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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Jorfasan - ESCOMBROS
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Localización: Hispalis, España
Registro: 21.07.08
Publicado el 12-09-2009 13:32
ESCOMBROS




No sé bien por qué los mejores platos, guisados y cocidos, tienen una segunda parte tan deliciosa. Una vez soportado el éxito del primer día donde los elogios suelen alcanzar el paroxismo, parece imposible, no sólo que la receta se pueda mejorar, sino que la media cazuela escasa que queda tras la comida no sea sino material de derribo. Escombros.

Uno guarda los restos bien en el horno a refugio de la luz, bien en el frigorífico al de la temperatura. Contempla los trozos como el resto de un naufragio. El titanic de los sabores yacen en el fondo de los recuerdos. Incorrecto. Un buen olfato nunca se dejaría llevar por los gustos abisales de la memoria. Están ahí. Nítidos. Vivos. La dulzura de la cebolla. Los ácidos rendidos de los pimientos varios. Incluso el tomate exangüe parece palpitar con una levedad hibernada en el fondo de la cazuela. Las patatas asoman con su sonrisa de iceberg, escondiendo bajo el caldo, falto de agua, casi todo su sabor.

Es posible que haya vida, piensa uno, pero no será como hace ochenta minutos cuando un pequeño bigbang estalló en el paladar. Puede. Ocurre que resucitar un muerto no está al alcance de todos los matasanos. Muchos confunden el desfibrilador con un soplete. Al día siguiente hay que sacar de la nevera el guiso con tiempo para que el calor desabotone los sabores de víspera. El proceso de calentamiento ha de ser lento para evitar el maltrato que un fuego vivo hace en el fondo de una cazuela ya usada. Las vueltas en la cazuela han de ser mínimas. La cuchara de madera. La tapa puesta. Hay que convencer mediante el calor para que la vieja canción vuelva a entonarse. Éste es un chulo que al menor descuido se lía a hervir nuestro guiso. Fuego mínimo, de puntillas. Decisión clave la de añadir algo de líquido a un proceso termodinámico donde la pérdida es necesaria y la fe un camino al fracaso. Un decilitro de vino blanco, de caldo de verdura suele ser la varita mágica que conjure el fantasma de secar la receta y dé una oportunidad a una segunda vida. Alcanzada la temperatura en el corazón de la patata ésta nos devolverá su tesoro durante unos breves minutos antes de agotarse para siempre. Ahí comienza el momento de la sensación verdadera.

Y luego quedan los probamientos. En todos los comensales, incluso en los más saborreros, continúa, invisible y muy viva, la sensación de la víspera. El aroma del guiso activa la memoria sensorial tan rápido que uno no percibe que uno está ya en ayer. Normal. El orgullo de capitán Nemo necesario para manejar el submarino del ego nos impide reconocer los poderes mágicos de los alimentos y descuidar la traición que la memoria ejecuta en el tiempo. El último sirimiri de vino blanco puede usurpar el aroma o quizá, algún ingrediente ha sido más castigado por el fuego y se está inmolando en este último sacrificio, haciendo de escudo olfativo. No importa. Ensayos. Ahí está toda la orquesta afinando sus instrumentos en el aire. Y atacando las partes racionales del cerebro que, ya sin oposición, han transubstanciado la saliva en benigna lava. Un poco de unte para tantear la temperatura, elegir el lado de la boca donde comenzar y de paso arrasar con las partes más duras del cerebro. Ayer y hoy comienzan a jugar, a hablarse. La memoria permite reconocer el terreno de la batalla pasada. Aún hay huellas en los recovecos de los proyectiles recibidos. Y en apenas cuatro cucharadas se sacia el episodio anterior. No importa lo épico que fue. Todas las neuronas chapapotean en sobredosis. Se buscan neuronas más recónditas en las paredes más exigentes. Comienzan a apreciar nuevos matices ayer apagados por el entusiasmo de mono loco. Los ingredientes individuales siguen en pie. Una leve presión sobre el cielo del paladar y se identifican uno a uno. Preguntados declararán lo mismo que están al servicio del sabor general, pero cada uno con su voz y sin dejar su uniforme que revela su pertenencia a banda guisada. Al llegar el medio plato puede producirse la rendición total o no. Si ocurriera, sólo sería la acción de un comando que, como Proust, con la magdalena dinamitaría el estorbo intermediario del paladar para que la memoria liberada, tomara el control del Nautilus. Sólo queda saber un poco de navegación ciega para no chocar con los arrecifes de la Nostalgia.




© Jorfasan.
es.humanidades.literatura
11/09/2009
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