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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Gsmiga - EL JUICIO (Primera Parte)
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Localización: Hispalis, España
Registro: 21.07.08
Publicado el 06-10-2009 10:06
EL JUICIO





I.


Mariquiña sintió el frío exterior al salir del Centro Cultural y Recreativo de Viladoce. Había asistido al baile de Carnaval que la sociedad celebraba todos los años. Se había liado con Dino y habían pasado un buen rato...hasta que se puso pesado y empezó a presionarla para ir a otro lugar más íntimo. La verdad es que Dino era un muchacho que no le desagradaba, pero no hasta el punto de llegar a mayores. Además, a última hora se había "cargado" un poco de bebida, y a Mariquiña le pareció que era mejor retirarse antes de que se pusiese desagradable. Eran ya las diez y media, y tampoco era cosa de dilatar la velada porque a la mañana siguiente debía acudir exacta al taller de costura-el más afamado de la villa-de doña Generosa Ramonde, que era muy exigente con la puntualidad de sus oficialas.
A medida que caminaba aprisa, estremecida por el húmedo y gélido ambiente, la muchacha creyó percibir que la seguían. El pesado de Dino debía venir detrás-pensó-para tratar de rematar la jugada.
Se volvió y sólo alcanzó a ver sombras, apenas dibujadas por la raquítica luz de la lámpara de 25 vatios que alumbraba la estrecha calle por la que transitaba. Reanudó la marcha a buen paso, y pronto llegó a la entrada del callejón de la Caramoniña, que la llevaría directamente a su casa, que estaba al final del mismo. Apretó el paso para atravesar el oscuro pasadizo que siempre le producía un sentimiento de desasosiego. Eran setenta metros que a la marcha que llevaba dejaría pronto atrás. Cuando llevaba recorrido un tercio del camino, sintió un cuerpo pesado que se abalanzaba sobre ella...
—¡Dino... no seas pesado... Déjame ya —protestó estremecida de miedo.
Una respiración afanosa, cargada de efluvios etílicos fue lo único que escuchó, al mismo tiempo que sentía unas manos pesadas y ávidas recorriendo su cuerpo. Se revolvió furiosa y tiró a bulto una bofetada que se estrelló contra un rostro áspero con una piel semejante al cuero...
—No es Dino —tuvo tiempo de pensar antes de recibir un tremendo puñetazo en la mandíbula que la dejó traspuesta...
Venancio Abelairas Outón, bajaba por el callejón de Caramoniña después de haberse despedido, como de costumbre, de la tasca de Manolo Santalices, con el cerebro cargado de las emanaciones de la botella de Albariño que se había metido entre pecho y espalda, cuando a poca distancia escuchó movimiento. Era algo parecido a una lucha entre dos personas, y luego...sólo alcanzó a oír un jadeo premioso. Se acercó con precaución hasta que pudo avizorar dos sombras apoyadas contra la pared de una casoupa ruinosa..., escrutó con atención y vio a un hombre que estaba manoseando a una mujer que gemía débilmente. Estuvo a punto de retirarse para no estorbar a la pareja de enamorados, pero le llamó la atención observar que la mujer tenía la cabeza completamente caída a un lado...como si no estuviese en buenas condiciones...Se acercó...pudiera ser que hubiese tenido una falsa impresión y se tratase de que el hombre estuviese reanimando a la mujer...
—¿Qué pasóu, xefe... precisan axuda...?
Estaba al lado mismo de la pareja, en medio de una total oscuridad, pero tuvo tiempo de observar unos ojos conocidos...antes de recibir una bestial puñada que le lanzó contra el suelo aturdido. Al cabo de unos segundos, levantó la cabeza y observó al fulano que trataba de arrastrar a la joven unos metros más arriba. No lo pensó, agarró una piedra de regular tamaño, y en tres zancadas estuvo detrás y la descargó con fuerza en el cráneo del individuo, que se derrumbó como un buey en el matadero.
La mujer cayó con él, y Venancio escuchó un débil gemido que salía de sus labios, sin otra señal de que estuviese en sus cabales. Se abalanzó encima del fulano que yacía de bruces para darle la vuelta y confirmar sus sospechas. Pero al agarrarlo por el cuello del gabán, sintió un líquido pegajoso en la mano. Encendió el mechero y observó que era sangre...¡Había matado al individuo aquél! Lo dejó caer de nuevo presa de una gran agitación. Ya no tenía curiosidad por saber quien era. ¿Y si la mujer lo denunciaba por matar a su marido...o su novio...o quien rayos fuera el fulano? No, ella no estaba en sí. Lo mejor era irse rápido de allí. Apretó el paso y se alejó del lugar; cuando había caminado unos metros, echó a correr, y no paró hasta divisar la escuálida bombilla "municipal" que alumbraba la calle en que desembocaba el pasadizo. Entonces pensó que debía dar apariencia de normalidad, y aprovechando el último tramo de oscuridad total, se limpió la mano ensangrentada y se arregló la ropa en forma que juzgó suficiente. Encaró la calle con el aspecto de normalidad que deseaba aparentar. Pronto se dio cuenta de que la calle estaba vacía y nadie le veía, lo que lo serenó un poco. Pero tenía la boca seca, y las mejillas le ardían a pesar del relente nocturno. Se paró en el primer bar que encontró.
—Un albariño, por favor —pidió mientras iba hacia la puerta que señalaba los servicios del establecimiento.
Exoneró la vejiga, mientras las piernas le temblequeaban, y se lavó las manos y refrescó la cara, que ahora, al mirársela en el espejo, le semejó blanca como papel de liar. Se peinó y arregló la ropa, y salió convencido de ofrecer un aspecto digno. Mientras refrescaba el reseco y coriáceo paladar con la "aguja" afrutada del vinillo, Venancio comenzó a pensar en la muchacha que había dejado yaciendo en el pasadizo, completamente indispuesta. No sabía porqué, pero tenía la impresión de que no era la novia ni la mujer del trasgo que la sobaba...porque ahora recordaba que la actitud del tío era, más bien de magreo total, que de ayuda a una dama necesitada. ¿Y si pensaban que era ella la que le había soltado la pedrada que ultimó al sátiro? Sí, estaba convencido que el holgazán aquél era de cuidado. Si era quien creía por la mirada que alcanzó a ver...bueno, cualquier mujer daría algo valioso por mantenerlo a distancia. Lo más alejado posible.
Acabó el vino y observó que la calle empezaba a animarse, y el bar a llenarse de gente que iba a refrescar el gaznate y tomar unas tapas antes de irse a la velada nocturna del Casino...o la del Liceo, que eran los dos centros de reunión social del señorío de Viladoce.
De repente pensó que mientras todo aquél gentío iba a divertirse, una pobre muchachita asustada, despertaría fría y sucia en aquél callejón con un cadáver al lado...Decidió hacer algo. Primero se le ocurrió escribir una nota y tirarla envuelta en una piedrecilla, desde la esquina de la casa-cuartel de la Guardia Civil. No-se dijo-podrían reconocer mi letra, porque tienen medios para averiguarlo...y entonces me caería el mundo encima. Toda su resolución se vino abajo instantáneamente. Era imposible dar cuenta de un asunto sin que lo relacionasen con él. Pero se le ocurrió llamar por teléfono al cuarto de socorro y dar cuenta de un "accidente" en el callejón...
Iba a llamar por teléfono desde allí mismo, pero creyó que el barman había tenido tiempo de fijarse en él. Llamaría desde una cabina. Sería lo mejor.
Salió a escape...¿y si la chica no se recuperaba por sí sola? Vete a saber si estaba en coma. Estaba en la cabina, muy cerca del cuarto de socorro. Descolgó el teléfono...—¡Maldición de Dios!—blasfemó—. No sabía el número del centro asistencial. Y no iba a entrar ahora en un bar a pedir el listín de teléfonos...¡y la pobre chiquilla sola, inconsciente...!
La puerta del cuarto de socorro estaba a cuarenta metros doblando la esquina a la derecha. Echó a correr...
—¡¡¡Hay un crimen en la Caramoniña!!!-estaba a la puerta del centro de auxilio, y algunos de los transeúntes que pasaban en jolgorio miraron en su dirección, sin reparar apenas en él. Pero ya no se paró y echó a correr como alma que lleva el diablo.
Mariquiña empezó a percibir el frío que se apoderaba de sus huesos, y notó una superficie dura en su espalda. Movió la cabeza a derecha e izquierda y notó que el mundo giraba locamente como un tiovivo. Esperó a que pasara el vértigo, cada vez más consciente del frío que la invadía y de la solidez pétrea de su lecho accidental. Cuando se incorporó, muy despacio, notó subida su falda y desgarrada la braga. Una viscosidad espesa manchaba la cara interna de sus muslos, provocándole una sensación insufrible de suciedad y asco que la hicieron vomitar allí mismo. La oscuridad era total, pero ya acostumbrada a ella, pudo levantarse y apoyarse en la pared de la casoupa,y mientras recobraba al aliento que la ira y la vergüenza le cortaban, observó el cuerpo que yacía a sus pies.
Entonces, dominando su repulsión, se inclinó sobre él y trató de voltearlo para conocerlo...Tuvo que sofocar un alarido de horror al sentir sus manos llenas de la sangre del individuo. A trompicones se alejó de allí.
No quería pensar nada. No quería recordar nada. No quería saber nada. Solamente quería limpiar su cuerpo y dormir...dormir...dormir...
Estaba ya en el portal de su casa. En sueños, sin saber cómo, se encontró dentro de la bañera, frotando rabiosamente su sexo, lavando la ofensa recibida, que le parecía imborrable, aunque gastase todo el jabón del mundo...Vació el recipiente, y volvió a dar al grifo para llenarlo, mientras cerraba los ojos y esparcía, por enésima vez, el gel de baño en el agua incipiente que acariciaba de nuevo su cuerpo...
Recordó que no sabía si el fulano que yacía a su lado era el autor de su humillación...No había tenido valor para verlo porque la asustó la sangre. Pero...si él estaba ensangrentado... ¿no sería quizá alguien que trató de defenderla y fue agredido por su asaltante? Eso tenía sentido. El hijo de puta aquél, la estaba violando, y el fulano asesinado-ya no dudaba que el individuo estaba muerto-trató de interponerse, y el canalla lo mató, acabó su "tarea"...y se largó. Faena completa, el muy cabrón, Dios lo confunda por los siglos de los siglos...
La venció un sopor letárgico, nervioso, sacudido de espasmos frecuentes y visiones aterradoras...
Venancio fumaba en pijama en su cuarto. El sueño había huido, y en cambio, no cesaba de maldecirse por su estupidez. ¿Por qué tuvo que gritar que se había cometido un "crimen" en la puerta del cuarto de socorro?
Claro, alguien podría —llegado el caso— preguntarle...¿y cómo sabía usted que se trataba de un crimen? ¡¡¡Ya estaba bien jodido!!! Le dieron ganas de abofetearse por gilipollas. Podrían haber reconocido su voz, y entonces...si se ponían exquisitos tendría que dar una serie de explicaciones...de muy mala explicación... Expelió una bocanada de humo, y decidió ir al comedor y servirse una copa de brandy...Total, ya no podría dormir en toda la noche... ¿Qué sería de la pobre chica? Porque estaba convencido de que necesitaba ayuda urgente en manos de aquél truhán...Pero matar a un fulano...Eso no le iba a salir gratis...
—¿No duermes, Venancio? —la espesa y soñolienta voz de su mujer lo sobresaltó...
—Tengo acidez de estómago. Voy por la sal de frutas. Descansa tú.
Con el primer buche de brandy en la boca se percató de que estaba en muy mala situación, porque con un fulano muerto y una chica en coma, alertado el servicio médico, una vez comprobado el "crimen" que en su inmensa estupidez había voceado, a las autoridades no les quedaría otra que perseguir el esclarecimiento total de los hechos. Y entonces...tragó el buche de brandy, que le supo a lejía...





II.


—Pero vamos a ver, doctor, ¿usted no me puede decir quien le dio el aviso del crimen?
—Pues... con total certeza no, sargento...
—Pero... ¿cree que pudiera conocer al que gritó?
—No estoy muy seguro...Prefiero reservar mi opinión...
—Pues así no puedo trabajar. A ver, dígame lo que encontró.
—Bueno, primero estuvimos dudando por si se trataba de la ocurrencia de algún bromista...ya sabe, el Carnaval...
—Siga, por favor.
—El caso es que el practicante dijo que por llegarse allí tampoco pasaría nada, ya que no está a más de diez minutos de distancia a buen paso...De modo que le dije que fuese con un soldado de la Cruz Roja y me enviase aviso por el sorche de lo que hubiese...
—¿Está el soldado de servicio?
—Pues no, hace la guardia nocturna...
—Prosiga, doctor...
—Bien, al poco rato llegó el quinto a escape y me comunicó que había tirado un hombre sin sentido en el pasaje Caramoniña. Me dijo que el señor Orjales, el practicante, lo estaba ayudando a recobrar el juicio, que enviase la ambulancia porque precisaría unos puntos de sutura en la cabeza que alguien le abrió de una buena pedrada...
—¿Qué impresión le ofreció el herido?
—Bueno, exploré la herida y no tenía el cráneo roto, pero sí un "siete" de doce centímetros en la zona occipital, por golpe contuso de una pedrada...probablemente...
—¿Probablemente?
—Pues sí, porque la herida no tenía la limpieza de un "tajo" de arma blanca, sino los bordes "rasgados" e inflamados por la contusión producida por un fuerte golpe. Desinfectamos la herida, cosimos, le largamos la antitetánica, por prevención, y a casa con volante para su médico de APD. El herido se llama Benigno Blanco Pérez, y vive en Alba...a las afueras...
—Sé donde está... ¿Explicó algo sobre el lance?
—No. Fue muy poco comunicativo. En fin...podría añadir...Bah, nada...
—No, no. Ahora acabe lo que comenzó a decir, doctor.
—Bien. Mi impresión personal es que se trata de un individuo peligroso, de esos que hacen frente a lo que sea...No es extraño que el agresor lo atacase por la espalda. Cara a cara...hubiese sido difícil dañarlo así.
—Bien, doctor, ya sabe usted que posiblemente lo llamen del juzgado para declarar en la encuesta que se abra para esclarecer los hechos...
—Estaré, como siempre, a su disposición.
—Que pase un buen día, doctor.
—Igual le deseo, sargento.
Mientras iba caminando lentamente hacia el cuartel, el sargento José Gamallo Sieiro, pensaba que aquél asunto no tenía visos de resolución. En realidad nada había para estudiar. Una cabeza abierta, en un callejón oscuro, sin culpable reconocido. Nada más. Pudo haber sido cualquiera en una noche de jolgorio...Pero ¿por qué a aquél fulano concreto? El médico le había explicado que la agresión fue por detrás. Luego, quien fuese, debía conocer al agredido y lo siguió por el callejón con ánimo de cargárselo. ¿Por qué si no le iba a dar un trompazo a traición con una piedra? Además, si era tan bragado como le pareció al médico, un ladrón de frente no hubiese salido bien parado. Y el ataque trasero tampoco obedecía al intento de robo, pues el fulano no echó en falta ninguna pertenencia. No hay nada que atar, se mire por donde se mire...Bueno, sí hay algo, porque está el individuo que se puso a vocear que se había cometido un crimen. ¿Por qué berreó eso? ¿Acaso fue testigo del ataque a la víctima? ¿Y por qué se limitó a gritar y escapar? ¿A qué temía el anónimo denunciante?
—Oye, Fontoira —llamó al guardia de puertas—, dile al cabo Ferreiro que envíe a una pareja a la dirección que le daré en mi despacho. Y que me traiga al paisano a declarar aquí. Hala.
—A la orden, mi sargento.
Ahora estaba estudiando la apariencia del herido que estaba sentado frente a él. Con la cabeza completamente vendada, parecía un derviche de las tribus pathan, con el mismo aspecto ennegrecido por muchos soles sobre un cuero facial reseco, áspero y cuarteado por múltiples arrugas que semejaban canalillos por donde discurría el abundante sudor que transpiraba el individuo. Al sargento le pareció que la temperatura ambiente, más bien baja, no justificaba semejante exudación de flujo corporal.
—¿Cómo se encuentra?
—Psé...voy tirando...
—¿Cree que puede contestar a unas preguntas?
—¿Sobre qué?
—Sobre lo que le pasó ayer...
—No sé lo que me pasó, sargento. Sentí un fuerte golpe atrás...y ya no me dí cuenta de nada.
El sargento observó los ojos del sujeto. Miraba en forma oblicua, esquinada. Y tenía en la mirada un brillo duro, inclemente, temible. Al guardia civil le dio la impresión de tener delante a un hombre que no vacilaría en apelar a todos los recursos para imponer su voluntad. No cabía duda que un fulano así, tendría numerosos enemigos...
—¿Sospecha usted de alguien? —preguntó.
—Ya le dije que no pude darme cuenta de nada.
—Me refiero a alguna enemistad que usted pudiera tener...
—No tengo enemigos.
—¿Ni siquiera una envidia de vecinos, una discusión por cuestión de lindes? ¿Tal vez una partida de cartas...?
—No me presto nunca a discutir con nadie. No sé jugar a las cartas.
—Pero... ¿a usted no le parece raro que...sin motivo...alguien desconocido le rompa la cabeza de una pedrada...?
—Hay mucho loco suelto...Además era Carnaval.
—Ya es el segundo que me lo dice...
—¿A qué se refiere?
—No. Nada. Puede irse.
Otra vez estaba como al principio. ¿Y que le decía al juez? Tenía un atestado con una sola línea: Contusión craneal producida por ataque con piedra, sin autor conocido. Nada más. El problema era que, aquella herida tardaría en curar más de 15 días, con lo que se convertiría en delito. Y un delito hay que investigarlo. Por lo menos hasta estar razonablemente seguro de que no se puede sacar más agua del pozo. Que era, justamente lo que le pasaba ahora. Porque el pozo...estaba seco. El sargento decidió que volvería a ver al doctor. Quedaba una tecla del piano por pulsar. Habría que ver si sonaba.
El primer cuidado de Venancio al llegar a su trabajo en la notaría del señor Emiliano Barandalla, fue hojear la prensa con toda atención. Primero miró las cabeceras y titulares buscando la noticia de un "crimen" en el pasaje Caramoniña. Nada. Suspiró aliviado. Por lo menos, no lo había matado. Luego se fijó en la sección de "sucesos", y buscó las notas de asistencia facilitadas por el cuarto de socorro...¡allí estaba! "Herida contusa en zona occipital, sin interesar lesión craneal". ¡Bien! Volvió a suspirar. Continuó leyendo el nombre del asistido...y el alma se le cayó a los pies. ¡Era quien había pensado! ¡El cabrón del Benigno! El fulano más peligroso que había visto en su vida. Todos aquellos que lo conocían escapaban de él como de la lumbre. Todavía recordaba lo que le había pasado a Fulgencio, que había discutido con él por cuestión de una plaza de aparcamiento. A los dos días le apareció el coche quemado. Nada se pudo probar. Llamado a declarar al Juzgado, el fulano, más templado que acero de forja, se limitó a negar cualquier noticia del suceso, mientras miraba a la fiscal con un brillo retorcido en los ojos. La mujer no tuvo empacho en reconocer después, que se había sentido desnudada e intimidada por aquella mirada. ¡Qué horror de sujeto!, barbotó estremecida al finalizar la declaración.
A Venancio le sudaba hasta el bigote solamente imaginando que Benigno hubiese avizorado sus ojos como le había sucedido a él con los del matasiete. Pensó en las calamidades que le aguardaban en caso de que el otro estuviese preparando su venganza. Le quedaba la esperanza de que, ocupado como estaba en sobar a la mujer, ni se hubiese fijado en él. Pero-recordó con un estremecimiento de horror-pudo reconocerlo por la voz, al ofrecer su ayuda. Venancio tuvo en aquél momento la sensación de que le aguardaba un sinvivir, esperando el hachazo vengativo de aquél animal. No es que se conocieran mucho, pero frecuentaban el mismo café por las tardes y, naturalmente, se habían escuchado mutuamente al comentar los lances de alguna partida, aunque no solían compartir mesa...Ya se sabe que todos los parroquianos de un mismo establecimiento se conocen...
Mariquiña había acudido puntual al obrador de la señora Ramonde. Tenía la cara pálida, ojerosa, denotando la fatiga acumulada en una dilatada noche mal dormida. Al ver su aspecto, doña Generosa voceó bienhumorada... ¡Hay que ver lo que aprovechan el Carnaval algunas!, y guiñó picarescamente un ojo, señalando con la cabeza a la muchacha entre la algazara general de sus compañeras, que la observaban con curiosidad no exenta de malicia. A la pobre la acometió una intensa basca, y hubo de retirarse al baño a echar la bilis acumulada en su vacío estómago, incapaz de tolerar ningún tipo de alimento. Toda la jornada discurrió en la misma forma, una especie de sopor automático, en que como un robot Mariquiña realizaba su tarea cotidiana mecánicamente, sumida en una espesa bruma en que se veía a sí misma moverse, coser, respirar...y vomitar, como si se tratase de alguien completamente ajena a ella.
Más tarde, entrada ya la mañana, le entró una opresión en el pecho y un fuerte impulso de llanto que apenas pudo contener. Nuevamente volvió al aseo a lavarse los ojos. Y cuando iba a salir, volvió a romper a llorar sin pausa y sin consuelo. Se sentó en la tapa del váter y se dejó estar mientras las lágrimas fluían incontenibles y la sensación de desamparo, temor y rabia crecían en su interior...
—¿Te pasa algo, Mariquiña? —la voz de la Ramonde sonó al otro lado de la puerta...
—No es nada, salgo ahora mismo.
—Si te encuentras tan mal, es mejor que te vayas. Por la tarde estarás mejor...
—No será necesario, doña Generosa, ahora voy.
De nuevo en su puesto, mientras repasaba los bajos de un vestido de noche, volvió a preguntarse que habría sido de aquél hombre al que habían partido la cabeza por defenderla. Lo había intentado pero su agresor había completado la abyección. Su sacrificio había sido estéril. Y sintió pena por él, y por sí misma; y un mundo en que cualquier depredador podía consumar sus siniestros designios le pareció un lugar hostil, invivible, peligroso, terrible.





III.


Don Tomás Vázquez Arenas estaba sentado en su despacho conversando con el sargento Gamallo. Ambos hombres repasaban los sucesos de la antevíspera, y luego de llegados a su final, sin haber hallado nada nuevo de particular interés, el sargento entró a matar...
—Me dijo usted, doctor, que posiblemente pudiese reconocer al que voceó el "crimen" en la puerta del cuarto de socorro...
—Bien..., por un momento me pareció conocido el timbre de su voz. Pero no tengo total certeza, y prefiero ser prudente...
—¿Qué fue lo que le hizo pensar en alguien conocido?
—Bueno, me pareció una voz con acento asturiano...que no es muy peculiar aquí...
—Explíqueme eso, por favor.
—Bien, ya sabe usted que el acento asturiano se diferencia completamente del gallego, aunque a los habitantes de la meseta les suene muy parecido...
—Ya. Pero nosotros somos gallegos y lo conocemos perfectamente...
—Conocemos... ¿el qué?
—Nuestro acento. Y sabemos diferenciarlo del asturiano. ¿O no?
—Sí, claro. Además, yo tuve mi primera plaza en Cangas de Narcea y sé de lo que hablo.
—¡Perfectamente, doctor! —el sargento se animaba mucho—. Y ahora convendrá usted conmigo en que en esta villa, no hay muchos asturianos. Yo, al menos, no conozco a ninguno. A no ser que, a fuerza de vivir muchos años entre nosotros, ése hipotético asturiano haya perdido el acento.
—Podría suceder, pero sin embargo, a casi todas las personas en los momentos de peligro o excitación, y a no ser que hayan educado muy bien la voz y tengan perfecto dominio de sus impulsos, les aflora el acento que "mamaron"...
—Quiere usted decir que el fulano que gritó, lo hizo muy excitado, y que por eso le salió el acento, aún en el caso de que ya tuviese asimilado el que nos es propio.
—Algo parecido...Pero si es quien yo pienso, aunque cabe que me equivoque, el señor que voceó, no lleva tantos años entre nosotros...
—¡No me diga! ¿Y cómo sabe eso, doctor?
—Bueno...estamos hablando de suposiciones... ¿no es verdad?
—Hasta ahora sí, doctor...
—Bien...el tema es que hace un año compré una casa en Cesantes, y hube de ir a la Notaría de Barandalla...El caso es que en las tres ocasiones que acudimos el vendedor y yo, nos atendió el mismo oficial. Casualmente me llamó la atención su acento asturiano, y así me lo confirmó el señor. Nos contó que era de Pravia, y que había acudido a la llamada de Barandalla a quien se lo recomendó un notario de Gijón, con el que trabajaba y que iba a cerrar la oficina por jubilación. Nos dijo que llevaba aquí cinco años...
—O sea, que conservaba todito el acento... ¿no?
—Talmente, pero recuerde que nada hay seguro y pude haber oído mal...
—¿Ha tenido problemas de audición alguna vez, doctor?
—Hasta la fecha, no. Pero pueden aparecer de repente...
—¿Y usted cree que le está apareciendo alguna hipoacusia repentina?
—Eso tendría que decirlo un especialista. Pero yo noto que oigo igual que siempre.
—Una cosita más, doctor. ¿Se prestaría a declarar esto mismo delante del ministerio fiscal, si fuese necesario?
—Siempre que lo necesite...Pero expresando las mismas cautelas que acabo de señalar.
—¡Naturalmente, doctor, faltaría más!
Al salir del despacho del médico, el sargento Gamallo ya tenía un hilo del que tirar. Ahora —pensó satisfecho —no queda más que cebar el angazo, y esperar a ver qué pica.
Ciertamente, el galeno había formulado una serie de consideraciones... pero había sido rotundo al hablar del acento asturiano, y de su plaza de médico en Cangas de Narcea...y luego aquella disertación acerca de la permanencia de los acentos...El sargento sintió redoblarse su respeto y admiración por los hombres de ciencia, ¡qué tacto en las apreciaciones!, ¡qué prudencia en el discurso!, ¡qué sutileza a la hora de las conclusiones! El sargento meneó el tricornio admirativamente... ¡daba gusto observar el equilibrio y la mesura del doctor Vázquez! Precisamente ahora, debería dar él mismo prueba de sutileza policial. Y no estaba dispuesto a esperar mucho, porque ya mismo se iba derechito a conocer al "garganta profunda" asturiano. Debía dar muestras de un tacto especial para llevar a buen fin su misión. Pero ya estaba en marcha y nada lo detendría. Ignoraba el nombre de la persona que buscaba, pero no le cabía duda que sabría llegar a ella, porque a estas alturas, ése pequeño inconveniente-pensó-no va a frenar la investigación.
Penetró en la notaría y se destocó. Al frente observó un mostrador y una atractiva señorita que le sonrió gentilmente y preguntó en que podía ser le útil.
—Buenos días, señorita. Verá, estoy aquí por indicación de un conocido que fue muy bien atendido. Y ante una posible transacción, aún sin concretar, desearía saber el nombre, e incluso conocer si fuese posible a esa persona tan eficiente...Creo recordar que me dijeron que es asturiano...
—¡Oh, sí!—, dijo la chica—. Es el oficial segundo, señor Abelairas. ¿Desea acompañarme adentro o prefiere que lo llame?
—Si no es mucha molestia, y por tratarse de una simple presentación, le agradecería que lo llamase, por favor...
—Ahora mismo—, sonrió la muchacha al tiempo que abría la puerta que daba a una gran oficina.
Abelairas...Abelairas...no es muy asturiano el apellido. Más bien es de la tierra —caviló el sargento—, pero la señorita enseguida lo identificó cuando pregunté por un asturiano. En fin, pronto saldremos de dudas...
La puerta se abrió a impulso de la sonriente empleada, seguida de un hombre alto, de buena presencia y con un poblado mostacho, modelo Pancho Villa, más propio de pretéritas épocas.
—Buenos días... ¿pregunta usted por mí?-la voz del individuo mostachudo mostraba un deje temblón que alertó al guardia civil.
—Sargento Gamallo, para servirle. Me ha hablado de usted alguien a quien atendió hará cuestión de un año, a raíz de una compraventa que realizó en la provincia de Pontevedra...Creo que en Cesantes...
—Pues...así de repente...Comprenderá usted que por aquí pasa mucha gente y es difícil recordarlos a todos... ¿Hace un año, dice?
—Sí, se trata de un médico que...
—¡Ah, guaje, yé el doctor Vázquez!
Ya tragaste el anzuelo —pensó el sargento —. Ahora hay que tirar del sedal muy despacio, para asegurar la presa...
—Pues sí, de él se trata. ¿Lo conoce usted de algo más que de atenderlo aquí?
—Pues el invierno pasado, atendió a mi mujer de un catarro muy fuerte, y la acompañé a verlo en dos ocasiones.
Vaya —pensó el sargento—. Así que la confidencialidad médica se respeta, después de todo.
—No sabía que tuviese consulta privada —le dijo a su interlocutor—. Creía que solamente consultaba en el cuarto de socorro...
—Bueno...y qué desea usted —dijo el Abelairas, que había recuperado su voz temblona, repentinamente ante la atenta observación del agente —.Si desea alguna cosa en concreto...
—Deseo saber si podría hablar con usted en un lugar más reservado —pidió Gamallo sonriendo por encima del hombro de Abelairas en dirección a la solícita señorita-para ponerle al corriente de mis pretensiones...
—Tenga la bondad de seguirme...
Entraron en la gran sala que había entrevisto el sargento, y se dirigieron a un cubículo acristalado, desde el que se divisaba una panorámica de la habitación.
—Por favor, entre y siéntese —rogó Abelairas, al tiempo que abría la puerta y cedía el paso a su acompañante. Una vez acomodados a ambos lados de la gran mesa de nogal, se miraron...
—Pues...usted dirá, sargento...
—En realidad, mi consulta será muy breve. Me gustaría que me dijese qué hizo usted ante la puerta del cuarto de socorro anteayer alrededor de las once de la noche—. Había disparado su artillería a balarrasa, y ahora habría que observar los desperfectos que causaba en las defensas de la fortaleza de Abelairas.
—Pues —el oficial había palidecido, y le galleaba la voz en la laringe—. No creo haber hecho nada de particular...Ni siquiera soy consciente de haber estado allí —la voz seguía temblona, y Gamallo fué consciente de que no tenía enemigo enfrente. Apretó.
—Escuche, señor Abelairas, si no quedo satisfecho de esta entrevista... volveré con una orden judicial...
Eso de hablar de no ser "consciente" de haber estado ante el cuarto de socorro, olía a defensa anticipada ante una acusación aún inédita. —Ya es mío —exultó el agente.
—La verdad —cacareó Abelairas—, no recuerdo...
—¿Como no va a recordar lo que hizo el martes de Carnaval, que fue anteayer mismo? ¿Estuvo o no estuvo allí? ¿Y si no estuvo, en donde estaba a las once de la noche en realidad?
—Pero...¿qué trascendencia puede tener dónde haya estado o no? —. El pez se resistía a dejarse llevar al cesto.
—Pero si no tiene ninguna importancia, seguramente podrá recordar dónde estuvo usted. Porque lo cierto es que alguien pudo haberlo identificado muy cerca del lugar donde se cometió un "crimen"—. Había omitido que lo identificasen cerca del cuarto de socorro para evitar que localizase al médico como su fuente de información. Y el astuto Gamallo, le habló de su estancia cerca del lugar del crimen, para meterle más presión a la caldera que bullía en la mente de Abelairas. Ahora pensaría que lo habían visto varios testigos.
—¡Por favor!—, gimió derrumbado —¡No es lo que usted piensa, sargento!
—¿Y qué cree usted que pienso yo? Lo que importa es lo que piensen el fiscal y el juez...
—¡Por Dios!—, revolvió la cabeza desesperado, en sentido circular, abarcando con la vista toda la oficina—. Le rogaría que hablásemos en otro lugar. Aquí...a la vista de los empleados...
—Muy bien. Acompáñeme al cuartel, entonces...
—¿No podríamos dar a esto un carácter más...reservado? —imploró angustiado.
—¿Qué propone usted?
—Me parece que sería mejor para mí que viniese usted a mi casa...si fuese posible. Le explicaría todo...detenidamente... —su mirada era implorante.
—¿A qué hora le conviene que vaya?
—¿Podría ser a las seis de la tarde?
—Allí estaré sin falta. Buenos días y gracias por su atención.
—Aaa... ssu disposición —balbuceó, suspirando, el atribulado Abelairas.





IV.


Los dos hombres se encontraban en el salón de la vivienda del oficial de notaría. Se había producido un cambio sustancial desde su primera entrevista aquella misma mañana. Porque, Abelairas, en su propio terreno, aparentaba un aplomo que cogió desprevenido al sargento Gamallo. No obstante, el agente no se dejó impresionar. Era hombre de recursos y estaba seguro de que aquél pájaro no se le iba a escapar. —Caerás antes de lo que piensas —se dijo Gamallo para sí—, es cuestión de seguir apretando la rosca...
—Bien, señor Abelairas, soy todo oídos.
—¿Quiere tomar algo?—, ofreció su interlocutor, mientras se servía una generosa dosis de brandy-.
—Gracias, pero nunca bebo de servicio.
—Bien, he de decirle que cuando hablamos antes, estaba en un momento delicado porque no es corriente recibir visitas como la suya en mi despacho. Me sorprendió el motivo de su visita que, al principio, parecía no tener nada que ver con su objeto posterior...
—Bueno, pero ahora las cartas están en el tapete, y hay que jugar la mano. Y usted tiene que explicar qué es lo que hacía en el lugar del "crimen" —disparó el agente.
—Usted no tiene ninguna prueba que sustente su afirmación —. Ni el más leve temblor de voz, ni el más insignificante signo de inquietud se percibía ahora en la voz de Abelairas.
—¿En dónde estaba usted por la noche del martes de Carnaval? La pregunta es fácil de responder. Estaba allí o no. Dígalo usted y acabemos.
—¿Soy sospechoso de haber cometido el "crimen" en cuestión?—. Había una nota de arrogancia en la voz de Abelairas.
—De momento es pronto para hablar de sospechas...
—¿Entonces por qué quiere saber dónde estuve ésa noche?
—Por necesidades de la investigación.
—¿Y por qué me pregunta a mí? ¿Es que acaso soy el único ciudadano que debe dar cuenta de sus actos aquella noche? Las calles estaban llenas de gente jaranera. Pudieron estar mil personas en mi lugar, ¿o no?
La situación había dado la vuelta. El sargento se arrepintió de no haberlo llevado al cuartel por la mañana. Ahora iba a ser más difícil quebrar la voluntad del fulano, que estaba muy dueño de sí...
—¿Y si le dijera que le han identificado? Pudiera ser que alguien hubiese observado sus movimientos. En cualquier caso, usted pudo haber visto algo que yo puedo necesitar saber—, ensayó otro camino —Cualquier ciudadano está obligado a colaborar con la Justicia...
—El caso es que usted no sabe decirme quien me pudo ver. En realidad, no deberíamos estar discutiendo algo que no tiene ninguna base.
—Mire, a veces no hace falta ver a alguien; puede ser reconocido por factores distintos de la pura visión personal... por ejemplo, la voz...
Maldita sea, ya sabía que gritar delante de la puerta del cuarto de socorro le iba a traer consecuencias...A ver qué decía ahora...
—Venga, sargento, en una noche de jarana con la gente berreando por las calles... se necesitaría un oído muy fino para distinguir una voz entre mil.
—No sólo el tono define una voz, el deje de la región de donde se procede —, otro disparo a ciegas.
—¿A qué se refiere concretamente?
—Bueno, hay acentos muy distintos al de aquí...
—Logo...¿vostede coida que me puideron recoñecere por non ter acento galego?—. Aquél fulano le había hablado en gallego, con el deje gutural de la Galicia interior, probablemente de la parte de Orense. El sargento sintió derrumbarse, súbitamente, sus esperanzas...
—¿Non nacéu vostede nas Asturias?—. Todavía probó para ver si el otro iba de "ful".
—Nacín nas Vendas da Barreira, o carón de Verín. De moi pequerrecho fun cos meus pais a Sama de Langreo, e alí crecín e, polo sacreficio de les fíxenme home de porveito. E agora diréille que na casa somentes falábamos galego.
—Pudo haberlo oído hablar la víctima—, otra descarga al aire—. Sin embargo, hizo efecto, porque el agente notó que la actitud de Abelairas cambiaba.
—Eso...en caso de que hubiésemos hablado—, replicó vacilante.
—Esta es una villa pequeña, que no llega a los veinte mil vecinos. Nos conocemos todos y nos oímos unos a otros con frecuencia...
Ahora Venancio sintió verdadero temor. Ya está, se dijo, el cabrón del Benigno lo reconoció al oírle ofrecer ayuda, y aunque no estuviese muy seguro...se lo dijo al sargento. Porque era muy raro que, al tercer día de ocurridos los hechos, ya estuviese aquél sabueso encima suya.
—Tenga en cuenta que es mejor colaborar de buen grado cuando se trata de esclarecer un asunto—, escuchaba la voz sosegada del agente, ¿no se cansaría nunca aquel hombre?. Estaba allí, con su apariencia tranquila y formal. Sin prisa. Pero destripándolo lentamente. Y si tenía suerte de librarse ahora de él, seguro que volvería mañana, y pasado y el otro... hasta quebrar su voluntad.
—Puedo explicarlo todo, sargento—, claudicó.
—Ahora mejor que luego, señor Abelairas—. Gamallo estaba exultante, aunque su aspecto exterior era tan anodino como siempre. Eso contribuyó a reforzar la rendición de su contrincante, completamente seguro de estar ante una voluntad superior y, además, "informada". Porque aquél tío debía saber algo... por la forma que tenía de apretar...
—Le aseguro que traté de ayudar a alguien necesitado...En el fondo, hice una buena acción...
—Bueno...en cierto sentido dio usted "aviso" de un delito. Aunque le faltó valor para dar la cara...
—Sigue usted creyendo que fui yo el que voceó a la puerta del cuarto de socorro...
—¿Y quién si no?—, otro obús a ciegas.
—Sin duda contará usted con información de la víctima...—sondeó Abelairas.
—Ahora lo que interesa es que usted me diga lo que sepa...
—Bien. Yo...traté de auxiliar a alguien en apuros... Lo cierto es que cuando vi al fulano abusando de la chica...tuve que intervenir...
—La chica estaba en apuros... ¿no?—, el sargento estaba largando sedal aunque no sabía de qué iba la cosa.
—¡Ah, ya sabe lo de la chica!
—Por favor, cuéntemelo a su modo.
—Bueno, yo bajaba por Caramoniña, y aproximadamente a dos tercios de recorrido vi a un fulano forzando a una mujer. Al principio, creí que estaban haciendo el amor, pero luego creí notar que la muchacha estaba indefensa, casi sin sentido. Entonces pensé que el acompañante trataba de llevarla a lugar más visible, donde pudiesen prestarle ayuda. Me acerqué y ofrecí ayuda, y recibí un tremendo golpe. Caí al suelo, y cuando me recuperé, a los pocos segundos, vi al mascachapas aquél que se llevaba a la mujer. Me levanté y le atizé con una piedra en toda la nuca. Cayeron los dos, y vi que la chica seguía sin sentido. Traté de voltear al animal aquél para confirmar mis sospechas, pero al notar sangre en mis manos, me asusté, creí que lo había matado, y escapé. Luego la conciencia me dictó que debía dar aviso del suceso...Y pasó lo que usted ya conoce.
—¿Y la chica?
—Pues...quedó allí. Seguramente la recogerían las asistencias...
—Debo decirle que no se portó usted muy bien...
—El pánico me invadió, porque sin pretenderlo, creí que había acabado con una vida...
—Antes habló de que tuvo la intención de confirmar unas sospechas... ¿Sobre qué extremo?
—Bueno, antes de recibir el trompazo, tuve tiempo de vislumbrar la mirada del fierabrás... Sólo conozco a un tipo con ésa manera revirada de mirar... Da miedo. Por eso quería cerciorarme de que era quien yo pensaba.
—¿Y lo era?—, el sargento recordó la mirada del Benigno Blanco, con su cabeza vendada, cuando lo interrogó en su despacho.
—Pues sí. Al leer en "Sucesos" las asistencias recibidas en el cuarto de socorro, ya no tuve dudas. Era él.
—¿Quien?
—Pues Benigno Blanco... ¿No lo ha interrogado usted?
—¿A santo de qué?
—Pues...como se toma tanto interés... ¿Querría usted saber si reconoció a su agresor, digo yo...
—¿Qué cree usted que pasó con la mujer?
—No puedo saberlo—. Se encogió avergonzado —Huí...
—Venga, hombre, no se maltrate más...Por cierto, ¿conocía usted a ése Benigno Blanco de algo?
—No teníamos trato personal, pero íbamos al mismo café...Me preocupa que me haya reconocido...
—Bien, debo marcharme. Muchas gracias por su atención... Por cierto, ¿qué café frecuenta usted?
—El Café Armesto, en la Plaza Mayor...
—Muy bien. Que pase una buena tarde.
—¿Debo acompañarlo?—. Parecía sorprendido por el abrupto fin del interroga
torio.
—De momento no—. El sargento sonrió amigablemente —Ya le avisaré en el momento oportuno. Adiós.
Ahora Gamallo tenía otra carta sobre el tapete. Aparecía una tercera participante en la acción..."Cherchez la femme", se dijo. Bueno, pero... ¿y si era una cobertura del fulano para justificar su ataque al Benigno? Podían tener rencillas personales. Quizá algún pique...porque conocer, se conocían. Además, la agresión no obedecía a un intento de robo. Por ser el autor quien era, tal hipótesis quedaba descartada; y más si se tenía en cuenta que la víctima no denunció ninguna sustracción de sus pertenencias. Únicamente quedaba el motivo de la venganza. Ahora bien, ¿era el oficial de notarías Abelairas el tipo que espera en un callejón al enemigo que desea abatir por cualquier circunstancia de animadversión personal? Al sargento no le parecía posible, porque recordaba el estremecimiento que notó en su interlocutor cuando habló de Benigno Blanco. Claro que nunca se sabe...
Mientras se encaminaba al Café Armesto pensó que tendría que hablar otra vez con el doctor Vázquez.


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Editado por Sap el 06-10-2009 15:57
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