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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© Galaor - Los Anales de Gaula: A VELLA
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Localización: Hispalis, España
Registro: 21.07.08
Publicado el 17-02-2009 10:53
Los Anales de Gaula:
A VELLA




En el viejo mundo de las brumas y de las montañas gallegas del norte paseaba A Vella, la vieja, personaje que a veces cargada con un peñasco sobre la cabeza iba impasible hilando con su rueca. La luciérnaga era A Vella haciendo las papas y el Arco Iris era O Arco da Vella. Peñas y cumbres están señaladas con su nombre y dicen algunos entendidos que es el añejo recuerdo de una divinidad céltica, la diosa madre, la también "Vieja" irlandesa, Caileach. Para los viejos de nuestro norte era la responsable de los dólmenes y de ciertas estructuras de peñascos curiosamente apilados que se ven por aquellas ancianas cumbres; e incluso la construcción de algún puente antiguo en ruta hoy apartada se atribuía a su trabajo. Acaso esta "hacedora" y protectora de la tierra quedó como hacendosa, como imagen de tantas mujeres gallegas a las que yo recuerdo de mi infancia que iban o volvían de las ferias llevando sobre sus cabezas cestos enormes o bultos pesados en curioso equilibrio.

Apenas un trapo enrollado protegía su cráneo de aquellos y con mucha frecuencia tiraban de una cuerda amarrada a un pequeño animal, cordero, cerdo, cabrito, y con la otra mano sujetaban a uno de sus hijos. Sobre esta laboriosidad existe también, aunque lejana en el tiempo y el espacio, la anécdota que cuenta Herodoto de aquellos peonios que, para impresionar a Darío, vistieron de ricas galas a su hermana y la hicieron ir al río con un cántaro sobre la cabeza, llevando un caballo de la cincha a la vez que iba hilando. Lo que consiguió, muy a su pesar, que el tirano decidiese traer deportado a su pueblo, mujeres incluidas, para Persia.

Eran amas de casa y madres de familia, pero para ellas la casa y la familia abarcaba también a la hora de trabajar un montón de tareas que en otras partes estaban reservadas a los hombres o que eran en gran medida realizadas por ellos. Aquellas mujeres no pedían mucho a cambio. Respeto y amor, acaso, que sus hombres no fuesen unos vagos aunque tuviesen que marchar a trabajar fuera —no había cosa más desprestigiada en las aldeas de mi tierra que un holgazán con mujer laboriosa—, y que las defendiesen si llegaba el caso. No estaban reconocidas socialmente, no tenían seguro de ningún tipo, pero fueron en gran parte las que trasmitieron la fe, la lengua y la cultura tradicional a hijos y nietos, el buen hacer y la laboriosidad.

Hoy ya no se ven muchas con fardos sobre la cabeza ni con la rueca en la mano. Van al volante de un coche, furgoneta o tractor, acaso están aseguradas, pero siguen siendo laboriosas, siguen educando a sus hijos, cuidando de sus maridos, y desempeñando tareas múltiples que no les son del todo reconocidas porque no están afiliadas a un sindicato, o no trabajan en una fábrica o en una oficina. La mentalidad urbanita piensa más en el ocio que en el trabajo y es la propia de los políticos, machos o hembras, de cualquier partido. No se trata de machismo ni de feminismo, se trata de mentalidades fijas que solo reconocen aquello que entra en lo que consideran el ideal, sea este cual sea, real o ficticio.

Por ellas, por todas, las de antes y las de ahora, van estas letras; con más razón si ayer no se acordaron de ellas...




© Galaor.
es.humanidades.literatura
15/02/2009
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