Portada · Noticias · Faq · Contacto · Colabora 26 Enero 2022 21:24
Navegación
las Ediciones
VSnail beta 1.0
Iniciar Sesión
Nombre de Usuario

Contraseña



¿Aún no eres Miembro?
Pulsa aquí para registrarte.

¿Has Olvidado tu Contraseña?
Pulsa aquí para solicitar una nueva contraseña.
Pergaminos
Sindicación
Foros Noticias
Textos Enlaces

Comunidad
Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Dal - Las Montañas de Fuego. I - El Clan de la Luna
fw
Super Administrador

Avatar Usuario

Mensajes: 675
Localización: Madrid, España
Registro: 25.06.08
Publicado el 11-11-2009 22:55
I. El Clan de la Luna

Los dos niños salieron corriendo de la modesta torre. Reían y se empujaban mutuamente, intentando desestabilizar al otro en su carrera. Poco después les siguió una niña pequeña aferrada a su muñeca de madera, concentrada en alcanzar a sus hermanos que se acercaban ya al bosque. La niña detuvo su carrera, observando como ambos se perdían en la espesura. Frunciendo las cejas se colocó la muñeca a la altura de los ojos:

- Algún día seré más rápida que Breon. Más fuerte que Dramal. Y ese día les patearé el culo por lo que te han hecho, Mocka.

La muñeca, con un brazo humeando todavía, no respondió.

Breon cogió aire y saltó el tronco que se interponía entre la victoria y él. Dramal le seguía apenas unos pasos atrás, buscando el impulso final que le permitiera adelantarlo, alzó la cabeza y se detuvo ante el árbol caído que poco antes saltaba su hermano. Intentó hablar pero no lo consiguió. Breon aún no los había visto, confiado por las muchas veces que habían recorrido el sendero, había girado el rostro para ver a cuánta distancia estaba su perseguidor.

Entonces se topó con el más grande. El enorme orco apenas pareció acusar el golpe, sin embargo el niño salió despedido hacia atrás como si hubiera chocado con una montaña. Dramal avanzó lentamente los pasos que le separaban de su hermano y le ayudó a levantarse. Los orcos les miraban con atención. El gigantesco guerrero con el que había topado Breon ladró una orden y un orco más pequeño se adelantó unos pasos, teniendo especial cuidado de quedar siempre por detrás del gigante.

- ¿Guerreros? ¿Caballeros?

Los dos chicos le miraron sorprendidos.

El orco carraspeó: -¿Guerreros? ¿Armas?

Dramal miró a su hermano antes de responder, que se encogió de hombros: - ¿Quieres saber si somos guerreros?

El orco asintió visiblemente satisfecho, mirando de reojo al gigante. Sacó su espada y se la mostró a los pequeños: -¿Caballeros?

Los dos niños negaron con la cabeza: -No somos guerreros, sólo campesinos. El orco les miró confundido y Dramal se agachó, cogió una bellota y la enterró en el suelo-

El gigante asintió y volvió a emitir una orden seca y tajante.

El resto de la partida desenfundó las armas y comenzó a correr por el sendero en dirección al pueblo. Pasaron junto a los chicos como si fueran piedras insignificantes. Dramal y Breon se los observaron hasta que se perdieron en la espesura. El gigante seguía observándolos con atención. Extendió la enorme mano y sopesó las ropas de los chiquillos, su cabello.

Del pueblo comenzaron a llegar gritos horrorizados, ruidos metálicos y gemidos de dolor. Los ojos de Dramal se llenaron de lágrimas. De repente el gigante, en un movimiento, sacó su acero y el enorme espadón segó la cabeza del niño, que cayó sobre el camino. Su cuerpo le siguió unos instantes después, golpeando el suelo como un saco inerte.

Breon contemplaba paralizado la cabeza de su hermano, hasta que la rabia se impuso. Apretó los puños y se encaró al gigante, que había vuelto a enfundar la terrible arma y parecía ahora más interesado en los horrososos lamentos que se elevaban del pueblo. Breon, con la rapidez de una serpiente, recogió una piedra y se lanzó con ella sobre la rodilla del orco. Apenas antes del impacto la mano del gigante volvió a moverse como el viento, golpeando como un ariete al niño, que se elevó unos metros hasta caer pesadamente sobre la hierba.

Se levantó. La cabeza le daba vueltas, el brazo izquierdo colgaba de su hombro como una fruta madura y hasta andar levantaba un volcán de dolor, pero Breon se irguió, recogió de nuevo la piedra y avanzó hacia el espantoso demonio. Éste se volvió pero no hizo ningún gesto, simplemente le miraba.

Como a una babosa - pensó Breon- Me mira como si fuese una hormiga o un insecto.

Aún así siguió avanzando. Los gritos en el pueblo cesaron de repente y el gigante se puso en marcha. Se irguió frente a Breon, le golpeó de nuevo y se lo cargó al hombro con una sola mano. El muchacho tenía un ojo tumefacto e hinchado, pero el otro aún veía mientras el ser caminaba por lo que había sido su hogar. Los cadáveres estaban por doquier, en las posturas más extrañas que el chico podía imaginar.

Algunos orcos quemaban las casas o remataban a los heridos, mientras
empujaban a varias mujeres hasta el corral donde guardaban el
rebaño en invierno. Otro se presentó ante el gigante: una niña pendía
inconsciente de su mano. El jefe ladró una orden y el guerrero tiró la
niña al suelo. Breon le siguió un poco después, cayendo sobre el brazo
lastimado y gritando de dolor.
El orco le propinó una patada que le sumió en la oscuridad.

- Yo soy Maskroc. ¿Cómo os llamáis, humanos?

Breon abrazó a su hermana y miró al pequeño orco con desconfianza. Éste meneó la cabeza disgustado y se llevó la mano al pomo de la espada.

- No volveré a preguntarlo.

- Breon... Breon. Ella es Miridia.

- ¿Hermanos?

- Sssí.

- Ya veo. Curioso. Breon, ¿sabes qué ha pasado aquí?

- Habéis asesinado a mi hermano. A mis padres... A todo el pueblo. Sois bestias, demonios...

- No Breon, no a todos. Las mujeres del cercado nos darán placer y
luego morirán. Si alguna grita lo suficiente, tal vez las dejemos
ir... Cuando todos los guerreros hayan acabado, por supuesto. Si
sobreviven sería un milagro, pero Alsork es generoso, y solo los
dioses saben quién las encontrará primero: la muerte, los lobos o los
hombres.
Tu hermana tiene suerte, ella sólo deberá complacer a Alsork el
Matadragones. Si después sigue viva, podrá irse.

Su hermana miró al orco sin verlo. Sus ojos, perdidos, no reflejaban nada. Breon se estremeció.

- Os mataré. A todos.

El orco asintió: - Perderías el tiempo: todos estamos ya muertos. Hemos sido bendecidos por Grunstag, dios de la noche. No puedes entender qué significa eso... Aún no. Pero tal vez llegues a hacerlo. Maskroc soltó una carcajada. Pateó al muchacho y cogió a Miridia.

Unos metros más allá, Alsork el Grande observaba. Maskroc le entregó a la pequeña. El gigante cogió a la niña, le arrancó la ropa y la tendió en el suelo. Breon se levantó a la carrera. Maskroc se volvió, sonriendo, y desenfundó la espada...

Una flecha negra pareció brotar de su frente. El pequeño orco, sorprendido, cayó al suelo. El gigante desenfundó la espada, un silbido salió de la espesura y Alsork interpuso fulgurante el antebrazo a la flecha, a un palmo de su cabeza. A su alrededor la compañía de orcos formaba y protegía a su señor.

El caballero salió tranquilamente del bosque, con la ballesta a la espalda. Su armadura negra, sin adornos, sobresaltó a las bestias, que comenzaron a murmurar.

- Orcos, estáis muy lejos del vuestras montañas.

Alsork contempló la espesura.

- No te molestes, guerrero. Tenéis tantas flechas apuntando a vuestras horrendas cabezas que dudo que uno sólo pueda llegar hasta mí. ¿Cuántos sois, escoria? ¿Treinta? Bueno, ahora uno menos, claro. Suelta a la niña. Chico, ven conmigo.

El gigantesco orco puso un pie sobre la muchacha, impidiéndole levantarse. El resto apretó sus armas. Alsork gritó y cinco guerreros se lanzaron contra el caballero.

- Mierda.

El caballero descargó la ballesta contra el pecho del primero, desenfundó su espada y corrió hacia el bosque.

Alsork contemplaba el bosque. Ni una sola flecha salió de la espesura. Sonrió. Hizo un gesto y el resto de la compañía se precipitó contra el caballero: - No le matéis. Traedlo vivo y encenderemos un buen fuego para...

Un aullido sonó en el bosque, seguido de varios gritos. Dos orcos salieron del bosque a toda prisa, pero un relámpago negro se les echó encima. Aún con la armadura negra, el licantropo desgarraba y mutilaba a los austados orcos. Los guerreros que iban hacia el bosque no se amilanaron, formaron una cuña erizada de espadas y acero, y avanzaron contra el monstruo.

Sus ojos rojos se volvieron hacia ellos mientras un salto prodigioso lo precipitaba en medio de la formación. Una lluvia de sangre y miembros acompañaban sus enormes garras en cada movimiento. El acero que chocaba con su armadura apenas parecía imporarle. Miraba a Alsork mientras asesinaba a los orcos, avanzando siempre hacia él.

Alsork asintió. Desenfundó la espada y la clavó en la nuca de la niña. El licantropo aulló y saltó de nuevo hacia él, ignorando a la decena de orcos que le atacaban. Alsork afianzó las piernas y esperó. El lobo impactó con el gigante, sus zarpas apartaron el espadón mientras sus fauces buscaban la garganta del orco.

Este asestó un golpe terrible en la cabeza del lobo, que retrocedió un paso mientras hundía su zarpa derecha en el muslo de Alsork. Éste gruñó y le propinó un codazo. Liberó la espada y la hundió en el cuello del licantropo. Un chorro de sangre salpicó a ambos, mientras el resto de orcos se abalanzaban sobre el monstruo.

Breon se sobresaltó cuando una zarpa lo pusó en pie. A su alrededor, cientos de licantropos de ojos rojos, armadura negra y espadas plateadas observaban la pelea.

Alsork clavó de nuevo la espada y el monstruo cayó al suelo, golpeado por el resto de orcos. El gigante soltóun rugido de triunfo... y contempló atónito a los licantropos que los rodeaban, con las espadas desenfundadas. El que ayudó a Breon a levantarse gruñó y los lobos avanzaron contra los orcos. La carnicería apenas duró un minuto. Cinco lobos se echaron sobre Alsork, mutilandolo salvajemente.

Breon corrió hacia su hermana, pero el lobo que estaba junto a él lo detuvo.

- Está muerta. Y también ellos estaban muertos. Estás rodeado de muertos, chico, ve acostumbrándote. Me debes la vida... libera a esas mujeres, diles que sigan el curso del río de Plata hasta que encuentren ayuda y después ven al bosque. Uno de los lobos te esperará en la espesura y te guiará de nuevo a mí. Yo en tu lugar no lo haría esperar, podría entrarle hambre mientras espera... ¿entendido?

Breon asintió. Todos estaban muertos. Dramal, sus padres... Miridia. La pequeña que siempre le gritaba e intentaba imitar todo lo que él hacía, ya no estaría allí. Malditas bestias. No pienso llorar: los mataré. Los mataré a todos.

El licantropo lo observaba con sus ojos rojos, asintió como si pudiera leer sus pensamientos y le puso la zarpa en la cabeza:

- muchacho, yo soy Aradyr, capitán del clan de la Luna... y ahora tuyo. Me debes la vida: no lo olvides nunca, porque yo no lo haré. Matar... matarás. Cuando llegue el momento. Ahora, haz lo que te he dicho.


---
Saludos,

Dal
http://www.vecindiario.es
Saltar al Foro: