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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Gsmiga - EL JUICIO (Tercera Parte)
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Registro: 21.07.08
Publicado el 06-10-2009 16:15
X.


—Oiga, sargento, ¿qué es lo que me mandó?—, la voz de don Ildefonso Suanzes resonaba con timbre vindicativo en el auricular que Gamallo apoyaba en su pabellón auditivo—. Esto no hay por dónde cogerlo, no se puede sacar nada aprovechable.
—De momento, Señoría, hay la declaración de reconocimiento de la víctima de una presunta violación sobre su agresor. Es una prueba directa de la comisión de un delito...
—¡Venga, hombre, no pretenda enseñarme mi oficio! O sea, que ahora cualquier señora puede fijarse en algún aspecto físico llamativo de algún varón que desee fulminar, y lo acusa de violarla aduciendo como prueba ésa característica corporal. ¿Dígame, dónde están las pruebas de que la señorita... estee... sí, Ramírez, ha sido violada por el señor Blanco? ¡Nada! Ni denuncia inmediata del delito, ni pericia médica, ni testigos ocasionales, ¿qué me envía aquí, sargento?
—Verá, Señoría, la víctima en cuestión se presentó a denunciar a raíz de la información aparecida en el periódico que...
—¡Ésa es otra! —cortó el juez— ¿Se ha parado a pensar que puede ser una muchacha ansiosa de notoriedad? ¿O una histérica de ésas que se imaginan ser víctimas de los delitos que oyen en la radio?
—Señoría... de la primera imputación sobre deseo de notoriedad, bien se alcanza a cualquiera que es inocente, dada su reluctancia a denunciar... hasta que leyó en la prensa...
—¡Oiga, sargento, yo no "imputo" nada a nadie! Hablaba en sentido figurado. Y bien se me "alcanza" que precisamente pudo decidir aprovechar la notoriedad que el caso mostraba en la prensa, para atraerse... cierta cuota publicitaria. ¿Y quién nos dice que no tiene algún motivo de animadversión contra el Benigno Blanco ése, y lo denunció para vengarse?, una vez creyó que podría hacerlo tratando de pasar por una tierna muchachita. En cualquier caso, yo no puedo abrir sumario con tan escasa, por no decir nula, base fáctica. Imagínese lo fácil que lo tendría el abogado defensor del acusado para cortar dos orejas y rabo ante una acusación sin pruebas, ni testigos, ni pericias, ni nada de nada. Quiero que sepa que el señor Fiscal, que ha leído su "obra maestra", está de acuerdo conmigo. Sepa usted, sargento, que tenemos que ser conscientes de la escasez de los recursos públicos destinados a la administración de justicia y no malbaratarlos sosteniendo acusaciones imposibles que ocasionan cuantiosos gastos al contribuyente, y terminan, indefectiblemente, en la sangrante burla de la justicia y sus representantes.
—Señoría, aprecio y acato sus argumentos. Pero el hecho es que se ha denunciado un delito ante mí, y como agente de la autoridad, mi obligación inexcusable es ponerlo en conocimiento de la justicia. No he podido aportar más datos que los que obran en el atestado que tanto lo indigna, pero estoy seguro de que la víctima ha sido vejada, humillada y agredida en su intimidad. Cuestión diferente es que pueda acreditarlo suficientemente en sede judicial, pero ante todo, estimo que debería darse audiencia a la víctima... supuesta...
—¿Se da usted cuenta que si decido oír a la... supuestamente... agredida, debo oír también al acusado, y eso dará lugar a la obligación de admitir su personación en la apertura del sumario, y tendremos ya montado el tiovivo judicial con abogados, acusadores, ministerio fiscal... y toda la "metralla", bajo unos hechos... "supuestos", sin la mínima apoyatura..., y que eso es, precisamente lo que un juez consciente de sus deberes y funciones debe tratar de evitar?
—Señoría, tengo serios motivos, que no puedo certificar de momento, sobre la posible relación existente entre la supuesta violación y la agresión sufrida por el señor Blanco en la misma noche de autos. De momento, le rogaría que se le pusiese bajo control del forense para que aprecie la evolución de sus heridas.
—Bien. Eso se puede realizar. Ustedes mismos pueden darle aviso de que se presente a reconocimiento médico. Envíe a alguien a por la citación oficial, y se le llevan al interfecto. También podríamos enviar al agente judicial, pero tardaría más tiempo porque debe entregar otras citaciones y hay que guardar turno...
—Prefiero la primera alternativa, Señoría. Enviaré a alguien a recoger la citación. ¿Y qué me dice de abrir una encuesta judicial para dilucidar si el asunto merece que se abra sumario?
—No veo la necesidad de semejante recurso, que se utiliza en casos dudosos pero con un nivel fáctico suficiente, y desde luego muy superior al que usted me proporciona en el atestado... Pero como es un recurso más económico que la apertura de un sumario destinado al archivo, podremos considerar su solicitud si el Ministerio Público está de acuerdo. Le llamaré para hacerle saber mi decisión.
—Muchísimas gracias por su atención, Señoría. ¿Ordena usted alguna cosa más?
—¡Yo qué le voy a ordenar! Le rogaría, aunque sé que es perfectamente inútil, que tuviese más piedad con los recursos públicos, que el dinero no crece en las ramas de los árboles. Buenos días, sargento.
—Buenos días, Señoría...
Don Ildefonso colgó con malhumor el auricular. Estaba harto de hacerle entender a los agentes de la justicia, que no todo delito denunciable puede ser perseguible. Lo ideal sería que ningún abuso quedase impune, pero la ley exigía cautelas que, por su misma naturaleza impedían ciertas acciones destinadas a esclarecer hechos que permanecerían oscuros para siempre. Era una desgracia, pero la justicia, como toda aspiración humana, tenía unos límites y reflejaba unas manifestaciones imperfectas, fruto de las carencias de la naturaleza falible de sus promotores, hombres al fin y al cabo.
Se sirvió un vaso de agua, de la jarra que tenía en el escritorio, y disolvió en el líquido un sobre de sal de frutas. Revolvió prolijamente la pócima y se la echó al coleto, con un rictus de desagrado. Al poco rato eructó, y se sintió mejor. Otra de sus cuitas consistía en soportar las manías culinarias de Mercé, que se empeñaba en meterle platos de cocina catalana, con una frecuencia sencillamente abominable. Ayer había servido escudella, y desde que la cató, parecía que se le hubiese puesto de pie en el estómago, sin dar sosiego a la expulsión de abrasivos flatos por todos los orificios corporales... otra humillante y desagradable manifestación del mal barro de que estamos cocidos. Suspiró con resignación.

El sargento Gamallo llamó al cabo y le encargó que enviase a alguien a recoger una citación judicial para reconocimiento médico forense a nombre de Benigno Blanco Pérez. Luego, debería ir a entregársela en mano al interesado. El agente tenía el mayor interés en vigilar atentamente el proceso médico evolutivo de las heridas del cafre... Deseaba que la curación se produjese en el plazo limitado a las "faltas", y eso solamente podía controlarlo el médico forense; pero en caso de que el plazo se superase, le convenía tener una serie de datos físicos del elemento que podrían ser útiles en el futuro, y que esperaba obtener del informe preceptivo de reconocimiento médico que se le practicaría en el juzgado.
Por otra parte, no dejaba de darle la razón al juez, y aunque no se sentía culpable de nada, no cesaba de preguntarse sobre el alcance que podría tener que, poniéndose el mundo por montera, detuviese a Abelairas ylo denunciase por lesiones. Quizá eso tuviese la virtud de meterle el temor en el cuerpo y lo hiciese más colaborador... Por contra, existía la posibilidad de que se reafirmase más en su resolución, como medio de presentarse ante su mujer y sus conocidos como una víctima de la arbitrariedad policial... Y no le cabía duda de que llevaría las de ganar y acabaría siendo considerado por sus parciales como un "mártir-héroe", que se enfrenta a la omnímoda brutalidad de una autoridad opresiva. Pero estas elucubraciones no eran más que una pérdida de tiempo, porque tan pronto Abelairas fuese llevado ante la autoridad judicial, sería puesto en libertad por falta de pruebas. En el fondo tenía razón don Ildefonso. Era mejor, pues, dejar las cosas como estaban. Al menos de momento.

Mariquiña había pasado la tarde entre brumas. Desde que la visitó el sargento Gamallo, otra vez experimentaba la opresión del temor y la certera sensación de la más completa indefensión. Así pues, había límites que ni la propia justicia podía traspasar. Era la misma ley, que la justicia debía defender y promocionar, la que lo impedía. ¿Y a ella, vejada, humillada y ensuciada en su intimidad, quien la resarcía? Había límites, de acuerdo, pero... ¿quién limitaba a los delincuentes que eran protegidos por esos límites que impedían que sus víctimas obtuviesen satisfacción de los agravios sufridos? Había buenas personas, como el sargento, que tan bien se había portado con ella, mostrando un sincero interés y tratando de vindicar su ofensa y poner al responsable ante la ley. Pero ni siquiera su voluntad era capaz de conseguir justicia para ella. Y esto era más doloroso aún, pues mostraba claramente que en el mundo las fuerzas del mal son más poderosas que los defensores del bien, que por mucho que luchen, están destinados a llevar las de perder la mayoría de las veces.
Acababa de rematar la costura interior de una falda y cortó con la tijera el hilo sobrante. Al volver a ponerla en la mesa, se quedó mirando fijamente para el pulido acero... y pensó que en la vida, hay personas que representan el papel de hilos que cosen y unen piezas de tela entre sí, y otras hacen de tijeras que tajan sin piedad a los hilos que han cumplido su función... o cuya costura no es satisfactoria... o, simplemente se divierten tajando todo lo que se les pone delante, como hacen las niñas pequeñas que juegan a costureras.
Ya era hora de marcharse. Recogió los útiles de trabajo y se despidió de sus compañeras. Salió a la húmeda y gris atardecida y se encaminó a su hogar. Pensó que el tiempo reflejaba a la perfección su estado de ánimo, y que su vida sería una perpetua y temerosa grisura sin remedio... por causa de una despiadada tijera que había rasgado su intimidad y su espíritu...





XI.


El señor Ildefonso Suanzes y Ladrón de Guevara, máxima autoridad judicial de Viladoce tomó, al fin, tras maduro examen y consulta preceptiva al Ministerio Fiscal, la decisión de proceder a una encuesta sumaria con el fin de tratar de esclarecer si los hechos ocurridos el martes de Carnaval de 1969, en el pasaje de Caramoniña, merecían la incoación del correspondiente sumario de de Instrucción para su posterior elevación a la Audiencia Provincial, cuya Sala de lo Penal era la única capacitada para entender en el asunto que se iba a estudiar en primera instancia.
El motivo principal de la decisión del severo magistrado, lo constituía el proceso evolutivo de las lesiones sufridas por el señor Benigno Blanco la noche de autos. Porque, sus heridas habían tardado en curar, exactamente 21 días, con fecha de alta por el médico forense avalando semejante circunstancia, que al rebasar el período de 15 días calificado para "faltas" por lesiones, se había convertido por imperativo legal en "delito".
Cuestión menor para don Ildefonso era la supuesta "violación" aparentemente concomitante con el delito citado, como parecía desprenderse del atestado de la Policía Judicial que, por otra parte, nada significativo aportaba en tal aspecto. No obstante, decidió que nada se perdía con dar audiencia a la supuesta perjudicada-en caso de que optase por comparecer-para aclarar de una vez por todas si algún aspecto de tal hecho, presuntamente delictivo, podía ser expuesto con mayor precisión. En cualquier caso, nada se perdía con agotar el trámite de la investigación-deficientísima, en opinión del juez-efectuada por el sargento don José Gamallo Sieiro.
Dio por tanto instrucciones al Secretario para que redactase las oportunas notificaciones a los interesados, con expresión de la fecha de la encuesta-30 de marzo de 1969-por si estimaban oportuno comparecer y aportar la exposición de sus argumentos ampliatorios de sus declaraciones y someterlos al correspondiente examen de la autoridad judicial convocante. Además ordenó la extensión de mandamiento judicial para la comparecencia del agente actuante en la información del atestado de la fecha de autos, para constancia de su ratificación en la encuesta sumaria. Don Ildefonso estaba dispuesto a no dejar nada al azar. Y, si como esperaba, la encuesta revelaba la completa inutilidad de posterior apertura de sumario, nadie podría decir que no se hubiesen agotado todos los recursos legales en orden a su esclarecimiento, antes de ordenar su archivo.

Mariquiña encontró un día en el buzón la notificación que la emplazaba a concurrir al acto judicial que se celebraría en la fecha señalada, como "supuesta" perjudicada de un "presunto delito" sin determinación calificada. Al principio no entendió nada del ampuloso lenguaje judicial, y solamente se fijó en la fecha. Como desconocía el alcance y efectos de la notificación, así como su carácter voluntario, llamó al sargento Gamallo en busca de aclaración. Muy inquieta lo informó del "papel" que había recibido y preguntó qué debía hacer.
—Mire, señorita Ramírez —respondió él, tranquilizador— nada tiene que temer. Lo que pasa es que el juez quiere que usted le explique, personalmente lo que me contó a mí. No está obligada a ir si no lo desea... Pero yo le aconsejo que acuda.
—Pero... me va a ver la gente de la ciudad y... me da apuro... Además... yo me pongo muy nerviosa cuando tengo que hablar mucho tiempo... y... no sé — concluyó, afligida.
—No es como usted piensa. No es una audiencia pública, sino una especie de "juicio particular", para que el juez se forme... una opinión sobre lo que pasó... aquella noche...
—Pero... ¿no se lo escribió usted...?
—Pues sí, pero... a veces los jueces desean oír la versión directa de los perjudicados... No tema que la vea mucha gente, porque en realidad, vamos a ser muy pocos...
—¿Irá usted?
—Pues sí. He recibido la orden directa del juez, y tengo que cumplirla. Allí estaré también.
—Eso me tranquiliza... ¿Y quién más irá?
—Pues estarán el juez, el fiscal y el secretario... Y también irá Benigno Blanco...
—¡Oh! —Gamallo creyó advertir el estremecimiento de angustia que asaltó a la muchacha— No sé... si po... dré soportarlo...
—Valor, señorita, piense que tendrá oportunidad de expresar ante la autoridad judicial las aberraciones que sufrió... Usted no tiene nada que temer ni de qué avergonzarse... en todo caso es su ofensor el que debe responsabilizarse de sus abusos... delictuosos...
—¿Cree que existe alguna posibilidad de que vaya... ése señor de la... notaría...?
—Mire, señorita Ramírez, debe usted saber que las heridas de... Blanco... han tardado en curar casi un mes... Si Abelairas compareciese y declarase a su favor, tendría que asumir que atacó e hirió gravemente a su ofensor... No irá, señorita... no debemos engañarnos...
—Gracias por su atención, sargento. No le molesto más...
—¿Irá, señori...?
El "clic" del auricular le advirtió que su interlocutora acababa de cortar la comunicación.
Gamallo se dio cuenta que la carga era muy pesada para aquella muchacha. Jamás había tenido que ver nada con la justicia, y la había impresionado el papel oficial del juzgado con un lenguaje intimidante por desconocido, tan fuera de lugar de la forma general de expresarse de la gente común. Y luego... la posible comparecencia del animal fuera el alma aquél, que había abusado de ella... Recordó su llanto silencioso y angustiado cuando le palpó la innoble jeta en su despacho al... indeseable aquél, y hubo de reconocer que se le estaba pidiendo demasiado a aquella pobre niña atemorizada...
Estuvo tentado de ir a verla e insistir en la conveniencia de que acudiese a la cita. Pero el desazonador convencimiento de que su sufrimiento no iba a surtir los efectos deseados en orden al castigo y reparación de la ofensa recibida, le hizo capitular y desistir...Sería lo que ella misma decidiese. Nadie había sufrido tanto como ella, y lo menos que podía esperar es que la dejasen decidir por sí misma, en paz.
Maldijo al cobardón e insolidario Abelairas, y tentado estuvo de agarrar el teléfono y tacharlo de...Pero, ¿qué ganaría con ello? No iba a comparecer "motu proprio", y avergonzando su proceder, sólo conseguiría que se reafirmase más en su decisión, y que aumentase la animadversión que sentía hacia el propio Gamallo por haberlo sometido a la "prueba" de identificación... sin avisarlo. No-se dijo-los dados están en el aire, y caerán en el tapete a su manera. Lo más prudente es... esperar y ver.

Mariquiña invirtió los siete días que duraron sus dudas, en resolver una cuestión esencial para ella. Determinar la razón necesaria para acudir a la cita en el juzgado. Sabía que si lo hacía tendría que pedir permiso a doña Generosa y enseñarle la citación, y de esa forma se vería en lenguas ajenas. La malicia general pronto se haría eco de su intervención en "cosas de la justicia", calificación ya de por sí reprobable para la gente de orden, que procuraba mantenerse lo más alejada posible de jueces, abogados, escribas y sayones de la "tralla" judicial.
Por otro lado, pronto se sabría su desgracia, y tendría sobre sus espaldas la "sospecha" de si pudo haber dado lugar, con su comportamiento impropio, a que la tratasen como a una "cualquiera", genérica definición que alteraba el espíritu y la mente de las señoras bien pensantes de la villa, y que podía dar lugar a que por un puritano, hipócrita y falso prurito de "honorabilidad", dejasen de frecuentar-por una temporada, al menos-el obrador de la señora Ramonde, lo que influiría negativamente en los haberes de sus compañeras y afilaría sus lenguas dando pábulo a los comentarios más acres que fuesen capaces de esparcir por los contornos.
¿Y todo eso para qué? Para ver, en persona, cómo el autor de su desgracia, su agresor inmisericorde, el que la había golpeado y roto su intimidad, sin ningún derecho, se fuese tan campante, limpio de polvo y paja delante de sus ojos, luego de haber sido rechazada, "por falta de pruebas concluyentes", su alegación ratificando lo expuesto en su denuncia.
Ni siquiera Gamallo, el considerado agente que la creyó desde el principio, podría evitar que a la ofensa sufrida por ella, se uniese la humillación de ver impune a su ofensor ante la misma justicia, incapacitada para exigirle estrecha cuenta de su acción delictiva.
Pero, siendo cierto lo anterior,... ¿por qué debía callarse? ¿Tenía que aceptar que el silencio era la única garantía de su consideración pública? Debía callar para no ser objeto de las "despectivas sospechas" que se suscitarían sobre su conducta. ¿Era eso? Bien, pero fuese cual fuese su conducta, que nadie estaba en condiciones de juzgar en el terrible momento que hubo de sufrir, subsistía el hecho de que era una persona libre y no el objeto a propósito para que saciase sus ansias en ella el primero que pasase. Y silenciando su injustificable ofensa, estaría demostrando que le daba más importancia a la opinión pública que a la propia estimación y respeto que se debía a sí misma. Y era su propio decoro el que exigía que proclamase, alto y claro, delante de la justicia y de su propio asaltante, que hay un límite que ningún criminal puede traspasar y ninguna víctima silenciar sin hacer agravio a la verdad y las libertades públicas que deben regir las relaciones personales en una sociedad civilizada. En el peor de los casos, ya no se trataba de que le diesen la razón que le sobraba, sino la posibilidad de exponer públicamente ante la justicia, que había sido ofendida y brutalizada sin ningún derecho ni consideración por alguien que pretendía salir impune del trance. Seguramente lo conseguiría, pero no sin que ella denunciase su delito y reclamase su derecho a la protección de la sociedad representada en aquellos señores que la iban a escuchar. Iría y hablaría.

La Sala de Vistas del Juzgado de Viladoce, estaba ocupada aquella lluviosa mañana de naciente primavera, por una serie de personas de diversa condición, reunidas para efectuar las formalidades legales de la encuesta sumaria decretada por el señor Magistrado-Juez titular del partido judicial de Viladoce, acompañado del representante del Ministerio Público, don Orestes Abrantes Lestón, el Secretario Judicial, don Orentino López Ibáñez, y el Agente Judicial Marcelino Cahafeiro Ulloa, que representaban, cada uno a su manera, la majestad de la Justicia que el Estado reserva como "última ratio" para todos aquellos ciudadanos que se sintiesen agraviados en sus derechos, o necesitados de impulsar sus pretensiones por la vía judicial.
Los bancos que se encontraban frente al estrado, estaban ocupados por Benigno Blanco Pérez, acompañado de su abogado, y la señorita María Ramírez Bugallo, muy pálida y completamente intimidada por lo que veía. Al final, en el último banco, se encontraba el sargento Gamallo, requerido por la autoridad judicial para ratificar la información condensada en el atestado referido a los hechos que se iban a examinar.
Como la encuesta no tenía carácter de vista pública, se ahorraron las formalidades preceptivas en tal actuación, y tanto el juez como fiscal y secretario iban de paisano, sin toga, lo que contribuía a dar una impresión de llaneza al espectador novicio, que bien pronto saldría de su error al comprobar la minuciosidad que los funcionarios de la justicia iban a imprimir a un acto, aparentemente anodino.
A una indicación del juez, el secretario se levantó y procedió a leer con su voz de eunuco chillón, el inicio de las actuaciones...
—Dada cuenta por Su Señoría Ilustrísima, con el preceptivo acuerdo del Ministerio Fiscal, de la incoación de la encuesta sumaria en orden al esclarecimiento de los hechos ocurridos en la pasada noche de martes de Carnaval de 24 de febrero de 1969, procede la recepción de los testimonios a que hubiere lugar.
El Secretario se sentó, y el Magistrado tomó la palabra a continuación.
—Una encuesta judicial es el procedimiento regulado en nuestro sistema procesal para la aclaración de cuestiones de tan dudoso linaje, que por sí mismas no obligan a la apertura de sumario indiciario de responsabilidad penal. O bien, que en caso de existir tales indicios, son de naturaleza tan etérea que se hace necesaria la convocatoria de aquellos que tengan interés en el asunto concreto de que se trate, para buscar su esclarecimiento en orden a la incoación del correspondiente instrumento sumarial que dará lugar al subsiguiente proceso. En caso de no allegarse la suficiente información que faculte al juez obrante para comenzar las actuaciones propiamente procesales, se procederá al archivo de la causa en el grado en que se aprecie la imposibilidad de conseguir un resultado positivo que es el objeto de nuestra encuesta. Exhorto a los comparecientes a la brevedad y concisión de las respuestas a las cuestiones que se les propongan, así como a la exactitud en la exposición de sus declaraciones ampliatorias y/o sus conclusiones en caso de que estimen oportuno formularlas.
Ahora, debo aclarar que en la presente encuesta nos encontramos en presencia de un delito consumado y sin autor conocido, y de una acusación de otro acto delictivo que no ha sido acreditado y que en el atestado policial figura como concomitante o subyacente con el anterior. Buscar las causas y el culpable del primero, y examinar los indicios que pudieran existir sobre el segundo e hipotético, son el objetivo de esta actuación. Por ello debo advertir a los interesados que no se admitirá ningún tipo de manifestación que no se circunscriba exactamente al objeto establecido. Señalado lo cual, ruego al Ministerio Público que proceda.





XII.


—Procede oír la declaración de don Benigno Blanco Pérez—. La voz del fiscal, grave y cavernosa, inició la parte inicial de la encuesta judicial con el interrogatorio de las "víctimas".
—Mi patrocinado está dispuesto al requerimiento del representante público —respondió el abogado del interpelado.
—¿Desea contestar por sí mismo o por su representación?
—En esta fase lo hará por sí mismo.
—Bien, en tal caso, ruego al señor Blanco que relate lo que recuerde sobre lo acaecido la noche del pasado martes de Carnaval.
El sombrío semblante del Benigno se hizo aún más impenetrable, y dirigiendo una mirada circular, reconcentrada y astuta, respondió así:
—No puedo contar más de lo que dije al agente de la Guardia Civil que me interrogó después de ser asistido médicamente. Caminaba por el pasaje de la Caramoniña y en medio de la oscuridad recibí un golpe en la nuca que me dejó sin sentido. Cuando recobré la consciencia me estaba atendiendo un practicante del cuarto de socorro. Luego me llevaron en ambulancia y me cosieron la herida... No sé más...
—¿Sospecha usted de alguien interesado en atacarlo?
—No, señor.
—¿Vio usted, o notó, la presencia de otra persona en su recorrido por el callejón?
—No, señor.
—¿Tuvo usted alguna discusión o enfrentamiento notorio en fechas anteriores a la agresión que sufrió?
—No, señor.
—¿No puede aportar usted ningún otro dato de interés para la encuesta?
—No, señor.
—Una pregunta curiosa, y no está obligado a responderla, ¿para qué trae representación letrada a ésta encuesta?
—Bueno —se encogió de hombros y miró con los ojos achicados al Fiscal—, yo no entiendo de cosas de justicia... Pensé que debía acompañarme alguien que sepa de esto...
—¿Tiene alguna objeción el Ministerio Público en contra de la representación calificada de los justiciables citados a este acto?— preguntó ácidamente el abogado de Benigno Blanco.
—En modo alguno, letrado... Ya le dije a su patrocinado que era simple curiosidad... Señoría— se dirigió al juez— he terminado.
—Aceptado, señor Fiscal. ¿Cree oportuno interrogar al agente actuante en el atestado?
—En realidad no, Señoría... No creo que pueda aportar nada distinto de lo que consta en autos. Se limitaría a repetir lo que ya escribió anteriormente.
—Exponga sus conclusiones.
—Ataque ejecutado por autor desconocido, con resultado de delito de lesiones. De imposible esclarecimiento a tenor de los datos expuestos en la declaración de la víctima, así como la carencia de cualquier otra prueba o indicio.
—¿Desea el señor Blanco exponer alguna conclusión al respecto?— ofreció
el juez.
—No, Señoría—, respondió el representante del interpelado.
—Bien, ahora procede examinar el segundo punto de la encuesta. Se trata de dar audiencia a la presunta perjudicada en un delito de naturaleza sexual forzado en su persona la misma noche del martes de Carnaval. Señor Fiscal, puede proceder.
—Ruego a doña María Ramírez Bugallo manifieste su disposición a prestar declaración.
—Ssíii... señor... Fiscal...
—¿Hay algo que la perturbe, señorita?
—En realidad sí... mmee per... turba... mucho...
—¿Puedo saber lo que es, para remediarlo?
—Lo... diré ahora... Me atemoriza estar... en la misma haa... bitación quee mi... mi... violador...
—¿Puede identificarlo ahora mismo?
—¡Ése es... el... mi asaltante!— El índice de Mariquiña señaló, rígido y acusador a Blanco, que miró a su abogado y luego a la muchacha de forma oblicua y penetrante.
—¿Puede explicar que ocurrió?
—Yo regresaba del baile de Carnaval, y hube de subir por el callejón de Caramoniña para llegar a mi casa. Entonces alguien me asaltó y empezó a manosearme. Traté de soltarme pero era más fuerte que yo, y entonces le dí un bofetón. Recibí un golpe en la cara que me dejó indefensa... Cuando recobré mi sentido…— se echó a llorar, mientras el Fiscal servía un vaso de agua y se lo ofrecía; bebió un sorbo y se enjugó los ojos— me encontré... violentada en mi intimidad... y sucia... A mi lado estaba él —señaló de nuevo a Blanco— boca abajo, inmóvil. Traté de darle la vuelta y me manché las manos con su sangre... Creí que estaba muerto y... temí que me culpasen por ser la única persona que estaba... allí... con él... Además me encontraba tan... asqueada... que huí...
—Entonces... no le vio la cara... ¿cierto?
—No, señor. Ya le dije que me escapé.
—¿No pensó en denunciar su violación?
—No, señor... Me encontraba alelada, y enferma de miedo y... asco. No denuncié y... sé que hice mal... Después pensé que era una cobarde... por... él —nuevamente señaló a Blanco.
—¿Por qué motivo?
—Al verlo tirado allí, se me ocurrió que bien pudo haberle atacado mi agresor... por tratar de defenderme...
—Pero... ¿fue usted consciente de que hubiese una tercera persona en el callejón?
—No, señor. Desde que recibí el golpe en la mandíbula ya no fui consciente de nada... hasta que me... recobré y lo vi allí... a mi lado... Sólo fue una suposición...
—Pero... ¿cómo pudo confundirse? ¿cómo no lo reconoció?
—Estaba de bruces y... no pude tocarle la cara... Al tener sangre en el cuello de la chaqueta me asusté y huí... sin saber quien... era...
—Entonces... ¿lo identificó por su cara?
—Sí, señor.
—¿En qué lugar?
—En la oficina del sargento Gamallo...
—¿A qué fue allí?
—La primera vez, a relatar lo que me había ocurrido en el callejón... Y la segunda... a reconocer a mi... asaltante...
—¿Qué tiene su cara de especial?
—Pues... tiene una piel durísima, gruesa y áspera... como de cuero agrietado... Nunca había tocado algo así...
—¿Conoce usted a muchos hombres, con esas mismas características faciales, señorita?
—A ninguno, excepto... a él... —su dedo índice volvió a marcar la figura de Blanco.
—Señoría, estimo oportuno llamar a declarar al sargento Gamallo —pidió el Fiscal.
—Yo también lo creo así —respondió el juez—. Sargento, haga el favor de ponerse a disposición del ministerio Público.
—Como ordene su Señoría.
—Sargento, diga a qué fue la señorita Ramírez a su despacho.
—Vino a raíz de un comentario de prensa sobre el caso del pasaje de Caramoniña. Le pedí a un redactor conocido que diese noticia de que la investigación no avanzaba. Tenía la esperanza de...
—¿Creía que alguien podría darle alguna pista?
—Sí, señor Fiscal.
—Y apareció la señorita Ramírez.
—Así fue. Y me contó lo que le había pasado.
—Pero ella no le pudo dar ninguna pista porque no conocía a su agresor.
—Cierto. Pero sí me dio la descripción de la piel de su rostro como acaba dársela a usted. Entonces... recordé la cara del lesionado en el mismo callejón, el mismo día y a la misma hora.
—¿Qué decidió?
—Pues creí oportuno dar a la señorita Ramírez la oportunidad de tocar la cara del herido. Pedí orden judicial y lo cité en mi oficina. Allí con los ojos de él vendados, para que no la reconociese, le pedí a la señorita que comprobase si la piel de su cara era la misma que recordaba.
El resultado figura en el atestado y concuerda con su actual declaración. He de señalar que anteriormente al reconocimiento de su agresor realicé contraprueba con persona distinta y el resultado fue negativo.
—Señoría—, remató el Fiscal— creo oportuno dar a la parte acusada por la declarante la oportunidad de efectuar contrainterrogatorio si así lo estima oportuno.
—Declárelo la contraparte en este momento —inquirió el juez- dirigiéndose al Benigno y su abogado.
—Deseamos contrainterrogar, Señoría.
—Bien, comenzarán en sesión de tarde. Queda fijada la reanudación de la vista a las cuatro y media.
—Pueden desalojar la Sala —voceó con autoridad el alguacil Cachafeiro, justificando así su silenciosa presencia a lo largo de la sesión matinal.

Todos se levantaron y siguieron los pasos del juez que había desparecido ya por la puerta en busca de algún sugerente plato amorosamente cocinado por doña Mercé. De la marcha de su digestión, dependería en gran medida el desarrollo de la próxima sesión de la encuesta que se celebraría tras la pausa del mediodía.





XIII.


Don Ildefonso Suanzes tomó asiento detrás del estrado y se dispuso a dirigir la sesión de tarde de la encuesta. Estaba de muy buen humor. Había decidido prescindir, por una vez, de las "delicias" de la cocina casera, y tras el preceptivo aviso a doña Mercé, amparado en la"carga de trabajo" que precisaba aligerar la vista, se fue a comer con don Orestes al Restaurante Mantiñán, el mejor de la villa, porque los de más que ostentaban tan pomposo título eran simples figones o casas de comida rápida, propios de camioneros y agentes de comercio.
Encargaron una ensalada de cigalas con erizos de primero, y luego una fresquísima merluza a la cazuela, regado todo ello con un blanco de Fefiñanes, que los puso de muy buen humor. Excusado es decir que los delicadísimos jugos digestivos de juez y fiscal agradecieron el condumio, y los predispusieron a encarar la ardua tarea que les aguardaba con la mayor diligencia y eficacia, como por otra parte era su obligación.

—Si el señor letrado de la contraparte lo tiene a bien, puede comenzar su interrogatorio —señaló el magistrado, dirigiéndose al abogado de Blanco, sentado al lado de su cliente.
—Con la venia de Su Señoría. Deseo comenzar a interrogar al sargento autor del atestado de referencia.
—Proceda.
—Dígame, sargento... ¿Es usted consciente de que vivimos en una comarca pesquera y agrícola?
—Pues... sí señor— respondió Gamallo, sin saber por dónde iba a tirar el letrado.
—Bien, entonces no será aventurado suponer que conocerá la exigente y dura vida de marineros y labriegos...
—Pues... ¿en qué sentido?
—Me refiero a que el trabajo de estas personas exige gran desgaste físico y se desarrolla al aire libre.
—Ciertamente, abogado.
—Luego no será ocioso suponer que las características laborales de tan esforzados trabajadores imprimirán en sus caras los rigores del clima que soportan habitualmente.
—Es posible...
—Dígame, ¿sargento, usted no ha visto nunca caras con tipo de piel curtida y surcada por arrugas profundas?
—Pues... sí... naturalmente...
—O sea, que la tez de mi cliente no es única en estos contornos, sino que pudiera decirse que corresponde a la piel habitual de una parte apreciable de los habitantes de la región...
—Bien...puede que sea así, pero...
—Luego, siendo cierto lo anterior, como acaba de reconocer, es muy posible que el autor del ¿supuesto? delito que menciona en su informe pudiera haberse cometido —en caso de ser cierto, cuestión dudosa— por cualquier otro varón de características faciales similares a las de mi patrocinado... ¿es así?
—Bueno... en cierto modo...
—Diga sí o no, por favor.
—Bien... sí... Pero el que estaba en el lugar de los hechos era su representado...
—Eso lo veremos luego. Ahora queda constancia —se dirigió al juez— de que el agente actuante reconoce que el ¿asalto? Sexual —dudoso— pudo haber sido cometido por cualquier otro varón con parecida textura facial a mi representado.
El juez cabeceó afirmativamente.
—Dígame, sargento, ¿está en condiciones de asegurar que mi patrocinado era el único varón en el pasaje, en el desarrollo de los hechos examinados?
—Pues —recordó al cagón de Abelairas— no estoy capacitado para afirmar tal cosa...
—Es decir... que aunque usted lo considere improbable, no tiene la certeza absoluta de que el señor Blanco fuese la única persona de sexo masculino, con una determinada característica facial, presente en al pasaje de Caramoniña en la noche del martes de Carnaval.
—Bien... es... posible que hubiese...
—¿Sí o no?
—Sí...
—Sí... ¿qué?
—Que es posible que hubiese... otro hombre...
—¿Se desplazó usted a reconocer el lugar de autos?
—No, señor.
—¿Por qué motivo?
—Por el informe de las asistencias médicas que no hallaron rastro alguno...
—Es decir, carece usted de toda prueba que incrimine al señor Blanco fuera de la acusación de la "supuesta"... ¿agredida?
—Carezco de cualquier prueba que pueda acreditar que estoy seguro...
—¿De qué me está hablando?
—Existen indicios...
—Usted es un profesional... ¿sus indicios han llegado a constituir pruebas?
—No... señor...
—Es decir, carece de cualquier prueba sustantiva en que fundar su presunción en contra de mi patrocinado. ¿Cierto?
—Bien... así es...— Gamallo tenía una bola de azufre en el esófago.
—Señoría, quede constancia de que el agente actuante carece de cualquier medio de prueba admisible a trámite, y por tanto, su informe se basa en simples suposiciones.
—Así queda anotado, señor letrado—. Don Ildefonso preveía que la encuesta iba a terminar de inmediato...
El letrado permitió que Gamallo respirase, y luego, entró a matar...
—Dígame, sargento... ¿tiene usted motivo de animadversión contra el señor Blanco?
—No, señor.
—Entonces... ¿por qué dirigió la declaración de la "supuesta" agredida?
—¡Yo no he dirigido nada!
—No se exalte. Dígame... ¿fue espontáneamente a verlo la señorita Ramírez, para denunciar su supuesta violación?
—Naturalmente...
—No tan natural, cuando ella misma reconoció ante el señor Fiscal, que se abstuvo de denunciar por temor, el ¿ataque a su honor? sufrido...
—Eso ocurrió en un primer momento, pero cuando salió la nota de prensa, decidió venir a verme...
—Dígame si conoce al informante del redactor de la noticia.
—Fui yo...
—¿Por qué motivo?
—Bien, carecía de pista alguna... No tenía por donde empezar y creí...
—Es decir, que utilizó la prensa para ver si alguien ofrecía su colaboración...
—Más o menos...
—Dígame que pasó.
—Pues apareció la señorita Ramírez y me contó lo sucedido...
—¿Identificó ella al supuesto asaltante?
—Me habló de su cara...
—¿Identificó o no al señor Blanco?
—No, señor...
—Entonces... ¿a quién se le ocurrió que podría ser él el agresor?
—Bien... creo que a mí...
—¿Por qué pensó en él?
—Lo había tenido declarando ante mí al día siguiente de sufrir la agresión de que fue objeto...
—Y cuando la señorita Ramírez le habló de una cara curtida... usted recordó a mi cliente. ¿Cierto?
—Así fue.
—Y eso... ¿no es dirigir la declaración de la presunta ofendida en contra de alguien contra quien se carece de pruebas objetivas?
—Bueno... no creo... Además había otros... indicios...
—Expóngalos, por favor.
—En realidad, no aportarían nada al estado actual de la encuesta...
—¿Dirigió o no la declaración de la señorita Ramírez?
—¡Hubo un reconocimiento con contraprueba!
—Si hubiese realizado dicho reconocimiento con otro varón de tez similar ¿hubiese alcanzado el mismo resultado?
—Es... posible...
—¿Dirigió o no la declaración de la supuesta asaltada?
-...
—Señoría, quede constancia de que el agente actuante se prevalió de una comparecencia anterior, ante su presencia, de mi patrocinado para orientar la declaración de la señorita Ramírez. Al mismo tiempo, hago constar que mi representado se reserva el ejercicio de las oportunas acciones penales en contra del sargento... señor... Gamallo.
—Así queda anotado en la encuesta, letrado —convino el juez—.¿Ha terminado?
—Con el agente actuante sí, Señoría. Ahora desearía interrogar a la señorita Ramírez.
—Proceda cuando guste.

Gamallo se sentó con el más abrumador sentimiento de imbecilidad, jamás experimentado en su vida. Eso hizo que se incrementase su animadversión contra el oficial de notaría. “Hace falta ser hijo de mala madre —caviló— para dejar que esta pobre niña y yo hagamos el canelo de forma tan ostentosa”. Se prometió que al terminar la tormentosa sesión, iría a verlo y llamarle las de Caín. Ahora, sobre todo, temía el destrozo que el inclemente abogado de Blanco podría hacer en el ánimo de Mariquiña. Y todo sale del miedo y la comodidad de Abelairas. Y de su negativa a afrontar su responsabilidad.¡Maldito cabrón!

—¿Se encuentra cómoda, señorita?— el letrado ofrecía un gesto amable.
—Pues... en realidad... no...
—Si lo desea podemos solicitar al juez el aplazamiento del interrogatorio...
—Contestaré... aho... ra...
—Le ruego que si en algún momento se encuentra en mala disposición, fatigada, o por cualquier otra causa, me lo haga saber, por favor.
—Muchas... gracias.
—¿Conocía usted a mi representado?
—No, señor...
—¿Nunca lo había visto?
—Nunca.
—Le dijo usted al señor Fiscal que no había podido identificar a la persona que yacía a su lado... ¿cierto?
—Sí...
—Entonces... ¿no sabía que fuese el señor Blanco?
—No...
—¿Tenía usted alguna pista sobre su... "agresor"... cuando fue a ver al sargento?
—No, señor...
—Es decir, en el momento de ir a ver al sargento, lo desconocía todo sobre su hipotético ofensor... ¿cierto?
—Así era...
—Es decir, que hasta que el agente actuante le hizo a usted ver que el que la asaltó "podría" ser el señor Blanco, usted ni siquiera sospechaba que dicha persona existía... ¿cierto?
—Pues... así era...
—En otras palabras, su agresor podría haber sido cualquier varón de similar contextura facial, que se hallase presente en aquél momento en el callejón... ¿es así?
—Bueno... le toqué la cara en el despacho del sargento y... era él...
—Por favor, conteste a lo que le pregunto. Si le hubiese presentado a otro señor con una piel similar al tacto, ¿le hubiese reconocido como a su agresor?
—Es posible... pero era una piel inconfundible...
—¿A cuántos varones conoce usted con una piel curtida y rugosa?
—A ninguno... hasta ahora...
—O sea, que usted no podía identificar a su agresor nada más que por el tacto... ¿no es verdad?
—Sí.
—Bien, le vuelvo a preguntar... ¿Está usted en condiciones de negar que pudo haber sido otro varón, de faz similar a la de mi representado, el autor de su hipotética... "violacion"?
—No, en modo absoluto... no lo puedo negar...
—Es decir, que cuando tocó la cara del señor Blanco, a usted le "pareció" que era la de su agresor, pero reconoce que no puede negar que pudiera haber sido otro, de similares características faciales... ¿Es así?
—Ssíi... puede ser... así...
—Señoría, pido que se haga constar que la supuesta ¿agredida?, no está en condiciones de confirmar, sin género de duda, la supuesta agresión sufrida a manos de mi patrocinado. Queda por tanto sin objeto la presunta sospecha de que existiese tal ataque por parte del señor Blanco.
—Así se anotará, señor letrado.
El abogado pareció quedar pensativo unos breves instantes. Luego, muy amablemente se dirigió de nuevo a Mariquiña.
—Señorita, dijo usted que no denunció su... ¿violación?... por temor a que la relacionasen con la que creyó muerte del señor Blanco. ¿Cierto?
—Bien, así fue...
—¿Comentó a alguien de su confianza el abuso de que fue objeto?
—¿Con quién iba a comentarlo?
—No sé... ¿Con una buena amiga, tal vez con un familiar...?
—No.
—¿Por qué guardó silencio?
—¿Que ganaba contándolo?
—Pues... tal vez la solidaridad y comprensión de las personas que bien la puedan querer a usted... ¿No?
—Estaba avergonzada... asqueada... humillada... No deseaba que nadie conociese mi... desgracia. Nadie podría... borrar... lo que... pasó...
—Es muy extraño. Dice que la violan, pero no denuncia, ni se lo cuenta a nadie de su especial estima, en busca de apoyo moral. Nadie puede testificar, ni siquiera usted misma, que haya existido dicha violación... Pero mi representado tiene la cabeza rota por estar en el mismo callejón que usted a la hora en que supuestamente era ¿violada?... por no se sabe bien quién... ¿Quizá fue usted quien le rompió la cabeza a mi cliente... y simula una violación para borrar las huellas de su ataque?
—¡Oh, oh...! ¿Cómo se le ocurre... a usted...?
—Responda... ¿Estaba usted en el pasaje de la Caramoniña el martes de Carnaval a la misma hora en que rompieron la cabeza del señor Blanco de una pedrada?
-Sssíi... ¡pero yo no...!
—Bien, usted estaba allí y pudo haber creído, en medio de la oscuridad que iba a ser objeto de un ataque por la sombra de alguien que se le antojó amenazadora. No sabía quien era, pero le golpeó la cabeza, y luego al creer que lo había matado, se asustó y huyó. Y cuando tuvo tiempo de pensarlo más fríamente, urdió la historia de la violación y...
—Señoría —intervino el fiscal— el señor letrado está haciendo suposiciones que no tiene modo de probar. Ruego que le instruya para que evite hacer tales manifestaciones, ni aún a título de hipótesis.
—El Ministerio Público tiene toda la razón —se apresuró a reconocer el astuto letrado— únicamente quería mostrar a la Sala lo fácil que es armar una acusación, basada en proyecciones imaginarias, que se presentan como indicios susceptibles de transformarse en pruebas en contra de algún sujeto desapercibido de lo que se le viene encima...
—Menos mal que nos saca de dudas, letrado —resopló el juez—.¿Ha terminado el interrogatorio?
—Un segundo más, Señoría —rogó el letrado al juez que cabeceó comprensivo-.Señorita Ramírez. Se lo preguntaré definitivamente. ¿Identificó usted a mi patrocinado, el señor Blanco, en el callejón, como el autor de su supuesta violación?
—No, señor...
—¿Fue ése uno de los motivos de no formalizar la correspondiente denuncia?
—Fue... uno de... los motivos...
—¿Está en condiciones de negar que otra persona pudiese estar también en esos momentos en el pasaje de Caramoniña?
—No... no es... toy en condiciones de ne... garlo.
—Señoría, he terminado mi contrainterrogatorio. ¿Me autoriza a exponer mis conclusiones?
—Proceda... con la mayor brevedad, por favor.
—En realidad —dijo el abogado con especial satisfacción— en la presente encuesta no se ha podido acreditar la existencia de la violación que figura en el atestado de referencia. Por sí sólo, tal hecho ya imposibilitaría cualquier cargo contra mi patrocinado. Pero se debe hacer notar que ni la presunta agredida, ni el agente actuante, en ningún momento han podido exhibir prueba alguna que incriminase al señor Blanco, el cual es, por cierto, el único perjudicado en este lance, al ser apedreado, con resultado de delito de lesiones, por asaltante incógnito, lo que imposibilita que reciba el resarcimiento que en justicia le corresponda y que el peso de la ley caiga con todo su rigor sobre el autor de la agresión.
En vista de lo cual, insto a la Sala a decretar el archivo de las actuaciones de la presente encuesta, y la correspondiente declaración de la improcedencia de la apertura de sumario en relación con los hechos ocurridos en la noche del martes de Carnaval pasado en el pasaje de Caramoniña de nuestra ciudad.
—¿Está conforme con las conclusiones el Ministerio Público? —interrogó el juez.
—Sí, Señoría, me adhiero a la petición de la representación actuante.
—Queda pues finalizada la encuesta sumaria para esclarecimiento de los hechos examinados, decretado su archivo, y declarada la improcedencia de incoación de sumario de Instrucción. La vista ha terminado.

Era el triunfo definitivo de Benigno Blanco, que con ojos brillantes de triunfo y desprecio ojeaba a Mariquiña, mientras estrechaba la mano de su abogado...
—Una buenísima actuación, abogado... Dejó a ésa... pailaroca, con un buen palmo de narices... Je, je, je—. Reía como una hiena, mostrando unos dientes desiguales y afilados...
—No se merecen, señor Blanco... Ya le dije que con lo que aportaban... poca salsa iban a apañar...
Mariquiña se levantó, pausadamente, y se dirigió hacia Blanco y su abogado, mirando al primero muy seria. Gamallo la esperaba al lado de la abierta puerta de salida, intrigado por su actitud.
—Señorita —el abogado del Benigno la miró incómodo— estoy comunicando privadamente con mi cliente...
Inesperadamente, la mano de la muchacha se alzó y cayó sobre el rostro de Blanco como un relámpago acerado. Unos aullidos roncos, de animal herido se oyeron mientras el agredido se llevaba las manos a la cara, tinta en sangre, sobresaltando al juez y al fiscal que discreteaban a pie de estrado. Benigno cayó al suelo revolviéndose sin dejar de gritar...
De repente, cesaron sus alaridos y quedó exánime.
Gamallo que se había acercado a escape, gritó al alguacil que buscase al forense, mientras el resto de los concurrentes enmudecían de espanto ante la visión de unas tijeras hincadas en el ojo derecho del herido.
El médico llegó presuroso. Pulsó la carótida del caído.
—Este hombre está muerto... La tijera probablemente atravesó su cerebro. La autopsia lo determinará con certeza.
Mariquiña seguía de pie, pálida y como ausente. Completamente inmóvil, y con la vista perdida en un lejano punto indeterminado. Sumida en un espeso silencio.





XIV.


La mujer estaba ante el rastrillo de la prisión. Alta y agraciada, tenía un aire de serena dignidad. Aguardó a que la celadora abriese la reja, al tiempo que la despedía...
—Adiós, María, que tengas suerte...
Le sonrió moviendo agradecida la cabeza, y encaró el espacioso zaguán que la llevaría a la puerta. Nueva despedida de la celadora que le franqueó el paso a la libertad... después de ocho largos años...
—Adiós, María, que sea enhorabuena...
—Gracias. Adiós.
Ya en la calle respiró golosamente el aire suave de aquella pálida y clara mañana abrileña. Entonces lo vio en la explanada que se extendía delante de la penitenciaría. Corriendo se acercó a ella y tomó el maletín que albergaba sus escasas pertenencias.
—Hola, María. Por fin...
—Hola, José... has madrugado mucho.
—No son más que las nueve. Ven, ¿quieres desayunar algo?
—No. Lo hice dentro. Mi última comida... allí —movió ligeramente la cabeza hacia atrás—, las compañeras me han deseado lo mejor de lo mejor —sonrió agradecida—. No ha sido tan malo... ¿sabes?
—Ahora todo eso quedó atrás, María...
—Sí... pero encontré más compresión dentro que fuera...
—Bien. ¿Regresamos a casa?
—A casa. Sí, todavía tengo mi casa allí en Viladoce... pero no es más que un piso vacío. Y una casa... es algo más que una serie de habitaciones.
Él le abrió la puerta delantera del coche, un 850 coupé, y cuando se acomodó, dio la vuelta, abrió la puerta del conductor, echó el maletín en la trasera, y se puso al volante.
Enfilaron la carretera de La Coruña. Iban en silencio. Mariquiña observaba sorprendida el tráfico de la gran ciudad. Se fijó en la gente presurosa, camino a sus diversas ocupaciones, en la riada de coches que circulaban a su lado o venían de frente. Observó como una novedad a las dependientas de los comercios que adecentaban la entrada de los establecimientos, y en los camareros que ordenaban sillas y mesas a la puerta de los cafés. Todo aquél torrente de vida se le antojaba extraño y ajeno a su habitual actividad en las mañanas de la prisión. Levantarse, ducha, limpieza de la celda, desayuno y... patio... Mientras afuera, se había desarrollado toda aquella febril actividad de las personas libres, vedada para ella y sus compañeras, como si estuviesen fuera del mundo. Lo estaban aunque ninguna denotase, exteriormente, añoranza por todo lo que estaban perdiendo. “Durante ocho años de mi vida —caviló— estuve fuera del mundo...”
—¿Qué proyectos tienes?—, la voz de José la sacó de sus cogitaciones, y la devolvió a su libertad recién estrenada. Ahora, tendría que tomar decisiones.
—No quiero volver a Viladoce... No sé aún lo que haré...
—Pero... creí que...
—Estoy muy agradecida por el interés que me has prestado... Pero no puedo continuar sobrecargando tu buena voluntad. Tú también tienes una vida que vivir.
—Si crees que todos estos años consideré una obligación ocuparme...
—¿Por qué venías a verme una vez al mes durante todos estos años? ¿Crees que no me dí cuenta de tu congoja al creer que estaba allí por hacerte caso?
—Bueno... no es eso. Reconozco que debí ser más precavido y...
—Crees que fui a denunciar a... aquél... ser... porque tú me animaste, ¿no es cierto?
—En cierto sentido... sí, aunque no tengo ningún sentimiento de culpa, porque un delito debe denunciarse siempre... Pero...
—Tú me abriste los ojos... y siempre te lo agradeceré. Me enseñaste que callar ante el abuso y la ofensa gratuita es la peor de las cobardías. Lo que ocurrió después... fue responsabilidad mía, y tú no tuviste nada que ver. A prisión fui porque le arrebaté la vida a un canalla... que... era un ser humano... Merecí pagar mi delito. Ahora soy libre de nuevo, y tú nada tienes que reprocharte, José.
—No sigas pensando en lo que ya quedó atrás definitivamente, María. Ahora importa encarar el presente y... el futuro...
—Cierto, y estoy obligada a comenzar de nuevo por mis propios medios... Sin ser una carga para ti.
—No eres una carga, María... Nunca lo fuiste.
Ella lo miró agradecida. Y el observó que su rostro conservaba aquella pureza que la prisión no alcanzó a borrarle. Sí, era eso. Su integridad interior se reflejaba en su cara. Se fijó en su perfil, de rasgos lineales y claros. Y, por un momento, deseó que lo mirase de frente para sumergirse en aquellos ojos negros y sinceros que siempre lo anonadaban...
—María... quiero que sepas...
—Que siempre podré contar contigo. Bien lo sé. Pero ahora tengo que valerme por mí misma. No me consideres desagradecida, pero pienso que el mejor favor que puedo hacerte es desaparecer de tu vida. Bastante has hecho ya. Ni siquiera dejaste de visitarme cuando tu mujer... enfermó... Siempre te lo deberé, José... Tú también has de pensar en ti.
—Es que... yo ya lo tengo todo pensado...
—¿Conoces a alguna mujer que te agrade? —se notó en su voz un sincero alborozo— ¿Cómo es?
—Bien... no conozco a nadie así...; es decir, puede que sí... pero...
—Aun estáis en período de aproximación, ¿no? —sonrió— Me alegro por ti, José. Aún tienes la vida por delante, y podrás ser feliz, ya lo verás.
—Quería decirte que... podría ayudarte a encontrar trabajo en Astorga. Ya sabes que ahora estoy destinado allí...
—¿Ya eres un jefazo?
—No. Sólo soy subteniente, y creo que ascenderé a alférez el año que viene... Verás, la señora del sargento ayudante, es costurera y tiene con ella a dos aprendizas y... no es la primera vez que le oigo decir al sargento que su mujer se alegraría de contar con una oficiala experimentada porque tiene mucho trabajo... Y si no vas a regresar... allí... podrías probar...
—¡Mi buen José! Siempre pensando en arreglarme la vida... Dime, ¿desde cuándo preparaste este ofrecimiento?
—Yo no preparé nada...surgió... de casualidad.
—Te referías a eso cuando dijiste que lo tenías todo pensado, ¿verdad?
—No... exactamente. Pero tú también tienes que volver a vivir... encontrarás a alguien, y...
—Nunca encontraré a nadie.
—María...
—Yo no puedo olvidar que acabé con una vida. Es una carga demasiado pesada para imponerla a otro. Y... jamás ocultaría mi pasado a la persona que amase, porque no se puede construir una relación sobre la base de un secreto inconfesable.
—Pero... a pesar de todo... alguien puede comenzar a quererte... Y tú no lo puedes impedir...
—Puedo, al menos, evitar convertir a ese supuesto "enamorado", en un desgraciado para el resto de su vida.

Un pesado silencio se instaló entre ellos. La última afirmación de Mariquiña-para Gamallo, ella siempre se llamaría así-tenía carácter definitivo. Se dio cuenta de que ella había tenido mucho tiempo en prisión para medir las consecuencias de su acto. La pena de privación de libertad le había servido para interiorizar que se había tomado la justicia por la mano y cometido una brutalidad superior a la ofensa recibida. Lo había reconocido así, y asimilado que la deuda con la sociedad no quedaba pagada con unos años en la trena. Porque existía una deuda superior que había contraído con ella misma al matar a un ser de su propia especie para encontrar venganza —que no resarcimiento— del perjuicio sufrido. Y eso la convertía en alguien con un estigma perpetuo. Desconfiaba de sí misma.

“¿Quién le decía a ella que si volviese a verse en una situación límite no volvería a obrar con igual falta de proporcionalidad? Todo esto lo habían hablado durante las visitas que él le hacía en la cárcel. Admiraba su honestidad. Pero... aún no tiene treinta años, y es una buena mujer. Y hermosa... ¿Cómo se va a privar a sí misma de las escasas dulzuras de la existencia? ¿Cómo se va a negar a hacer feliz a otro, a amar y ser amada? ¿Cómo va a vivir el resto de su vida instalada en la completa negación de sí misma? ¿No estaría cometiendo, a la postre, consigo misma una injusticia mucho peor que la que envió a su ofensor al otro barrio? Porque lo cierto es que se estaba condenando a sí misma a morir en vida. Y esa era la peor sentencia que se podía autoinflingir... Y yo... que la amo, estoy condenado a soportar calladamente su martirio que es el mío. No me atrevo a confesarle mis sentimientos. Creerá que estoy tratando de "arreglarle" el futuro, y eso bastará para que se niegue en redondo a considerar mi... declaración de amor sincero. Que ella tomará por compasión, o por asunción de la responsabilidad que ella cree que yo he aceptado por incitarla a oponerse a su humillación. Nada de lo que le pueda decir la sacará del laberinto en que se debate. Sabe que puede amar, quizá tal vez pudo haberlo hecho ya...pero se niega a volver a considerar semejante posibilidad, porque ella sí ha asumido para siempre la huella de la asesina que cree que es. Y no quiere que me asocie a ella, ni siquiera a título de amigo desinteresado, porque piensa que puede perjudicar mi reputación. ¿Y cómo le explico que ya he vivido lo suficiente como para que me importe un rábano mi reputación? Me iría con ella al fin del mundo cuando chasquease los dedos, pero ella no lo haría aunque yo le jurase por vivos y muertos que la amo con toda mi alma. ¿Por qué es tan dura la existencia? ¿Por qué nos ofrece el paraíso y nos condena a la eterna desazón del deseo inalcanzable?”

Miró para ella. Dormitaba con la cabeza apoyada en el respaldo del asiento. La tenía ladeada hacia él. Su rostro ofrecía una serenidad completa. Un mechón de su negra melena velaba su mejilla izquierda. Respiraba suave y dulcemente. Él pensó que no le importaría pasar el resto de su vida velando su sueño. Suspiró y miró al frente. El rectilíneo trazado de la carretera se perdía hasta concluir en un lejano punto en el horizonte.
Tan indescifrable como el propio destino.


FIN




© Gsmiga.
es.humanidades.literatura
25/08/2009
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