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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Gsmiga - EN TROLEBÚS A MARÍN
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Localización: Hispalis, España
Registro: 21.07.08
Publicado el 25-03-2009 18:24
EN TROLEBÚS A MARÍN





Lo cogía muy temprano, en la parada frente a la estación de ferrocarril. A las ocho y media de la mañana ya había una fila de gente dispuesta a embarcarse hacia el verdadero puerto de Pontevedra, que está en otro ayuntamiento, a ocho kilómetros de la capital.

Porque Pontevedra, con su ría en la que desemboca el río Lérez, no tiene un puerto digno de tal nombre, sino un simulacro de dársena, con una oficina muy cómoda en la que trabajan una serie de funcionarios aburridos y ociosos la mayor parte del tiempo que mantienen la "tradición" marítima de la ciudad. Una ría con forma de calcetín invertido, con la punta del pie hacia la costa, en la que desemboca el Lérez, y que acumula la arena que arrastra el río, y que se junta con la que trae la marea alta, cuyo reflujo carece de fuerza para arrastrarla mar adentro. Y así, con el paso de los siglos, el puerto pontevedrés fue perdiendo "calado" para barcos importantes, y se convirtió en lo que hoy es...poco más que un avance de club náutico en el que encallan yates de escaso fuste, además de la cofradía de "mareantes", y el club piragüista. Así, lo que fue un puerto apreciable en la época de los Reyes Católicos, no es hoy otra cosa que recuerdo, en medio de una ría que en época veraniega se puede cruzar a pie enjuto hasta Lourizán.

El pasaje del trole lo componen, mayormente, una serie de marineros "pernoctas" que se reintegran a su servicio en la Escuela Naval, forja y matriz de nuestra Armada, "peixeiras" que van al puerto marinense a surtirse de mercancía para regresar a venderla en la Plaza de Abastos, trabajadores de los astilleros del citado tinglado portuario, niñas que asisten a clase en el colegio de las carmelitas de Placeres, y algunos desocupados entre los que me cuento.

Don Justo es el cobrador-revisor del transporte, el que cobra y despacha los billetes en su interior, abre y cierra las puertas al pasaje que sube o baja, y da el correspondiente aviso al chófer-Sigue, Pampín-que conduce despaciosamente el trasto que, embalado y cuesta abajo, llega a "rozar" los cincuenta por hora...

—Faga o favor, don Xusto, déame un billete de ida e volta pra Marín...
—Toma o de ida, que bo é si chegas...

Porque los frecuentes cortes de electricidad dejan al trasto sin energía, aparcado a un lado de la carretera, mientras el pasaje sale a estirar las piernas y fumarse un cigarrillo para entretener la espera...

—Todos arriba, que xa veu a lus...

Llegamos a la primera parada, frente al cruce de Mollabao, y sube Virginia, la asistenta que limpia la entrada de los pabellones de oficiales de la Armada. Es una señora puntual, que recita la misma letanía.¡Ay, Xesús, veño abafada! Agarde un chisco, don Xustiño, que colla folgos pra lle pagaren. El complaciente revisor menea la cabeza y da la orden de marcha-dalle, Pampín-al tiempo que cierra las puertas.

La carretera se alza ligeramente, y divisamos la ría, casi seca, cuyos marcadores de calado-necesarios dado su escaso fondo, para evitar que las barcazas encallen-se divisan casi enteros, con lo que apenas parecen unos dedos de agua en sus bases-tienen forma de pirámides aztecas en miniatura. Y ya vemos acercar se la marquesina de la parada de Lourizán. Aquí está la que se podría considerar primera playa de Pontevedra, en cuyo término municipal nos encontramos aún.

Su escueto arenal, amplísimo- y totalmente deforestado hoy-se ve abrazado por unas aguas mansas, sin oleaje, que la hacía playa ideal para que aprendiesen a nadar los niños, de la mano de sus previsoras mamás. Ni que decir tiene que actualmente, está completamente arruinada por la empresa de celulosas establecida en Placeres, vulgarmente conocida como "a peideira", que ha emporcado toda la ría y arruinado su patrimonio marisquero, rico sobre todo en bivalvos.

Sube Adelina, una extraña mujer, ya añosa, de la que se dice que se volvió loca y abandonó su taller de costura a raíz de que un novio la dejó plantada con un niño en la barriga. Nadie sabe a ciencia cierta si eso fue verdad o mentira, pero algún pasajero borde le pregunta-¿y cómo va el hijo, Adelina?-muy bien, me estudia mucho, y se va a casar con una hija de un conservero de Vigo-; es necesario añadir que a la mujer siempre se la vio sola, sin ninguna compañía, y la gente antigua de Pontevedra dice que era muy buena modista que, de la noche a la mañana decidió entrar en religión, y que en el convento se puso venada...

El trole enfila ahora la recta de Placeres, un lugar ocupado por el convento y colegio de las carmelitas, con su sobrado lleno de árboles, y sus amplios jardines...con el paso de los años estropeados por el maldito humo de la papelera. Suben marineros que regresan a la Escuela Naval, luego de haber traído al colegio a las hijas de los oficiales-profesores del centro militar. Después de cumplir su comisión, irán a desayunar con bastante retraso sobre el resto de la tropa...pero lo harán con calma y delectación; y luego, si acompaña el tiempo, se largarán a tomar el sol a una de las playas adyacentes a Marín, hasta las doce, momento en que volverán a recoger a sus pupilas que salen de recibir las virtuosas lecciones de las monjas, para llevarlas de vuelta al hogar militar. Es lo que tiene ser asistente de oficiales con niños...pequeñas incomodidades que se suplen con ventaja con las libertades que se consiguen a cambio.

La playita de Placeres tiene menos de setenta metros cuadrados. Realmente es mínima, y a estas tempranas horas, algunas gamelas yacen boca abajo en el mini arenal, varadas como pequeños cachalotes en espera de sus dueños que las pondrán en el agua en procura de la diaria caza de pulpos y centollos...

Unos golpetazos resuenan en las cerradas puertas del trole a punto de partir. El revisor mira por la ventana —¡Sóoo, Pampín!...ahí ven a Carmucha — ¡Sodes do que no hay, lendiosos! —berrea una mujer malencarada, con la patela llena de trapos sucísimos —¡levo media hora ahí diante mesmo da señal...e vos, non vos enterades —sigue vociferando —¡É coma para matarvos os dous! —berrea delante mismo de la cara de don Justo —A ver, muller, que temos un horario que comprir...veña, ¿douche o billete pra Estribela? —¡Vaite lavar porcona, vaite lavar, se non te chega o río, bótate o mar...! —el coro desafinado de los marineros saca fuera de sí a Carmucha —¡Me cago na cona que vos embatunóu, fillos de mala nai, lendiosos, peplas! ¡Se vos comera a cachola un porco de pequenos moito jañaría o mundo! —Tira, Pampín —don Justo corta el billete y se lo presenta a la mujerona que vocifera insultos a todo trapo contra la marinería que sigue picándola sin tregua —A berberecha da Carmucha pica que escacha... —El revisor corta la reyerta con autoridad —Al que berree otra vez lo pongo en la puta rue —que tiene el benéfico efecto añadido de serenar a la sulfurosa virago.

Nos estamos acercando a Marín, y notamos la ría más henchida de agua. Estamos ya entrando en Estribela, que en realidad está unida a Marín y debemos hacer ya la penúltima parada, delante del Hotel Marinense, ambicioso anuncio que en cubre piadosamente la menesterosidad de una casa de huéspedes de medio pelo. Se baja Carmucha vomitando una ristra de injurias hacia —a presa de maricóns— que al verla bajar, reanuda su letanía hiriente, acompañada de los correspondientes gestos obscenos, correspondidos con creces por la mujerona que bracea indignada y hace el supremo corte de mangas desde la acera que ya se aleja de nuestra vista.

Atravesamos la Circunvalación, y salimos a la recta que nos llevará a nuestro destino. A nuestra izquierda están las oficinas de la Junta del Puerto —mínimas en la época, y hoy florecientes— a continuación está al edificio del Excelentísimo Ayuntamiento, y seguidamente, la espléndida Alameda, dedicada a la Virgen del Carmen, como cumple a todo buen pueblo marinero. A nuestra derecha se desliza la dársena y tinglados portuarios, y un poco más adelante, la última parada, justo enfrente de la férrea y torneada verja de la Escuela Naval.

Vamos bajando mientras la marinería se atilda la uniformidad reglamentaria para no desmerecer ante la vista del cabo de guardia de Infantería de Marina, que escrutará minuciosamente su compostura. Actualmente Marín es el cuarto puerto comercial de nuestra cornisa atlántica. Cierto es que queda un poco más alejado de las rutas comerciales que Vigo, pero ése inconveniente-mínimo por otra parte-se ve compensado por la acertada política económica de su Junta del Puerto, que a diferencia de Vigo, han fijado una tarifa de fletes realmente módica, con lo cual se ha multiplicado la actividad y lo que en el tiempo antiguo era poco más que un puerto con astilleros mínimos y reducida dársena, se ha transformado en varios kilómetros de modernas instalaciones y una lonja modélica, que han hecho crecer exponencialmente la prosperidad local.

Ahora me dirijo a la zona de playas. Debo andar unos seis kilómetros bajo un sol que apunta cualidades a las nueve de la mañana. Cruzo el pueblo antiguo, en el que se ve lo que fue el Marín original-una aldea de pescadores-y enfilo hacia la carretera empedrada que atraviesa terrenos pertenecientes a la Escuela Naval, que los pone a disposición pública. A mi derecha quedan los campos de fútbol, rugby, tennis, baloncesto y frontón de la institución militar. Y a mi izquierda, una desviación que va a dar a una amplia explanada que abre la entrada a la Residencia de Oficiales, que se ve rematada por los pabellones familiares del profesorado del centro docente. Toda la fábrica de los edificios residenciales es de granito tallado. También los edificios dedicados a la enseñanza militar tienen las bases y remates de pétreo material, complementados con vanos y fondos de ladrillo refractario.

A mi derecha, y mientras emboco una suave ladera que me conducirá a las playas, observo el mar, limitado por la dársena del puerto militar al que están amarradas dos corbetas y una fragata. Llego a la zona en que la carretera pasa al lado mismo del recinto militar custodiado por garitas de piedra, ocupadas por soñolientos marineros que se apoyan indolentemente en el máuser y tratan de cubrirse del resol que comienza a despuntar con el escueto borde del "lepanto", que no alcanza a cumplir tal cometido. Cada cien metros, una garita, hasta completar cuatro. Una verja de rejilla pintada de verde, desciende perpendicularmente hacia el mar, custodiando un ancho y cuidado tapiz verde, que pone fin al recinto militar que acabamos de atravesar, y ahora ya la carretera se bifurca en dos brazos. El izquierdo lleva a Bueu, y el derecho que tomamos, a las playas. Los adoquines militarizados han dado paso a una cinta de alquitrán, invadida por la arena, y custodiada a ambos lados por un bosque de eucaliptos, pino-teas y robles. A mi derecha, la vegetación se limita con un acantilado batido por el oleaje, y la brisa marina se penetra de todo el perfume vegetal que me rodea y me induce a ensanchar el pecho y aprovechar golosamente el regalo natural que se me ofrece libérrimo.

La suave bajada remata en Portocelo, la primera playa de la serie. Una balaustrada de piedra, con doble escalera adjunta me lleva al arenal. No es muy grande, aunque tiene la ventaja de ser mar abierto y poco batido, debido a la forma de anfiteatro natural que tiene la cala, lo que la protege de los embates marinos. Aquí vi el primer bikini al natural de mi vida. Completamente distinto de los que se veían en los maniquís de los comercios. Y es que la naturaleza no admite imitaciones. La playa era un hervor, y hasta los peripatéticos vejetes dejaron de magrear la sobada balaustrada y se pararon a admirar el espectáculo inédito hasta entonces.

Paso por delante del chiringuito que queda a mi izquierda-el único de la playa, y hoy sigue igual-y emboco el sendero hacia Mogor, la siguiente playa. Existe una carretera rudimentaria, porque en Portocelo termina el chapapote y comienza la arena; pero yo prefiero ir por el sendero boscoso de mi derecha, pegado a la beiramar, que progresivamente va transmutando el suave declive en cuesta y permite observar el acantilado, con los nidos de gaviotas y las olas batiendo al fondo, en un mar claro, de un intenso azul, que se riza como una pechera ochocentista, y besa amorosamente las rocas de la costa. Observo con delectación a los barqueros que colocan las nasas para cazar los sabrosos centollos y bueyes, mientras danzan airosamente al compás de la gamela que levita sobre el suave oleaje, mientras un sol, alto ya, invade con su campana inabarcable todo el paisaje que se pierde en el horizonte desdibujado por el desvaído azul marino perdido en la lejanía.

Ahí está Mogor, que es un arenal suave, con una caída hacia el mar casi imperceptible. Tiene un tamaño tres veces mayor que Portocelo. Existen dos chiringuitos-que en la época se llamaban, pomposamente, "merenderos"-, y está custodiada por dos formaciones rocosas a cada lado de la playa. Un marinero tiene una fogata encendida, y en la parrilla se asan unas sardinas. En una mesilla tiene brona de millo envuelta en un mantel blanquísimo. Tengo apetito, pero primero voy a nadar un poco. Llevo el meyba puesto, de modo que dejo la ropa en la arena y me meto en el agua...congelada, por el doble efecto del calor almacenado por la caminata, y la brusca entrada en el mar. Nado hasta la primera línea de gamelas, a unos quinientos metros, y progresivamente voy encontrándome más a gusto. Decido adentrarme más, y llego hasta una barca ocupada por un viejo mariñeiro, que me tiende la mano y me ayuda a subir...

—¡Qué!...¿cómo se da o día?
—Pois...estóu escomenzando...Mais que nada por lle dar a gamela a sua ración de mare...
—¿Entón...?
—¿Logo vostede no coñece que se non se mollan...apodrecen cedo?
—¿E iso...?
—O sal da mare, conserva o casco...o mesmo que o xamón do porco...
—¡Hostia! A primeira ves que o oio...
—Pois élle así —el vejete saca un celtas corto y me alarga el paquete —graciñas.

Fumamos un rato, mientras lo veo anudar las nasas, y medir el cordel con la distancia apropiada a la profundidad sobre la que estamos. Las va atando de tres en tres, con sucesivos tramos de cordel, de forma que queden escalonadas desde la más profunda a la más cercana. Luego se dirige a mí...

—Vou ire máis adrento...a ver se pican as robalizas...¿Quere vir...?
—Non, oh. Vóume de volta a praia. Que lle vaia ven, xefiño...
—Daiquí a outra...

Estoy saboreando una sardina gigante encima de un trozo de brona. Deliciosa... igual que el tinto del porrón que tengo al lado. Debo recuperar fuerzas para recorrer el camino de vuelta a Marín. Con un poco de suerte estaré en casa a la hora de comer. Y la sardina ya habrá bajado con la caminata que me aguarda. Me visto y voy a echarle un vistazo a los petroglifos cercanos, con la serpiente de la vida, la salamandra, la espiral del conocimiento...es uno de los yacimientos rupestres más importantes de la provincia de Pontevedra. Me fijo en las marcas de herraduras de caballo que hay en algunas peñas del conjunto rupestre, y que mucha gente confunde con restos arqueológicos, cuando lo cierto es que en la época de los suevos señalaban con esa señal los límites o fronteras entre diversas comarcas o zonas territoriales. Eso dio lugar a la leyenda recitada por los paisanos que dicen que eran las marcas de los cascos "do cabalo do noso señor Santiago, cando se erguéu do cadaleito e traspasóu toda Galicia pra iren axudar os cristiáns que loitaban contra os mouros".

El sol me pica en la espalda. No puedo dilatar más el regreso. Respiro profundamente y pongo un pie delante del otro. Ya estoy en marcha.




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24/03/2009
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