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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Paco Z - LoveTales, v.2009 - SOLILOQUIO DE AMOR
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Registro: 21.07.08
Publicado el 27-02-2009 10:03
SOLILOQUIO DE AMOR




Empezaré por decir que hace casi diez años que en un arrabal del cinturón de Buenos Aires escribo poemas, cuentos, relatos y microcuentos en las esforzadas páginas de un rudimentario diario tercamente dirigido por Erico Barreiro, un noble amigo linotipista que, habiendo siendo en su juventud un modesto aprendiz, se obstinó en construir su propia imprenta, determinación acaso debida a una (en apariencia) inocente colección de las “Selecciones del Reader Digest”, comprada por su padre con sacrificio en una librería de viejo del viejo Cabildo metropolitano. Allí, en la sección que se titulaba “Mi personaje inolvidable” adquirió la peregrina idea de que un hombre suficientemente empeñoso, partiendo de una situación lindante con la miseria, con sólo ser laborioso y obediente puede llegar a cualquier sitial, incluyendo la Presidencia de los EE.UU., como Roosvelt, Kennedy o Bush los que, digámoslo, no salieron del Bronx precisamente. Y no se haga la chanza de preguntarme para qué querría Erico Barreiro ser Presidente de los EE.UU. si no hablaba inglés, ni lo hablará aunque se empeñe en ello, ni podría elevar el cetro sin estragar la cristalería, ni pertenece a la “Asociación del Rifle”, ni desea pelear en una estúpida guerra elucubrada por dos Generales y tres fabricantes de armas so pretexto de enseñarle el catecismo de la libertad a los habitantes de una remota nación asiática donde las mujeres besan los pies del energúmeno que les patea las posaderas cada dos por tres, por cuatro o cinco pavadas.

La cosa es, volviendo al cauce de lo que quiero relatar, que en tanto tiempo de ímproba labor literaria hasta hoy yo no había escrito una historia de amor, cosa extraña que si no esconde una inhibición enfunda un complejo, pero no de índole edípica ya que quedé huérfano de padre y madre a los dos meses de nacido, por lo que cabe inferir que fui criado por una loba o que pura y simplemente, a falta de teta, el biberón fue protagonista en mi vida con nocivas consecuencias para la literatura amatoria. Y hablando de biberón, o más precisamente de tetas, digamos que, desechando estas posibilidades y en desmedro de abstrusas teorías sicológicas, cabe suponer que la omisión del género amatorio en mi producción literaria corre por el lado del pudor o del miedo a ventilar el pasado ante ojos extraños y porque, como Erico, creo yo que “con el amor no se jode”. Habiendo arribado ya a las playas de tan nobles propósitos vale dejar constancia de que no se debe tomar la frase de Erico al pie de la letra ya que él frecuenta, o así lo pregona, a las putas menos refinadas de la ciudad, como si le importara un bledo de Ramona, su mujer, quien dicho sea de paso me tiene dicho que ella engorda por culpa de su marido porque él, arrepentido de sus faltas, cada vez que visita a una zorra se descuelga con una caja de bombones a los que ella no puede sustraerse por tener flojo el botón del “no”, defecto del que puedo dar cuenta; pero esa es otra historia, o no tanto.

El asunto es que yo, como Erico Barreiro, aunque por diversas razones, también pienso que “el amor es otra cosa”, y muy seria cosa como para que uno ande escribiendo pavadas a su costa. De manera que no se me daba por escribir historias de amor hasta que, vaya a saber por qué, o sabiéndolo y haciéndome el desentendido, hoy me puse a dar vueltas alrededor del tema, planeando la imaginación como un cuervo alrededor de los despojos de las malas acciones pasadas y de otras bastantes presentes, esto es, a discurrir sobre si la palabra amor incluye la situación en que uno está meramente caliente con una mujer -o una “ella” con un “uno”- pero sin grandes aspavientos o retórica telenovelesca. Porque, es hora de decirlo, yo tengo una relación con una fulana que me tiene dada vuelta la cabeza pero no se me da por compararla con cosas hermosas, o etéreas, o con nubes, o con amaneceres, o con estaciones del año, o con gacelas, cisnes, o pájaros gráciles, o por decir que me recuerda aromas sutiles, o sitios edénicos porque la veo tal cual es, con la verruga que tiene en el párpado izquierdo, con sus olores a empanada salteña y que tampoco me escandalizo por su cabello opacado por los hervores de la cocina o por los fluidos emanados de las fritangas, y este milagro, bien lo sé, ocurre porque dentro de su sencillez y desaliño ella sabe manejar las artes de la seducción, sea dejando que el vestido se deslice hasta mostrar la suave ondulación de sus senos o, cuando camina hacer con un rotundo caderazo que sus nalgas vayan hasta el límite de lo posible antes de regresar a su sitio original, como si un glaciar que hubiera caído con gran estruendo, milagrosamente, volviera a aparecer sobre la superficie de las aguas.

Así es que los días en que la visito, con tal de llegar a la hora en que someteremos a dura prueba la elasticidad de los flejes de su cama matrimonial, soy capaz de soportar sus jeremías sobre si el marido trae suficiente dinero a casa, o sobre las escapadas del hombre al prostíbulo de los suburbios so pretexto de exceso de trabajo, o respecto a que ella hace o oídos sordos a los requerimientos amorosos del marido porque no soporta su olor, ni la aspereza de sus manos, ni su transpiración rancia, ni sus sonoros ronquidos de paquidermo y sobre todo no soporta que él se resigne a que ella se niegue a copular, a que acepte calladamente la afrentosa situación y mientras ella descarga sus rencores yo escucho con la cabeza en otra parte esperando que agote las quejas porque cuando ello ocurra será mi turno de aliviar, con unos masajes perversamente administrados y sabiamente distribuidos, deslizándome suavemente de las cervicales a la rabadilla y de allí hasta el fondo de sus deseos, y cuando ella me dice “malo” no le pregunto por qué y empiezo con el reguero de porquerías que nos excita a los dos y entonces ella, cuando ya soltó los jugos propios y absorbió los abundantes míos, sigue la escena de la damisela burlada, casi violada y por fin me despide diciéndome mimosamente, “malo, abusaste de la mujer de tu mejor amigo, te merecés un chas chás” y entonces me voy pensando en la próxima vez en que Erico Barreiro me diga que le distraiga a la Ramona porque él tiene que encamarse con un minón bárbaro, y yo hago como que le creo y le hago el favor y es entonces cuando pienso que lo mío es mera calentura pero que el que ama verdaderamente a la Ramona es Erico Barreiro porque encima de que ella lo rechaza le facilita las ocasiones de acostarse conmigo, sea por temor a que ella lo abandone o por otras ignoradas razones que yo imaginar no puedo porque el amor es un aria que no está al alcance de todos los registros.

Entonces vivo mi infierno y descubro, una y cien veces, que el instinto es una negra bestia marina de mil tentáculos que junto con la carne apresa aquella esencia sutil que algunos llaman espíritu y que yo imagino como la sede de las reglas de conducta, de las normas, de los principios, de las buenas intenciones. Luego, tras unos días, vuelvo a las andadas, porque la vida es un camino largo, lleno de hondonadas, y el hombre Ulises entre Caribdis y Escila, y el amor una instancia a la que pocos acceden porque, sin prescindir de la apetencia sexual, él sólo se abre cuando se aprende a sacrificar las propias expectativas para compensar los sacrificios y renuncias de la persona amada.





© Paco Z
es.humanidades.literatura
27/02/2009
Editado por Sap el 05-03-2009 10:40
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