerla...

—Teee...uiierooo —susurro agotado.

Ahora ya no la veo, solamente la siento a mi lado y eso me basta. Noto como una somnolencia que me hace ir perdiendo la noción de las cosas... Me parece que algo cálido y suave roza mi mejilla, al tiempo que percibo lejanamente un aroma muy agradable... dulce... fresco...

—No sufras, Leonor, ha muerto sin sufrir —el doctor Borrajo hizo un gesto de resignación encogiéndose de hombros.
—Entonces...se quedó como un pajarito... ¿verdad?
—Sí, en medio de todo... ha tenido una muerte "dulce"...
—Gracias a Dios. Discúlpame un momento, voy a llamar a casa porque necesito que mi marido se ocupe de los trámites precisos...

La mujer abandonó la sala y Borrajo se fijó en la otra mujer que quedaba en la habitación. Se dirigió a ella.

—Ha tenido suerte de que usted estuviese con él. Hizo bien en llamarme enseguida, aunque lo que ha ocurrido era... de esperar...
—Entonces... ¿no tenía remedio?... Usted ya sabía que...
—Desgraciadamente el tipo de ictus cerebral que padeció hace año y medio era de los que terminan así...
—¿Lo trataba usted siempre...?
—Hace veinticinco años que soy el médico de la familia... Más que médico, amigo de la casa ya...
—¿Cómo era, doctor...?

El médico la escrutó fijamente. Luego, muy despacio y sin dejar de mirar a Lara atentamente, respondió.

—Era... era... como todos... —y abandonó la habitación.




© Gsmiga
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10/12/2009
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