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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Paco Z - MANADAS DE HISTORIAS MENUDAS
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Localización: Hispalis, España
Registro: 21.07.08
Publicado el 18-04-2009 20:25
MANADAS DE HISTORIAS MENUDAS
(De la vez en que Ptolomeo Singratzia cegó a un no tan tierno faisán)




Don Ptolomeo Singratzia, oriundo de tales o cuales lugares de la campiña gallega, era un oscuro -de pergaminos, y rubicundo de cara y cresta- individuo señalado por extrañas e inquietantes características que podrían ser calificadas como irrepetibles a no ser porque no lo eran, que perros hay de parecida factura y similar ladrido aunque de variadas manchas de pelambre. El muy cachafaz, hablo de Ptolomeo, tenía la también infrecuente costumbre de disfrazarse como si todo el año fuera carnaval, arribando de tal modo a situaciones hilarantes -e hidrantes, por los pomos de éter que consumía, sin contar serpentinas a granel- como la de aquella vez que concurrió al velatorio de su propísima madre disfrazado de hombre de las cavernas o sea en pelotas y cubierto por una piel de gliptodonte vaya a saber en que catacumba encontrada, irritando de tal modo a sus hermanos que, puestos a manifestaron su desagrado, cual molinos de viento en popa y a toda vela, en medio de gran alboroto acometieron contra él de resultas de lo cual lo único que no se le vio tornar al color violeta en la humanidad de Ptolomeo fue el hueso que el pabellón izquierdo de la oreja sabiamente encubre.

Digamos al pasar, aunque no en el momento debido, que un día la madre de Ptolomeo...

(aún en ese tiempo en irreprochable estado de salud según manifestara la mujer del boticario del pueblo, doña Ignacia Saldumbide, quien a falta de médico diplomado y con parejo resultado hacía sus veces en consultorio establecido en los fondos del taller de chapa y pintura de don Eusebio Cifuentes, merced al permiso no tan precario del comisario del lugar y con disimulo del Juez de Paz, cuyas funciones eran tan extensas como de límites desconocidos, y del Mencho Rodríguez, periodista por infatigable ejercicio del chismorreo pueblerino con ayuda inapreciable de su mujer, Adelaida de la Fuente)

...vio al pillo de su hijo diseccionando a un faisán obispillo o acaso “tragopán” al que previamente cegara so pretexto de que el ave no lo reconociera en el eventual caso de sobrevivir a la experiencia,

(¡¡¡tamaño dislate!!!)

y enterada por su hijo de que el sacrificio de la no tan tierna avecilla, según se constatara en su ulterior degustación, se debía a la comprobación de que tal cantidad de aves voladoras presagiaba un futuro en que la humanidad, por la proliferación de la volandera progenie, tanto dejaría de percibir el color del cielo cuanto impediría el paso de los rayos del sol que entibian el ambiente, como así también el descenso hasta el piso de las gotas de rocío o de lluvia, con la inevitable sequedad de los campos, privación de alimento para la raza humana y necesidad de ingentes cantidades de calefacción por la inevitable desaparición de los bosques, selvas, parques y jardines, todo lo cual terminaría en hambrunas seguidas de guerras por un mero plato de arroz, o de tallarines tratándose de Italianos, con perdón de Chiro Práctico quien, digamos de paso, se ha dado a recorrer las cordillera de los Andes de punta a rabo, y de abajo hacia arriba- allí donde reina el águila cuando el Cóndor la deja- en busca de una mina de oro y, de paso, de refugio por si se produjera la invasión de los bárbaros en busca de comida, según dedujo Chiro de la prolija lectura de los párrafos casi admonitorios de Ptolomeo, pese a la opinión discordante de su bella esposa quién, haciéndole un mimo de contundente efectividad, aprovechó la ocasión para adquirir a mansalva ponchos, mantas, colgantes de vivos colores, parasoles, gorros, guantes, mates y bombillas de plata del Cuzco, además de un cubre perro para el de igual nombre, pero con minúscula por su menor importancia, todos ellos, menos el cuzquito y la bombilla, tejidos en telares autóctonos y lana de llama o de similares especies zoológicas o no tan lógicas.

Después de esta última travesura la madre de Ptolomeo decidió internar al no tan párvulo Ptolomeo en un Colegio religioso por lo que…

Suspendo la escritura para cebar un mate.

(Aclaro que el mate me cae agrio y, para peor, si llevo la bombilla a los labios me quedo esperando un agudo emitido por mi clarinete, recordando mis tiempos de músico profesional, en los tiempos de Dizzie Gillespie y de Charles, (no de Ezzard, que era un pesado), a quienes conocí de tanto leer a Julio Cortázar, en los tiempos en que no ser experto en jazz y lector de Cortázar era un descrédito, pero ello no quita que lo cebe porque no cebar mate en casa de un argentino es como carecer de un tomo del Ulises de James Joyce por quien pretende ser un intelectual de fuste.




© Paco Z
es.humanidades.literatura
17/04/2009
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