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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Gsmiga - EL JUICIO (Segunda Parte)
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Localización: Hispalis, España
Registro: 21.07.08
Publicado el 06-10-2009 16:00
V.


Eran las nueve y media de la noche cuando Gamallo cruzó la elegante puerta giratoria del Café Armesto. La concurrencia era la de siempre, con las acostumbradas consumiciones y el promiscuo vocerío de las subastas, discusiones, lances de partida, y los comentarios de los mirones...
—¡Hombre, sargento, cuánto bueno por aquí! ¿Qué es de su vida?
—El trabajo, Melitón, que me trae a mal traer. Anda, ponme un carajillo largo de caña...
—Al momento, señor Gamallo. Ya ve que seguimos igual...
—Sí, Melitón, veo las mismas caras de siempre—, dijo el agente, mientras correspondía con una sonrisa a los saludos que le dirigían desde una mesa cercana.
—¡A ver cuándo se te vuelve a ver por aquí, Pepito, que desde que nos dejaste, éstos se nos comen!—, voceó don Enrique, su antiguo compañero de "chamelo".
—El trabajo me mata, Quique...Pero en cuanto pueda, volveremos a sacudir a modo a esos dos incompetentes—, sonrió Gamallo, indicando con el mentón a los dos compañeros de su amigo.
—¡Oy, qué miedo!...Menos lobos Caperucita—, berreó el de la izquierda, que le guiñó el ojo al sargento—. Ahora que no estas tú, sólo nos cuesta un poco menos de trabajo desplumar a estos dos rompefichas...
—Su carajillo, sargento, que le aproveche.
—Gracias, Melitón... Oye, una pregunta, echo a faltar algunas caras. ¿No se habrá dado de baja alguna clientela...?
—¡Eso nunca, señor Gamallo!... Aquí damos servicio esmerado—, sonrió Melitón —Bien lo sabe usted...
—No cabe duda... Sólo me pareció... ¿No venía por aquí un fulano muy mal encarado...¿cómo se llamaba?
—Mmm... ¡Ah, sí, se refiere usted a ése que le partieron la cabeza el otro día... El martes de Carnaval...
—Sí, creo que empezó a venir...
—Un poco antes de que usted nos abandonase, sargento. Un tío "vinagres" y de malas pulgas. Lo conocen por "Lanzallamas", pero su nombre es Benigno...
—Creo recordarlo vagamente... ¿Y por qué le llaman así?
—Es por su forma de mirar. Como si te fuese a sacar las tripas. Hará cosa de seis meses tuvo un pique con Helidoro, el de la granja avícola, se limitó a mirarlo de esa manera... El caso es que Helio no volvió en un largo tiempo... Y ahora viene cuando sabe que el otro no está. A partir de las siete o así... Dijeron que le sentó la mano, pero nadie puede dar razón. Uno y otro son dos tumbas y no dan explicaciones.
—¿Lo has visto por aquí últimamente?, digo al Benigno ése...
—Estuvo hoy mismo, con el "turbante" en la cabeza, y con el mismo aire "comehomes" que se gasta... A ése no lo ultiman aunque le espeten un yunque en la "cachola", rediós...
—No te es simpático, ¿verdad?
—Si le soy sincero... porque uno es un profesional como la copa de un pino, pero, así Dios me salve, que muchas veces me dan ganas de señalarle la puerta. Es el único cliente desagradable que me he echado a la jeta en treinta años descorchando...
—¿Cuánto es, Melitón?
—¡La casa invita, sargento Gamallo! ¡Y a ver si recuerda a los amigos de cuando en vez!
—Muchas gracias, Melitón. Por la información, y por el carajillo... delicioso como siempre... Oye... ¿que caña le echas de aguja tan particular?
—¡Ja, ja! ¡Secreto profesional, señor Gamallo! Pero si es por verlo regresar al redil, la próxima vez que venga... igual se lo cuento...
—¡Que Dios te bendiga, Melitón!
—¡Y que a ti te acompañe, Pepito! ¡Vuelve con nosotros, que te trataremos bien!—, voceó Quique.
—Adiós, hasta la próxima, y guardadme la silla—, se despidió Gamallo.
Al salir a la calle, chispeaban unas gotas como puntas de alfiler, y notó que había enfriado. Caminó a buen paso mientras alineaba las piezas del rompecabezas. El Benigno era un fulano de cuidado, que no tenía excesivas simpatías. Además, por lo que contó Melitón, no había tenido choque directo con Abelairas, lo que excluía, prima facie, cualquier intento de venganza del oficial de notaría. El cual, por otra parte, dada la fama pública de ogro que tenía el fulano, se mediría mucho a la hora de enfrentarse a él...incluso en un callejón oscurecido... ¿Y... qué hacía la mujer en semejante lugar, así, desprotegida? Eso en caso de que hubiese alguna mujer... Por eso necesitaba hablar con el médico.
Pero suponiendo que Abelairas hubiese atacado al Benigno y éste estuviese en compañía de su mujer, o su novia...lo natural sería que fuese auxiliado por ella. Claro que si era verdad que estaba inconsciente... Pero, suponiendo que hubiese recobrado el sentido, al ver a su hombre tan malparado pediría auxilio... Por otra parte, el herido no había mencionado que tuviese compañía femenina en el momento de sufrir el ataque. También podría ser que el que estuviese con la mujer fuese Abelairas, y el Benigno por algún motivo decidiese ¿socorrerla? y recibiese la pedrada en el occipucio. Pero tampoco, porque al recobrar el sentido, ella denunciaría al oficial de notaría. Aquello no casaba bien. Además, hasta el momento, nadie había hablado de ninguna señora. Únicamente el agresor citaba a una mujer joven, asaltada-o eso le pareció-por el agredido.
Ya estaba en casa. Saludó al guardia de puertas:
—Buenas noches, Gundín.
—Sin novedad, mi sargento.
Subió el primer tramo de escaleras que conducían a su vivienda. —Mañana llamo al médico—, se dijo mientras cerraba la puerta.
—¡Buenas noches, cariño, ya estoy aquí!—. Su cerebro olvidó momentáneamente lo vivido. Ahora acababa de entrar en otro mundo.





VI.


—El motivo de mi nueva visita, doctor, es preguntarle si el día que atendió al herido en la Caramoniña, le oyó decir algo sobre una persona que le acompañaba.
—Pues no, sargento —respondió el doctor Vázquez—, no profirió ni una palabra. Ya le dije que era una persona hosca.
—Pero... cuando lo atendió el practicante en el callejón, ¿no vio si había alguien más?
—No. Allí no había nadie. Sólo estaba el fulano medio desmayado y con la cabeza llena de sangre... ¿Cree usted que si hubiese otra persona contusa no hubiese sido atendida?
—En modo alguno. Solamente se me ocurrió que podría haber alguien acompañando al herido..., no sé, quizá una persona conocida...
—Si hubiese alguien conocido con él, lo hubiese acompañado hasta aquí, ¿no le parece? Más aún, hubiese sido esa persona acompañante quien nos hubiese avisado, ¿no?
—Claro, parece lógico. Bien, doctor, no le molesto más. Buenos días.
—Adiós, sargento, ya sabe que usted no molesta nunca... Y si tiene alguna otra duda, vuelva cuando quiera...
Gamallo tenía ante sí una disyuntiva. O bien Abelairas había mentido, o la mujer que estaba en el pasadizo por el motivo que fuese, prefería conservar el anonimato. Tal vez, caviló, fuese una prostituta a la que le conviniese borrar cualquier huella de su participación en el lance.
Pero quedaba claro que, en caso de haber alguna mujer con el Benigno, no era su amiga, ni su novia, ni tenía ningún vínculo de clase alguna con él. Ahora bien, Abelairas había confesado de plano que le había abierto la cabeza a Benigno... ¿por qué iba a mentir sobre la mujer que estaba allí? Como había quedado acreditado que no tenía ningún motivo personal de animadversión con el herido, y además mostraba un notorio temor hacia él, parecía inútil que el oficial de notaría utilizase el pretexto de auxiliar a una mujer víctima de Benigno para cubrir su delictivo proceder. Y si esto era así, el caso había llegado de nuevo a un callejón sin salida. O sea, se dijo, el caso del callejón... seguía en el callejón.
Porque la mujer... no aparecía por ninguna parte. Y a pesar de ello, al sargento le parecía que Abelairas no mentía... Era un pálpito. Como no sabía por dónde tirar, pensó en una resolución heroica. Conocía a un redactor de "La Voz", el diario local, que le debía algún favor, y se le ocurrió una medida que, siendo otro disparo al aire, era el único recurso para que la mujer que hipotéticamente estaba en el lugar de los hechos, se descubriese...si es que existía y tenía algún interés en el caso.
Se dirigió a la sede del periódico y preguntó por Juan Nine, el redactor adjunto. Y una vez en su presencia le expuso su pretensión...
—Verás, Juan, estoy en un aprieto y pienso que podrías ayudarme...
—Si es algo legal-respondió el otro con ironía-me tienes a tu disposición.
—Déjate de coñas. Es un asunto delicado y necesito que lo expongas con toda cautela. Se trata del fulano que descalabraron el martes de Carnaval en el pasaje Caramoniña. Vosotros informasteis de su atención por los servicios médicos al día siguiente...
—Hummm, sí, lo recuerdo. Pero ¿no has averiguado nada aún?
—Pues no. Y por eso necesito que actúes tú. Mira, se trata de que informes de que el caso está en punto muerto, y que se sospecha que, además del ataque al herido pudo haberse cometido allí otro delito de tanta o más trascendencia... A ver cómo lo pintas...
—Pues... tiene muy mala pintura. ¿No me puedes dar más datos?
—Ninguno.
—A ver qué hago... porque tú me lo pides...
—Es importante que el tono sea discreto, conviene no alarmar a...
—¿A quién?
—Es que no lo sé...
—Porque tú me lo pides —repitió Nine meneando la cabeza.
—Gracias por todo. Hasta más ver.
—Adiós hombre... Anda que traes cada encargo...
El sargento Gamallo salió del periódico con una sensación de completa esterilidad. Era el último cartucho que le quedaba, y había muy pocas posibilidades de que hiciese blanco. Se encogió de hombros. Al menos —se dijo— hice todo lo que estuvo a mi alcance...
Mariquiña seguía con el ánimo en los talones. Su estado no había experimentado ninguna mejoría. Sentía que era un guiñapo. Jamás había pensado que se pudiese tratar a alguien como a ella. Todavía se estremecía de horror y asco recordando aquellas manos recorriendo su cuerpo en medio de la oscuridad. Por las noches, en los escasos momentos en que su cerebro alcanzaba el sopor en que la sumía el agotamiento y el miedo, revivía toda la escena, y despertaba sobresaltada, ahogándose y cubierta de sudor. Entonces comenzaba a llorar, y su ánimo experimentaba el más angustioso estado de desesperanza. ¿Por qué le había ocurrido a ella? ¿Acaso el mundo era una selva en que la víctima indefensa no tenía otro destino que sucumbir ante el depredador de turno? ¿Quién la había agredido de forma tan brutal? Cabía la posibilidad de que conociese a su agresor sin saber quien era. ¿Y si se cruzaba con él todos los días en la calle? No tenía defensa. ¿Y su benefactor? ¿Qué sería de aquél pobre hombre con la cabeza rota? El recuerdo de aquella alma caritativa era lo único que, en cierta manera, la reconciliaba con un mundo poblado de alimañas...Pero su sacrificio no le había servido de nada. De cualquier manera, sabía quien era su defensor. Había leído en el diario la noticia del señor atendido de un fuerte golpe en la cabeza y sabía su nombre, que había aparecido en la sección de sucesos el Miércoles de Ceniza. Había pensado en tratar de averiguar sus señas y escribirle agradeciéndole su valerosa actuación. Pero ahora aún no se sentía con fuerzas para hacerlo. Todavía estaba muy dolida y acobardada. Sentía mucha vergüenza y no se veía capaz de ponerse en contacto con él. Tal vez más adelante...si llegaba a reponerse...
—La policía no tiene idea de quién le rompió la cabeza al hombre de la Caramoniña—. Era Marisa Cambeses la que hablaba hojeando el diario en el período de descanso a media mañana.
—Claro, ¿cómo lo van a saber?— dijo la señora Ramonde—. No hubo testigos.
—Aún así —replicó Marisa —la policía tiene métodos especiales...
—¡Qué métodos ni qué ocho cuartos! —terció Lucy, la más vivaracha de las aprendizas—. Si no había nadie más... échale un galgo...
—Bueno, pero aquí la propia policía reconoce que la investigación está en punto muerto —intervino Leocadia —, y además se sospecha que pudo ocurrir allí mismo otro crimen más horrible...
—¡Jesús, María y José! —se sobresaltó la Ramonde—, una ya no sabe si es mejor no salir de casa...
Mariquiña sintió una punzada en el pecho. ¡Ella sabía ciertamente que sí se había cometido un delito con ella! No tenía medio de probarlo, pero al menos, la policía "sospechaba" que había pasado algo más que la agresión a un ciudadano. ¿Y si se pusiese en contacto con la policía y contase el abuso de que había sido víctima? Lo cierto es que debió denunciarlo en el mismo instante en que recobró el conocimiento, pero se sintió tan enferma, tan dolida y atemorizada, tan... ¡asqueada!, que ni se le ocurrió. Pero... si no podía dar pistas de su agresor... de qué serviría dar a luz pública su desgracia. Aquella era una pequeña ciudad, y los comentarios enseguida invadirían la pacata y estrecha sociedad de la villa. Y le daba dentera andar en boca de todos. Y total... para nada, porque su ofensor seguiría igual de incógnito que lo estaba ahora mismo.
Además, no conservaba ningún rastro del desafuero que había sufrido. Se pasó toda la noche refregando su cuerpo para limpiarlo... hasta que se quedó dormida en la misma bañera... Pero, ¿y si la policía conocía o sospechaba algo que ella ignoraba? Marisa había dicho que tenían métodos especiales. Y por encima de todo estaba el hecho, digno de consideración, del interés de la autoridad que, a pesar de la carencia de pruebas, sospechaba que habían pasado "cosas mayores"...
Al salir para comer, paró en el quiosco de la esquina y compró un ejemplar de La Voz. Juzgó más prudente hacerlo así que mostrar un excesivo interés ante sus compañeras. Al llegar a casa, ni siquiera se preocupó de comer. Abrió el periódico y fue pasando hojas hasta que dio con lo que buscaba. El titular decía así: INVESTIGACIÓN EN PUNTO MUERTO. Y el cuerpo de la noticia expresaba que... "la Guardia Civil ha encontrado algunos indicios que pudieran indicar que el hombre lesionado en la noche del pasado Martes de Carnaval, no fue la única víctima, ya que pudo haberse desarrollado paralelamente otro delito de naturaleza desconocida por el momento. Si hubiese quien pueda ofrecer algún tipo de información, se ruega que se ponga en contacto con las autoridades que llevan a cabo las labores de investigación".
Mariquiña tenía la boca seca. Mientras se servía un vaso de agua su cabeza no hacía más que repetirse... "no fue la única víctima"... "no fue la única víctima"... "no fue la única víctima"... "víctima"... "víctima"... "víctima"... Creyó que iba a enloquecer, y sorbió el agua de golpe. ¡Pues claro que había otra víctima! ¡Ella misma! Tomó una resolución radical. Aquél mismo día la pondría en práctica.

El sargento Gamallo estaba a punto de retirarse a su vivienda. La tarde había discurrido con normalidad, y ahora estaba fatigado... si conocer la causa. Eran las nueve, y pensó que podría acomodarse con una cervecita fresca ante el televisor... a ver si se le pasaba la "nogalla" que lo invadía. Dicho y hecho, se levantó, e iba a apagar la luz de su mesa, cuando por el interfono recibió la llamada de Honorio, el guardia de puertas...
—Mi sargento, aquí hay una señorita que desea hablar con alguien con "responsabilidad"...
—¿Viene a denunciar algo...?
—Ya se lo pregunté, pero repite que quiere hablar con el que mande...
—Ya bajo.
Al llegar al zaguán, vio la puerta abierta, y a Honorio hablando con una joven en el exterior, que daba muestras de agitación.
—Buenas tardes —saludó a la chica —¿desea usted alguna cosa?
—¿Podría entrar, por favor?—. La muchacha estaba muy nerviosa.
—Adelante, por favor. ¿Tiene inconveniente en venir a mi despacho?
La señorita hizo ademán de asentimiento y dio muestras de echar a andar. El sargento avanzó delante, mostrando el camino, hasta su oficina. Una vez en ella, ofreció a la joven un asiento frente a su mesa...
—Por favor, siéntese... ¿Desea usted tomar alguna cosa?... Un té, agua mineral...
La mujer sacudió la cabeza negativamente y tragó saliva dos veces seguidas. Gamallo confirmó que estaba muy agitada. Era muy joven y agraciada. Pero tenía una expresión de amargura y temor que, unidas a la agitación de que daba muestras evidentes, impresionaron a su interlocutor.
—Le ruego que se tranquilice. Tenemos todo el tiempo necesario. Quiero que sepa que estoy a su disposición para todo aquello en que pueda servirla—. Sonrió, para darle confianza-. No hace falta que hable inmediatamente; tómese todo el tiempo que desee.





VII.


Gamallo aguardaba pacientemente a que la joven que tenía enfrente se sosegase lo suficiente para comenzar a hablar. Ella, tras dirigir una mirada circular a la habitación, mantenía los ojos bajos, y parecía tener dificultades para hilvanar el comienzo de su discurso. De pronto, se echó a llorar. Fue un llanto impresionante. Silencioso, amargo, acompañado del estremecimiento de los hombros de la mujer. El agente trató de calmarla.
—Señorita, se lo ruego, cálmese. Piense que, sea lo que sea aquello que la trajo aquí, encontrará solución de una u otra manera. Por favor...
La muchacha hizo un esfuerzo, sacó un pañuelo del bolso y se enjugó los ojos. Después, se sonó delicadamente, mientras el sargento sentía crecer la compasión que había empezado a sentir por ella. Al fin, con un hilo de voz, titubeante, comenzó a hablar...
—Yo... es... estuve en... el calle... jón...
Gamallo sintió erizado el cabello. Una fuerte corriente nerviosa recorrió su cuerpo. Pero, con ímprobo esfuerzo de voluntad, permaneció a la escucha...
—Lo... vii… to... do... Y fui... violada... allí mis... mo...—. Un suspiro entrecortado culminó el esfuerzo expresivo.
—Por favor, cuéntelo todo a su manera. No se apure. Y si se cansa o siente angustia, podemos aplazar esta entrevista hasta que a usted le venga bien. Piense que estoy a su entera disposición sin límite de tiempo.
—Muchas... gracias —susurró ella—. Comprenda que para mí no es fácil...
—¿Prefiere escribirlo? Puede hacerlo, incluso en su casa, y luego enviaría a alguien a recogerlo. Si se siente más cómoda así, no vacile en decirlo. ¿Quiere que la facilite papel y lápiz?
—No, por favor... Creo que... podré contarlo... ahora...
—Bien, tómese el tiempo necesario. La escucho.
—Yo regresaba a mi casa después de haber asistido al baile de Carnaval. El... calle.. jón, conduce a la calle en dónde vivo. Como estaba a oscu... ras, me dí prisa en re... correrlo... Pero alguien me agarró y... —contuvo un sollozo en su pecho— me golpeó en la barbilla y me violó—, terminó de un tirón con visible esfuerzo.
—¿Vio a su agresor?
—Nooo —negó enérgicamente con la cabeza— fue... todo tan rápido... Al principio creí que era Dino, un muchacho con el que estuve toda la tarde... pero... no fue... él...
—¿No tuvo medio de reconocer a su agresor?
—En...ningún momento vi su cara... Recuer... do que olía a aguardiente... Era alguien... muy fuerte y corpulento... no tuve ninguna oportunidad de defenderme...
—Comprendo su angustia, sobre todo cuando notó su absoluta inferioridad y la falta de alguien que la auxiliase...
—Síii... porque el pobre señor que... intentó hacer... algo por mí... terminó con la cabeza...ro...ta.
—Entonces... ¿vio usted cómo luchaba con su agresor?
—Noo... a partir del golpe que me dio, ya no fui cons... ciente de gran cosa... Pero... estaba allí con... la ca... beza partida... por defen... derme.
—¿Quiere usted decir que ni vio a su agresor ni a su defensor?
—Nooo...
—Entonces usted deduce que al que le rompieron la cabeza fue por ayudarla, pero ni vio lucha, ni le consta que las cosas se desarrollasen como usted cree. ¿Es así?
Por primera vez la chica lo miró a los ojos. Le pareció que estaba sorprendida y confusa. Guardaba silencio y parecía pensar. El sargento esperó.
—Bueno... es cierto lo... que dice... No conozco a ninguno de los dos... No los vi... pele... ar...
—Bien, entonces, a ciencia cierta usted no sabe quién de los dos la asaltó ni quién la defendió...
—No... se me... había ocurrido... pen... sarlo, pe.. ro es así —remató con esfuerzo—. Al verlo allí tirado... creí...
—¿Trató de identificar al hombre herido para ayudarlo?
—Sssíi. Hice un esfuerzo para darle la vuelta... Pero... noté... san... gre en las... manos y me... asusté. Además... esta... ba sucia..., as... queada. Y escapé de... allí...
—¿Por qué sabe que la violaron?—. El sargento hizo un ademán de disculpa—.Quiero decir que su "defensor" pudo haber impedido que su asaltante culminase su agresión... Le ruego que me disculpe, pero es necesario que le pregunte esto.
—Te... nía... desgarrada la... ropa y... —la joven enrojeció y se removió inquieta —manchados los muslos...
—Comprendo. Ya ha pasado lo peor —la tranquilizó Gamallo—, ahora desearía saber por qué ha tomado la decisión de acudir aquí. Me refiero al hecho de que parece costarle mucho esfuerzo esta declaración, lo que es totalmente comprensible. Por eso alabo su valor, pero desearía que me cuente qué fue lo que la impulsó a venir ahora...
—Bueno... leí en el periódico que ustedes tenían "pistas" y pedían información, porque podía haber otras víctimas además del hombre herido, al que estaba... estoy... agradecida... Yo... soy la otra víc... tima—, volvió a dar muestras desasosiego.
—Me dijo antes, que al principio del asalto, creyó que su agresor era... el muchacho que la acompañaba, pero luego lo descartó... ¿por qué?
—Bueno, Dino se había estado compor... tando bien... pero al... final se puso... in... sistente, y... creí... Pero no fue él. En el primer momento, al sentir... me... so... badaa... me revolví y le dí una... bofetada...
—¿Y eso le sirvió para cerciorarse de que no era ése...Dino...?—, Gamallo estaba asombrado.
—Bien... cuando se baila... se rozan las... caras... Y la de Dino... no era la... del de... lincuente... Porque tenía una... piel... áspera y durí... sima. Como el... cuero...
Al sargento se le vino a la mente una cara atezada, con unos profundos surcos de aspecto coriáceo... Repasó en su mente todo lo que había contado la jovencita y concluyó que tenía sentido. Pero quiso asegurar el tanto y dejar cerrada la parte más dudosa de la investigación. Habló con el mejor tono que encontró.
—Señorita, debo agradecerle el esfuerzo que ha hecho. Tiene usted todo mi apoyo, y mi comprensión y respeto. Pero deseo pedirle un favor todavía. ¿Le importaría acudir aquí cuando la llame para hacer un... ensayo?
—¿Qué... en... sa... yo?—. El color había huido de la cara de la joven.
—¿No le gustaría saber quién la humilló?—, el sargento probó por el camino más directo, porque ahorraba tiempo y sobresaltos posteriores.
—Pues... creo... que... sí... Pero me... da mie...do. Y ya no estoy... tan segura...
—No correrá ningún riesgo, porque lo haremos aquí. Se lo explicaré. Quiero que le toque la cara a una persona para que me diga si le recuerda a la piel del que recibió su bofetada. No tenga ningún temor—, se apresuró a añadir —porque la persona en cuestión tendrá los ojos tapados y no se enterará de quién le toca el rostro. Por cierto... ¿notó usted al pegarle si tenía la barba muy crecida?
—Pues... no sabría decir... creo que igual que el resto...
—Debe tener en cuenta que los hombres nos afeitamos a primera hora, y de noche ya tenemos la barba un poquitín áspera... En resumidas cuentas—, atajó viendo la desorientación de la muchacha— ¿era un señor barbudo?
—No... no...
—Bien, señorita, ahora tiene que tranquilizarse. La voy a enviar a su casa en un coche sin distintivos por discreción. Mañana a mediodía la llamaré para hacer la "prueba"... ¿le parece bien?
—Pues... haré lo que usted di.. ga...
—Muchísimas gracias. Haremos el "ensayo" a la anochecida, para no llamar la atención. Irá a buscarla el mismo coche que la llevará ahora. Así nadie se enterará a dónde va usted. ¿Conforme?
—Ssíi.
—Muy bien, puede marcharse, cuando llegue abajo se harán cargo de usted. Por cierto, disculpe mi olvido, ¿cómo se llama usted?
—María Ramírez Bugallo...
—Yo soy el sargento José Gamallo. Si precisa cualquier cosa, no dude en llamarme a cualquier hora. ¿De acuerdo en todo?
—Sí... muchas gracias...
Llamó por el interfono:
—Honorio, haga el favor de enviar a la señorita a su domicilio con total discreción. Coche camuflado… Ya puede usted salir, señorita Ramírez, buenas noches.
Ahora el sargento tenía una última tarea que realizar. Agarró el teléfono y llamó al oficial de notarías.
—Buenas noches, Abelairas, necesito que acuda usted aquí mañana entre ocho y media y nueve de la noche. Es un simple trámite. No le robaré mucho tiempo.
—¿De qué trámite se trata?—, la voz cantarina del oficial tenía un tonillo temblón —¿No me puede adelantar algo...?
—No se preocupe, se trata de simple rutina. Lo espero mañana. Que pase una buena noche.
—Pues me la acaba de dar usted toledana...—, la voz se había compuesto.
—Nada hay de que preocuparse. Descanse usted.
Ahora sí que se iba a tomar la cerveza. Se la había ganado.





VIII.


La mañana se presentó movida para el sargento Gamallo. A las diez en punto estaba en el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Viladoce. Su intención era pedir una orden judicial para llevar a declarar al cuartel a Benigno Blanco. Había pensado llamarlo por las buenas, pero algo le indujo a ser prudente. Lo llamaría con el correspondiente instrumento de la autoridad judicial, para que no hubiese problemas por si se negaba a comparecer.
Saludó al Secretario, un tipo despistado que siempre daba impresión de dirigirse a alguien muy lejano cuando se hablaba con él. Acto seguido le dio cuenta de su propósito...
—Verá, don Orentino, necesito ver a Su Señoría para pedir una orden judicial de interrogatorio, a cuenta de los hechos ocurridos en el pasaje de la Caramoniña el pasado martes de Carnaval.
—Necesita pedir al juez una orden—, repitió con voz de flautín el funcionario—. Bien, puede pasar usted porque ya está en su despacho, pero le rogaría que fuese breve porque hoy tenemos vista...
—Muchas gracias, don Orentino, que le sea leve la vista...
—Que no lo será, que no lo será, que no lo será—, otra manía del Secretario era la reiteración exhaustiva de la última frase de una conversación.
Gamallo recorrió el pasillo y se encaró con la puerta del despacho del juez. Llamó, y al escuchar la autorización para entrar, abrió la puerta y se presentó...
—Siempre a sus órdenes, señor juez.
—Buenos días, Gamallo. ¿Qué le trae por aquí?
—Necesito que Su Señoría autorice una orden de interrogatorio en razón de los hechos ocurridos el martes de Carnaval, en el pasaje de Caramoniña.
—Ya sabe usted, sargento, que las órdenes de interrogatorio deben darse cuando se está muy seguro de que habrán de servir de provecho para el desarrollo de una investigación judicial. Por cierto, todavía no me ha dado usted cuenta de la marcha de sus pesquisas. Me enteré por la prensa de que no tenía usted el menor indicio para "arrancar" el motor...
—Cierto, Señoría. Pero a partir de ayer la situación ha dado un giro copernicano. Ahora sí hay dónde escarbar...
—Copernicano...A ver, dígame que es lo que me trae...
—De lo que puedo informar a Su Señoría, es que, aparte el ataque a un ciudadano, paralelamente se desarrolló otro delito. En este caso, se trata de una violación...
—¿Qué motivos tiene para haber llegado a semejante conclusión?
—La declaración de la víctima realizada ayer noche ante mi presencia en el cuartel. La señorita en cuestión cree estar en condiciones de reconocer a su asaltante.
—Siendo así... le daré su orden—. Apretó el timbre y ordenó al alguacil que apareció a la puerta—. Diga al Secretario que extienda una diligencia de interrogatorio a cargo del comandante de puesto de la Benemérita, aquí presente. Cuando la tenga dispuesta, pásemela a la firma.
El Magistrado-Juez, don Ildefonso Suanzes y Ladrón de Guevara, era un personaje de nota. Bajito, rubicundo, nervioso, con andar de gorrión —a saltitos— componía una estampa por demás peculiar. La verdad es que era un hombre carente de ambición profesional. Jamás se había mezclado en ninguna camarilla profesional y nunca se había molestado en solicitar una plaza en una Audiencia provincial, más acorde con su categoría de magistrado y su dilatada experiencia. De pasar más que acomodado, con capital familiar bastante más que mediano, no necesitaba "vivir" de la carrera judicial, en la que permanecía a su pesar por dar satisfacción a su señora que "no lo quería en casa", porque los hombres ociosos "envejecen muy rápido". Aunque la verdad es que doña Mercé Comellas Fontanals, de linajuda familia catalana, gozaba "ejerciendo" de esposa de la máxima autoridad judicial de la villa.
Lo que de verdad le gustaba a don Ildefonso eran las Humanidades. Precisamente acaba de recibir felicitaciones encomiásticas del director del periódico de la capital a cuenta la publicación de su cuidado y exhaustivo estudio sobre la vida y obra de Francisco Sánchez "EL Brocense" que le supuso meses de exigente y cuidadosa ocupación. Colaboraba además en ABC, Faro de Vigo, La Voz de Galicia, y otros periódicos regionales de menor entidad, en algunos de los cuales ejercía la corresponsalía local de Viladoce. Nunca se encontraba más pletórico, cómodo y feliz que en su estudio particular desarrollando su labor de analista, investigador y comentarista de diarios y revistas, como la Ilustración Española, que también lo contaba en la nómina de sus colaboradores más o menos ocasionales.
Por contra, cada año que pasaba le molestaba más el papel timbrado, la expedición de autos, diligencias y acuerdos para mejor proveer, y todo el prolijo, lento, premioso e ingrato desarrollo de la maquinaria judicial. Estaba hasta el mismísimo copete, luego de veintiocho años de ejercicio judicial-Total para nada útil, se decía desanimado, porque con el delito no acabaremos jamás; y justicia es muy dudoso que la impartamos, y todo lo más que llegamos a lograr es un remedo de lo que todo hombre libre anhela y la máquina judicial le impide: la verídica, rápida y eficaz JUSTICIA, así, en mayúsculas —nunca se olvidaba de subrayarla— que jamás conseguirá.
Todo lo anterior no obsta para señalar que don Ildefonso era un juez cuidadoso, minucioso e, incluso, puntilloso en cuanto a las actuaciones judiciales y en lo tocante al amparo de los derechos del justiciable y la protección del necesitado de reparación. Así lo acababa de acreditar al pedir al sargento, que aguardaba frente a él, que justificase su petición de orden de interrogatorio.
No pudo reprimir una mueca de fastidio al pensar en lo que le esperaba a la vuelta de pocos minutos. En realidad sólo aguardaba la firma de la orden solicitada, para endilgarse el ropón, y entrar en la Sala de Vistas a presidir con toda la dignidad-no exenta de interno tedio-una nueva litispendencia en primera instancia-¿cuantas llevaría ya, mil o quizá más?-de unos demandantes que expondrían sus pretensiones en la forma acostumbrada. Suspiró resignado...
Llamaron a la puerta. Era el alguacil con la orden. La firmó.
—Ahí tiene usted, sargento. No olvide darme cuenta de sus conclusiones en el correspondiente atestado, a la mayor brevedad posible.
—Muchas gracias, señor Juez. Descuide, se hará como ordena.
Don Ildefonso se levantó y fue hacia el perchero para apoderarse de la toga, mientras el agente salía del despacho.
Al llegar al cuartel, Gamallo llevaba ya meditado el plan de acción. En seguida llamó al cabo y le puso al corriente de sus planes:
—Acompañado de un número de su elección, se presentará usted en el domicilio de Benigno Blanco Pérez, exhibirá la correspondiente orden, y le intimará a que se presente ante mí a las nueve y media de la noche. Le recuerdo que a las ocho de la noche deberá usted enviar el coche camuflado al domicilio de la señorita doña María Ramírez Bugallo y me la traerá personalmente aquí. También deberá hacerse cargo del señor Venancio Abelairas Outón, que se presentará entre ocho y media y nueve, y lo hará aguardar hasta recibir mi aviso. Procurará que, en caso de coincidir Abelairas y Blanco durante su estancia aquí, no se vean entre ellos ni entablen ningún contacto. Tanto la salida de la señorita Ramírez como la del señor Abelairas, se harán sin que se percate el señor Blanco, que no debe verlos, juntos ni separados, en ningún momento. ¿Alguna aclaración?
—Ninguna, mi sargento.
—Proceda entonces.
—A la orden.
La tarde del sargento transcurrió en papeleo de trámite. A las siete recibió la llamada de Abelairas. Su tono era ansioso.
—¿No podría llegarme ahora hasta ahí?
—¿Tanta prisa tiene?
—No... es decir... sí... ¿No podría atenderme ahora?
—En este momento no. Debe esperar hasta las ocho y media...
—Pero... ¿podría ir ahora?
—Podría, pero no tendría posibilidad de atenderlo hasta la hora fijada.
—No sé si es muy legal esto...
—¿A qué se refiere?
—Bueno... a que me llame de esta forma... así, sin explicarme nada...
—Si lo desea puedo pedir una orden judicial...
—Nooo... no creo que sea necesario—, el tono se había hecho temblón— sólo se me ocurrió abreviar... el trámite...
—Falta hora y media. Tranquilícese usted. Seré lo más breve que pueda.
—Bueno... si es así...
—Le aguardo a las ocho y media—, colgó.
Mariquiña salió del taller de costura a las siete y media. Nerviosamente recorrió el camino hacia su casa. Al llegar, le pareció que el automóvil que la había llevado la noche anterior, estaba discretamente aparcado unos metros delante de su portal. Sin hacer ninguna pausa se encaminó hacia él y creyó ver reflejado en el retrovisor exterior el rostro del chófer que la miraba a su vez. Se acercó a la puerta trasera que se abrió rápidamente. El coche se puso en marcha suavemente. A las ocho menos cinco entraba, muy discretamente, desde el patio interior en que habían estacionado, en las dependencias del puesto. Enseguida estuvo delante de Gamallo.
—Buenas noches, señorita Ramírez. ¿Cómo se encuentra?
—Angustiada. Tengo...miedo...
—Es natural, sin embargo yo estaré con usted todo el tiempo. No correrá ningún peligro. Y solamente serán unos instantes.
—¿Tengo que... tocar la... cara de alguien, no?
—Usted ya no se moverá de este despacho, y nadie la verá. Ni siquiera al salir. Todo se desarrollará conforme a lo previsto. ¿Desea tomar alguna cosa...?
—Me cuesta esfuerzo hasta tragar saliva...
—Pronto terminaremos. El reconocimiento comenzará a las ocho y media. Y si me permite, debo dar algunas instrucciones. Disculpe un instante.
Salió a la oficina exterior y se dirigió al guardia que la ocupaba.
—Por favor, Leoncio, cuando venga el señor Abelairas, llamarás discretamente a mi despacho y me lo advertirás. Luego le vendarás los ojos y le pedirás que guarde silencio. Lo traerás hasta aquí, y cuando yo te lo diga, lo sacarás otra vez, sin hablar. ¿Entendido?
—Sí, mi sargento.
—Bien, puedes volver a tu puesto.
—A la orden.
Gamallo se volvió a la muchacha.
—Es necesario que usted tampoco hable nada hasta que yo se lo pida. Incluso aunque reconozca a su agresor, no debe decir nada hasta que esté fuera de esta habitación. ¿Será capaz de hacer lo que le pido? Recuerde que estaré a su lado todo el tiempo.
—Creo que... ssíi...
—Buena chica— el sargento sonrió tratando de animarla.
Consultó su reloj y vio que eran las ocho y veinte. Miró a Mariquiña sonriente. Sonaron unos golpes en la puerta, y entró el agente Leoncio...
—Mi sargento—, cuchicheó —el fulano ése ya está ahí. Parece excitado y exige hablar con usted...
—Bien. Salga y haga lo que le dije. Si es necesario, que le ayude Honorio. Luego métanlo aquí.
—A la orden.
La puerta se cerró tras el agente. Unos minutos de silencio, y luego un rumor de voces excitadas. Se abrió la puerta del despacho y Abelairas apareció con los ojos vendados, agarrado de los brazos por Honorio y Leoncio que orientaban su marcha.
—¡¡¡Protesto enérgicamente..., no hay derecho a lo que se está haciendo conmigo. Tengo mis derechos!!!
—Que nadie le va a arrebatar— la voz del sargento frente a él, tuvo la virtud de acallar al oficial de notaría—, sosiéguese que ya acabamos...
Hizo un gesto indicándole a la muchacha que le tocase la cara. Ella se acercó y acarició la mejilla izquierda de Abelairas... que hizo ademán de agarrar la mano de la mujer, impidiéndolo el sargento al quite.
—¿Qué es esto? ¿Qué broma estúpida se lleva a cabo a mi costa? ¡Esto es intolerable!
El sargento miró a la chica interrogándola con los ojos. Ella asintió con la cabeza. Había tenido bastante.
—Ya pueden sacarlo de aquí.
Los dos agentes atendieron la orden, entre las protestas del oficial...
—¡Presentaré una queja ante sus superiores, sargento, no crea que esto se va a quedar así! Después de todo no soy ningún delincuente... ¡todo lo hice por bien, y a usted le consta...!
Aislados tras la puerta cerrada, Gamallo miró a la muchachita...
—¿Qué tal? ¿Notó alguna similitud con la cara que recuerda?
—Ninguna... no... nada—. Se quedó reconcentrada, como tratando de analizar profundamente sus sensaciones—. Desde luego... esa no es la cara que golpeé...
—Muy bien, señorita. Debo decirle que admiro su coraje... Y también que la prueba confirma lo que sospechaba. Ahora permítame que salga un instante, enseguida estaré de nuevo con usted.
Al salir a la oficina exterior, Abelairas exigía a los agentes que le facilitasen un pliego de reclamación para hacer constar su más enérgica protesta, sin perjuicio, decía a grito pelado, de posteriores acciones de más calado... probablemente judiciales...
—Si usted lo desea— lo cortó el sargento —se le facilitará el pliego que reclama. Pero debo decirle que está al caer Benigno Blanco, que está citado para las nueve... Usted decide...
—¡Ah, pero también va a venir ése... aquí...?
—Sí señor. A lo mismo que usted. Él con orden judicial. La hubiera pedido también para usted, pero... se me ocurrió pensar que a usted le parecería mejor que la cosa se hiciese discretamente. Ahora veo que me engañé y le pido disculpas. Leoncio, haga el favor de cumplir la exigencia del caballero.
—Bueno, bueno... no nos precipitemos... Claro, usted me llama así... y luego me manosean la cara... Comprenderá que... ¿Qué habría hecho usted en mi lugar...?
—Probablemente lo mismo. ¿Quiere la hoja de reclamación o no? Está en su derecho de exponer lo que crea oportuno.
—Bien, siendo así... ¿y qué objeto tenía ésta... aventura...?
—Siento no poder explicárselo ahora. Ya sabe a quien estoy esperando. Pero le prometo que le llamaré en cuanto pueda...
—¿A... las nueve dijo usted...? Bien... supongo que podré esperar su llamada. Luego decidiré... lo más... oportuno...
—Hágalo. Ahora debo despedirme. Si lo desea lo acompañarán hasta la salida—, hizo un gesto al agente Leoncio—. Que pase una buena noche.
—Adiós... usted siempre desea buenas noches y... lo deja a uno insomne...
Ahora Gamallo estaba de nuevo frente a Mariquiña. Le quedaba la parte más peliaguda de la noche. La miró amablemente y se sentó frente a ella.
—Verá, señorita Ramírez, no quise decírselo ayer, para no inquietarla en exceso, pero ahora es necesario que vuelva usted a hacer la prueba... con otra persona...
—Pero...—lo miró extrañada— si este señor no era quien...
—Precisamente, señorita, ahora debe usted tocarle la cara a su posible... agresor...
Ella se encogió sobre sí misma herida en lo más vivo. Su expresión reflejó el más vivo temor y un dolor... físico. La palidez que invadió su rostro y cortó su respiración, le impuso forzado silencio.
—Señorita... es necesario que usted identifique a su asaltante, al monstruo que abusó de usted. Piense que de salirse con la suya, mañana mismo puede dañar a otra persona inocente... como... usted...
—No... podré... Quiero irme... lejos... de aquí...
—Se lo suplico, señorita, tenga valor. Yo estaré a su lado... Haga un esfuerzo, por favor...
Golpearon la puerta, Gamallo abrió. Entró Leoncio.
—Esperan el cabo y Honorio para que entre el fulano ése malencarado. Dice que nadie le vendará los ojos...
—Díganle que la alternativa es pasar la noche aquí y ser conducido a presencia del juez a primera hora de mañana—. Miró suplicante a Mariquiña, y se compadeció de ella, pobre muchachita atemorizada—. Hagan igual que con el otro. Adelante.
El guardia cerró la puerta y se escuchó un rumor sordo, de discusión sin llegar a vocerío. Sonaron golpes en la puerta y se repitió la escena ya vivida con el oficial de notaría. La chica se acercó al rostro que tenía delante, surcado de profundos surcos, endurecido y totalmente oscuro.
Gamallo vio claramente que ella tenía miedo solamente con mirar aquella tez cuarteada. La miró animándola silenciosamente, con una suave sonrisa y un gesto de resolución. Mariquiña pasó la mano por la mejilla izquierda de Benigno, y la tanteó arriba y abajo, y luego exploró toda la superficie hasta la oreja. Blanco no se movió, ni hizo ningún gesto, ni esbozó el menor atisbo de protesta, se mantuvo impasible como una esfinge, en medio de su aparente indiferencia... Mariquiña retiró la mano y se echó a llorar silenciosamente, mordiéndose los labios, retrocediendo y dejándose caer en la silla. Gamallo hizo una seña a los agentes. Sacaron al Benigno de allí y nuevamente los aislaron tras la cerrada puerta.
—Ya pasó, señorita. Ha sido usted muy valiente. Ahora desahóguese usted. Cuando lo crea oportuno ya me dirá su opinión. ¿Desea que la lleven a su casa ahora mismo? Le convendrá descansar, sin duda...
—Era él... Él me violó. Fue él... fue él... Y yo la víctima, la víctima... la víctima—, se volvió al sargento con los ojos preñados de lágrimas y brillantes de resolución—. No olvidaré la sensación de mi mano en su rostro —se estremeció con repugnancia—, ni en mil años olvidaré ése cuero asqueroso...
—Cálmese, señorita Ramírez. Ahora ya tenemos la certeza de que el señor al que tocó primero fue el que intentó salvarla. ¿Se fijó que éste de ahora tenía la cabeza vendada? Fue el que usted creyó que se había arriesgado para salvarla, pero era su asaltante. El que le abrió la cabeza, ése que protestó tanto, seguramente con razón, estuvo de su lado desde el principio, señorita Ramírez. ¿Comprende ahora por qué era necesario que pasase por este trago? Lástima que cuando le sacudió la pedrada, Blanco ya había consumado su... designio...
—Creo que... desearía regresar a casa... No puedo asimilar cómo pude confundirme así...
—Era natural. Se encontró usted vejada y con un hombre con la cabeza partida a su lado. Y cuando quiso saber quien era su benefactor se asustó al notar sangre y creerlo muerto, por eso no se paró a reconocerlo, lo que la indujo a error, muy natural por otra parte.
—¿Le pasará algo al primer señor... por abrirle la cabeza a mi...?
—A su agresor. Bueno, lo cierto es que lesionó seriamente a Blanco. Y si sus heridas tardan en curar... Pero usted no debe pensar más ya en todo esto. Ahora, haré el informe correspondiente y todo quedará en manos de la justicia...
—Me gustaría corresponder al señor...
—Abelairas. No se preocupe. Yo la mantendré al corriente de lo que vaya pasando. Ahora debe descansar. Llamaré para que la lleven a su casa.
Salió a la oficina exterior, y le pidió a Leoncio que retuviesen a Blanco hasta que el coche hubiese sacado del cuartel a Mariquiña. Luego deberían dejarlo irse a su casa y advertirle que debería aguardar noticias del juzgado. Nada más.
—Adiós, señorita Ramírez. Muchas gracias por su esfuerzo. Le ruego que procure descansar. Si algo necesita ya sabe que estoy a su disposición. No tema llamarme para cualquier cosa que se le ofrezca. Ahora la recogerá el coche. Buenas noches.
—Adios, sargento. Le agradezco su atención y sus... ánimos. Gracias...
—Para eso estamos —sonrió Gamallo— no faltaba más.
Ahora, eran las diez y media y caviló que lo mejor sería dejar el comienzo del informe para el juzgado, hasta el día siguiente. También a él le convenía relajarse. Apagó la luz y salió del despacho. La oficina exterior ya tenía todas las luces apagadas y ofrecía ése aspecto silente e impersonal de los locales públicos. Lentamente subió los escalones que conducían a su vivienda... Abrió la puerta.
—¡Ah de la casa! Ya soy todo tuyo, cariño...





IX.


Gamallo estaba dando vueltas al atestado. Por un lado, la chica le había dicho claramente que estaba agradecida a Abelairas. Por otro, percibía que al oficial de notaría no le gustaría ser acusado de un delito de lesiones graves. Pero, por encima de todo, por la calle estaba, en total libertad un delincuente peligroso. Y él, Gamallo, tenía la responsabilidad de ponerlo fuera de la circulación.
Si le contaba al juez lo que sabía, no le cabía duda de que el camino de la instrucción iría de forma desagradable para Abelairas, que queriendo auxiliar a una mujer indefensa, se había colocado, inconscientemente en una situación límite. El oficial de notaría ocupaba un puesto social apreciable, y...estaba casado. Verse sometido a proceso lo perjudicaría en su estimación pública, aunque la pena que le caería sería poco más que simbólica, dada su carencia de antecedentes penales...
Recordó que había prometido a Abelairas darle una explicación sobre las actuaciones del día anterior. Entonces tomó una resolución. Dejó el papel en el carro de la máquina de escribir completamente en blanco, y salió de su despacho con rumbo a la notaría.
Lo recibió la musa angelical, que sonrió al verlo.
—Buenos días, señorita. ¿Sería posible que me anunciase usted a don Venancio? Desearía hablar con él, si fuese posible...
—No faltaba más, sargento. Tenga la bondad de seguirme.
Ahora estaba otra vez en el cubículo acristalado delante del oficial que le miraba con expresión de persona que aguarda una explicación. Se estrecharon la mano y se sentaron...
—Vengo a cumplir la promesa que le hice ayer, señor Abelairas. Comprendo la extrañeza y la indignación que le embargaron ayer, pero era necesario que la víctima identificase, sin lugar a dudas, a su agresor.
—Bien, pero usted ya tenía mi información... Por otra parte, pudo haber explicado antes lo... que se proponía...
—Ahora veo que tiene razón, pero creía que cuanto más espontánea e inesperada fuese la identificación, más visos de veracidad tendría... Discúlpeme, por favor.
—No comprendo qué tenía que ver mi cara con la identificación. Si una mujer es violada... no se va a poner a acariciar a su asaltante... ¿no le parece?
—Cierto. Pero usted sabe que el lugar estaba en completa oscuridad...
—Más a mi favor...
—Ya, pero es que la víctima tuvo ocasión de tomar contacto con el rostro del delincuente...
—Incomprensible —Abelairas sacudió la cabeza con una mezcla de disgusto y desvarío —¿pretende decirme que ella tuvo la sangre fría de acariciarlo cuando estaba sufriendo un abuso tan sangrante? ¿Y quien nos dice que las caricias no tenían... otro objeto?
—Por favor, no piense mal. Usted mismo sabe que el Benigno Blanco tiene un rostro durísimo, con una piel... especial...
—Ya, pero la víctima no pudo verle muy bien la cara...
—No la vio, pero la sintió al abofetearlo.
—Hummm... ¿quiere decir que trató de repeler el ataque a bofetones?
—Así fue. Y la única manera de saber si usted decía la verdad, era confrontar los rostros de los dos únicos hombres que estaban allí. ¿Comprende?
—Tiene sentido... Pero debió avisarme —insistió—, no se puede meter a un ciudadano... así... en semejante situación... Comprenda que yo sólo quise ayudar... a usted le consta...
—Ya le pedí disculpas... ¿Quiere que me abra las venas aquí mismo?
—Estoy muy dolido por su falta de confianza. Recuerde que le ayudé desde el primer momento...
—Recuerde que trató de desviar mi atención... sobre su presencia en el lugar del delito...
—De todas formas —eludió Abelairas —cuando yo los vi, ella parecía inconsciente. Desde luego...no me pareció en condiciones de abofetearlo...
—Porque él la puso fuera de sentido con un golpe... ¿Usted debe conocer bien el "punch" del Benigno...
—Sí... es bestial —el oficial se masajeó la mandíbula—, a mí me tiró al suelo, completamente aturdido, del revés que me soltó...
—Pues imagine lo que le pudo pasar a ella en igual circunstancia...
—Bien, sargento—, Abelairas dirigió una mirada circular— ya ve que estoy bastante ocupado. Si no tiene ninguna otra cosa que tratar...
—Precisamente nos queda lo más importante —cortó Gamallo— porque ahora debo redactar el atestado para el juez, y... me pregunto cómo hacerlo sin que usted resulte perjudicado...
—Sin duda se refiere usted a la pedrada que le sacudí...
—Eso es. Es pronto para saber cuanto tardará en curar la herida, pero si la cosa pasase de falta a delito... usted sería procesado...
—Oiga... fue en defensa de alguien necesitado... caso de fuerza mayor...
—Sí, pero la ley establece una tipología del delito, independientemente de su motivación, y el causante debe resarcir a la víctima y cumplir la pena que corresponda.
—¿Víctima?... ¿De quién hablamos?
—Ya lo sabe usted.
—¿Y ése animal es la víctima?
—Pues... sí. Recibió una pedrada y está lesionado. A ver cuánto tarda en curar...
—Pero a mí me volteó de un revés... aún me duele la mandíbula...
—Ya, pero no está lesionado, ni ha precisado asistencia médica...
—Pero, vamos a ver... ¿quién sabe que estuve allí?
—A primera vista... lo sé yo... Porque usted me lo dijo...
—Puedo negarlo ante el juez.
—Sí. Y entonces dejará sin cobertura a la víctima... que tendrá solamente su palabra contra la de su atacante...
—¿Habló usted con ella de éste asunto? Quiero decir, cuando salí de allí después de...
—Lo hice. Hasta el mismo momento de identificar la cara de Blanco ella creyó que había tratado de protegerla de su agresor.
—¡Vaya, qué te parece! Estaba completamente engañada...
—Es natural. La asaltan, le dan un porrazo y despierta al lado de un hombre con la cabeza rota. Se nota sucia y... saca la conclusión de que el hombre está así... por intentar defenderla...
—Visto así...
—Déjeme que le diga que su confusión obedece al hecho de que usted, en lugar de auxiliarla, y dar conocimiento del hecho, decidió huir y... contar las cosas a su manera...
—¡Oiga! Ya le dije que me asusté porque pensé que lo había matado... Fue una reacción normal... en el primer momento... Nunca me había visto en un caso igual...
—Bien —concedió Gamallo— no sigamos por ahí. Por si le interesa saberlo, la muchacha me dijo que desearía darle las gracias y no quería que le ocurriese nada malo a usted por tratar de auxiliarla.
—Bien, pues si ella se lo ha dicho... Usted sabe que tengo una cierta posición... Mi mujer nada sabe de... este asunto... desagradable...
—¿Y no ha pensado en contárselo?
—Bien... no sabemos cuanto tardará en curar la "testuz" del... cafre... A lo mejor nos estamos precipitando. No querrá usted que le cuente a mi señora que voy a ser procesado por romper la crisma de un fulano en la calle para... evitar una violación... ¿Qué va a pensar mi mujer... de los pasos en qué ando metido...?
—Entiendo. No le molesto más—. El sargento estaba asqueado—. Buenos días.
—Ehhh... esperemos ¿no es lo mejor...? Adiós, sargento... avíseme si me necesita...
Maldito hipócrita cobarde. Ponía su paz familiar por encima de la desgracia de una chiquilla que, sin declaración del testigo presencial de su desgracia... poco tendría que ganar. Y él, Gamallo, agente de la ley, poco podía hacer, porque Abelairas podría negarlo todo ya que nadie, ni la chica, ni el Benigno... absolutamente nadie había observado que estaba allí. Y su declaración como agente actuante de la investigación, por sí sola, nada podría influir en la decisión de un juez serio y vigilante de la ley. Y el asqueroso violador seguiría libre, y quien sabe si volvería a repetir la "hazaña".
Respiró hondo para serenarse. Recordó que la muchacha no quería perjudicar por ningún concepto a su "samaritano" —¡menudo samaritano!—, barbotó para sí —que había dado muestras en todo momento de un egoísmo y una cobardía insuperables.
Estaba de nuevo ante la máquina de escribir. Tecleó con rabia.

INFORME DEL ATESTADO REDACTADO POR EL AGENTE QUE SUSCRIBE. ASUNTO: AGRESIÓN DOLOSA RELACIONADA CON SUPUESTA VIOLACIÓN EN EL PASAJE DE CARAMONIÑA.
De lo actuado con relación al epígrafe se desprende la supuesta violación de la señorita María Ramírez Bugallo, de vida honesta y sin antecedentes penales, y de profesión costurera, con desempeño de su labor habitual en el obrador de doña Generosa Ramonde.
Los hechos, ocurridos alrededor de las 23 horas del día 24 de febrero de 1969, martes de Carnaval, derivaron en el asalto sufrido por la denunciante en el lugar de referencia, acusando al señor Benigno Blanco Pérez como autor del delito, el cual prevaliéndose de su superior fortaleza física, golpeó a la señorita Ramírez impidiéndole proteger su honor, a pesar de intentar su propia defensa abofeteando a su agresor.
Ofrecida la posibilidad de identificación a la agraviada, aceptó su realización señalando al señor Blanco Pérez por su particular contextura facial apreciada anteriormente por la víctima al abofetearlo. Se realizó contraprueba, con otra persona del sexo masculino, resultando de ella la ratificación, sin ningún género de duda, sobre su identificación del denunciado en el presente informe por parte de la víctima, doña María Ramírez Bugallo.
Se da la circunstancia de que el agresor fue encontrado por los servicios de asistencia médica sin conocimiento, a consecuencia de herida contusa en región occipital, sin conocer el herido al autor del ataque sufrido, tal y como declaró ante el agente actuante.
Se hace constar que tampoco la denunciante, víctima de la agresión sexual pudo identificar al atacante de su agresor, por encontrarse con sus facultades cognitivas muy disminuidas a consecuencia del maltrato de que fue objeto por parte del señor Blanco con el fin de reducirla a la impotencia y poder ejecutar en ella su designio delictivo.
Interrogada la señorita Ramírez sobre su falta de iniciativa con respecto a la denuncia de su supuesta violación, alegó su estado de "shock", y su temor, así como la repugnancia que la invadió ante su estado, que la impulsó a huir del lugar de los hechos; reacción incrementada por el he cho de creer muerta a la persona que yacía a su lado-su agresor-al que no se atrevió a identificar porque estando de bruces y tratar de darle la vuelta se manchó las manos de sangre, lo que la indujo a creer que pudiese ser acusada de su muerte.
Lo que se comunica a la superior autoridad judicial para su conocimiento y efectos procedentes.
Firmado: Sargento. José Gamallo Sieiro.
AL JUZGADO DE PRIMERA INSTANCIA E INSTRUCCION DEL PARTIDO JUDICIAL DE VILADOCE.

Bien. Ya estaba. Había mentido. O, por lo menos, callado parte de lo que sabía. La verdad es que su omisión no hurtaba nada a la causa. Nadie estaba en condiciones de aportar datos objetivos que echaran más luz al asunto. Solamente la declaración conjunta de María y Venancio lograrían poner a Benigno ante sus responsabilidades con la ley.
¿Puedo hacer otra cosa? —se preguntó— pues... no mucho, porque si se niega a declarar el testigo principal, no tengo modo de obligarlo. Carezco de cualquier prueba que lo sitúe en el lugar del delito. ¿Para qué voy a citarlo si va a negar todo lo que me contó delante del juez? Y yo no tengo medio de desmentirlo. De pronto se acordó del doctor Vázquez y su teoría de los acentos "mamados" en la cuna...Sonrió, y recordó la exhibición de gallego, incluido el acento cerrado, que le había brindado Abelairas en su casa. Por ese lado, nada que hacer. Tanto el médico como él mismo quedarían en ridículo sin lograr nada positivo a cambio. Desechado.
Pero aún le quedaba una cosa por realizar. Se acercaba el mediodía, de modo que juzgó el momento muy oportuno para hacer una visita que estimó obligada.

Mariquiña estaba calentando una sopa. Desde el día anterior, en que tan mal lo pasó, había experimentado una rápida mejoría de su estado de ánimo. Lo achacó a que, al fin, había reconocido a su agresor. Le había producido un ataque de pánico y ansiedad, pero el sargento había sido muy amable con ella, y le había dado seguridad. Había sido paciente y considerado. Y se había esforzado en darle oportunidad de explicarse, porque había creído en ella desde el principio. Reconoció para sus adentros que si hubiese sabido que él la iba a atender personalmente, hubiese denunciado su desgracia desde el primer momento...Aunque-reconoció-ni siquiera se le ocurrió hacerlo al verse tan herida, tan humillada. Solamente pensó en huir...
Sonó el timbre de la puerta. Sorpresa. El sargento estaba en el umbral y pedía permiso para entrar...
—Discúlpeme, por favor, adelante...
—¿Está segura que no la molesto?. Puedo volver más tarde.
—No, de ninguna manera. Siéntese, por favor.
—¿Cómo se encuentra?
—Pues...estaba pensando que, a pesar del trago de ayer, estoy algo mejor y hasta me apetece comer algo... Estoy calentando una sopa... ¿usted gusta?
—No muchas gracias. En realidad la entretendré muy poco. Vengo a decirle que hablé con Abelairas, ya sabe, el señor que se enfadó tanto...
—¡Pobre! Que situación hubo de pasar... sin culpa ninguna...
—Yo tenía que asegurarme de que...
—Sí, usted quería saber quien era de los dos... A mí también me pasaba lo mismo, porque estaba completamente confundida...
—Bien, en realidad... él... no debió huir y dejarla allí... sin dar aviso en debida forma... Pudo contribuir a solucionar este... caso... desde el mismo principio...
—Perdone, sargento —le interrumpió suavemente ella—, la principal culpable fui yo, por no denunciar y presentarme tal como estaba a reconocimiento... Él no se comportó peor que yo, y ambos tuvimos la misma reacción y huimos.
—Bien, señorita, es usted de nobles sentimientos, no cabe duda. Pero yo... vengo decepcionado en cierto... sentido...
—¿Por qué causa?
—Pues... Abelairas se niega a declarar lo que pasó. Teme que lo procesen por el delito de lesiones graves...
—Bueno, eso también es comprensible... Si lo miramos imparcialmente, nos damos cuenta de que él sólo trató de ayudar, y que su ataque a mi... agresor... fue una reacción instintiva sin ánimo de perjudicarlo gravemente... Y cuando creyó que lo había matado, se asustó y escapó. Es lo que haría mucha gente en su caso...
—Tal vez... pero así se queda usted sin un testigo vital para apoyar su versión. Mire, al no denunciar su... violación... en el momento, no tenemos más que su palabra contra la del cafre ése... Por eso, la declaración de Abelairas, como único testigo, es... imprescindible para castigar al delincuente...
—Quiere decir que con sólo mi palabra... ése... ¿va a salir limpio de este asunto?
—Seguro.
—Pero ni usted ni yo podemos forzar al señor Abelairas, porque ninguno de los dos podemos demostrar que estuvo allí... porque todo lo que sabemos, incluida la posibilidad de la identificación de mi agresor, a él se lo debemos.
—Y porque como solamente me lo contó a mí, estamos en el mismo caso, si lo niega será su palabra contra la mía, o sea... nada de nada...
—Bien, entonces... ¿de qué nos preocupamos? No está en nuestra mano hacer más de lo que ya hemos hecho...
—Pero para un agente de la ley es algo... indigno... concluir así... un...
—No se atormente más sargento— le cortó—; ambos hicimos lo que debíamos, y el señor Abelairas también ha hecho algo positivo, porque nos brindó la posibilidad de conocer a... ése canalla... No podemos obligarle... ¿y tiene familia?
—Sí. Está casado y ocupa un puesto de cierta importancia en la notaría.
—Pues... quizá su declaración pudiese ocasionarle problemas...
—Pero, antes está la propia conciencia, y el deber de prestar ayuda a la justicia, y la humanidad ante la situación de indefensión de una persona vejada y humillada...
—¿Usted habría declarado en mi favor si estuviese en su lugar?
—Pues ssíi... Es decir, lo primero es lo primero y... —el sargento estaba incómodo, porque nunca se había planteado así la cuestión—, creo que sí, que declararía a pesar de... los pesares —remató voluntariosamente.
—Bien —sonrió ella— pero ése no es el caso, sargento, perdóneme. ¿Quiere usted acompañarme con la sopa?
—¡Perdón, señorita, se me ha ido el santo al cielo! Mire, yo solamente quería que viese usted el atestado que voy a entregar en el juzgado.
Le tendió el documento que ella leyó atentamente.
—Bien —concluyó la lectura—, todo responde a la realidad de los hechos, excepto las pistas facilitadas por... el señor Abelairas... Y ya hemos llegado a la conclusión de que... no podemos ir más allá...
—Lo siento, señorita Ramírez... Debo irme ya.
—Le acompaño hasta la puerta, sargento, y le agradezco su interés.
—La avisaré de lo que pueda surgir. Cuente conmigo.
—Adiós, sargento.
Permaneció tras la puerta cerrada, escuchando sus pasos en la escalera. De la cocina llegaba el nutritivo aroma que despedía la sopa hirviendo en la olla, pero no se percató de ello. Se le había ido el apetito...

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