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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Gsmiga - SAMIL
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Localización: Hispalis, España
Registro: 21.07.08
Publicado el 09-03-2009 14:17
SAMIL




Acabo de llegar a un amplísimo arenal de más de dos kilómetros de longitud, que es la playa por excelencia de Vigo. En verano se ve invadida por orensanos y portugueses, que vienen a respirar aire marino los fines de semana.

Ahora, en cambio, está solitaria, poblada por unas cuantas gaviotas que revolotean sin cesar por encima de la mar picada. Buscan sustento, porque estas voraces aves llevan la despensa en el buche.

La playa es el arenal más conocido de la ciudad, a pesar de estar bordeada de playas, desde Cabo Estay, hasta más allá de la playa de Arealonga. Hace bastantes años-como quince o dieciséis-el concejo tuvo la malhadada idea de "fabricar" un paseo marítimo, que se abarrota cuando hace buen tiempo, lleno de personas amantes del ejercicio y la brisa marina. Allí se pueden ver al deportista que se hace seis largos al paseo-doce kilómetros-a la pareja que observa ensimismada el vaivén de las olas, a la anciana debilitada que pasea amparada del brazo de persona de mejor prestancia, y a los inevitables niños, con sus pelotas, bicicletas y patines, que hacen prodigios de equilibrio y elasticidad entre los mayores que despaciosamente caminan, observan y sonríen recordando las perdidas habilidades de la edad florida, ida ya para no volver.

Me acerco al pinar que separa Samil de la playa de La Barca-en realidad son la misma playa, separada por unos miniacantilados de fácil acceso, que se pueden atravesar a pie enjuto cuando la marea es baja-y desde allí, respirando el aire salobre mezclado en prodigiosa mixtura con el aroma de los pinos-, me entretengo en tratar de vislumbrar, a través de la calima, la silueta impresionante de las Islas Cíes, tremenda barrera natural de tres islas que protege a la ría de Vigo de cualquier tempestad salvaje, y facilita una navegación "axeitada" la mayor parte del tiempo. La tarde de este invierno está bregada por un aire muy fresco, aunque no gélido, con unas nubes ligeras y gráciles que navegan por el cielo a semejanza de airosas gamelas, como las que flotan imperturbables enfrente de mí, mecidas por un oleaje vivo y apremiante. Es cierto que admira semejante "calma" siquiera en una tarde húmeda y neblinosa, apenas traspasada por unos desvaídos rayos solares. Sobre todo si tenemos en cuenta que desde el otoño, lo que no ha sido tempestad, fue galerna, y lo que no temporal levantado, con ventolinas heladoras y granizo a esgalla. Y seguimos así.

Ahora veo acercarse un "container", rumbo al puerto, a seis kilómetros del lugar en que estoy; y un poco delante un airoso balandro surca el agua como si la peinase, deslizándose sobre la líquida superficie como un pañuelo de seda. Va rumbo al puerto deportivo, y parece el corderito alejado del amparo del rebaño que corre a refugiarse en redil seguro.

Siguiendo la horizontal de las Cíes, mi vista se detiene ahora en la isla de Toralla, diminuto atolón, situado a un centenar de metros del "continente". Lo digo con retranca, por la hilaridad que me produce el egoísmo humano, del cual es buen ejemplo el islote citado. Mejor dicho, de los que viven en él. En su superficie existe un hotel, con playa "privada", violando la reciente Ley de Costas. Está ubicado en un edificio de 13 plantas, seis de las cuales pertenecen al establecimiento y los restantes están dedicadas a apartamentos privados. Hay además seis chalés con terreno adjunto-no muy grande, por ser el atolón de reducidas dimensiones-cuyos propietarios viven todo el año en sus residencias, por lo privilegiado del lugar, ahorrándose contaminación, ruidos y toda la demás parafernalia diabólica de incomodidades que debemos soportar los urbanitas del montón.

Pues estos propietarios acceden a sus viviendas por un puente, el cual durante muchos años estuvo vedado a la gente corriente que deseaba pasear y conocer el islote, y bañarse en alguna de sus tres "miniplayas". Se fundaba la prohibición en el aserto-más falso que Judas-de que el islote era "de propiedad privada", cuando lo cierto es que nunca tuvo tal condición. Pero los vecinos deseaban preservar su particular "paraíso" de mirones, papanatas y curiosos de cualquier clase y condición. Egoísmo puro, que se mantuvo hasta que el correspondiente pleito de la agrupación vecinal de Corujo, les hizo apearse de la burra.

Hoy el puente, así como la entrada en el islote, es de dominio público, con gran desesperación de sus habitantes, sobre todo en el verano, en que pululan por él toda clase de personajes en busca de perspectivas desconocidas y, por lo mismo, atrayentes. Voy paseando lentamente en dirección a Corujo, distraído con todas estas cosas. Daniel tira de mi mano-uhuhuh-llevándome hacia un lavapiés. Quiere observarlo de cerca, y se fija en el "botón del agua". Lo presiono, y un chorro de agua cae en la superficie de gresite azul, lugar destinado a limpiar pies enarenados. Error. Ahora Daniel quiere pulsar por si mismo el dispositivo. Como es muy pequeño deberá estirarse al máximo, y el chorro lo mojará. Catorce meses de vida no dan para mucho más. Tiro de él con suavidad, pero no quiere apartarse de allí, y debo subirlo al "colo", no sin evidentes protestas de su parte.

Ahora estamos ante la pista de patinaje, y allí dos parejas hacen virguerías encima de esos patines modernos que llevan las ruedas en línea. Se empinan con ellos por una de las paredes combadas de los extremos del recinto, y artísticamente giran sobre sí mismos y se precipitan hacia abajo con gran seguridad. Muchas horas de ejercicio para semejante alarde...que sirve para distraer a Daniel de su fijación acuática.

Paralelos al paseo, hay toda suerte de establecimientos de restauración, que la gente, por costumbre, aún llama chiringuitos, cuando lo cierto es que se trata de verdaderos restaurantes. Están en la misma zona, con unos cien metros entre ellos. Y ocupando los espacios libres, se instalaron piscinas para chiquillos, canchas de baloncesto, la citada pista de patinaje, y aparcamientos. Hay además, bajo reducidas extensiones de pinares,- que recuerdan épocas más felices, en que sólo había dunas, árboles, aire y agua marina, naturaleza, en suma, bordeada por una cinta de chapapote con sus límites desdibujados por la arena invasora, que servía de carretera para aquellos que nos acercábamos a gozar de tan paradisíaco lugar-mesas de piedra con sus bancos, destinadas al descanso de los turistas, paseantes y excursionistas que desean gozar de la benéfica sombra luego de haberse tostado convenientemente al sol.

Uhuhuhu-ahora Daniel quiere ir a la arena, y acercarse a las olas que espumean allá abajo. Me descalzo, le quito los zapatos y bajo con él a cuestas los escalones que nos llevan directamente al arenal. El verano pasado conoció la playa, pero no tuvo ocasión de "caminar" sobre la arena. Ahora lo hace suelto, y le gusta, porque refriega los pies, alternativamente, en la arena suave y finísima. Yo también siento la placentera sensación de su caricia en las plantas.

Aei aei aei-ahora me está tendiendo la mano para que lo acompañe a la línea de mar. Quiere ir allí, pero las olas lo escaman y desea mi compañía. Vuelvo a subirlo al "colo", pensando lo que diría mi hija si nos viese a los dos. Me acerco a unos seis metros del agua, y le dejo que la vea como sube y baja.

Me fijo en el horizonte y lo veo cada vez más oscurecido. Es hora de partir.

Uhuhuhu-me tira de la barba para hacerme ver el agua que disuelve su espuma en la secante arena. Vámonos, Dani-le digo mientras doy media vuelta y comienzo a desandar el camino. Vuelve a protestar hasta que ya estamos otra vez en el paseo. Lo calzo y de nuevo...-uhuhuhu-vuelve a fijarse en un lavapiés que tenemos cerca. No caigo en la trampa. Con él encima, dirijo una última mirada al arenal. El agua tiene un tono completamente opalino, reflejo de la grisalla celeste, y unas menudas gotas empiezan a chispear en nuestra cara.

Cuando doy la vuelta, Daniel se vira en mis brazos, y de cara al mar bracea despidiéndose-uhuhuu-hasta la próxima, Samil.




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05/03/2009
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